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25 min
Relatos Fantásticos - N° 2: "El Rompecabezas"
Terror |
20.03.17
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Sinopsis

No todo el que nos sonríe es amigo...

Relato N° 2

El Rompecabezas

Introducción

            No soy escritor ni pretendo serlo. Sólo quiero hacer público, ahora que estoy retirado, un caso que me tocó durante mis primeros años como Jefe de Policía.

            Cierto día llegó a mí una denuncia de desaparición. El denunciante había declarado que trabajaba en un establecimiento no muy lejano a la vivienda del desaparecido y que éste era un cliente suyo que diariamente y a la misma hora asistía a su local y consumía siempre lo mismo, mientras charlaban entre cliente y cliente. Al cabo de unos días en los que el cliente no había asistido al establecimiento, el denunciante había decidido pasar por la casa de su cliente para ofrecerse en caso de que éste necesitara algún tipo de ayuda. Sin embargo, nadie había respondido su llamado. Luego de dos días sin noticias de su conocido, decidió denunciar la situación ante la policía.

            Al llegar al lugar de los hechos, mi equipo y yo observamos que la casa estaba cerrada por dentro y no había señales de violencia. Forzamos la cerradura y entramos. Mis hombres se dispersaron por el interior de la vivienda y los peritos comenzaron a tomar fotos y buscar huellas en una mesa en la que sólo había una cajita, un paño (seguramente el envoltorio de la misma), unas pocas piezas de un rompecabezas y, a modo de pisapapeles, una agenda de bolsillo sobre unas hojas manuscritas. Era evidente que las hojas habían sido arrancadas de esa misma agenda y puestas de esa forma para que fueran encontradas y leídas, así que las tomé y empecé a vagar por la casa. Entré al dormitorio del desaparecido y observé que todo estaba en orden. Me senté en un sillón que estaba cerca de la cama y empecé a leer esas hojas. Me limitaré a transcribir palabra por palabra su contenido y dejaré que quien lo lea juzgue por sí mismo.

Texto del manuscrito:

            "Es mi costumbre, durante mis días de descanso, salir a caminar por el parque poco antes del anochecer. Al regresar, suelo pasar por una pequeña taberna cuyo dueño conozco desde hace ya algunos años. El local, alumbrado solamente por velas y construido en piedra, hierro y madera, produce la inquietante sensación de estar viviendo en la Edad Media. Como el dueño me conoce, tiene la gentileza de reservarme un lugar, “mi” lugar. Es una pequeña mesa rústica, redonda, de madera, que se encuentra cerca de uno de los extremos del mostrador y desde la cual me dedico a contemplar la sobria e inteligente decoración, mientras bebo una copa y, de tanto en tanto, entre cliente y cliente, converso con el dueño.

            Cierto día, estando yo en esa mesa, absorto en mis pensamientos mientras el dueño atendía a unos clientes, entró a la taberna un hombre alto, robusto, de inusual elegancia, con pelo negro, largo y suelto, pero impecablemente pulcro. Su rostro -de rasgos finos e intimidante seriedad- lucía una fría palidez sepulcral. Su andar era lento y aplomado. No tenía el aspecto de los lugareños. Me fue imposible determinar su edad: no podía distinguir los signos de envejecimiento y no quería incomodarlo con mi mirada, por lo cual desvié mi atención hacia una ventana. El hombre se acercó al mostrador, muy cerca de mi mesa, apoyó en el piso una maleta que parecía ser pesada y pidió una cerveza. Era la voz de un hombre maduro, oscura, profunda, cavernosa. “¡Si este hombre fuera cantante, sería un perfecto Holandés Errante!”, pensé al instante. Mientras el dueño le servía, el hombre se sentó en la butaca que se encontraba a mi lado, pero mirando en sentido contrario al que miraba yo. Ninguno prestaba atención al otro. Comencé a repasar para mis adentros diversos pasajes de ese drama wagneriano, que ahora estaba siendo alimentado por la atmósfera del lugar. Jugaba a pensar cuáles de las pocas mujeres que había en la taberna sería una buena Senta. La majestuosa música volaba dentro de mi cabeza mientras yo la marcaba golpeando suavemente sobre la mesa con la punta de mis dedos y, dando rienda suelta a mis fantasías, imaginaba que la acción ocurría en diferentes partes de la taberna.

            De pronto el extraño comenzó a revisar su ropa con cierta agitación. Algo le había dicho al dueño, pero yo, absorto en mis fantasías, no había podido escucharlo. Resultó que este hombre elegante y refinado había perdido su billetera. A pesar de que yo conocía al dueño y le tenía como una persona muy amable, la expresión de su rostro al mirar a ese hombre me hizo sentir un puñal en el estómago. Nunca le había visto esa expresión de enfado. No me lo imaginaba en una pelea de puños, pero esa expresión no me gustaba en lo más mínimo. De pronto, sin cambiar de expresión ni dejar de mirar fijamente a los ojos al extraño, apoyó con firmeza sobre el mostrador un codo y luego la mano del otro brazo. Dos pequeños y contundentes golpes que anunciaban una situación incómoda.

            Dada mi proximidad al lugar donde ocurría el incidente, sentí la necesidad de intervenir. Me puse de pie y le dije al extraño:

-Caballero, permítame ayudarlo.

            Metí la mano en mi bolsillo con la intención de pagar su cerveza y evitar así que una situación violenta estropeara los momentos que pasaba yo en ese hermoso lugar. El extraño me miró en silencio. Parecía estar explorando mi alma con sus ojos. No había en su rostro una expresión de sorpresa, ni de enojo, ni de miedo... Ni siquiera de desconcierto. Sólo me miraba a los ojos, al centro de los ojos. No pude interpretar qué era lo que pensaba esa persona en ese momento. Por un instante dudé de mi actitud. Tal vez lo había ofendido. Tal vez la situación lo avergonzaba. Tal vez estaba pensando qué decir o qué hacer… No lo sé. Sólo sé que por un instante, por un brevísimo instante, un sudor frío recorrió mi cuerpo. Me quedé paralizado. Su mirada seguía ahí, frente a mí, clavándose en mis ojos, como si quisiera atravesarme. Tal vez le había molestado mi intervención, pues un auténtico hombre es capaz de defenderse solo. De pronto la expresión de su rostro cambió por completo. Entrecerró ligeramente sus ojos y esbozó (o reprimió) una leve sonrisa, como si hubiera comprendido algo de lo que yo aún no me había percatado. Y un instante después, otra vez cambió drásticamente su actitud: con gran seriedad, se llevó al corazón la palma de su mano derecha mientras inclinaba lenta y profundamente su cabeza y parte del torso al tiempo que cerraba sus ojos con gravedad. Luego de semejante reverencia, saqué el dinero de mi bolsillo y con un gesto de manos le indiqué al dueño que me cobrara a mí la cerveza del extraño.

            Mientras tanto, el extraño tomó de su maleta un pequeño objeto que estaba envuelto en un trozo de franela oscura y atado con una larga y delgada cuerda.

-Permítame que retribuya su gesto –dijo con calma. Los gestos de este hombre, lentos y pomposos, tenían la elegancia y el refinamiento propios de un ritual; daba la auténtica impresión de pertenecer a la nobleza. Yo rechacé la oferta de plano, alegando que no era necesario. Sin embargo, prosiguió. Depositó el objeto en el mostrador y lentamente lo desató y le quitó la franela que lo envolvía. Era una pequeña y hermosa arca de madera en miniatura, con bisagras doradas y candado también dorado. Cuando la abrió vi muchas pequeñas piezas de madera, de formas totalmente extrañas y diferentes entre sí.

-Permítame obsequiarle este pequeño rompecabezas. –me dijo con cordialidad. Tomó un par de piezas para mostrármelas en detalle. A pesar de no ser yo un experto en antigüedades, era obvio que el valor de ese rompecabezas excedía varias veces el valor de la cerveza que acababa de pagarle. Se lo hice notar, pero me respondió que, si bien estaba de acuerdo conmigo, para él no tenía ninguna importancia su  valor económico. Le sugerí que lo vendiera, pero me reiteró con firmeza que no le interesaba el dinero; me aseguró que para él era una baratija comparada con el valor de mi ayuda. Recordé entonces a Ricardo III, cuando acorralado en el campo de batalla clamaba "¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!". Tal vez así sentía él el valor de mi ayuda.

            Luego de unos instantes, apuntó con ambas manos hacia el arca y mirándome con una amplia sonrisa dijo: “Por favor…”. La diferencia entre el valor de la ayuda y el valor de la recompensa seguía parenciéndome abismal. Non omnis qui nobis arridet amicus est, pensé. Bien podría tratarse de alguien que había encontrado en mí una oportunidad perfecta y única para deshacerse de algo que lo comprometía por algún oscuro motivo. El arca era francamente una belleza y, a pesar de lo ridículo de la situación y de que los rompecabezas nunca me llamaron particularmente la atención, finalmente acepté. Su rostro se iluminó con una extraña sonrisa que hizo renacer en mí la duda. Sentía que me ocultaba algo, pero no sabía qué… Tras unos segundos tomé la caja y no sin esfuerzo logré disimular la ansiedad casi infantil que me había invadido repentinamente. Mientras la envolvía, le pregunté si estaba seguro de que contaba con todas las piezas, a lo que respondió afirmativamente. Luego me surgió otra pregunta, tal vez la más obvia, la que debí haber realizado en primer lugar: ¿qué imagen debía formar? Creo que estamos de acuerdo en que no es sencillo armar un rompecabezas sin una imagen de referencia…

-Estoy seguro de que usted podrá averiguarlo. – me dijo, al tiempo que me lanzaba una mirada cómplice.

            Tomó, entonces, su maleta y luego de una leve inclinación como señal de despedida, se marchó. Yo me preguntaba qué podría llevar en esa maleta. Parecía ser pesada. También me preguntaba quién podría ser esa persona tan extraña. Un hombre con tal presencia, con tales modales, con semejante forma de hablar… ¿A qué se dedicaría?, ¿qué lo habría llevado a ese lugar tan alejado de la ciudad? Incluso en la ciudad, en la gran ciudad, no es frecuente encontrar gente con tales características. De todas formas, mientras él se iba, yo continuaba envolviendo mi nuevo juguete y seguía pensando en que si se tratara de un cantante, podría ser un magnífico Holandés Errante…

___

            Habiendo llegado a mi casa, dejé la pequeña arca sobre la mesa del living y me quité el abrigo. En mi cabeza aún sonaba la música de Wagner, así que decidí poner el disco del Holandés Errante y me senté cómodamente a explorar mi nueva adquisición. Esa preciosa cajita no tenía inscripciones de ningún tipo, lo que me hizo pensar que no se trataba de un trabajo en serie, sino de una pieza única. Seguramente construida en madera de nogal, estaba perfectamente lustrada y conservada y exhalaba un aroma tan exquisito, que cerré los ojos para disfrutarlo más. La abrí lentamente, casi imitando los gestos con los que la había abierto previamente el extraño que me la había obsequiado. Tomé una pieza y la examiné en detalle. Era increíblemente suave al tacto, liviana, con terminaciones perfectas y sin barniz. La forma era completamente extraña, imposible de describir, aunque puedo decir que era un poco más pequeña que la palma de mi mano. El trozo de imagen que se encontraba en una de sus caras no estaba impreso, sino pintado a mano, lo que confirmaba mi sospecha de que no se trataba de un trabajo en serie, sino de la obra de un auténtico artista. Tomé una segunda pieza. Era de tamaño notoriamente menor que la anterior, y, por supuesto, tenía una forma absolutamente diferente. Tras urgar en la caja, pude observar que los tamaños de las piezas iban desde el de una avellana hasta el de un encendedor de bolsillo.

            Durante algún tiempo estuve examinando piezas, tratando de ingeniármelas para encastrar por lo menos dos de ellas, pero me fue imposible. Recordé que comenzar por los bordes es un método bastante conocido, de modo que me dispuse a buscar tales piezas. Sin embargo, al poco rato comprendí que aun esta tarea sería difícil, pues descubrí que los bordes no eran rectos, sino curvas suaves, perfectamente torneadas e incluso talladas, como si se tratara del marco oval de un cuadro victoriano.

            Finalmente logré encastrar dos piezas pertenecientes al borde. En realidad no es "encastrar" el verbo más adecuado, ya que no "encastré" las piezas, sino que coloqué una inmediatamente al lado de la otra. Observé que así dispuestas, la línea divisoria entre ambas desaparecía por completo, transformando esas dos piezas en una única. Ni siquiera al pasar mi dedo podía sentir la más leve evidencia de tal línea divisoria. Esto me sorprendió sobremanera, pues según mi limitada experiencia en este terreno, al observar un rompecabezas armado, era posible distinguir cada pieza sin el más mínimo esfuerzo. Experimenté con otras piezas, y luego de muchos infrutcuosos intentos, confirmé que si era posible percibir el más pequeño indicio de la línea divisoria, la más pequeña luz entre ambas piezas, entonces, aunque al mirar la imagen pudiese jurar que eran correspondientes, no lo eran.

            En esos momentos noté que ya hacía algún tiempo que el Holandés había terminado. Como estaba completamente entusiasmado con la construcción, decidí quedarme un rato más. Me levanté y comencé a reproducir nuevamente el disco. Miré por la ventana. Oscuridad total. Eran poco más de las dos de la mañana. Regresé a la mesa y continué con mi tarea.

            Tras algunas horas de ensayos y errores, había logrado determinar tres zonas del rompecabezas. Sobre mi izquierda, un cielo tormentoso; al centro, una pared de piedras; y sobre mi derecha, mujeres con alimentos y bebidas mirando hacia mi izquierda. El realismo de esa pintura no dejaba de sorprenderme. Me preguntaba qué miraban esas mujeres, qué podía encontrarse a mi izquierda, bajo ese cielo ennegrecido y relampagueante. Me detuve unos instantes a contemplar lo que había logrado hasta el momento. Me recliné sobre mi silla, me balanceé hacia delante y hacia atrás, sobre sus patas traseras, crucé mis manos sobre mi cabeza… Luego de inspirar profundamente, miré hacia la ventana. Ya había amanecido. Eran casi las ocho de la mañana. Eso era una mala señal, pues no me gusta dormir de día. ¡Ese maldito rompecabezas me había cambiado el sueño! Seguramente me levantaría a las seis de la tarde y comenzaría a vivir de noche. Pero por el momento, no había otra solución.

            Así, pues, me acosté y dormí profundamente. Me desperté unas diez horas más tarde, tal y como desgraciadamente había sospechado. Fui al living y contemplé nuevamente durante unos minutos esa hermosa obra de arte. Allí seguían esas mujeres, esa pared de piedras y ese cielo tormentoso. Luego fui a la cocina en busca de algo que se convirtiera en mi desayuno o en mi cena, según se defina por el orden o por la hora. Realicé algunas tareas domésticas y al terminar, puse otra vez el disco del Holandés Errante y volví a zambullirme en el rompecabezas. Al sentarme a la mesa, recordé a mi amigo el tabernero, pues a esas horas solía estar charlando con él. ¿Habría notado mi ausencia?  

             Tarareaba la música, mientras continuaba escogiendo piezas, probando y descartando, probando y descartando. Poco a poco, la figura se iba completando. De pronto algo me llamó la atención.  Bajo ese cielo tormentoso empezaba a evidenciarse la imagen de un barco; y en el centro, delante de la pared de piedras, aparecía una figura masculina. Tenía una leve sospecha y, aunque me resultaba algo absurda, traté de seguir la construcción del rompecabezas según esa sospecha. Me concentré en armar la imagen del barco. No quedaban tantas piezas por colocar, de modo que no me resultó tan difícil como al principio. Era un barco antiguo y deteriorado. A bordo se podía distinguir -aunque con cierta dificultad- una extraña tripulación de figuras cadavéricas. Mi sospecha se confirmaba con cada pieza que lograba colocar con éxito. Armé el resto del rompecabezas con incontrolable ansiedad. Colocaba las piezas con una precisión cada vez mayor. Al colocar la última pieza noté que hacía ya rato que había disminuido mi respiración, producto de la ansiedad y la extrema tensión. Inhalé con profundidad para retomar mi respiración habitual y contemplé la imagen con una mezcla de satisfacción y espanto. El hombre que se encontraba al centro de la escena miraba con seriedad a las mujeres que se encontraban a mi derecha. Sin embargo, ellas no lo miraban a él, sino al buque y su fantasmal tripulación. Ya no tenía duda alguna. Por más increíble o absurdo que fuera, ¡se trataba del Holandés Errante! Seguramente, una representación del tercer acto. No pude contener mi sorpresa ante tal descubrimiento. Aunque nadie me escuchaba, exclamé: "¡Es el Holandés Errante…!".

            Y en ese preciso momento, la imagen del Holandés gira su cabeza hacia mí y mirándome desde el rompecabezas, con una sonrisa me responde: "Así es, mi querido amigo. ¡Bien hecho!". Mi corazón dio un vuelco en mi pecho. Salté de la silla donde me encontraba sentado y al intentar alejarme de la mesa, tropecé y caí al piso. Me arrastré hasta la pared más cercana. Apoyé mi espalda sobre ella y tratando de controlar mi enorme agitación, miré hacia la mesa. Un instante después, y muy lentamente, el holandés comenzó a salir del rompecabezas. Era una figura algo transparente y azulada, como si fuera un holograma de una escultura de hielo. Un ténue halo de un palmo de grosor le cubría el cuerpo. Se sentó sobre la mesa, manteniendo los pies dentro del rompecabezas, como si de una piscina se tratase. Me miró nuevamente y me dijo: "¡Ven!". Yo permanecí sentado en el piso, con la espalda sobre la pared. No podía moverme. El miedo me había paralizado. Metió la mano dentro del rompecabezas y sacó una botella de vino y dos jarras. Se sirvió una y la tomó de un solo trago. Volvió a mirarme y esta vez con un tono menos amable me dijo "¡Ven y sírvete, no soy tu criada!".

            Tal vez por no sentirlo amenazante, mi pánico era ahora un poco más controlable. Me levanté e intenté apagar el equipo de audio, pues aún continuaba sonando la música del tercer acto, pero el holandés me disuadió con un gesto de manos. Sólo bajé el volumen. Me acerqué a la mesa, me senté y continué mirándolo en silencio y con sorpresa. Aún no me había servido yo de su vino, de modo que tras un gruñido, tomó la botella y me sirvió un poco. Extendiéndome su mano, me ordenó: "¡Bebe!".  Tomé la jarra. Estaba casi congelada y rodeada por un suave halo de frío, que se mezclaba con el de la otra jarra, el de las botellas y el del propio holandés. Sin embargo, no resultaba molesto al tacto. Era un hermoso recipiente metálico con una corona celta que adornaba el borde superior, mientras dos enormes dragones enfrentados dominaban la superficie cilíndrica. La cola de uno de los dragones sobresalía de la superficie formando un arco que oficiaba de asa. Aunque no sin vacilar, tomé un sorbo. ¡Era el más exquisito vino tinto que jamás había probado! El segundo sorbo fue más grande y los que le siguieron, fueron más grandes aún. El holandés rió con satisfacción. Tomó unas cuantas botellas de dentro del rompecabezas, las colocó sobre la mesa y con cordialidad repitió: "¡Bebe!". Me serví una segunda jarra de vino y la bebí de a pequeños sorbos, en silencio y mirando a ese extraño fantasma humeante que tenía ante mí, a poco menos de un brazo de distancia, sentado sobre mi mesa, con sus pies dentro de un rompecabezas y que bebía vino conmigo.

-Veo que conoces mi historia, sabes quién soy.

            Yo demoré unos instantes mi respuesta, puesto que quería ordenar mis ideas. Conocía el poema wagneriano, pero había muchas leyendas al respecto. De hecho, el propio Wagner había escrito su drama inspirándose en ellas.

-Conozco el argumen…
-Conoces mi historia -me interrumpió-, pues de lo contrario no habrías podido armar el rompecabezas.

            Asentí en silencio, aunque tenía dudas. En su poema, Wagner cuenta que el holandés encuentra la salvación en el suicidio de Senta. Ambos ascienden al cielo. ¿Por qué, entonces, seguiría vagando por los mares del mundo?

-Senta… -comencé a decir, pero me miró confundido.
-¿Quién es Senta? -preguntó.
-Senta es la mujer con la que usted comparte su maldición…

            Ambos nos miramos en silencio, confundidos. Ninguno parecía comprender de qué hablaba el otro. Tras unos instantes, y con cierto fastidio, me dijo:

-Parece que no conoces bien mi historia. Te la contaré.

            Y ante mi sorpresa, comenzó a relatarme su historia. Yo asentía y bebía. Sólo lo interrumpía cuando no lograba entender algo. Su relato y la forma en que lo relataba eran atrapantes. Mientras lo escuchaba iba atando cabos en mi cabeza. Hablaba con pasión y ego descomunales. Describía sus travesías por los mares como si el propósito de las mismas fuera desafiar a la naturaleza, al destino... o a Dios. Casi podía oír los relámpagos y las olas que golpeaban su buque, mientras la música de Wagner -aunque a un volumen bajo- aún sonaba en mi equipo. Por instantes me hacía sentir el deseo de vivir en carne propia semejantes experiencias, de convertirme en él o, por lo menos, unirme a su tripulación; pero al ver las figuras cadavéricas que estaban pintadas en el rompecabezas, a bordo de su buque, me daba cuenta de mi insensatez. Aun así, absorbía sus palabras con la misma fuerza con la que la tierra seca absorbe la lluvia que cae sobre ella. Mi admiración al escucharlo y su inspiración al notarlo se retroalimentaban mutuamente. Quería escuchar más, que esas historias nunca acabaran. Pero, de pronto, un bostezo interrumpió su relato. Yo podría haber seguido escuchándolo durante horas, pero parecía que la fuerza del vino estaba logrando abatirlo.

-Es hora de dormir. -dijo- Zarparemos cuando despierte.

            "¿Zarparemos?". Le transmití esta pregunta con mi mirada. Sonrió y me dijo que necesitaba alguien con quien hablar, alguien que escuchara con la misma atención que yo. Era evidente que su tripulación no estaba en condiciones de escuchar su historia, sino que, además, era parte de ella. Según él, navegaríamos por todos los mares y en cada puerto podríamos renovar nuestras esperanzas de encontrar el amor de una bella mujer…

            Nuevamente, el pánico volvió a mí. En vano trataba yo de razonar con él, de hacerle comprender que no me uniría a su tripulación. No me escuchaba, sólo reía. Entonces, con un movimiento rápido y decidido, me lancé sobre el rompecabezas, con la intención de desarmarlo. Para mi sorpresa, las piezas estaban tan firmemente unidas, que parecía una única pieza enorme y pegada a la mesa sobre la que había sido armado. El holandés permanecía sentado, con los pies dentro del rompecabezas y con la serenidad propia del que posee el control de la situación.

-Duerme -repitió-. Zarparemos cuando despierte.

            El vino logró, finalmente, tumbarlo sobre la mesa, cuan largo era. Aguardé unos instantes y luego me acerqué cuidadosamente hacia él. Estaba dormido. De costado, con los brazos cruzados y la cabeza apoyada sobre uno de ellos, dormía profundamente. Entonces me acerqué lentamente hacia la puerta de mi casa. No sabía a dónde ir ni qué hacer. Sólo quería salir. Una vez fuera, buscaría ayuda. Algo haría, algo se me ocurriría. Al llegar a la puerta y un instante antes de que mi mano derecha consiguiera asir el picaporte, un suave y largo crujido me detuvo: una fina capa de hielo comenzaba rápidamente a cubrir las paredes, techo, piso, puertas y ventanas de mi casa. En cuestión de segundos todo había sido tapizado de una suave y blancuzca escarcha. Tomé el picaporte. Estaba rígido y cubierto de hielo. Lo moví con violencia, pero era en vano. Golpeé con el codo y luego con los puños los vidrios de la puerta, pero parecían formar parte de la pared. Me volví para buscar otra solución y ahí lo vi: el holandés estaba sentado sobre la mesa, cruzado de brazos y mirándome con una sonrisa.

-Duerme. -repitió-. Zarparemos cuando despierte.

            Me senté en un sofá, cerca de la mesa. Veía con asombro y desconcierto cómo el hielo, habiendo ya cubierto por completo el interior de mi casa, había comenzado a hacerse más grueso. Lentamente, pequeñas estalactitas y estalagmitas convertían mi casa en una especie de cueva de hielo. Ya no me era posible determinar con precisión muebles ni objetos, a excepción de la mesa sobre la que dormía el holandés. Ésta apenas estaba cubierta por una finísima capa de hielo. En cuanto al resto, sólo podía vislumbrar las entradas de los ambientes que, a causa del hielo, parecían meros agujeros esculpidos por la naturaleza.

            Tras unos instantes de incertidumbre, noté que aún conservaba en el bolsillo de mi pantalón mi pequeña agenda. El hielo aún permitía vislumbrar la forma de mi sofá. Luego de encontrar una posición más o menos cómoda, acurrucado entre el respaldo y uno de los apoyabrazos y con mi agenda apoyada entre mis piernas, contemplé con angustia la escena en la que me encontraba. Habiendo comprendido mi aciago destino, me sumergí en la tarea de escribir lo ocurrido, con la esperanza de que alguien algún día encuentre este manuscrito y pueda buscar la forma de ayudarme, o al menos, que pueda alertar a otros sobre el peligro que esconde este maldito rompecabezas.

            El holandés  ya está por despertar, lo he visto moverse."

Fin del manuscrito.

            Los dos renglones que siguen son completamente ilegibles. En poco se diferencian de pequeños segmentos  horizontales sin sentido. Al terminar de leer el manuscrito, fui hasta el living, para observar ese rompecabezas. Pero ya no se encontraba sobre la mesa. Inmediatamente pregunté a los gritos qué habían hecho con él. Uno de mis hombres me dijo que mientras yo estaba leyendo, un hombre se acercó y le dijo que sabía lo que había ocurrido y que sólo quería el rompecabezas, pues era suyo y se lo había prestado al desaparecido. Como no parecía tener nada que ver con la desaparición del individuo, se lo entregó sin más. Yo no podía creer lo que ese imbécil me estaba diciendo. Le pedí la descripción física del hombre, algún dato que permitiera hallarlo:

-Era un hombre robusto, refinado, muy bien vestido, de pelo largo y buenos modales.
-¿Dijo algo sospechoso, algo que te haya llamado la atención?
-No, nada importante… Tomó una maleta que parecía pesada y dijo: "Es hora de ir por otra cerveza".

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  • No es un relato para tomárselo a broma, son casi cuatro mil quinientas palabras y nueve páginas. Hay mucho de Poe ahí y el lenguaje y el tono ayudan a dar esa impresión. No tengo nada que decir sobre lo formal, está muy cuidado y se nota. Tampoco tengo nada que decir sobre el argumento, está bien construido y eso es de agradecer. Tal vez podría decir algo sobre la construcción argumental, algo sobre los requiebros que, a veces, parece que se hace en según qué frases, pero si reflexiono sobre ello creo que tiene más que ver con ese tono del que hablaba antes. Me ha gustado. Sigue escribiendo y seguiré leyendo. Un saludo.
    Sin duda, un relato más que interesante que consigue captar la atención desde el inicio y mantiene la tensión argumental a buen nivel hasta el final. Nos brindas una original versión de un tema recurrente en la literatura legendaria: "El Holandés Errante" condenado a vagar eternamente por los mares tenebrosos entre la bruma y la oscuridad. Su estructura epistolar le confiere un aire de verosimilitud difuminando los límites entre la fantasía y la realidad. Celebro encontrar relatos como éste con un nivel bastante superior a la media que se estila en la página de TR. Te invito a leer y comentar alguno de los muchos relatos que tengo por aquí. Saludos.
  • No todo el que nos sonríe es amigo...

    Es el primero de los relatos de una serie llamada "Relatos Fantásticos". A falta de una mejor opción, se puede clasificar de Suspenso y Terror.

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