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14 min
El taxidermista
Terror |
06.09.20
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Sinopsis

Luego de perder comunicación con su padre. Marceline decide ir a visitarlo a su mansión. Encontrándose con una serie de eventos que le hicieron de su noche su peor pesadilla

La lluvia caía como dardos sobre el parabrisas del chevrolet spark, color champagne. El camino se encontraba cubierto en oscuridad. Los faros del coche se atenuaban por el fuerte aguacero, solo el rostro lleno de preocupación de Marceline era alumbrado por los relámpagos que antecedían a los fuertes truenos. La carretera de montaña era angosta y serpenteaba colina arriba, donde se desplazaba el auto con sigilo. La mujer manejaba con cautela; el camino lo exigía por sus pronunciadas curvas y superficie resbalosa debido a la lluvia. El limpiaparabrisas se movía de un lado a otro dando mayor claridad, apartando el agua chorreante que escurría sobre el vidrio. Marceline tomó su celular sin perder de vista el camino, busco el numero de su padre y marcó: Repique tras repique seguido de la contestadora >. Preocupada colgó y se concentró de nuevo en su camino. Pensaba en su padre, tenía días tratando de comunicarse con él sin respuesta alguna; las señoras de servicios tampoco atendían sus teléfonos, y su padre, un señor anciano viviendo en una solitaria mansión en lo alto de una montaña lo hacía vulnerable. Un relámpago de nuevo alumbró todo a su alrededor, descubriendo arboles q se alzaban al borde del abismo, algunos secos mostraban sus ramas como garras al acecho. Desbloqueo la pantalla de su celular y de nuevo volvió a marcar, pero ocurrió de nuevo lo mismo. Deseaba cuanto antes llegar a la mansión de su padre y ver qué ocurría. Le pasaba por su mente un sin números de malos pensamientos que la llevaban a orar para que ninguno fuese cierto. Al fin pudo ver la mansión, descubriéndose poco a poco a medida que se acercaba. Se mostraba oscura, solo los relámpagos que se originaban sobre ella la descubría, notándose su obvio descuido. Una grande y redonda fuente adornaba el jardín; tenía en su centro una estatua de un ángel que se erguía con cara constipada, aferrándose a una pila de agua. En su carro giró la fuente y se parqueo frente al porche. Abrió la puerta del coche sintiendo como la húmeda brisa la arropó y la dejó mojada. Cogió su cartera y se bajó con presteza. Subió los peldaños del porche a velocidad, a pesar de la corta distancia que recorrió hasta estar de nuevo bajo techo, su pelo y ropa estaban empapados. La cabeza de grifo de la aldaba parecía observarla. Aquello le trajo recuerdos de cuando niña; le tenía miedo a su mirada, lo peor es que debía agarrar el anillo de metal que Colgaba en su boca para tocar. Reviviendo los antiguos temores tocó con presteza. El sonido se expandió por toda la mansión, opacando por unos instantes el sonido de la lluvia al caer, más todo adentro seguía en silencio; Parecía no haber ni un alma. Trataba de asomarse por los ventanales, pero las cortinas blancas le cubrían y no permitía ver su interior. Volvió a tirar de la argolla del adarve, pero nadie salió. Estaba preocupada, las ideas de temor tomaban cada vez más fuerza. Asustada gritó: —¡Papá! —golpeó la ventana, y esta vez con más fuerza gritó— PAPÁ!! Su padre era un biólogo reconocido, sobre todo, por su arte de taxidermia. Tenía el don de disecar animales y dejarlos tan natural que parecían aún estar vivos. Quizás sus conocimientos de biología le hacían perfeccionar su arte. Marceline recordó que la puerta de la cocina casi siempre permanecía abierta. Bajó los peldaños y corrió alrededor de la casa hacia el patio. La lluvia seguía cayendo con voracidad. Los tacones se doblaban en el húmedo césped por lo que de un tirón los quitó de sus pies. Al llegar cogió la manilla de la puerta de la cocina y la abrió, por suerte estaba abierta. Entró con presteza temblando de frío, ya que su cuerpo estaba totalmente empapado. Lanzó sus tacones y observó la cocina: estaba sumergida en oscuridad, pero aún así pudo notar que seguía igual que siempre sin ninguna modificación. Caminó y algo le sorprendió, dando un ligero grito; un perro sentado la observaba. Marceline lo volvió a mirar, le parecía conocido. —¿Limber?— preguntó. Pero el perro seguía observándola totalmente estático. La mujer se acercó con cautela y lo tocó. El perro se balanceó y cayó al suelo aun en su rígida posición, sonando como tabla al caer. Marceline reculó asustada, luego cayó en cuenta que era otra de las obras de arte del taxidermista de su padre. Salió de la cocina y entró a la sala donde habían diversas sombras acechándola. La piel se le puso de gallina mientras un escalofrío le recorría el espinazo al ver los bultos erguidos; parecían observarla, pero la luz del relámpago que se coló por las ventanas descubrió a las sombras: Solo eran animales disecados. Había un gran oso que parecía rugir en ataque; también había la cabeza de un venado, un tigre, una serpiente y un gran búho sobre una rama. Todo estaba Cubierto de polvo. Había enormes telarañas adornando techos y rincones. Si algo estaba segura es que su padre tenía días quizás meses sin hacerle mantenimiento al hogar. —¡Papá! —volvió a gritar— pero solo se oía el sonido de la lluvia caer. En el segundo piso algo cayó al suelo con estrépito y rodó. Marceline de inmediato subió su mirada, siguiendo con sus ojos el sonido del objeto rodar hasta que se detuvo. —¿papá?— preguntó indecisa, dudaba que fuese su padre. Subió el primer peldaño de las escaleras hacia el segundo piso, sin apartar la mirada hacia el sitio donde se escuchó aquel objeto caer. Siguió subiendo. ¡CRACK! Sonó un trueno haciéndola sobresaltar. Su corazón se aceleró de inmediato, se irguió, respiró profundo y siguió subiendo las escaleras. El segundo piso era un largo pasillo lleno de telarañas con puertas de a cada lado de las paredes, y un pequeño recibo con libreros repletos de libros, en su mayoría desplomados y tirados al suelo. Marceline cogió el globo terráqueo que se encontraba tirado, quizás aquello fue lo que se había caído culpa de un fuerte viento, aunque todas las ventanas estaban cerradas y no se percibía ninguna entrada de aire. Se acercó al recibo. Dos pequeños muebles posaban al lado de una lámpara, intentó encenderla, pero como sospechaba no había luz. Abrió la cortina de la ventana que posaba detrás de ella dejando entrar una leve claridad. Observó los libros, en su mayoría referentes a la taxidermia. Hubo uno que llamó su atención; era un diario, lo tomó y abrió. Habían cientos de dibujos de arañas que hizo despertar su curiosidad, y Empezó a leer: La técnica empleada por las arañas para consumir sus presas es de suma admiración. Con sumo cuidado inyectan a sus presas un químico para disolver sus entrañas, luego la succionan sin dañar su exoesqueleto; dejándolo íntegro y totalmente disecado. Esto hace a las arañas las taxidermistas por excelencia del reino animal. Marceline estaba angustiada. El arte quizás había vuelto un poco loco a su padre. No sabía cuan tanta admiración sentía por esos desagradables insectos. Siguió pasando las hojas aumentando su preocupación por cada hoja leída. Habían estudios completo sobre las arañas, su reproducción, su crecimiento y una foto que le hizo erizar toda la piel: una araña dentro de un frasco, parecía crecer in vitro; pero no era una araña cualquiera, tenía un gran tamaño para su naturaleza. Asustada dejó caer el diario, estaba atónita. El sonido de un trueno la hizo volver en sí, y el chirrido de una silla mecedora la hizo estar atenta —Provenía de la habitación siguiente—. Con esperanza de que fuese su padre se fue hacia la habitación, pero antes de abrir la puerta se detuvo. Escuchó una vez más, y seguía el chirrido sonando con cada vaivén de las patas arqueadas de la mecedora. Tocó la puerta: —papá, ¿eres tú? , ¿Estás ahí? —Pero no hubo respuesta alguna. Giró la manilla de la puerta lentamente, se detuvo al sentir una sustancia que había tocado el dedo de su pie descalzo. Soltó la manilla y observó lo que era: una sustancia viscosa, casi seca, se tintaba de un color vinotinto. Al Tomarla con el dedo y olerla, le llegó el olor a hierro, a sangre. Asustada abrió la puerta de inmediato, un relámpago se originó iluminando los cuerpos de las que eran las mujeres de servicio de su padre. Estaban con expresión de terror, sus bocas estaban abiertas y sus ojos casi fuera de sus cuencas. Una se sentaba en la mecedora que se mecía lentamente, y la otra de pie, con sus manos agarrando su rostro; parecía dar un grito. Estaban estáticas y su piel se veía disecada. Marceline gritó tan fuerte que se escuchó en toda la oscura y solitaria mansión. Había sangre en el piso, paredes y sobre la ropa de aquella pobres mujeres. Marceline retrocedió de inmediato asustada, sin darse cuenta chocó con la puerta frente a ese cuarto, se abrió cayendo sentada al suelo. Con sus manos trémulas abrió su bolso y empezó a buscar su celular, pero no había nada, lo había dejado en el auto. Un ruido extraño empezó a escuchar detrás de ella. Un relámpago se originó viendo la sombra de una gran figura de ocho patas reflejada en la pared. Volteó de inmediato viendo a una enorme araña suspendida al techo por su telaraña. El animal dio un chillido mientras abría su gran boca. Marceline estupefacta se arrastró por el suelo hasta poder ponerse en pie. Salió corriendo por el pasillo gritando a más no poder. La araña le seguía, Caminaba con gran agilidad por la pared. La mujer cruzó el pasillo internándose a uno nuevo, sentía a la araña muy cerca de ella. Recordó su habitación. Se dirigió rápidamente a la puerta correspondiente, La abrió, entró y cerró con seguro, seguido de un fuerte golpe propiciado por la araña desde el exterior. Marceline retrocedió de la puerta asustada, su corazón parecía querer salir por su boca y sus piernas temblaban y vacilaban con cada paso que daba. Buscaba una escapatoria, abrió la ventana dejando entrar un fuerte viento frío que le heló hasta los huesos. Se asomó y vió la gran altura en la que estaba, mientras detrás de ella los golpes en la puerta seguían, empezando ya a cuartearse. Viendo que no podía escapar por la ventana empezó a buscar nuevas opciones. Abrió rápidamente el closet cayéndole encima el cuerpo de su padre. Gritó; Asustada retrocedió viendo a su padre estático cual estatua tirado al suelo, con la misma expresión que tenían las señoras de servicio. Empezó a llorar, estaba atónita, pero el crujir de la puerta la sobresaltó. Ya a través de las grietas la araña empezaba a meter sus patas. Se metió en el closet y se encerró. Veía todo el exterior a través de unas ranuras. La araña rompió la puerta y entró. Pudo observarla, era del tamaño de un coche; se le veían vellos negros cubrirle su cuerpo y sus pata se movían sigilosamente escudriñando todo el lugar, sus varios ojos miraban a todos lados, solo los relámpagos podían hacer que Marceline observara cada uno de ellos. La araña se dirigió al closet, su boca y patas tanteaba aquella puerta, sabía que su presa estaba allí. Marceline estaba asustada, su corazón no dejaba de latir velozmente, su respiración estaba acelerada aunque hacía lo posible por no hacerla sentir así. Fue cuando en la ranuras por las que miraba, la araña posó su boca lanzando un chillido. La mujer asustada empujó la puerta del closet con tal fuerza que hizo salir expelida a la bestia cayendo patas arribas. Marceline salió corriendo. Empezó a bajar las escaleras con presteza. Resbaló y cayó rodando unos escalones abajo. Un dolor en su tobillo se expandió por toda su pierna, al parecer se lo había torcido. Volteó y miró hacia arriba viendo aparecer a la araña. Su boca babeaba, estaba hambrienta. Como pudo se agarró de las barandas y se levantó, bajando a zancadas. Cruzó de prisa la sala directo a la cocina. La araña dió un gran salto y cayó frente a la puerta. Marceline dió un grito, giró para buscar una nueva escapatoria, pero el arácnido le agarró por un pie. Cayó al suelo, volteó, viendo a la gran araña halandola hacia ella. Se puso boca arriba y con su pie libre le dió una gran patada en la cabeza, pero la araña si quiera se inmutó. Le dio otra, luego otra y otra más, esta vez más fuerte. La araña chilló y reculó. Marceline aprovechó para levantarse y salir corriendo. Recordó la puerta del sótano detrás de la sala. Llegó la abrió y entró con presteza cerrando con seguro. Bajo la escalera, el tobillo le volvió a doler. La adrenalina del momento le había hecho olvidar aquel dolor. Todo estaba oscuro, trataba de buscar la claridad de la ventana para huir por allí; fue cuando sus pies descalzos pisaron algo viscoso. La vista empezaba a acostumbrarse a tanta oscuridad. Se agachó para examinar aquella sustancia; un gran relámpago le dio luz, vio huevos, pero no cualquier tipo de huevos: eran de arácnidos y se extendían por todo el suelo del sótano. Tronó, marceline gritó, la puerta del sótano se sacudió con un golpe; todo al mismo tiempo. La mujer retrocedió asustada, sintió que algo se pegó a su espalda. Trató de voltear pero seguía adherida, movió sus brazos con desesperación, sólo causando que se enredan más y más en aquella gran telaraña. La puerta del sótano crujió, no se escuchó más nada, solo la lluvia caer. Marceline seguía desesperada por tratar de liberarse, pero era en vano; dio un grito de auxilio que se escuchó en toda la mansión, más no llegó a ningún ser Viviente. Marceline abrió los ojos. Una luz la encandiló llevándolos a cerrar de nuevo. Movió sus manos poco a poco, parecía tener días sin moverla; las sentía pesada. Una vez más probó y volvió a abrir los ojos. Una lámpara en el techo era aquella luz encandilante —ha abierto los ojos —dijo la voz de una mujer. Trato de buscar de quien se refería. Pero apareció fue el rostro de su padre, cabello canoso y bigotes cenizos: —hija es un milagro volver a verte despierta —dijo entre lágrimas Marceline estaba extrañada. No sabía que había pasado, donde sabía, su padre estaba muerto. Con dificultad sacó algunas palabras —¿qué ha pasado? —ibas camino a casa y tuviste un accidente. El coche estaba totalmente destruido al fondo del abismo, es un milagro verte de nuevo con vida ¿Un accidente? Pensó angustiada. ¿Qué fue entonces todo aquello? , ¿qué ha pasado con aquella araña? Un sin número de preguntas le surgían en su cabeza. El doctor llegó y le examinó: —Eres muy fuerte Marceline —le dijo— has luchado muy bien con la muerte hasta despertar. Aquellas palabras le inundaron la mente en busca de una explicación, fue cuando en la pared, vio la sombra de una araña que tomaba forma de la parca, luego alzó la guadaña y se retiró de la habitación.
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  • Gracias por tu opinión seifer. De mucho valor. Lo tomare en cuenta
    Está interesante pero me cuesta pensar en una araña del tamaño de un coche que pueda desplazarse por el interior de una casa, no creo que las puertas sean tan grandes. Ha y sería bueno usar un poco de puntos aparte por lo demás muy imaginativo.
  • Ha comenzado la nueva temporada de DeadlyFire, el torneo a muerte clandestino mas famoso del mundo, organizado por la corporación Kromos. Samanta, escogida como principiante para participar en el torneo, es secuestrada y encerrada para su entrenamiento. El cual deberá llevar a cabo en contra de su voluntad si quiere sobrevivir. Ganar el torneo es la unica opcion para su liberación

    Ha comenzado la nueva temporada de DeadlyFire, el torneo a muerte clandestino mas famoso del mundo, organizado por la corporación Kromos. Samanta, escogida como principiante para participar en el torneo, es secuestrada y encerrada para su entrenamiento. El cual deberá llevar a cabo en contra de su voluntad si quiere sobrevivir. Ganar el torneo es la unica opcion para su liberación.

    Cuando se cierran los ojos pueden ocurrir eventos inexplicables a nuestro alrededor, eventos que solo por podemos sentir y escuchar, eventos que jamás veremos por medio de nuestros ojos.

    Luego de perder comunicación con su padre. Marceline decide ir a visitarlo a su mansión. Encontrándose con una serie de eventos que le hicieron de su noche su peor pesadilla

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