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5 min
El secreto de la Orden del Temple
Ciencia Ficción |
26.12.18
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Sinopsis

Lo que los templarios descubrieron bajo el templo de Jerusalén convirtió a aquellos monjes guerreros en almas atormentadas para toda su existencia.

Corrían tiempos en los que la espada, la religión y la superstición llenaban el corazón de los hombres. Tiempos oscuros en donde el mundo pareció sumirse en una decadencia sin fin, y donde sólo los fuertes y los listos sobrevivían.

Y fue en esa época cuando lo encontré. En mitad de un erial del medio oriente, sagrado para judíos, musulmanes y cristianos, en aquella ciudad llamada Jerusalén, fue donde encontré el legajo.

Cuando acabé de leerlo las manos me temblaban, estaba firmado por el mismísimo rey Salomón; pero no fue la firma lo que me hizo temblar sino su contenido: en él se describía con detalle el paraje donde se situaban las mismísimas Puertas del Infierno.

Reuní a un pequeño grupo de compañeros del Temple, mi Orden, mi adorada Orden, y emprendimos el viaje. La Orden del Temple lo era todo para mí, mi lucha, mi Dios, mi vida, y ahora con mis hermanos iba a emprender tan funesta búsqueda por la gloria de Dios.

El pergamino hablaba de las tierras de los paganos dioses sumerios, reconocimos fácilmente en el mapa el río Éufrates y la vieja ciudad de Eridú, la primera ciudad de la Humanidad según los escribas sumerios. Durante el viaje cruzamos tierras sarracenas, marchábamos de noche y nos escondíamos por el día. La cruz del temple era conocida en aquellos parajes, y perseguida.

Unos bandidos nos emboscaron una noche; aún recuerdo sus caras de desconcierto cuando vieron que atacaban a monjes templarios. Nuestra feracidad en el combate solo es superada por nuestra fe en Dios nuestro Señor.

Y así, en la vigésimo tercera luna llena desde que partimos, llegamos a nuestro destino. Era una hondonada, no se veía hasta que no entrabas en ella debido a la vegetación que la recubría. Avancé en cabeza con la espada en la mano y salí a una explanada. Al final de ella se veía un portal tallado en piedra y dentro oscuridad. Nos acercamos, palpé la fría piedra con mis manos, pensé en cuan antigua sería. Encendimos un par de antorchas y nos adentramos en la gruta.

Había algo en el fondo, unas luces bellísimas. Mis hermanos, que apenas eran una docena, se santiguaron y desenvainaron sus espadas al grito de “Nobiscum Deus” y avanzamos en formación hacia aquellas luces, demonios sin duda de la luz más bella, Lucifer. Nuestra fe nos llenaba de determinación a cada paso que dábamos para acabar con esos demonios y sellar para siempre las puertas del infierno, para proteger a nuestro mundo de los seres infernales que de allí pudieran salir. Ya los veíamos, eran bellísimos e imponentes, y de ellos emanaba luz. Habría una veintena. Portaban espadas flamígeras y sus cuerpos estaban protegidos por unas armaduras que no habíamos visto en la vida. Nos miraban de frente. Detrás de ellos una inmensa puerta de piedra llena de inscripciones se levantaba hasta perderse de vista a la luz de la antorcha. Me detuve y detrás de mí todos mis hermanos me imitaron.

—¿Son estas las puertas del infierno? - Pregunté al fin en latín.

—Lo son. - Respondió el ser que estaba en medio de todos.

—¿Acaso sois vosotros los guardianes de las puertas?

—Lo somos.

El tamaño de la puerta me sobrecogía, ¿qué clase de demonios y de engendros habría al otro lado? Pero había algo que no me cuadraba.

—Hay algo que no entiendo guardián, ¿por qué hacéis guardia hacia el lado equivocado?, ¿por qué controláis a los que quieren entrar y no a los que quieren salir?

—Porque no vigilamos a los que quieren entrar al infierno, si no a los que quieren salir de él.

El guardián desenvaino su espada de fuego y me encaró.

—¿No lo entiendes verdad? —me dijo sonriendo—. Esto es el infierno—. Fue lo último que me dijo antes de ver su espada flamígera atravesando mi armadura y causándome un dolor que aún hoy, casi cuarenta años después me castiga. Ese fuego no me mató; pero se quedó dentro de mí como unas ascuas que nunca se apagan y que me recuerdan sus palabras. “Esto es el infierno”.

Salimos de allí a toda prisa, batallando como pudimos y comenzamos nuestro apresurado regreso a Jerusalén. Durante el viaje casi ni cruzamos palabra los unos con los otros. Cuando llegamos a la ciudad Santa y sin todavía dar crédito a lo que habíamos vivido lo registramos en pergaminos para dar testimonio del macabro descubrimiento. Esto es el infierno. Ese es el gran secreto de la Orden del Temple, lo que los templarios guardaremos celosamente, hasta el día que, por la gracia de Dios, lo demos a conocer al mundo.

FIN.

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