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5 min
El señor Nicolás
Históricos |
06.09.18
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Sinopsis

Con los ojos bañados en lágrimas Nicolás se sentó en la vieja silla que tenía en el porche de su casa...

Con los ojos bañados en lágrimas Nicolás se sentó en la vieja silla que tenía en el porche de su casa, no muy lejos de la playa. Hacía tiempo que no lloraba. Más de cinco años, cuando murió su esposa, la mujer con la que había convivido más de tres décadas, la mujer que le devolvió la ilusión por vivir y madre de su único hijo.

A éste no le veía con demasiada frecuencia. Vivía a tres horas de coche, tenía su familia y sus obligaciones, de modo que Nicolás comprendía que sus visitas no fueran muy habituales. Aunque vaya que le gustaría poder disfrutar de sus nietos un poquito más. Pero, ¿qué se le iba a hacer? Con que se encontraran bien de salud y le fueran a ver de vez en cuando se daba por satisfecho. Próximo a la jubilación y sin agobios económicos, disponía de mucho tiempo libre para hacer lo que le viniera en gana. Un rato de lectura, un paseo por la playa, las faenas imprescindibles del hogar y unos apaños al pequeño huerto que rodeaba la casa. Y así, uno tras otro, iban escapando los días con el sereno consentimiento de Nicolás. Ya en el declinar de su vida, se conformaba con disfrutar de esa tranquilidad de la que nunca había gozado en sus años mozos.

Sin hacer demasiados esfuerzos para que amainara el llanto, Nicolás dejó vagar su mirada entre las casitas que rodeaban a la suya. En varias de ellas aún seguían celebrando la noticia. Nicolás supuso que era eso lo que celebraban. Aunque no fuera eso, le reconfortaba pensar que efectivamente lo era. También él lo había festejado. Apenas una hora antes la botella de champán que tenía dispuesta desde hacía mucho tiempo para la ocasión, guardaba todavía en su interior el último chupito. Cuando acabó de rematarla, inmensamente feliz por dentro, Nicolás recogió los restos de la cena y se puso a fregar los platos. No hacía más de diez minutos que había vuelto al comedor y se había hundido satisfecho en su gastado sillón, frente al televisor. Fue justo cuando empezó el documental ese, o lo que fuera.

Narraban la vida del muerto. La vida, la humanidad, los méritos, las grandes obras del muerto. Y Nicolás intentó hacer oídos sordos a lo que para él era una sarta interminable de mentiras. ¿Qué iba a decir la televisión? ¿A quién pretendían engañar? Y, sin quererlo, su mente retrocedió casi cuarenta años, al día que le comunicaron que tenía que incorporarse obligatoriamente al ejército nacional. Para luchar contra los rojos. Y Nicolás qué sabía entonces, en aquel pueblucho perdido entre las montañas, quiénes eran los rojos y quiénes eran los nacionales. Allí la vida se concretaba en labrar los campos y ordeñar las vacas, en recoger la cosecha cuando tocaba y llevar el ganado a pastar. Esa guerra no era la suya. Que la ganaran unos u otros le importaba un carajo. Así pensaban también sus padres. Así pensaba el pueblo entero. A cuento de qué tenían que arrancarle unos extraños de su vida y llevarle al frente, con un fusil en la mano, a matar muchachos que probablemente sentirían lo mismo que él. ¿Qué objeto tenía aquella barbarie? ¿Qué había que ganar? ¿Qué había que defender? ¡Qué gran absurdo era todo aquello!

Volvieron a sus oídos las palabras de su padre, decidiendo por él, ordenando que se marchara al monte para librarse de la guerra. Otros dos muchachos del pueblo, de la misma quinta que Nicolás, correrían la misma suerte. Debían regresar al cabo de una semana, cuando los militares se hubieran ido y no pudieran echarles el guante.

Siguiendo el mandato de sus padres, cogieron los escasos ahorros familiares para no pasar hambre y se fueron los tres al monte. Ni siquiera aguantaron la semana entera; al quinto día ya estaban vigilando el pueblo a ver si sucedía algo raro. Y como nada extraño parecía acontecer se atrevieron a bajar a sus casas. No llegaron a entrar en ellas. Las hubieran hallado vacías. Los primeros vecinos que les vieron llegar salieron a su paso para comunicarles lo sucedido. En represalia por no haberles encontrado, los nacionales habían fusilado a sus familias. Y el mundo se hundió bajo sus pies. Y lloraron como críos que eran, sepultados por un dolor infinito, llenos de rabia y frustración, indefensos ante su existencia rota.

Sentado en el porche de su casa Nicolás seguía derramando amargas lágrimas. De la televisión ya no llegaba más que un leve rumor, demasiado lejano para seguir hurgando en esa herida que sólo se cerraría el día que Nicolás muriera. Era el veinte de noviembre de mil novecientos setenta y cinco, y la cadena estatal de televisión seguía ausente a cualquier hecho que no fuera el fallecimiento del hasta pocas horas antes Jefe del Estado español.

 

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