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8 min
EL SECRETO DE LA IGLESIA 1
Históricos |
20.07.20
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Sinopsis

Lo que sucedía en esta institución y no trascendía a la opinión pública.

A principios del siglo XX Francisco que era un joven seminarista de diecisiete años destinado a ser sacerdote y oriundo del pueblo rural Benasal, perteneciente a la provincia de Castellón que está situada en la parte septentrional de España y en la Comunidad valenciana, entró en el despacho del director y padre espiritual de aquel centro docente, y éste que era un hombre de luenga barba y con una circunspecta expresión con la que pretendía inspirar a sus alumnos un temor reverencial instó a que aquel pupilo a que hablara.

- Y bien. ¿Qué se te ofrece Francisco? - inquirió el director en un tono disciplente.

- Vengo a decirle que deseo marcharme de aquí. No quiero ser sacerdote - respondió el aludido con resolución.

- ¿Y éso por qué? ¿Es que acaso has perdido la fe vocacional?

-Apartre de ésto, han intentado abusar de mi. Y eso no me gusta nada. Yo no soy así.

- Bueno. Tú mismo. Pero antes de abandonarnos, tienes que jurar ante el Altísimo que no revelarás nada a nadie de lo que has visto en este lugar. Si lo haces la ira de Dios caerá sobre ti porque a pesar de todo nosotros somos los depositarios de su Sagrado Mensaje para la gente de buena voluntad.

Francisco que era un sujeto muy recto que depositaba toda su valía personal en la palabra dada lo juró con mucha solemnidad.

Así que poco después Francisco regresó al hogar familiar y cuando el joven le notificó a su padre que era un hombre muy creyente que no quería ser sacerdote por una parte llevado por su fiel juramento que le había hecho al director de aquel centro, y por la otra que en aquel tiempo a diferencia de hoy en día los hijos no tenían la misma confianza absoluta a sus progenitores, se guardó muy bien de explicarle lo que sucedía en aquella institución. "¡Que disgusto, que disgusto más grande!" - repetía sin cesar el padre de Francisco sin atinar a qué venía aquella drástica decisión de su primogénito.

Sucedía que en aquellos lejanos años en Benasal, al igual que en muchos otros pueblos de la Península un hombre joven tenía dos opciones; o ser un campesino y trabajar los bancales de tierra de sol a sol, o ser un servidor de la Iglesia. En el caso de abrazar el sacerdocio este hombre automáticamente se convirtía en una autoridad de la localidad similar a la del alcalde, el maestro de escuela y el médico. El hecho de que Francisco renunciase a ser un clérigo ésto suponía que la categoría social a la que aspiraba su familia en el pueblo se desvanecía como el humo de un cigarrillo y todo seguiría igual.

Francisco era consciente de que si un buen día él se soltara de la lengua y propagase el secreto de la tendencia pedófila de muchos de los que residían en aquel centro eclesiástico, que si bien por un lado ellos predicaban con un celo tan exagerado como enfermizo la contención de la carne y por otro el lado hipócritamente y a escondidas practicaban aquella desviación sexual, su credibilidad, su prestigio institucional y sobre todo su sentido de autoridad moral sobre la gente se desmoronaría como un castillo de arena. El negocio de la fe se iría a pique y nadie sabría en qué creer.

Francisco emigró a Barcelona, se hizo operario industrial; se casó con una mujer menestrala y tuvo dos hijos. Mas al cabo de muchos años cuando él ya era un hombre anciano y estaba casi al final de su vida en un momento determinado reveló a sus familiares aquel inconfesable secreto de la Iglesia que desde aquel entonces había dormitado en el fondo de su conciencia.

Se dio la circunstancia que aquel hombre llamado Francisco era nada menos que mi abuelo paterno.

Curiosamente cuando yo tenía aproximadamente catorce años de edad iba a un colegio religioso, puesto que muchas familias llevaban a sus hijos a estos centros docentes para que recibieran una educación "de buenos y sanos principios".

En dicho sitio había toda suerte de Hermanos que no dejaba de ser una síntesis de la vida misma. Habían unos cuántos que eran honestos y se esmeraban en darnos clases con buen tono; habían otros que iban locos de deseo por las madres que venían a buscar a sus retoños para regresar al nido familiar, que por cierto muchas de ellas estaban de muy buen ver y cuando se confesaban al cura de la parroquia no terminaban nunca. ¿Tantas faltas habían cometido aquellas señoras estupendas en sus vidas? Pero habían muchos otros religiosos que eran unos verdaderos neuróticos y unos sádicos que odiaban a los alumnos de las familias más acomodadas, puesto que ellos venían de diversos pueblos económicamente deprimidos del país los cuales se habían afiliado a aquella Congregación para tener un seguro régimen de vida; aunque luego ellos hacían el parabien a las familias de estos alumnos. Asimismo dichos Hermanos se ensañaban a placer humillando y pegando a los alumnos más revoltosos o más lentos en aprender y especialmente a los que tenían un origen más humilde. "¡Eres un desastre que no harás nada en la vida!" - les decían.

Una soleada tarde después de tomar el mal almuerzo que nos daban yo iba paseando por el patio del colegio con un compañero de fatigas llamado Salvador, el cual para romper la rutina me animó a que subiésemos por unas empinadas escaleras hasta la parte superior del edificio para chafardear un poco. Yo le seguí y cuando llegamos al último rellano vimos un pasillo en el que habían los dormitorios de los religiosos de aquel colegio.

Seguidamente decidimos regresar de nuevo al patio. Mas cuando nos hallamos a medio camino fuimos descubiertos por uno de aquellos Hermanos que en aquel momento subía.

- ¡¿Quién anda ahí?! - gritó.

A mi lo primero que se me ocurrió fue salir huyendo por la galería en la que estaban las aulas; pero mi amigo Salvador que era mucho más apocado que yo se quedó paralizado ante la llamada de aquel religioso, y por compañerismo desistí de huir y dejar solo a mi amigo en aquella comprometida situación.

Al encontrarnos frente a aquel hombre en uno de los rellanos, vi que nos la teníamos que ver con un tenebroso sujeto alto y delgado como un junco, enfundado en una sotana negra, con un rostro impenetrable ya que ocultaba los ojos tras unas gafas de sol a modo de antifaz.

-¿Qué hacíais allí arriba? - preguntó el tipo con sequedad.

- Nada, pasear... - respondí yo vagamente.

Sin mediar palabra, el Hermano me arreó un par de sonoros tortazos; tanto del derecho como del revés con una absoluta hostilidad, con tal saña que me lanzó contra la barandilla de la escalera. A continuación se acercó amenazante a mi amigo Salvador con el propósito de atizarle otro bofetón, pero el alumno presa del pánico se protegía la cabeza y la cara con los brazos. "No, no, no..." - suplicaba-. Mas el hombre de negro sin ninguna compasión le apartó los brazos y le propinó otro par de sonoros sopapos con la misma furia desmedida que a mi.

Como yo tenía un temperamento mucho más estóico y frío que mi amigo, al ver la expresión de terror que éste hacía me reí por lo bajo, y aquello fue fatal para mi porque aquel tipo con su odio incontenible me abofeteó otro par de veces.

Aquella misma tarde en mi aula vino un profesor de de Geografía llamado Mendoza, que al parecer su peculiar intuición le advirtió que yo era un alumno algo diferente de los demás ya que no armaba jolgorio como mis comañeros.

Entonces el hombre se pasó la mano por los ojos y me llamó.

- ¡Miralles, ven aquí!

Yo extrañado me acerqué a su mesa que estaba encima de una tarima junto a la pizarra.

-Oye. ¿Tú de donde eres? - me preguntó en voz baja, casi siseante.

- De aquí. De Barcelona - le respondí.

-Ya. ¿Pero dónde vives?

- En Pueblo Nuevo (un barrio que linda con la Villa Olímpica)

-¡Oh los chicos de Pueblo Nuevo soís muy pillos, muy pillos...! - dijo él con una doble intención.

-No lo sé. Supongo que habrá de todo, como en cualquier parte.

-Y dime una cosa. ¿A ti qué te gustan más, los toros o las vacas? - inquirió sonriente.

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