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6 min
El tercero
Drama |
12.11.20
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Sinopsis

La psicóloga se encuentra con un paciente particular.

El tercero La diarrea había durado toda la mañana. No entendía a qué se debían tantos nervios. Mi experiencia ya era amplia, por lo que mi propia reacción era un tanto incomprensible. -¿Ya te vas para la clínica? –me preguntó mi marido un tanto ansioso mientras me observaba calzarme los zapatos con dificultad. -Hoy me toca el caso Lincoln –respondí tratando de evadir su mirada, pero consciente de que a él ningún detalle se le escaparía. Cuando te casas con colegas, la profesión se te pega veinticuatro horas y los recreos se hacen cada vez más escasos. -No sabía que te había tocado. ¿Por qué no me habías contado? –inquirió con un dejo de molestia. Mi respuesta llegó en forma de silencio y una veloz escapada al baño, esta vez ante la aparente emergencia de un vómito o alguna sintomatología similar. -¿Me podrás dejar vomitar en paz? –se me escapó entre arcada y arcada, viendo como mi esposo me clavaba los ojos con preocupación y se retiraba de mal gesto al cuarto. Todas mis previsiones habían sido desacertadas. La clínica Núñez se alzaba como una vieja casa decadente con poca calefacción y empleados bastante desatentos. Luego de presentarme ante el psiquiatra de mayor rango, eché una ojeada a la breve historia clínica de mi nuevo paciente y me sorprendió la foto. Era un hombre atractivo; por algún error de información yo lo había visualizado un poco tosco; aunque sí recordaba los grandes ojos claros. -Le quisiera aclarar –me explicó el psiquiatra un poco incómodo– que no buscamos iniciar una terapia con Pedro Lincoln. La convocamos, Sra Ramírez, porque precisamos un diagnóstico psicotécnico. La idea es mantener tres o cuatro entrevistas. El objetivo es determinar cuál es el trastorno para ver si es imputable. Todas mis ilusiones fueron barridas con esas palabras. Yo había pensado en una terapia a largo plazo; deseaba indagar en una mente como esa, capaz de tantas estafas, mentiras, tanta habilidad. Pensar solo en un diagnóstico era tan aburrido… además de decepcionante. Ante esta situación, no tenía mucho que agregar. -¿Empezamos entonces? –instigué un poco ansiosa. Mi experiencia terapéutica era vasta; por lo que mucho me sorprendió mi absoluto desconcierto al toparme con el nuevo paciente. Pedro Lincoln se levantó al verme entrar, hizo alarde de su bella sonrisa, y me dio la bienvenida. Parecía imposible pensar que ese fuera el hombre que había robado, estafado, asesinado y escapado –entre otros delitos– dejando siempre la ruina a su paso. Los estafadores suelen ser encantadores, me encontré recordándome a mí misma. Mientras observaba el habilidoso uso que Pedro le daba a sus ojos azules, empecé a pensar que quizá me encontraba ante un psicópata. Antes de que sacara la birome y la apoyara sobre mi mesita, sorprendentemente, fue mi paciente, esta vez muy formal y de postura firme, quien inició la conversación. -Debe ser difícil su trabajo, ¿verdad, doctora Ramírez? -¿Por qué lo dice? -Tener que lidiar con gente como yo, en esta situación. -¿En qué situación? -Usted me entiende. Una profesional, como usted. En este contexto. Debe ser angustiante. Y encontrarse conmigo, en esta situación… -¿Y cómo es usted? -No soy como dicen, doctora. Yo soy inocente. -¡Inocente! –exclamé casi molesta sin poder contener mi dura reacción. Disculpe, sr. Lincoln. Dice usted ser inocente. Cuénteme más sobre eso. -Estoy cansado de explicar veinte veces lo mismo –me respondió entonces en un tono que me desconcertó aún más, mezcla de furioso e incomprendido y absolutamente distinto al del Pedro amable que me había recibido hacía pocos segundos. -Si ya fueron veinte, sr. Lincoln, mucho valoraría si hiciera un esfuerzo y lo explicara una vez más. Quizás tenemos suerte esta vez y resulta que es la última explicación que tiene que dar. Entiendo su molestia. Estos procesos pueden ser cansadores. La risa que siguió a continuación fue un tanto perturbadora. No era lo que llamaría una risa gozosa, pero había allí algo de satisfacción que me estaba indicando, claramente, que era en realidad él quien estaba dirigiendo mi entrevista. En ese momento ocurrió lo más inesperado. Pedro se levantó de la silla, me miró con rostro un poco angustiado, unió sus manos nerviosas a la altura del ombligo, y empezó a hablarme en un susurro. Lejos habían quedado los ojos azules de galán de cine, la sonrisa tan despreocupada de la bienvenida o la furia ante mi duda de su inocencia. Este Pedro parecía un niño abusado, desprotegido, a punto de contarme una confidencia. -Tiene que hablar con él, doctora. Por favor –me dijo casi tembloroso mirándose las manos. -¿Hablar con quién? -A mí no me hace caso, doctora, y a Marquitos tampoco. Ya le dijimos, varias veces. Pero él se niega. Vamos a ir presos, doctora, estoy desesperado. Por favor, convénzalo. El espectáculo que me tocaba presenciar se parecía a otros que ya había visto antes. Pensé que era esquizofrénico, o que tenía manía persecutoria. Mi mente se debatía en múltiples diagnósticos y sentía como mi estómago se revolvía con nueva energía. Por eso jamás vi venir lo que ocurriría. El puño se me clavó en el pecho y el aire parecía haberse fugado. Los ojos azules volvieron a pleno, la sonrisa gozosa se instaló firmemente en su cara, y yo me encontré, aterrada y a punto de descomponerme, tirada en el piso mientras mi atacante se reía con saña. La melena negra se sacudía al ritmo de su maldad y el cuerpo volvía, aparentemente recomponiéndose, a sentarse en la pequeña silla de cármica. Cuando pude levantarme, acomodar mis cosas y observarlo con preocupación, el tembloroso desvalido había reaparecido. Las manos sudadas le acomodaban el pelo y la mirada bajaba, nuevamente, al encuentro de las baldosas. -A mí no me hace caso, doctora, y a Marquitos tampoco. Ya le dijimos, varias veces. Pero él se niega. Vamos a ir presos, doctora, estoy desesperado. Por favor, convénzalo –me repitió. -¿A quién? –pregunté nuevamente con mayor firmeza. -A Pedro.
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Soy Virginia. Me encanta escribir. Un gusto compartir por aquí.

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