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8 min
El Secretario
Fantasía |
01.07.20
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Sinopsis

Zacacabadabumbum.

El aburrimiento. Me aburro demasiado en el Mercado Central. Es cierto, al principio la pasaba bien. No me quejaba como ahora. No dormía la siesta en ningún auto. En esa época, me divertía y todo me sorprendía. No vivía con sueño. Ahora, el cuerpo, me pide siesta todo el tiempo. En la nave 7, en el estacionamiento, hay un autito rojo, un VW 1500, que parece no tener dueño, que parece abandonado, no sé. Está ahí. Las puertas las tiene cerradas, pero el baúl no. Me sirve para dormir. Le tuve que hacer limpieza. El baúl era una madriguera. Caca de rata por todos lados. Las ratas, entre el baúl y los amortiguadores. Algunas logré atraparlas, con las manos. ¡Festival! Así como las atrapaba, las pisoteaba. ¡Rojonegro, negrorojo!. El sonido, cuando se rompe la columna vertebral, ¡crac! Enchastre que luego limpiaba pidiendo al cuidador del estacionamiento un poco de agua y detergente. El agua, valiosa. No cualquiera regala agua. Menos un cuidacoche. ¿Y el detergente? Oro. Sí, como oro. A veces ayudo al cuidacoches a lavar autos. La abulia actúa de forma extraña. Me aburro de estar aburrido. A veces me duermo parado, bajo el sol. Pero no fue siempre así. Decía, al principio, era divertido estar en el Mercado Central. Sobre todo porque disfrutaba de mi trabajo. Era asistente del Secretario. Lo acompañaba a todos lados. Caminábamos juntos el Mercado Central. Con guardaespaldas, a veces. Otras, camuflados como compradores de fruta y verdura. Cuando algún puestero se pasaba de listo con el precio de algún producto, ¡zas!, mamporro en la cabeza. A veces, si estaba en un mal día, hasta sacaba la .45. ¡Salían todos corriendo! ¡Disparaban! Ellos, no el Secretario. Nunca le disparó a nadie. Siempre fue amenaza. Lo mismo cuando lo visitaban a la oficina. La .45, sobre el escritorio. Eran inseparables. Atada a la cintura. Siempre cargada. Se la limpiaba. Me gustan las armas. Tengo una .38 que me regaló el Secretario. La tengo acá, al lado mío, mientras escribo. Al Secretario, le decían Bigote también. Pero había que ser de confianza. Si bien pertenecía a su círculo más cerrado, yo sólo lo llamaba Secretario. El Presidente, lo llamaba Perro, así, a secas. Y tenía motivos para ese apodo. La realidad es que el Perro le cuidaba la espalda. Era el as en la manga que tenía el Lobo, el apodo que el Perro usaba para referirse al Presidente. Perro y Lobo. En cambio, a la mujer del Lobo la llamaba Perra, pero sin que ella lo supiera. “La perra se come al lobo”, me dijo un día. No entendí cómo una perra podía ser más fuerte y perspicaz que un lobo. Pero el Secretario era de tirar frases. No todas tenían sentido. Quizás su verborragia le hacía decir cualquier cosa sin sentido. Es que hablaba todo el tiempo. No paraba. Las reuniones que hacía con su gente, sus súbditos, “su equipo”, como él decía, eran una presentación de stand up grotesco. Se movía de una punta a la otra, se subía a la mesa, agarraba el arma, apuntaba al techo, amagaba disparar al público, se apretaba los testículos,¡insultaba sin parar!. Daba órdenes y denigraba al enemigo.

 Había un enemigo, sí. Algo raro, por cierto. Porque ese enemigo que él mismo nombraba, no parecía tan enemigo. Los veía juntos, muchas veces, en su oficina, en la Secretaría, tomando café, mate y alguna que otra medida de whisky. “Hoy viene el CEO de Clarín”, me decía. O el de La Nación, o el de la Papelera Tucumán. Y así, nombraba gente que se moría de la risa cada vez que se encerraba en su búnker. Es que el Secretario, de verdad era muy carismático. También muy trabajador. Llegaba al Mercado Central a las 4 a.m. y se iba a las 18 p.m. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Y algo paradójico: odiaba a los sindicalistas. Los trataba de burros, de animales, de soretes y de negros de mierda. ¡Prefería a los CEOS! También prefería a los deportistas. El Mercado Central se conviritió en un polideportivo. ¡Hasta una cancha de fútbol profesional! Lástima que nunca se usó. Las lluvias la hicieron desaparecer. Tenía tribunas. Césped profesional. En una época la usaban los muchachos que trabajaban en los galpones.  Torneos donde se apostaba mucha plata. El Secretario observaba los partidos desde la oficina, por el ventanal hecho a medida, panorámico. 

Pero con el tiempo me fui aburriendo. Encontré este cochecito. Baúl con la medida justa. Posición fetal. No me quejo. Hasta que la hora de salida me saca de la modorra. Me sacudo un poco, y a mi casa, o al Bingo. Así le decimos al casino que se armó Acero. Que le armó el Secretario a Acero. Así sería la cuestión. Clandestino, sí. Pero limpio, ordenado, cuidado por su dueño. Acero está en todo. Y si sale por alguna diligencia, deja a su encargado, Toni. Acero tiene una Ferrari. Fulgura por las calles de Caballito. No se la ve, porque vuela. ¡Él vuela! La cocaína, aparte de deformarle la nariz, y de haberle carcomido la dentadura, lo convirtió en un inválido sexual. Tiene novia, una niña de trece años. Es tan flaquita que parece menos. A veces se encierran, en su oficina, y se escucha cierto farfulleo, algún gemido, pero es todo fingido. La Nena, como le dicen, me confesó que Acero no puede hacer nada. Más después de la trombosis que casi se lo lleva de paseo por los Infiernos. Acero es el guardaespaldas estrella del Secretario. Al menos en los eventos importantes, donde suele haber cámaras de televisión. O cuando va a La Rural. Le encanta al Secretario las vaquitas y los toritos de La Rural. De paso, se descarga a puteadas y piñas con los hombres de campo que apenas lo ven se ponen rojos. Acero lo dejaba pelear, hasta que intervenía cuando la marea de émulos ponía en riesgo la figura de su protegido. Acero conoció a la Nena porque la madre se la entregó. La mujer, Enelda, tenía muchas hijas. Las repartió a  todas. Los puesteros del Mercado Central mejor posicionados, se quedaron con alguna, para sus momentos de ocio. Todas conviven en un mismo edificio donde los hombres les alquilan un departamento a cada una de ellas. Pero Enelda guardaba el tesoro más pequeño y preciado para alguien especial. Y Acero lo era. Enelda hubiese preferido al Secretario, pero éste no se metía en líos de polleras. Era fiel a su esposa. De verdad lo digo. Siempre se comunicaba con ella. Le contaba todo. Y cuando digo todo, ¡es todo! Hasta los secretos de Estado. Creo que eso era amor. 

¿Será nostalgia lo mío? ¿Por eso será que me aburro? El Secretario nunca más me pidió nada. Le pregunté, un día, y sin faltarle el respeto, con mucho tino, si yo le había fallado en algo. Se me rió en la cara. Me dijo que no se puede estar rodeado siempre de las mismas personas. Qué se yo. Parte de su filosofía de vida. “Las relaciones tienen que ser dinámicas”, me dijo. Supongo que por esa dinámica, ahora, mi momento, es estar alejado de la acción. “Vos seguí recorriendo los puestos. Pispeame los precios, que ninguno se pase. Acá, el que manda, soy yo. Y no te preocupes que siempre estás invitado a las reuniones”.  Es cierto, puedo ir cuando quiera a sus reuniones stand up, pero siento que eso también me aburrió. No debo ser el único. Su público ha cambiado. Por lo tanto, en vez de andar de alcahuete caminando por los puestos, duermo en mi autito. 

 
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