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4 min
El teletexto de los amores prohibidos.
Varios |
13.06.07
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Sinopsis

Todos hemos estado alguna vez tirados en casa sin saber qué hacer. Uno de esos días entré en el maravilloso mundo del teletexto, pero no de cualquier página, no: sino la del chat a través del televisor. Por mirar no cobran y te distraes un rato viendo como unos cuantos gilipoyas aún más aburridos que tú, se gastan euros y más euros mientras las compañías de telefonía móvil se forran. La de tonterías y guarradas que se leen. Son tantas las burradas que uno piensa: “¿será posible que por una recarga se presten a hacer tales cosas?”

Ni corto ni perezoso, le envié un privado a la chica en cuestión. No por viciosillo ni porque estuviera salido en esos momentos. Tan sólo quería experimentar. Vamos, lo que se suele decir para no reconocer que uno lo hace casi a diario y es todo un profesional y entendido en el tema.
La chica me contestó enseguida. Se ve que pocos pardillos habían caídos en sus garras y no quería perder esta oportunidad conmigo. Le pregunté exactamente en qué consistía eso que prometía hacerme a cambio de la tan preciada recarga. Sonaba bien, la verdad, pero no estaba dispuesto a que me tomaran el pelo. Le dije que empezara con ello y que cuando se quedara sin saldo, ya veríamos qué hacíamos. Ella no estaba nada de acuerdo y me mandó a paseo, pero gracias a mis buenos reflejos salvé la situación y conseguí llamarla, para que no gastara su escaso saldo. Me sonreí al ver que cambió de opinión en cuestión de segundos.

Su voz era muy sensual y estudiada; se notaba a la legua que no era la primera vez que hacía algo así. Ella intentaba llevarme a su terreno, sin embargo, fui yo él que tomó la iniciativa y sin que se diera cuenta, empezaba a pedirme más y más. La tenía a punto de caramelo, supercachonda y creo que hasta se estaba tocando por ahí abajo. Yo me lo estaba pasando de miedo, engañando a aquella chica, que se pensaba que me estaba matando a pajas al escuchar sus insinuaciones. De repente le colgué el teléfono y no tardó ni dos minutos en llamarme como una desesperada en busca de una sesión de sexo oral y a distancia. Me negué a darle el placer que tanto necesitaba, pero me ofrecí a echar un casquete en directo, si tan necesitada estaba.

No le gustó ni un pelo mi osadía y me mandó directamente a la mierda, pero antes de colgar, le dije: “tú misma, pero esta noche dormirás bien mojadita.” A lo que me contestó bien cabreada: “Y tu bien empalmado, puto maricón de mierda.”
No es que me jodiera su respuesta, pues sabía que estaba resentida conmigo y sólo quería desahogarse por medio de insultos fáciles. Pude conseguir su dirección sin problemas, gracias a que trabajo en una empresa de telecomunicaciones y me fui directo a su casa. En el portal la llamé de nuevo y la puse caliente, sólo como yo sé hacerlo. A punto la tenía y fue entonces cuando le dije donde me encontraba. Se quedó algo cortada al principio, pero unos instantes después, me abrió la puerta y no hubo tiempo ni a presentaciones ni a gilipoyeces. No encendió ni la luz: fuimos directos al grano, a follar como locos, pero con protección: por muy empalmado que esté, la seguridad y la salud es lo primero.
No le vi ni la cara, ni ella a mí: creo que eso NO es lo que llaman amor ciego, pero joder, seguro que se inventaron esa combinación de palabrejas echando un polvo en la oscuridad. Y lo demás vino luego, pero yo no me quedé para comprobarlo.

I come as I am: The Loonley Lone Wo
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