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EL SEÑOR MINISTRO
Suspense |
02.01.17
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Sinopsis

El Señor Ministro debía de tomar la decisión más importante de su carrera política.

 En la cima de su Ministerio, el Señor Ministro se rascaba su trajeado culo. No es que no estuviese acostumbrado a rascárselo a diario, pero esta vez le picaba de verdad y no paraba de menearlo  por su despacho. Llevaba varios días así, rasca que rasca, nervioso y pensativo, con las noches en blanco. Y no le faltaban motivos para ello, puesto que la decisión que tenía que tomar sería la más importante de su vida.

 

                Sobre su mesa de servidor público se acumulaban con alboroto montañas de documentos que contenían los datos de sus cuentas en el extranjero con todos los cientos de millones que había robado a los ciudadanos. Carpetas y expediente con las comisiones,  amaños y favores a grandes empresas e intermediarios, sobornos por adjudicaciones y licencias trucadas… y un infinito etcétera. En resumen, toda la mierda que podía caber en el gran trasero de un Ministro. Si bien no había hecho nada distinto a lo que habían hecho todos los políticos que durante su larga carrera había conocido, esto en nada diluía su sentimiento de culpa.

 

                Pero esta vez se sentía cómplice de la ruina del País. Culpable de haber dejado sin trabajo a millones de emprendedores y trabajadores, de haber echado de sus casas a millones de familias para que se pudrieran en las calles, de subir e inventar impuestos injustos y abusivos, multas por todo, leyes y normas estúpidas. Todo para esclavizar y aborregar más a la población y trasladar su dinero a su bolsillo y al de sus compinches.

 

                Se sentía un corrupto por permitir que se derrocharan toneladas de pasta en obras inútiles y sin sentido de las que se quedaban un porcentaje. Un canalla por haber consentido sin chistar que los Bancos y Cajas que ellos gestionaban robaran los ahorros de toda la vida de los ciudadanos. Un miserable por haber consentido y promovido la creación de de miles de organismos e instituciones inútiles que daban cobijo a otros cientos de miles de ladrones, vagos y maleantes a los que ya no daba el dinero recaudado para sostenerlos. Un puto mezquino por  permitir los recortes en servicios públicos imprescindibles y necesarios para la gente y haber encogido más las cutres pensiones que les malpagaban, como si no las mereciesen,  a los jubilados que habían dedicado su vida a trabajar por el País. “No como él y los suyos –, pensó.”

 

 

                Y todo para forrarse a su costa, convertirse en  Virreyes y colocar a toda su inútil y desagradecida prole en cargos gratificantes y vitalicios.

 

                Se preguntó que había hecho él o cualquiera de su casta y ralea por el pueblo que los había elegido. Estaba seguro que nada. Bueno, sí. Los habían engañado y empobrecido hasta sumirlos en la esclavitud y la miseria.

 

Continuó recorriendo la opulenta estancia. Resopló, se volvió a rascar el culo y se limpió la frente sudorosa. Se alisó el pelo con el sudor y se le endurecieron más las facciones del rostro, porque no era eso todo lo que le ocupaba por completo la cabeza las últimas semanas, le recomía la conciencia y escalaba por sus tripas y vísceras hasta devorarle el cerebro. Era la decisión que tenía que  tomar y que llevaba varios días evitando.

 

Se aflojó la corbata, se sirvió un whisky y encendió un cigarrillo.

 

                Desde las cristaleras de su oficina, en lo más alto de su ministerio, se divisaba un bosque de torres que le daban escolta: más Ministerios, Organismos e Instituciones Oficiales,  Bancos, Financieras, Eléctricas, Telefónicas…, empresas de Gas, Agua, Transportes, Constructoras, Mediáticas, Especuladoras, Inversoras, Auditoras …  Todas ladronas como ellos y con su aprobación y consentimiento.

 

                Ahora, al llegar a su final como Ministro, tan solo debía decidir en qué asiento de empresa de renombre debían aterrizar sus enmierdadas posaderas para continuar su carrera de ladrón con un insultante sueldo legal, amparado por las leyes que para ello habían inventado,  incluidos todos los gastos, caprichos y sin pegar clavo. O quizá optar por un cargo de prestigio en alguna de esas instituciones de redundante renombre que no valían para nada y prolongar su vida de superlujo, nobleza y privilegios que venía con su paquete de político, todo gratis e incluido. Y acabar con una jubilación indecente cuando así le pareciera. Fuese lo que decidiese todo sería a cargo del estado. Es decir: del contribuyente.

 

                Por el amplio ventanal del fondo del despacho, situado en la planta 666, se dibujaba el cielo azulado y se colaba una brisa con olor a encanto procedente de la apacible y despejada mañana de de primavera. Pero ya se había dado cuenta de que jamás alcanzaría el cielo desde lo más alto de ningún rascacielos.

 

                Con la decisión ya tomada y esta vez dispuesto a cumplirla de inmediato, acabó la copa, tiró el cigarrillo, se volvió a rascar el trasero, se quitó la chaqueta y la corbata, respiró una buena tajada de aquel aire puro, tomó carrerilla y, sin más dilación, descamisado y arrepentido por todo lo que había hecho y consentido, emprendió la veloz huída.

 

                En el piso 663 lo quiso detener su Secretario de Estado

 

                –Señor Ministro: Que ha llegado el soborno de las farmacéuticas.

 

                –Vete a tomar por culo, Ramírez –respondió el Ministro sin detenerse–. No voy a envenenar más a la gente.

 

 

                En el piso 660 escuchó el vozarrón del Subdirector General de Nuevos Tributos.

 

                –Señor ministro. Me tiene que firmar el nuevo impuesto sobre la Protección y Disfrute de los Bienes Naturales.

 

                Para cobrar por la cantidad de viento, sol, lluvia, aire respirado, tierra, vistas  y otras barbaridades.

 

                –Tu puta madre. Quema esa porquería y hazte con canuto con ella, chiflado.

 

                En el 658 le sonrió el nieto del cabronazo que había quitado el fútbol gratis para hacer más ricos a los clubes, los jugadores y las plataformas televisivas. Y para rematarla, había permitido que lo pusieran a las horas chinas.

 

                –No me volverás a sonreír, payaso.  Te lo aseguro por mi vida–.Lo amenazó el Ministro con un corte de manga. Ni se acordaba del cargo que tenía allí ese individuo.

 

 

                En el piso 650 lo persiguió la Secretaria General de Recaudación para informarle:

 

                – Señor Ministro. Ya publicamos a la callada la ley 722.525.728,24

               

                Para  quedarse con todo el dinero, el patrimonio y las pensiones de los emigrantes.

 

                Pero no consiguió darle alcance porque el Señor Ministro iba mangado, aunque sí logró que la oyese y le contestara.

 

                –Coge la escoba y emigra tú, bruja,  y no vuelvas. Nos harías un favor a todos.

 

                En el 648 estaba el borracho del Director General de la Oficina para la Prevención del Fraude Fiscal, Evasión de Capitales y Blanqueo de Dinero. Llevaba un dosier en la mano e hizo el amago de ofrecérselo.

 

                –Señor Ministro. El borrador de la ley que limita la retirada y el gasto en metálico por día y ciudadano a 5 euros.

 

                –Quítate tú y esa cosa de mi vista–Le ordenó el Ministro– .Con eso no te da ni para un minuto en el bar.

 

                Aunque el Ministro sabía perfectamente que todos los altos parásitos que ganduleaban por su Ministerio hasta para pagar un maldito café tiraban de la Tarjeta de Gastos que les daba el Ministerio.

 

                –Si quisieras hacer bien tu trabajo empezarías por este edificio, sanguijuela–. Añadió a gritos el Ministro.

 

 

                En el 645 pretendió detenerlo la Directora General de la Oficina para la Justicia Fiscal y Patrimonial. La que había logrado cobrar por las tumbas como si sus residentes estuvieran vivos.

 

                El Ministro aguantó la respiración ,se tapó los oídos y cerró los ojos para no verla ni olerla ni oírla, pensando sólo en ir más deprisa para abandonar lo más rápido todos aquellos endemoniados  departamentos y lograr cumplir el objetivo que se había propuesto lo más rápido posible. Eso sí, no antes de gritarle:

 

                –Vete a alimentar a  tus Buitres. Carroñera de mierda..

 

 

                En el 643 el Director General de Infraestructuras, asombrado al verlo pasar por allí, le anunció a berridos.

 

                –Señor Ministro, Señor Ministro, ¿qué hacemos con los millones que nos han dado para la autovía?

 

                – Lo de siempre, atontado. ¿Ya no te acuerdas? Haces un kilómetro de carretera, y el resto de la pasta por la vía rápida nos la ingresas en las cuentas de Suiza.

 

                “¡Qué Ladrón! ¡Qué chorizo había sido! –. Reconoció, arrepentido,  el Ministro.”

 

 

                En el piso 640 estaban El Embajador ante el Observatorio Nacional para la Coordinación y Eficiencia de los Observatorios Nacionales, el Presidente del Observatorio Nacional para la Coordinación y eficiencia de los Observatorios Nacionales y el Presidente del Observatorio Nacional para el Estudio del Cambio Horario. En esta ocasión parecían observar algo. Al ver al Ministro intentaron darle alcance, pero no lo consiguieron.

 

                – Señor Ministro, necesito 450 asesores más, que tenemos un montón de trabajo–. Ladró este último, con la lengua ya fuera.

 

                – Cómprate un reloj y que alguien te explique cómo funciona, idiota.

 

 

                En el piso 635 se asustó al ver  al gilipollas de  del Presidente del Tribunal de Defensa, Promoción y Competencia del Comercio Electrónico todo sonriente. Que tras arruinar el Comercio Electrónico ahora conspiraba con la zorra de la Presidenta del Consejo de Vela por  los intereses del Ciudadano, que en realidad solo se interesaba por dejarlos a éstos a dos velas.

 

                “Nada bueno pueden estar tramando éstos” –. Pensó el Ministro

 

                El Ministro Pasó a su lado. Les sacó la lengua y les hizo la burla agitando los dedos.

 

                –¿Todo va bien, señor Ministro?–rebuznó la última, con los ojos abiertos como platos.

 

                –Hasta ahora perfecto, pedazo de mierda. ¡Hala! Adiós, y que os den a los dos.

 

 

                En el piso 615 se sorprendió al ver a la Directora General de Comisión para la Defensa del Débil.

 

                –Señor Ministro: Que tenemos que bloquear el dinero de las cuentas bancarias de los moribundos, ancianos y cancerosos. Para protegerlos de que nadie haga un mal uso de su dinero –le gritó ésta apresuradamente.

 

                –Claro, hija de puta –Aulló el Ministro a través del altavoz que improvisó con las palmas de las manos–. No le vaya a hacerle falta a los hijos y no podamos gastarlo nosotros.

 

 

                Hasta el piso 400 pasó como una flecha las estancias que albergaban las miles de maquinitas automáticas que escupían sin parar leyes, normas y prohibiciones para multar a la población y joderla más, mientras se lamentaba sobre las últimas reformas que habían adoptado.

 

                 Quedarse con el 40% de los ahorros en los bancos. Limitar a 100 euros el efectivo que se podía guardar en casa por cada persona allí residente

 

                O gravar con el 100% todo lo que sabía bien o podía gustar a los ciudadanos. O el impuesto sobre los alimentos que no valían para comer hervidos. Todo  con la mentira de que era en beneficio de la salud general.

 

                El peaje en los puentes para peatones y vehículos. O el Podómetro para cobrar por cada paso.

 

                Ya de nada valía arrepentirse. Al menos ahora algo podía remediar.

               

 

                Con estas reflexiones llegó a los cientos de plantas en las que vegetaban los miles de enchufados de su ministerio. Los cuales perdían el tiempo, o ni siquiera se habían molestado en ir a su puesto a perderlo.

 

                “¡Qué panda de idiotas y sinvergüenzas!” Rumió el Ministro.

 

                Pasó como un meteorito. Ni se dieron cuenta de su fugaz presencia.

 

                ¡Qué más daba! Cada vez se sentía más feliz y contento por su decisión.

 

                El Ministro se relajó durante el trayecto que le quedaba para salir de ese templo Satánico. Se  acordó de sus amigos, cuando los tenía y eran de verdad, no de juguete. De su familia, a la que llevaba años sin hacerle el menor caso. De los principios que le habían lanzado a la política, antes de olvidarlos por completo. Y el Ministro se emocionó. Al fin y al cabo él había estado allí desde el Principio de Las leyes, desde el Big Bang de las Normas. Desde cuando Los Principios tenían un final, y ese final no era acabar sin principios

 

 

                Por fin pasó junto al piso donde estaban los únicos 6 que habían quitado la oposición. Y luego por los de los contratados por cuatro duros, que precisamente eran los que más duro trabajaban.

 

 

                –Buscaos un empleo decente. No os metáis  a usureros  –les  aconsejo a gritos.

 

                Pero no supo si lo había oído o no, porque el Señor Ministro ya iba como un rayo.

 

                ¡Qué agradable sensación! ¡Qué libre se sentía!, veloz y despeinado al viento. Hasta sentía su alma limpia y refrigerada. Qué mañana de primavera tan espléndida. Seguro que también había un montón de multas y leyes que prohibían lo que estaba haciendo–. Pensó.

 

 

¡Qué pena no poder repetirlo!  Se lamentó el Señor Ministro, satisfecho por hacer algo bueno por el ciudadano y por no poder  saltarse ni sobornar una la ley tan justa como la Ley de la Gravedad.

 

El Señor Ministro Comenzó a gritar para así aliviar su conciencia: Os pido a todos que espabiléis. Os Juro que jamás volveré a hacer daño a nadie. Os ruego que no volváis a hacer caso a la gente como yo. Os pido Perdón.

Estiró los brazos completamente para formar el signo de la victoria y esbozó una sonrisa de felicidad.

 

                A la vera de la fachada de su Ministerio, precipitado al vacío desde lo más alto, caía el Señor Ministro en picado, hasta que la acera se interpuso en su camino y quedó aplastado como un fajo de estúpidas  Leyes.

 

                La mañana era perfecta para suicidarse.

 

 

 

 

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