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6 min
El seguimiento (Primera parte)
Terror |
02.04.13
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Sinopsis

Déjà vú: Anomalía de la memoria. Experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una situación nueva.

          Jaime sostenía en las manos el Veinte Minutos arrugado que se había encontrado junto a la máquina de café. Intentaba leerlo para hacer rápidas las horas pero no podía concentrarse. El bullicio de la sala de espera de urgencias de la Vall d´hebrón crecía por momentos. En aquellos instantes se odiaba a sí mismo por no poder pagarse una mútua. Primero fue el gimnasio, luego la escalada, y así cada uno de sus hobbies. Recortando a doquier lo último fue la mútua que jamás necesitó. Jaime era fotógrafo autónomo, consiguió oficio de su gran pasión hasta que lo alcanzó la crisis. Trabajaba para varios periódicos y alguna que otra sesión eventual los fines de semana. Pensó en la transición que sufrió, de hacer reportajes en grandes ciudades cubriendo grandes notícias, a verse en festejos de bodas y banquetes. Ojalá me llamen para algún bautizo, pensaba mientras analizaba la gente que agonizaba en la sala.

Allí habría unas treinta personas. Una madre intentaba distraer a su hijo adolescente, sentado en una silla de ruedas con la pierna escayolada. Accidente de moto, dedujo. Una familia de gitanos había tomado el control de la sala. El patriarca, esperaba de pie ansioso la llamada que nombraría al hijo por megafonía. Un joven trabajador de seguridad ya desistía en llamarle a la atención para que se sentara. Justo en frente de Jaime, la madre, la abuela, hermanos y hasta incluso primos de un pequeño gitano con la cabeza abierta. Alguna riña, pensó. Una anciana, tras la mampara que separaba la sala en dos, agonizaba con lentos gemidos. Mierda de sanidad, se dijo. Llevaba más de tres horas en aquella maldita sala. Ya lo habían llamado a la puerta dos, para la primera visita.

— Buenas noches Jaime ¿qué te ocurre? — dijo la guapa doctora que estaba de guardia mientras miraba el historial de Jaime.

— Verá, llevo varios días con dolor de abdomen. El dolor se ha ido concentrando en la zona del ombligo. Desde anoche es insoportable — le contaba Jaime con aspecto de dolor.

— ¿Has tenido fiebre, malestar general, náuseas ...? — preguntaba la doctora haciendo un gesto de etcétera  con su mano derecha.

— Bueno, fiebre no. La semana pasada visité a mi doctor de cabecera por unos mareos. Últimamente me desoriento y pierdo la memoria por instantes. — explicó Jaime.

La doctora examinó la zona abdominal de Jaime, apretando ciertas zonas y preguntando las típicas ¿duele aquí? ¿duele allá?. Una vez concluida la examinación, la doctora le propuso que le hicieran una ecografía abdominal y un TAC.

— No parece nada raro Jaime, pero para descartar y quedarnos tranquilos deberías hacerte un par de pruebas. Ten paciencia, estamos desbordados ¿de acuerdo? te avisarán por megafonía — dijo la doctora invitándole a volver a la salita con una escueta sonrisa.

Pasadas las tres horas, la paciencia se volvía impaciente y Jaime ya no sabía cómo sentarse. Paseaba del servicio a la sala de espera intentando ser invisible para aquella gente, intentando ignorarlo todo. Tendría que habérselo dicho a Mar, se decía mientras caminaba con los brazos encogidos sin mirar lugar concreto. Tras ocho largos años de convivencia se habían dado una tregua y Mar se fue a vivir con su madre para averiguar si el tiempo le hacía pensar. Nos damos un tiempo. Esa maldita frase, le retumbaba por la mente sin parar. Recordó el desliz que tuvo con aquella fotógrafa, sabía que le costaría caro pero decidió contárselo. Jaime amaba a Mar y sabía que llamarla para decirle que estaba en urgencias iba a sonar a te necesito estoy solo.

Los padres de Jaime al jubilarse volvieron a Villa de Lupión, pequeño pueblo de Jaén y a parte de amigos y conocidos no tenía a nadie más. Aquél dolor de ombligo le asustó. Las desorientaciones le preocupaban, los sueños le perturbaban pero aquél dolor punzante pudo con él y acudió sin reparo al hospital. Nada quiso decirle a la doctora respecto a sus extrañas premoniciones, tenía el temor que lo enviaran al loquero. Sólo le faltaba eso, sin trabajo, sin pareja, sin aficiones y acudiendo al terapéuta. Sintió terror por saber los resultados de las pruebas, algo no iba bien desde hacía días y se sentía como John Travolta en Fenómeno, con unos poderes mentales que al final lo matarían.

Por fín escuchó, Jaime Luengo acuda a la puerta cinco, dónde le esparaba un simpático celador con una silla de ruedas. Comenzaron la gira por la cuarta y quinta planta donde fue sometido a un escáner y a una ecografía. Le hicieron dichas pruebas y el simpático celador lo devolvió a la horrible sala. Ya pasaban más de cinco horas y Jaime maldecía mentalmente a la sanidad pública cuando la doctora le volvió a llamar.

— Bueno Jaime, siento la espera. Nos faltaba el resultado del neurocirujano. No hay nada extraño ¿de acuerdo? La ecografía no muestra nada y el TAC tampoco. Al cirujano, sin embargo, le preocupan esas pérdidas de memoria — le explicaba la guapa doctora.

— ¿De qué puede ser entonces? — preguntó Jaime asustado.

— No lo sabemos con certeza, eres muy jóven ... treinta y dos años — dijo mientras miraba el expediente — el doctor sugiere que visites al psicólogo. Puede que sea algún tipo de estrés o similar. Te envío al de cabecera ¿vale? —

Jaime salió del hospital decepcionado. Sacó su paquete de tabaco y comenzó a fumar mientras miraba confuso los montes del Carmelo. Podía ser peor, pensó. No tienes ningún tumor como Travolta. Mientras meditaba en plena madrugada sin moverse, escuchó un gran derrape que provenía de la Ronda de Dalt seguido de varios impactos de vehículos. Se quedó congelado. Parpadeó, dio una fuerte calada a su cigarro y notó que allí no había pasado nada. Recuperó la consciencia y al empezar a bajar las escaleras mecánicas que le llevaban al parking escuchó de nuevo el derrape y los fuerte golpes de vehículos estrellándose. Esta vez, los pocos transeúntes gritaron sorprendidos. Esta vez fue real.

 

Continuará ...

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