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8 min
El seguimiento (Cuarta parte)
Terror |
03.04.13
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Sinopsis

Déjà vú: Anomalía de la memoria. Experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva.

      Fueron dos horas interminables las que Jaime pasó en casa de la madre de Mar. Entre café y pastas retomaron la confianza. Rosario estaba cerrada en banda, lo quería como a un hijo. Le recriminó haber dañado a su hija y haberla metido en una depresión. Jaime no había ido por voluntad propia, pero aprovechó la ocasión para disculparse. Lloró. Le dijo que todo había sido fruto de una estupidez y que se sentía como un verdadero capullo — Amo a tu hija Charo y lo sabes — así la llamaban cariñosamente. Jaime decidió no cruzarse con Mar y le suplicó que no le contara que había estado allí. Rosario asintió y se despidieron con un tierno abrazo.

Regresó a casa confuso. Alguien me controla, yo no quería ir allí pero ha sido lo correcto, pensaba mientras volaba con su moto. Al llegar a casa se sintió cada vez mejor, no había señal alguna de paranoia, ni mareos ni desubicaciones. Se preguntó cuanto duraría la tregua. Después de una larga ducha, se puso el pijama y decidió cocinar espaguetis carbonara, su especialidad, lo que tanto le gustaba a Mar. Mientras freía el bacon y la cebolla sonó el teléfono fijo. De nuevo Joan.

— ¡Petardo! ¿a qué no sabes con quién he chateado por facebook hoy? — preguntó sin apenas dejarle hablar.

— ¿Cómo está Adrián? — cambió de tercio Jaime.

— El enano genial, quiere una bici ¡oye, no cambies el tema! he hablado con Carla, aquél rollito, la de Montserrat coño — aclaró Joan — tío mañana te enseño las fotos ¡está cañón! —

— Va Joan joder que se quema la cena, ves al grano — suplicó Jaime

— Le he dicho que mañana por la noche subíamos a Montserrat. Me ha explicado dónde se sienta el profesor, el tío cena allí en el hotel. Será complicado pero déjamelo a mí — le contó Joan.

— Vale ya me lo contarás, oye he estado en casa de Rosario y no se cómo he ido allí —

— Se te va la olla tío, mañana hablamos — se despidieron rápidamente. Jaime ya conocía a su amigo, cuando algo se le metía en la sesera no paraba. Habrá que dejarlo hacer, se dijo. El resto de la tarde fue tranquila para Jaime, cenó viendo un capítulo de Big bang theory y se metió en la cama. Mañana iba a ser un día extraño, pero no menos que la visita del lunes con el loquero. Eso sí le daba pánico.

¿Qué es esa luz? me ciega ¡no me enfoquéis coño! otra vez esos ojos ¡no! ¿por qué me hacíes esto? ¡dejadme en paz hijos de puta! Jaime sintió como le arañaban todo el cuerpo. Algo le repicaba en las sienes y aquél molesto zumbido en forma de onda lo despertó de golpe. Jaime sintió un frío aterrorizador. Abrió los ojos y se encontró totalmente desnudo en el rellano de su casa. Corrió histérico hacia dentro su vivienda y ya no recordó más.

Jaime durmió durante toda la mañana. Hacía días que no se levantaba tan tarde, las doce del mediodía. A penas recordó el capítulo exhibicionista del vestíbulo. Decidió coger la cámara de fotos e ir a un lugar que adoraba, la calle bellavista, allí tenía su rinconcito de paz mientras sacaba unas hermosas fotografías de la ciudad. Le parecía una auténtica maqueta. Viernes once de febrero,le vino a la mente. Comenzó a recordar la historia del profesor y se preguntó si tenía sentido alguno lo que iba a vivir pero sintió curiosidad. Deseó no ser gato. Paz durante el resto del día.

Hacía varios minutos que había sonado una llamada perdida de Joan. Jaime se estaba acabando de arreglar, pensó en el abrigo, allí arriba hará mucho frío, cuando sonó el claxon del todo terreno de su amigo. Puto pajero, pensó mientras se reía. De todos los cuatro por cuatro, se tuvo que comprar el Mitsubishi Pajero, el nombre le viene como anillo al dedo, pensó. Cargó la cámara, cogió su mochila de cuero y bajó rápidamente. Bueno profesor, vamos en tu busca.

El camino hacia la montaña mágica apenas duró treinta y cinco minutos. Joan, como era de esperar, había pensado en todo y en el equipo de música del coche sonaba música de misterio. Aquél personaje le hacía reir a Jaime, la verdad es que no podía vivir sin él. Ya metidos en la autovía de Lleida, podían contemplar la sombra del macizo rocoso de Montserrat. Era curioso cómo la geografía había jugado con aquella montaña, era casi un capricho de la naturaleza. En la ladera de la montaña, casi llegando a Igualada ya asomaban las fuertes luces de neón verde del hotel del Bruc. Aparcaron en la esplanada que hacía de parking y salieron del pajero.

Jaime contó unos quince coches y alguna furgoneta. Hay ambiente, pensó. En la puerta fumando había un grupo de adolescentes mirando hacía el interior del restaurante. Al pasar junto a ellos pudo escuchar ¡mira es ese de ahí, ese es Josep Manel! decía una joven y atractiva rubia. Joan no escuchó nada de lo que dijo, pero la repasó como escaner de seguridad. Se dirigieron a la barra del bar para tomarse unas cervezas mientras lo analizaban todo.

— ¡Joder! — exclamó Joan enfadado.

— ¿Qué pasa Joan? — le preguntó Jaime sin entender.

— Ya no está la camarera tío, vaya putada — dijo Joan afectado.

— Venga no empecemos ¿lo ves? ¿lo reconoces? — preguntó Jaime buscando al profesor.

— A ver ¡sí mira! allí junto aquella planta — dijo Joan sin señalar aquella bonita pachira.

Jaime se inclinó y lo pudo ver comenzando a cenar solo. Parecía un hombre tranquilo, de unos cuarenta y tantos. No se lo imaginó así, tan normal. Parecía corpulento con las facciones de la cara muy marcadas y el poco pelo que tenía lo llevaba peinado hacia un lado. Por un instante si hubiera llevado bigote le hubiera recordado a Hitler. Estaba sentado en una zona tranquila, en el restaurante del hotel no había mucha gente. El follón vendría después.

— Vamos, déjame hablar a mí. Tú pon cara de enfermo o no, mejor sé tú mismo — Joan no perdía el humor ni en aquellas circunstancias. Se levantaron de la barra con sendas cañas en las manos y caminaron hacia él. El hombre, que ya estaba acostumbrado a aquél tipo de acercamientos levantó la vista. Jaime se moría de vergüenza, ansiaba que uno de sus déjà vús lo llevara de regreso a casa.

— ¿Profesor Picoll? discúlpenos un segundo — A Joan la cortesía se le antojaba forzada.

— Hola buenas noches — dijo Josep Manel devolviendo el tenedor a la ensalada.

— Verá, somos amigos de Carla Delmonte, me dijo que hizo una tesis y que usted la ayudó. Necesitamos su ayuda — ésta vez pareció convincente.

— ¿Carla? no la recuerdo. Escuchad, si queréis después de cenar nos vemos y me lo contáis ¿de acuerdo? — amabalemente los largó pero Joan no se iba a rendir tan fácilmente. Sacó como un pistolero su enorme samsung galaxy con la foto de Carla preparada y dijo con cara de pena, es ésta.

— Vaya ahora sí la recuerdo. Dadle recuerdos de mi parte, luego hablamos — dejó de mirarlos.

— Profesor es importante, porfavor — insistió Joan. Jaime ya le cogía del brazo para salir de allí

— Veréis, en una hora habrán unas cincuenta personas con cosas importantes que contar ¿por qué debería ser más importante la vuestra? — preguntó el profesor con un tono borde.

— Venga Joan, vamos a cenar no le molestes más — Jaime intervino.

— Profesor, él es Jaime mi amigo, y lleva sufriendo déjà vús desde hace mucho — al profesor le cambió la cara, aquello lo pilló por sorpresa. Preguntó si habían cenado y amablemente los convidó a tomar asiento.

 

Continuará ...

 

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