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7 min
EL SOL QUE ENTRABA POR LA VENTANA
Amor |
29.05.18
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Sinopsis

Propuestas indecentes, avivando el fuego del amor.

EL SOL QUE ENTRABA POR LA VENTANA

 

El sol entraba por la ventana iluminaba los restos de una noche intensa y cargada de placer. Él estaba desnudo, cubierto parcialmente por la sábana blanca, recostado en la cabecera de la cama. Había terminado de tomar un trago largo de café y miraba por la ventana, sin mirar.

Ella llegó mansamente vistiendo apenas una  blusa transparente, que no ocultaba sus senos, su desnudez, su belleza. Con un salto elegante subió a la cama y se sentó sobre el hombre, como si él fuera un caballito de juguete. Lo besó y sintió el gusto del café. Su lengua jugó con la lengua masculina y percibió que su beso provocaba la esperada reacción en el hombre.

- Desperté con unas ganas locas…

- Dame tu boca, amor.

Se besaron de nuevo y él se dio cuenta como estaba excitada la mujer. Con ganas. Muchas ganas. El hombre deslizo su mano atrevida y encontró el sexo femenino.

- ¡Estás prontita, amor! – susurró excitado.

- Sí, mi amor, me desperté con unas ganas inmensas de darte todo.

- ¿Todo, todo, todito?

- Todito mi amor – murmuró ella y le mordió el lóbulo de la oreja.

Con un movimiento rápido lo liberó de la sábana y se sorprendió al ver como ya estaba alerta y dispuesto el miembro de su amante. Con calculada lentitud se sentó, dejando que el sexo masculino la invadiera lentamente, dándole placer, mucho placer. Suspiró y empezó a moverse despacito, buscando toda la inmensidad y la profundidad del deseo.

Marck abrió totalmente la blusa que no cubría nada y se deleitó tocando, mirando, lamiendo y mordiendo los senos que se movían acompañando los movimientos rítmicos de la muchacha. La dejaba hacer, subir y bajar, cabalgándolo como si fuera un animal programado para darle deseo, para hacerla feliz. Ella fue aumentando cada vez más el ritmo.

- ¡Ah, cómo es bueno! ¡Cómo me gusta! ¡Cómo me llena!

- ¿Te gusta, amor? ¿Te gusta sentarte en él y cabalgar?

- ¡Me encanta! ¡Me da mucho placer, mucho placer, ah! ¡Me deja loca!- gritó, inclinando su cabeza y su cuerpo hacia atrás, clavando las uñas en el pecho peludo del hombre y sintiéndose poderosa mientras subía y bajaba, suspirando y gimiendo a cada movimiento. Alcanzó la cima del placer así, moviéndose rítmicamente, aprovechando la total disponibilidad del hombre. Gimió más fuerte, se dejó caer sobre el cuerpo masculino y sintió que su cuerpo se relajaba totalmente y se sentía leve, tan leve que podría flotar y salir volando por la ventana abierta, por el cielo azul.

- Yo te amo, yo te amo- musitó, percibiendo que el miembro del hombre no cedía ni un centímetro dentro de ella.

- ¿Amas la manera cómo lo hago o la manera cómo te dejo hacer?

- Amo todo, mi amor.

Él se movió y ella sintió el movimiento bien allá adentro. Con un movimiento calculado y perfecto él la dejó por debajo y se acomodó entre las piernas de Bia.

- ¡Ay, amor, la siento todita, llenándome!

El hombre se movió con sabiduría, entrando y saliendo, buscando con cada movimiento entrar más profundamente.

- Hoy te doy todo, amor, todo. Te doy todo lo que me pidas, me desperté bien loquita, loca para ser poseída, amada, dominada…

- Putita…

- Tu putita, amor, solamente tuya…

- ¿Te puedo pedir cualquier cosa? – se arriesgó él.

- Lo que quieras… cualquier cosa, amor…

Marck empezó un movimiento vigoroso, rítmico y fuerte, arrancando grititos de placer de su amada, que se abría cada vez más para recibirlo. Ella deliraba y se movía acompañando el ritmo de su amado.

Gozaron casi al mismo tiempo, respirando uno el aire del otro, apretados en un abrazo vigoroso y sudado. Él cayó para un lado y ella lo acompañó, apoyando su cabeza en el pecho peludo.

Después de un siglo, él preguntó:

- ¿Todavía me querés dar todo?

Ella sonrió.

- Casi todo, amor, casi todo.

- Tengo una fantasía- insistió él-. Algo que podemos hacer los dos juntos.

Ella, los párpados entrecerrados, no respondió. Parecía adivinar lo que venía. Pasó los dedos largos y cariñosos por el torso del hombre.

- ¿No vas a preguntarme qué es?

- Creo que ya sé – dijo ella -. ¿Qué es?

- Me gustaría hacer el amor contigo y con…

- ¿Con quién?

- Con una amiga tuya, alguien que vos quisieras.

Ella deslizó una mano hasta el miembro y empezó a masajearlo llena de picardía, sintiendo que el animalito reaccionaba y crecía, respondiendo al estímulo. A veces se sorprendía con la capacidad de recuperación del hombre.

- ¿Yo puedo elegir? – insistió ella, entre excitada y divertida. Sentía que el hombre ya estaba pronto para otra batalla y eso le agradaba.

- Sí – respondió Marck y la hizo girar, dejándola de lado. Por detrás, acomodándose, la sujetó por la cintura y por el hombro, penetrando con calculada lentitud, aprovechando la erección que la muchacha había provocado con su mano mágica.

Ella se abrazó a la almohada y lo dejó hacer. Estaba disfrutando plenamente de aquel amanecer.

- ¿Vas a dejar, amor?- insistía él, mientras la penetraba con vigor.

- ¡Ay, amor, no sé, no sé!

El hombre subió totalmente sobre ella, dominándola con su cuerpo y penetrando con fuerza y rapidez. Ella gemía y se debatía, pero pedía más y más. Cuando el placer estalló el volcán blanco, él cayó como desmayado sobre ella, moviéndose lentamente como si no quisiera que aquel momento mágico terminara. Así se durmió.

Despertó con el aroma inconfundible del café. Ella estaba allí, sentada junto a él, un pocillo de café en la mano, una sonrisa pícara en el rosto, ya vestida y oliendo a baño recién tomado y a perfume. Un perfume que lo enloquecía.

- Te preparé otro café. Tengo que ir a trabajar.

- Gracias, preciosa. Yo voy más tarde.

- Te voy a dar.

- ¿Me vas a dar?

- Tu pedido, lo pensé y voy a poner una mujercita junto con nosotros en la cama.

- ¿En serio?

- Sí. Podés elegir entre Mónica o Ana María.

- ¡Mónica! – exclamó él.

- Yo sabía – sonrió divertida, Bia-. Ya me di cuenta como la devoras con la mirada, bandido. La deseas mucho, ¿no? Voy a arreglar todo, a ella también le va a gustar, estoy segura.

- ¿Cuándo, amor? – se inquietó él.

- Cuando quieras. Pero, antes tengo una condición.

- ¿Cuál?

- Realizar una fantasía mía. Primero mi fantasía, después la tuya. Es la única condición.

- ¿Sí? – titubeó el hombre.

- Otro hombre, elegido por mí.

- ¿Tendrías coraje de acostarte con otro hombre y conmigo?

- Creo que no entendiste, mi amor. Me voy acostar con otro hombre, yo y él, solos, solitos. Le voy a dar todo mi amor, lo voy a enloquecer, lo haré subir por las paredes de puro placer. Después te cuento lo que pasó o lo grabo y te lo muestro… Te va a gustar, creo que te va a gustar mucho, mi amor…

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