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El sentimiento renacentista del sacerdocio
Históricos |
12.09.17
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Sinopsis

El renacimiento, el gran descubridor de los tesoros olvidados.

El sentimiento renacentista del sacerdocio

 

Es la víspera del siglo XVI, los pilares del vaticano se conmueven ante un acto remonstrante emitido desde el bando de un grupo dogmáticamente incómodo, representado fortuitamente por un monje agustino, un tal Martín Lutero (1483-1546).

 

Se trata de una reinterpretación del sacerdocio que pone en arqueo a la Iglesia Católica en dirección a un segundo cisma, cuyos protagonistas no son menos que hijos engendrados en las cátedras de la también llamada Iglesia de San Pedro.


El concilio de Trento (1545-1563 d.c.) se da, particularmente, para poner todo en orden, para “cortar el vuelo al protestantismo” y (intentar) “recuperar  los espacios conquistados por él.” Y el modus operandi para lograr tales objetivos es la “codificación y definición de sus bases doctrinales”.


Pero la religión a partir de Copérnico, en verdad, ya no es la misma, en palabras de Kung. Y las ideas revolucionarias que Copérnico (y después Galileo) aporta a la ciencia, ya son inquietantes para la Iglesia, manteniéndola insegura y, extremadamente, hermética respecto de las ideas. Además, la esencia del fenómeno renacentista cultural, especialmente a principios del siglo XVI, es el re-descubrimiento de la belleza, la actualización del arte (retorno a los griegos), la pasión por reivindicar el criterio estético en las letras, entre otros aspectos. Por lo tanto, es de esperar, incluso, que hijos del vaticano –una especie de Art Lovers–  pronto se vean contagiados de esa pasión por el saber científico, por el rescate de lo clásico, por el re-pensamiento del logos, por la revaloración del ejercicio del pensamiento autónomo, mismo que vendrá a proponer más tarde Michel de Montaigne (1533-1592) en sus Ensayos.  O, en este caso, por los re-descubrimientos. Y así fue.

 

La Reforma no consiste, inicialmente, en un sistema hermético de una clase de ideas fijas de antemano o de un patrón-eje temático teológico, como especular que un 31 de octubre de 1517 Lutero dijera. “Ya pasaron mil años de oscuridad teológica, expongamos ahora la reformación de la doctrina cristiana sostenidos sobre el vehículo del valor renacentista, arguyendo la fe en Cristo sobre los dogmas que la opacan, y exponiendo en 95 tesis lo esencial hacia el inicio de una fe que haga posible una nueva mirada fiel de la Palabra, y que nos sumerja en una verdadera teología bíblica y sistemática para consolidar una Iglesia separada de Roma”. No fue así.

Claro, había una aguda puya preliminar de denuncias sobre abusos dogmáticos desde Juan Wycliffe (1320-1384), pero ni Lutero ni Calvino tenían una idea clara de que con sus escritos estaban reinterpretando la doctrina apostólica. Porque lo único que buscaba Lutero era que el Papa se enterase de los abusos cometidos por la clase obispal contra los fieles de la iglesia.

Por el contrario, unos reformadores prefieren ir por una renovación en la jerarquía; otros, hacia la proposición de un mejor gobierno eclesiástico. Pero hay también quienes prefieren ir por la tangente al cuestionar la dogmática. Aquí se centran las mayores polémicas cismáticas. Una de ellas (porque son muchas), el replanteamiento de “el sacerdocio de todos los creyentes”. La figura tradicional de un sacerdote es en la alta edad media un sujeto que se codea con Dios, que charla con él todos los días, que come palomitas del mismo recipiente, el receptor que toma del feligrés desgraciado la razón y que la lleva ante él para hablar de ello cara a cara, de sujeto a sujeto, de tú a tú.

 

Lutero, entre tantas otras ponencias, es quien clama por este derecho inalienable de todos los creyentes, ya no sólo de un derecho de la clase sacerdotal-elitista. Y es que la interpretación católica de la primera carta de San Pedro capítulo 2, versículo 9 que dice: “Pero vosotros sois linaje escogido… ‘real sacerdocio’… para que anunciéis las virtudes…” es hasta 1510  (cuando lutero hojea los Salmos y comienza a sentir los alfileres de Satanás) una unción literalmente permisible solo a sus jerarcas. Ahora, ser sacerdotes es una función de cada cristiano, ahora, la bandeja de plata ya no solo se pasea en los curules del presbiterio, también baja a servir a las clases segregadas de abajo en los pasillos del santuario.

Es importante comprender este principio revolucionario protestante y observar cómo van reproduciéndose otros líderes como Lutero quienes ahora comandan la nueva religión naciente. Todos entienden ahora su oficio sacerdotal, saben que es un derecho divino. En consecuencia, no es de extrañarse que Calvino en su máxima obra Institución comente que “Cristo tiene además el nombre de sacerdote… no solamente para hacer que el Padre nos sea favorable… sino también para hacernos compañeros y partícipes con él [sacerdotes como él] de tan grande honor”.

 

Este “sacerdocio común” no es el tema inicial de la Reforma que Lutero inicia el 31 de octubre de 1517, pero adviene per se. Si miramos la expansión geográfica de la religión cristiana europea de 1550 d.c., sin censuras, diríamos que ya hay muchos papas en funciones: el de Escocia (Juan Knox), el de Suiza (Ulrico Zwinglio), el de Ginebra (Juan Calvino), el de Alemania (Martín Lutero), el de Inglaterra (Tyndale) y (¡desde luego!) el de Roma (Julio III). Una relectura del texto bíblico ha bastado para darle vuelco a una barrera curial y provocar el segundo gran cisma de la historia cristiana, devolver la biblia al churchgoer y decirle que ya puede “orar por su cuenta”, que ya puede ser pastor de su propia casa.

 

Para los renacentistas en las letras, regresar a las ideas clásicas de los griegos es fundamental. Para los Reformadores del XVI, regresar a los fundamentos de los Apóstoles, restablecer la integridad del sacerdocio de todos los creyentes, urgente. Con todo, unas doctrinas, cierto, son más revolucionarias que otras, pero el sacerdocio, entre todos, sí fue un ápice luterano acertado, necesario. Para la Iglesia Reformada, es una nueva conciencia que coloca al sujeto pecador en dirección vertical con Cristo para los pareos confesión/perdón o sacrificio/petición.

 

El alto renacentismo dejó miles de fotografías de variados paradigmas durante su paso. Reveló los contornos profanos del cuerpo desnudo griegos. También imprimió las arterias sagradas de las principales enseñanzas de los Apóstoles de la era primitiva. Amén a los 500 años de seguir los ideales del sacerdocio de todos los creyentes.











 

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Mi nombre de bautizo es Oveth Hernández Sánchez. Mi nombre literario, José Espigal. Nací en Villahermosa, Tabasco en 1978. Crecí en Cárdenas, Tabasco. Radico en Mérida, Yucatán. Me formé en letras latinoamericanas y teología barthiana. Soy narrador en la modalidad de cuento corto y micro relatos.

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