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12 min
El silencio de los culpables
Suspense |
27.05.17
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Sinopsis

El encuentro fortuito de dos seres diferentes pero iguales a la vez.

 

El silencio de los culpables

            -¿Cuál serán las manos que me alejaron de ti? … ¿Qué mal habremos hecho para vivir uno alejado del otro?- dijo con cierto tono de nerviosismo apoyando su frente en la pared mohecida y descascarada mientras observaba la foto en la palma de su mano mientras le recorría un fugaz ardor en el pecho.

            -¿Que habré hecho para merecer esto? ¿Qué crimen he cometido?- continúo y rápidamente guardo la foto en un bolsillo.

            Un hombre lo mira en silencio  sentado en un banco de madera verde musgo. Lo escucha pero no le presta mucha atención mientras sigue cebándose un mate. En el tiempo que tuvo que tuvo que pasar en lugares como este, escucho infinidades de chillones como ese que estaba ahogando sus penas de forma telenovelesca.

            -Si hubiera sido más valiente….-

            Él sabía que tipos como estos al final la terminan boqueando, por eso el silencio era su mejor aliado y por eso lo guardaba en el lugar más recóndito de su cuerpo.

            ʺVos podes contratar a la mejor gente, al mejor encargado de logística, al mejor chofer. Pero, en el momento de que te chupan, el que más vale es un tipo que nunca va abrir el pico”. Las palabras del Beto se le habían tatuado en la cabeza cada momento que se le venía ganas de decir alguna palabra. Como cuando el fiscal le interrogo por horas tratando de determinar quién de ellos le había disparado a la seguridad del blindado.

            -Me da un mate, amigo- dijo dándole un tono ambiguo la palabra ʺamigo”, sentía la necesidad de hundir ese nudo de nervios que orbitaba en su garganta.

            Lo miró, unos segundos con extrañeza. La palabra le resultó desconcertante, amigo era otra cosa que lo que manifestaba ese hombre tan ajeno a ese lugar.  Por su vestimenta, un  saco, un pantalón ocre y una camisa blanca; por su porte de cincuentón profesional; por su dicción  poética, todo ese conjunto le  hacía extrañar tal pedido.

            -Perdone amigo, que le esté pidiendo tantos favores. Ya tengo una deuda gigante. Alta deuda, amigo-  dijo mientras se dirigía a buscar el preciado  mate agachando un poco la cabeza para no llegarse por delante la soga de la ropa.

            «Este tipo no me debe nada. Si hubiese sabido lo insoportable, lo hubiese dejado allá afuera, que se arregle solo en este quilombo» pensó mientras esperaba la devolución del mate.

            -Ahora cuando salga si necesita usted algo me lo pide, y se lo traigo personalmente.

            Un sonido explosivo retumbo en las paredes.  Luego unos gritos, unas corridas, que junto al olor a colchón quemado parecían acercarse cada vez a la puerta que separaba a ellos del trágico exterior.

            -¿Cómo está la cosa, allá afuera?-  y señalo con la cabeza la puerta-  ¿No? Espero  que no tomen tantas represarías- y devolvió en mate.- Por mí parte, me salvo, por que ….ya me estoy por ir, pero a mí me aflige el resto, gente buena como usted ,que por culpa de estos salvajes…….No puedo seguir porque es hacerse mala sangre.

            «Cómo gritaba este boludo, parecía un  nenita. En un momento me asuste y pensé que era el Dami. Ya tenía un fierro preparado pero cuando me asomé y vi a este tipo así vestido, pensé que era un abogado o algo así. Siempre hay que hacer buena letra con estos tipos»

            -Perdone mi falta de educación. Me presento, soy el Licenciado Juan  Rey- y le tendió la mano.

            «Sabía que no era un boga» pensó.  Él sentía que tenía cierto talento en identificar a las personas en pocos segundos solo con observarlos en silencio.

            Se quedó mirando la mano extendida con sus largos y delicado dedo anular decorado con un anillo de símil oro. Quería tomar unos segundos para llevar a cabo la identificación, había algo allí que no podía discurrir.

            -Yo soy Víctor Sosa- y le estrechó la mano.

            -Bien así me gusta, un hombre que da con ímpetu la mano.- dijo Juan y abandonó  el saludo. – Por lo que veo está demasiado calmado. Yo soy como un cachorrito temeroso. Se ve que tiene experiencia en estas situaciones ¿Esto es por  lo de la llegada de…..?¿Cómo se llamaba ese narco?- se quedó pensando mientras chasqueaba los dedos.

            -El Tate Manero- respondió en seco Víctor.

            -Sí, ese. El engendro ese.- dijo Juan mientras ponía una cara de repugnancia.

            Ya en todo el pabellón se sabía que bajo las sombras se estaba maquinando algo. Pero nadie sabía en qué  iba a ser de semejante envergadura.

            -Hombre, ¿No le da intriga saber cómo llegue a tocar a su puerta?

            Víctor no respondió ni siquiera con un gesto.

            «La curiosidad mató al gato, si lo sabré en este lugar que abundan los gatos  »  pensó.

            -¿No le interesaría saber  la causa de porque me perseguían? ¿No quiere saber lo que recupere gracias a su ayuda?

            Ningún gesto ni palabra de Sosa.

            Juan empezó a contar su historia. Su narración era ampulosa y detallista. ʺLas viles huestes” repetía al referirse a los muchachos del Tate que entraron a la fuerza a la zona de visitas.

            -Me ultrajaron la foto de mi amada….Con todas mis fuerzas defendí mi honor….Batallé hasta hacer caer muerto a uno de ellos…..Corrí con todas mis fuerzas…Vi imágenes dantescas durante mi huida…..Hasta que llegué a su puerta….- dijo Reyes mientras teatralizaba cada acción que describía con sus palabras.

            A Víctor poco le importaba la historia. Había escuchado muchas historias mejores con más sangre y con menos gestos de idiota.

            -Acá le muestro la razón de mi vida- y le acerco la foto.

            Una explosión se sintió  en la puerta que daba al pasillo que daba la entrada al módulo.

            -¡La puta madre!- gritó y se le cayó la foto al polvoriento suelo. Al levantarla, vio las manos gruesas de Sosa, ellas  sostenían con fuerza un grueso y alargado fierro. Al levantar la vista vio a Sosa en un estado total de alerta, como un animal, tratando de predecir en que ocurrirá en las inmediaciones.

            -Acá esta la razón- y colocó frente a los ojos de Víctor todavía en estado de alerta.

            Al notar que el peligro había pasado, dirigió su mirada a la imagen. En ella solo se veía una joven en bikini recostada en una colchoneta inflable sobre las aguas de una pileta. Por la pose, por el gesto de boquita de pato, por la poca presencia de busto, por su sonrisa con brackets, por sus dedos en V sobre el rostro, tal como hacia su hija, entendió que la joven no pasaba de los quince.

            Víctor miró seriamente a Reyes, que lo observaba con una sonrisa de alegría. Volvió a ver la foto, como para asegurarse que lo que le decía los ojos era correcto. Juan lo empezó a ver con cierta cara de  nerviosismo.  Sosa reconoció en  el rostro, en la jeta de Reyes, “a los hijos de re mil puta que se aprovechan de las pendejas”.

            -Siempre tené cuidado de los degenerados que rondan por el barrio- le aconsejaba a su hija cada vez que lo visitaba.

            «Los hijos de puta hociquean a la legua a las pibas» pensó mientras  le devolvía la fotografía y, a su vez, acercaba lentamente al banco el fierro, que se apoyaba en la columna de la pared, con su mano derecha.

            -Este mundo es injusto. Uno  si agarra a una mujer y la golpea hasta matarla, no va preso. Pero si uno le da amor vas preso sí o sí-  dijo Juan al hojearla  luego de tomarla de la mano izquierda de Víctor.

            Un estruendo entro por la abertura enrejado que daba al patio central. Juan giro su cabeza hacia la derecha, en dirección del estruendo. Un golpe seco, preciso, descendente, entró por la intersección izquierda entre el cuello, el oído y la mandíbula.  El último lo encontró en el suelo frio, en una celda diferente a la suya, en un pabellón diferente, en una situación diferente a la esperada libertad. No habría más amada, ni noches de tormentos de pasión, ni deseos de encontrarse con su Dulcinea o su Dolores Haze.

            Víctor de pie lo miró por unos segundos. Tomo una de las remeras que colgaba de la soga, limpio el arma y se la guardo en el bajo el pantalón. Notó que un pequeño hilo de un líquido viscoso brotaba del oído izquierdo del cuerpo, con la misma  le limpio los oídos. Luego de hacer  esto colgó la remera en la soga. Camino hacia donde había dejado el termo, agarró el mate y se sirvió el último mate, ya lavado. Hizo unos movimientos de precalentamiento. Arrastro el cuerpo hasta colocarlo cerca del banco de madera.  Con extremado esfuerzo lo colocó sobre el banco. Se puso de cuquillas, sintió el fierro que le raspaba los muslos, y  lo colocó entre sus hombros. Elevó su cuerpo y empezó a caminar. Le vinieron a la cabeza los recuerdos de un pasado. Un pasado donde la sangre fría le recorría la espalda. El escozor al sentir el recorrido de esa gota, el color a sangre, la dureza de los huesos vacunos, la necesidad de ganarse el mango cotidiano.

            Al cruzar al pabellón dos, notó la fatídica situación que se desarrollaba.  Las explosiones esporádicas, el sonido de las corridas, solo eran ecos de una escena propia de un infierno.   Los cuerpos calcinados, agarrados de las rejas, seres agonizantes arrastrándose por el suelo, riñas de facas entre los pocos que no daban sus últimos suspiros vitales, el fuego consumiendo todo, el cuerpo de un penitenciario colgado de una baranda por una sabana que decía: “No se metan con el Tate”.

            Al llegar al pabellón tres,  todo el ambiente hacía suponer  que el caos ya había pasado por allí. Todo el hall central parecía vacío, pero se sentía las miradas de los que se ocultaban. Se ocultaban de esa justicia que solo tiene jurisprudencias en ese lugar. Los murmullos, se oían como los chillidos que hacían las ratas al sentir la cercanía de El Capi, el gato mascota del pabellón.

            -Acá les dejo a uno. Bardeó con los tipos del Tate y lo cagaron matando- gritó dirigiendo la mirada hacia su alrededor. Detrás de una de las columnas vio unos ojos. Descargó al muerto en el piso. Su cuerpo sintió al soltar semejante carga.

            Dio la espalda al muerto y lentamente emprendió su camino de regreso al pabellón uno. Mientras se iba alejando del hall, escuchó los pasos sigilosos de los temerosos, en las sombras notó sus movimientos, todos se dirigían a darse encuentro con el finado.

            -Es Juan- alguien dijo

            -Pero, ¿No era que hoy se iba?-  dijo otro alguien.

            Cerró lo que quedaba de la puerta de acceso. «Ellos sabrán que hacer» pensó.

            Al cruzar el lugar del asesinato, recordó que debía recoger el mate y el termo. No quería bardo con el Tanza cuando vea su remera manchada. Tomó sus cosas y tomó el pasillo que lo llevaba a su celda.  No se cruzó con nadie en el pasillo. «Los muchachos se habrán ido a ver el quilombo» pensó. Agarró su silla plástica de jardín y sentó en la puerta, quería saborear el gusto del silencio. Antes de dar el primer sorbo se acordó que ya el mate estaba lavado. Fue a buscar la yerba a lo del Correntino, aprovechando que no estaba. Dudó un poco en “tomarle  prestada” el paquete de yerba, pero luego recordó la infinidad de favores que le debía el Correntino a él  y la culpa se le fue.

            Se sentó coloco su arma personal  apoyada en la silla  y dio el primer sorbo cuando apareció el Pibe Trapo.

            -Qué extraño vos acá. Te perdiste toda la joda. ¿No pasó  nada  acá?- le dijo el pibe.

            Sosa curvó la boca hacia abajo y dándole un movimiento de izquierda a derecha a su cabeza puso cara de aquí no ha pasado nada. Terminó de darle el último sorbo a la bombilla. Desparramó el agua sobre la yerba y con una grata sonrisa se lo ofreció al Pibe Trapo. 

 

 

 

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