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11 min
El sueño extraterrestre (recuerdo de un sueño real tenido la segunda semana de abril de 2019)
Fantasía |
20.10.19
  • 5
  • 1
  • 314
Sinopsis

Recuerdo de un sueño real tenido la segunda semana de abril de 2019

Entre algunos de esos sueños, el que recuerdo con más precisión y detalles - aunque aún fugaces-, es uno que resalta además por esa excentricidad de escenarios rápidamente fragmentados… creo que esa es la única combinación de palabras que puede describirlo por ahora al menos en buena parte. La descripción que daré a continuación, será breve y escueta, porque conserva una de esas propiedades de los sueños efímeros. Me refiero a que, cuando me “desplazaba” en el sueño, temporalmente, los escenarios cambiaban de manera apresurada, es decir, que especialmente, yo sentía que había tan solo algunos minutos de separación entre cada uno de ellos, aunque estas escenas fueran complejos y extensos. No sé si mis intentos de explicarme sean claros, aunque queda justificado en parte por esa esencia tan propia de los sueños extraños que cada uno de nosotros hemos tenido de cuando en cuando. Sin embargo, es ya sabido que los sueños, en lo que a tiempo se refiere, tienen esa duración tal y como la soñamos, o “sentimos”. Es decir, que si el sueño al que me refiero aquí lo “sentí” espaciado, y algo duradero, de unos 30 o 40 minutos; en efecto, eso es lo que habría durado realmente. Aunque uno pueda sentir, como es este mi caso, inmediatamente al despertar y recordar, que ese sueño fue demasiado corto; eso se debería a que no logramos recordar la gran mayoría de los detalles. Esos pequeños detalles se han perdido, (pero están allí, y lo sabemos), y son los que, solamente en el sueño, habrían hecho durar mucho más a la ensoñación.

Ahora que queda claro que fue un sueño bastante fraccionado, del que no poseo la mayor parte de los pormenores, he decir que todo el sueño constaba de tres escenas.

En todas ellas bien recuerdo que me encontraba acompañado de otra persona, y que sé quien era, aunque por ahora no lo diré. La primera se suscitaba en un escenario bastante caótico, casi pesadillezco, aunque no lo era, porque mi objetivo en el sueño era más bien escapar del peligro. No sentía miedo, sino, más bien, una combinación de aceleración y divertida adrenalina. ¿De qué huíamos? No lo sabría decir con exactitud. Corríamos a través de un grande laberinto, no gigantesco, solamente grande, con muros de piedra marrón claro que delimitaban al laberinto alzándose por casi 3 metros de altura. El camino era de una tierra igualmente marrón, casi rojiza, bastante polvorienta; y entre todos los recovecos, corrían más personas; otras se escondían. No tuve tiempo de hablar detenidamente con nadie, y por supuesto que todos ellos debían ser conocidos míos. Sólo intercambié palabras veloces con unos pocos, cuando me detuve en una de las “salidas” del laberinto ,que no lo era realmente. Habíamos llegado al fin, después de tanta prisa, al centro de éste, un enorme espacio abierto de tierra roja, como un desierto, en el que el caos era evidente. Pero tampoco me infundió miedo. Un atroz torbellino dejaba caer su furia allá a lo lejos, cargando entre sus vientos feroces personas y automóviles… Las personas a nuestro alrededor nos advertían que nos fuéramos, aunque no sé porque ellos permanecían allí con relativa calma… ¡y yo también! Solo después de unos segundos reaccioné con mi compañero y nos fuimos de allí.

Es aquí donde el sueño empieza a tener una apariencia de mezcla extraña, porque entonces nos dimos cuenta, corriendo en un algo pasaje del laberinto, que estaba sucediendo una especie de guerra… Vimos más personas huyendo delante y detrás de nosotros, y un ruido ensordecedor acaeció cuando vimos negros helicópteros en fila sobrevolando para dejar caer a sus soldados… También, el remolino se acercaba, para dejar caer enorme camionetas por entre todo nuestro camino, aunque todos los golpes los evadimos. El frenesí era evidente, pero seguía sin tener miedo.

Hacia el final de esta primera escena, que debió durar cuando mucho unos 5 minutos, fue cuando me di cuenta de que estábamos presenciando el fin del mundo… de alguna forma. Dando paso al segundo trozo del sueño, se convirtió en una fea pesadilla, porque salimos del laberinto, luego de correr y correr, y llegamos al final. Ya algo lejos de allí, entramos a un terreno bajo y húmedo, completamente desolado, como el inicio de una pequeña selva, desde donde oíamos los gritos desesperados de muchas personas, allá, muy muy lejos… y eso sí que me era aterrador. Ahora sabiendo que algo inminente estaba ocurriendo en todo el mundo.

Ya totalmente inmersos en esta selva baja, donde las matas eran frescas, y el suelo lodoso, es donde tuve oportunidad de conversar con mi amigo. Obviamente, no recuerdo nada de ese intercambio de palabras, aunque si lo hice. Recuerdo muy bien el lugar, el ambiente oscuro, lánguido, indiferente. Inclusive, el trino de las cigarras en las lomas lejanas, el ambiente fresco, que era de tarde ya,donde el ocaso estaba por acaecer.

Eso también me dio cierto terror. Porque temía a ese oscurecer en la anda, en un monte completamente olvidado, lleno de peligros, a oscuras… Caminamos entre los árboles bajos, y recuerdo que recomendé acelerar el paso, no sé por qué, como si algo nos persiguiera, o como si caminar más raudos no fuera a librar del peligro de la noche en la espesura…

Fue simplemente aterrador. Es otra vez aquí donde el sueño empieza a tener un aire extraño. Porque pronto nos hallamos frente a un obstáculo, de anormales características: abajo, se abría un empinado camino, una “resbaladilla”, cubierta por hierbas y sobre todo, lodo. Para mí eso era un gran impedimento a seguir, y no había vías alternas, porque sabía que ese era el camino que teníamos que abrazar para estar a salvos. Sin embargo mi compañero no tenía reparos y pronto se abalanzó, con increíble intrepidez, resbalándose a la orilla de aquella senda, y me recomendó a hacer lo mismo, ayudándome en todo momento.

Cada vez más se acercaba la noche, y se oían más lamentos alejados, como si nos estuvieran apresurando cada vez más. Entonces, la segunda parte finalizó de manera igualmente extraña, porque luego de avanzar cuidadosamente un poco, decidimos dejarnos llevar, resbalando por entre todo el camino, ensuciándonos de lodo, pero íbamos seguros y rápidos, como si hubiéramos tomado el control. Todo eso tomaría unos veinte minutos en el sueño, concluyendo con un sentimiento de calma; así que la pesadilla había terminado.

La última parte del sueño es por lejos la más fascinante y excéntrica, incluso mi favorita, y durante toda ella me sentí asombrado, ya no aterrado, no volviéndome a preocupar acerca de ese “fin de mundo” inminente que me había espantando antes. Me había transportado a otro planeta. El caso es que ya había llegado la noche, ya era bastante tarde, y habíamos llegado al final de ese larguísimo camino enlodado, - que por cierto tenía un final bastante cortante, porque justo donde terminaba esta vereda, terminaba ese bosque ahora oscuro y siniestro. Los árboles se extendían muy lejanamente, formando una cuenca, hasta que ya no lograbamos distinguir sus límites. Sencillamente, daba paso a una enorme extensión, casi colosal, de igual manera fangosa, casi pantanosa, pero solo con unos contados charcos de agua. Bajamos un poco de la lomita que formaba el final de la vía y nos arrastramos hacia abajo, hacia ese valle encharcado, nos limpiamos un poco y mi compañero y yo discutimos acerca de la naturaleza del ambiente, dudando incluso si habríamos llegado a un mundo extraterrestre, completamente ajeno y distante, en el que la luz de una luna intrusa de brillo singular nos guiaba.

No sentí miedo, como dije. Con enajenación, contemplé toda la extensión del valle, hasta donde mis ojos alcanzaran a ver, donde un horizonte azulino, impresionante, concluía de manera fantasiosa. Mientras tanto, mi compañero me seguía, no tan deslumbrado, aunque si curioso. He aquí lo más notable del sueño: a manera de sembradíos, en toda la expansión de la hondonada pantanosa, se alzaban pequeños organismos sésiles, como plantas, bioluminiscentes, de todos los colores. Yo ya los había visto desde que presenciamos todo el paisaje en lo alto del montecillo donde habíamos llegado, y también me había emocionado, aunque decidí guardarlo para el final de este texto.

De lejos, tenían el aspecto de cientos de rechonchos y enanos tunicados, o urocordados, animales de aspecto particular, aunque estos permanecían fijados al sustrato de lodo. También los describiría como una clase de esponjas terrestres, aunque brillaban mucho y eran transparentes. Yo ya sabía que no eran plantas, u hongos, aunque quizá ese sea el adjetivo más cercano para los lectores no familiarizados.

Cuando nos acercamos para mirarlos con detalle, me fijé todos no rebasarían una altura de 40 centímetros, aunque eran de tamaños variados. Observé con cuidado su aspecto exterior, ¡y se movían! Producían lentos movimientos, como el de una anémona en el fondo marino, aunque en el aire. No sabía para qué lo hacían, posiblemente se estaban alimentando. Pero si tenían el aspecto de estos cnidarios, de formas cilindras, pero algo alargadas; aunque todos eran de morfología diferente. Algunos tenían tentácilos en su extremo apical, formando una coronilla y en medio una abertura, que sería una boca, probablemente; y que no sabía para que servían. Por dentro, ya que eran transparentes, dejaban ver un sencillo sistema digestivo, y otros orgánulos o burbujas, que, dejando correr mi imaginación, serían un conglomerado de entidades endosimbióticas realizando alguna tarea. Contorsionaban sus cuerpos de manera gelatinosa, pero lenta. Otros tenían más el aspecto de corales, no tan luminiscentes, alargados y algo ramificados, con protuberancias en todo el cuerpo.

Los más fascinantes tenían la apariencia de ascidias, y eran de colores azulados, igualmente translúcidos, dejando entrever todos sus sistemas. Constaban de algunos sifones, como esta clase de urocordados, en la parte más superior de su cuerpo, y a continuación vendría alguna especie de laringe y una cavidad atrial donde un liquido extraño se acumulaba. Los había de muchas más formas, y también colores, por supuesto, algunas no tan transparentes, sino más como esponjas rugosas; y otros con numerosas prominencias, tentáculos, sifones, bolitas, ramas… Todos agrupados como en sembradíos, en filas por decenas, y luego como en parcelas, chapoteando, realizando funciones biológicos alienígenas desconocidas. Una parcela delimitada perfectamente daba lugar a un espacio, una vereda por donde podíamos caminar, y a continuación a la siguiente parcela de organismos… y a las otra… hasta donde alcanzaba la vista. En conjunto, todo ese terreno en extremo anegado despedía un brillo especial, producto de toda la bioluminiscencia de todos los organismos. que flotaba un poco por encima de todo el campo visible.

En verdad quedé admirado. Mi compañero y yo volvíamos a discutir con intriga y entusiasmo. Todo el sueño terminaba de manera gradual, recuerdo, con mi determinación a observar y preguntarme acerca de sus aspectos, y de poder determinar que serían… Desperté totalmente extrañado, diciéndome a mi mismo algunos de los detalles más importantes del sueño, y sobre todo de esta última parte, para no olvidarlo. Me lamenté de que no continuara, por supuesto, y una rara sensación estuvo allí durante unos pocos segundos, como preguntándome acerca de si estas criaturas existían en verdad… Pero no, no había sido real.

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  • Cuento corto escrito a principios de enero del año 2017, primero a manera de práctica para la escritura y luego enviado de manera equivocada a finales de ese mismo año para participar en un concurso de cuento. La historia está basada en parte en pesadillas que tenía cuando era niño, sobre todo las partes de la fiebre, los escalofríos en la cama, la enormidad de la habitación y esa sensación de inminente fin o apretujamiento que tanto me asustaban. Recuerdo esas texturas duras y suaves, ese contraste ofrecido por la frialdad de las sabanas, formando un enorme desierto blanco y vació bajo mis manos. Todos esos feos sueños causados por la influenza inspiraron este cuento.

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Soy el escritor transparente. Tengo 20 años de edad.

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