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9 min
El testigo de un amor enfermizo
Amor |
09.01.16
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Sinopsis

Es extenuante, empalagoso y fastidioso ser el testigo de un amor enfermizo. Me vi obligado a compartir esta experiencia a través de mis palabras.

Estaba tranquilamente navegando por el mar de los sueños. Morfeo era el capitán del barco, Peter Pan su primer oficial. Yo en cambio era el único pasajero que disfrutaba del horizonte náutico. Ballenas hechas de polvo de estrellas saludaban a la tripulación con chorros de albor incandescente provenientes de sus espiráculos. Delfines tan más blancos que la nieve misma surcaban las aguas con astucia y pedantería. Disfruté de la estadía en el mar de los sueños. Disfruté.

El ringtone de mi celular me sacó a rastras de los dominios marítimos de Morfeo. Era una llamada  de un número desconocido. En cuanto atendí, se cortó la llamada. Luego llegó un mensaje, que rezaba lo siguiente:

-Hola Vic’, tanto tiempo sin hablar contigo –corazones y caritas sonrientes adornaban el mensaje.

Miré la hora. 2:00 am. Algo muy raro pasaba. Extrañado, fruncí el ceño y escribí lo siguiente:

-Siento preguntar esto pero… ¿Quién es? –me encontraba pegado a la pantalla esperando respuesta, dudaba que me respondieran.

Esperé durante cinco minutos. Cansado, con sueño y un poco fastidiado.

-Bah, a lo mejor se equivocó –dije yo con desgana–. ¿Pero de ser así, por qué sabía mi nombre?

Un mar de dudas inundó mis sienes. Intentaba adivinar quién podía ser, pero desistí. El sueño hacia cada vez más pesados mis párpados. Hundí mi rostro en la almohada, esperando a que Morfeo me viniera a recoger.

Otro ring. Miré el teléfono con apatía. Apreté el botón de contestar y me puse el teléfono en el  oído. Quería dormir. Morfeo me esperaba con una caña de pescar y Peter Pan me invitaba una piña colada.

-Soy Esmeralda, ¿te acuerdas de mí? Ya sabes, nos conocimos en aquella iglesia hace tantos años…

La voz su voz era delicada, un poco rebuscada. Pero noté algo. Un poco de agonía y tristeza en aquellas palabras de presentación.

Mi cerebro trabajaba arduamente para llevar hacía 7 años atrás. Me quedé en silencio un momento, hasta que logré procesar todo. Si era quién decía ser, era mejor no extenderme demasiado.

-Oh. Lo siento Esmeralda, no te reconocí a la primera –mentí, no lo sentía. Solo quería volver al Soñador, el yate de Morfeo.

-¿Sí? Tan despistado como siempre.

-¡Hey! –reclamé yo ofendido.

-Oye, tranquilo. Conseguí tu número con María, por cierto llevas más de un año sin hablarle. Recuerda de dónde vienes, torpe.

-¿Me llamas a las dos de la mañana para insultarme y darme lecciones de moral? Que descaro –tenía ganas de cortar, pero sabía que nadie me llamaría en la madrugada por nada.

-Sé que te sigue gustando que te fastidien –se rió escandalosamente, como si llevara mucho tiempo sin hacerlo–. Oye, ¿cómo te va?

Yo suspiré. Sin darme cuenta acabé siguiéndole la corriente. Rompiendo mi premisa de no extenderme.

La intriga y la nostalgia por mi desconocida amiga precipitada pudo más que el sueño, comenzamos a hablar acerca de nuestras familias, nuestra situación actual y un montón más de cosas sin sentido.

Pero yo tenía algo muy claro. Yo era muy selectivo con mis amistades. Es algo así como un principio de vida mío. En consecuencia, me mantenía en contacto con muy pocos amigos. Esta extraña llamada en tan inesperado momento debía de ser por algo, y no por cualquier cosa, un gran algo.

Fui al grano. Morfeo estaba impaciente y Peter Pan quería batirse conmigo en un duelo de espadas de madera.

-¿A qué se debe esta llamada, Emmie?

Ella suspiró aletargadamente. Como si iba a hablar de algo doloroso, incómodo o humillante.

-¿Sabes algo? Tengo un problema. Sé que desde siempre te gustan los problemas. Dar soluciones por muy ridículas que sean. Además siempre fuiste la persona más sabia que conozco, y ahora creo que eres la única persona sabia de mi edad que podría ayudarme con mi problema.

Supo como atraparme desde el primer instante. Mi curiosidad era una de mis mayores debilidades.

-Bien. Vamos, que tengo una cita con el magnánimo Morfeo.

-¿Quién? –dijo ella con desconcierto.

-Olvídalo, adelante. Soy todo tuyo.

Me relató una letanía de un enamoramiento semejante al de unos adolescente impúberes. Todo comenzó hace seis meses. Ella estaba tonteando y coqueteando con un chico que conoció en un cine. Se dieron sus números, se compartieron sus redes sociales. En fin, se invitaron un helado y se despidieron de manera entusiasta.

Él –al parecer– era algo así como una estrella de internet. Muchos seguidores, bastantes amigos. Muy engreído y vanidoso. En pocas palabras, él era un niño de mamá y papá con una vida lujosa y extravagante. Ella era todo lo contrario a él, silenciosa, recatada y con tendencia a la humildad. Si tenía Facebook era porque no quería sentirse fuera de onda con los pocos amigos que tenía.

Los días pasaron y sentimientos encontrados florecieron. Él se había sentía perdidamente enamorado de ella. Ella no quería ni verlo en pintura. Su relación se había tornado enfermiza, obsesiva y tórrida. Él no hablaba de ninguna otra cosa que no fuera las cosas que le haría a ella, las cosas que le pasarían a ambos si fueran pareja. Novios. Ella no lo veía así, le agrada aquel chico, pero el que conoció aquella tarde de sábado en el cine, no él chico obsesionado que no paraba de hablarle. No quería herir sus sentimientos, pero tampoco quería seguir así. Me llamó para ponerle fin a aquel episodio de enamoramiento patológicamente enfermizo de la mejor manera posible.

Escuché dócil y atento. Sin interrumpirla. Analizando cada palabra, intentando imaginarme la situación tal cual como si yo fuera ella.

-Quiero ponerle fin. Ya no puedo seguir así. Casi siento que me acosa hasta en los sueños. ¿Qué hago?

Medité por un rato. Comencé a hacerle varias preguntas, para tratar de despejar ciertas dudas que tenía.

-Primero que nada, ¿estás segura que no tienes los mismos sentimientos que él?

-Sí –dijo ella sin vacilación.

-Y me llamaste porque no encuentras la manera para decírselo.

-Sí, genio. ¿Cuándo vas a decirme que hacer?

-Cálmate. ¿Ya pensaste por ti misma como decírselo?

-Sí, sí, ¡SÍ! Muchas veces, pero en todas ellas solo lo veo a él lloriqueando por rechazarlo.

-¿Intentaste quitarle las ganas de querer tener algo contigo?

-¡Por Dios que no!... No –suspiró ella con melancolía–. Yo no soy así. Ya hay bastantes perras y putas en este mundo. Yo no me vendo, Vic. Deberías saberlo, me ofendes –dijo ella renuente a mi comentario.

-Lo siento.

-Da igual. ¿Ya tienes algo en mente?

-Sí. Mándalo al diablo con clase.

-¿Y cómo se hace eso? –dijo ella entre risas.

-Es muy simple. Friendzoneálo. Es un método infalible. Yo se lo he hecho a muchas chicas.

-¿Tú, friendzoneando chicas? ¡No me hagas reír! –la carcajada de ella retumbaba en mis oídos como un trueno.

-Es en serio. No bromeo. Creo que sería lo más fácil.

-Ya lo intenté. No sirvió.

-Bah, triste. ¿Ya se lo insinuaste?

-Sí. Pero es un cabeza dura. No vería un diamante ni aunque lo tuviera en la nariz –dijo ella con tristeza.

-Pues, en ese caso no queda más que decir la verdad, Emmie.

-¿La verdad? ¡Pero si yo no quiero que sufra!

-Pues en ese caso no puedo ayudarte. La verdad duele. Todo duele, los humanos nacimos del dolor, crecemos con el dolor, vivimos con el dolor, y en muchos casos, morimos con dolor. Así es la vida, Em.

-Bueno al menos lo intenté –se rendía– tendré que pasar día y noche leyendo sus estupideces, tendré que decir “jajaja” o “muy cierto” o “gracias” a sus mensajes. Por el resto de mi vida. ¡Por Dios! ¿Por qué tuve que haberlo conocido?

No quería que se sintiera así. Esta alma a la que llevaba tiempo sin recordar vino a mí en busca de consuelo. Vino a mí en busca de ayuda. Vino a mí en búsqueda de la felicidad y la calma. Vino para encontrar una salida. Yo se la daría.

-A ver, Em. ¿Quieres oír un secreto mío?

-Sí claro. Pero no creo que en nada puedan ayudarme tus secretos.

-Yo me rijo por un principio de vida. Uno de tantos, pero este tal vez sea el más importante.

-Ajá.

-Todo el mundo tiene el derecho a ser feliz. ¿Cierto?

-Sí, ¿y? ¿Qué tiene que ver eso con mi problema?

-De nada te vale ser infeliz a costa de la felicidad de los demás. Eso es ser un mártir hipócrita. Mejor métete una bala en la cabeza si te vas a relegar a una vida de sufrimiento, tristeza y melancolía.

Respiré profundo. Intentaba organizar mis ideas para sonar lo menos cursi y cliché posible.

-Creo que lo mejor es que le digas todo lo que tienes que decirle. Por tu bien y el suyo.

El eco de mis últimas palabras resonaba en mis propios oídos. Por tu bien y el suyo. Era la mejor respuesta que podía darle.

-Bueno, supongo que eso haré. Gracias por tu tiempo, gracias… por contestarle a una extraña que llevaba tiempo sin saber de ti. Gracias –dijo ella resignada a la realidad.

Cortó. Me sentía cansado. Volví a mirar la hora. 3:37 am.

-Te deseo suerte, Emmie.

Cerré los ojos, Morfeo y Peter Pan estaban cansados de esperarme en el muelle que separa el mar de los sueños de la tierra de la realidad. Su barco, El Soñador, era mecido por las olas de agua trasparente de la costa. El clamor del barco resonaba en mis oídos. Estaba a punto de zarpar, Peter Pan me lanzó la escalera por la borda, para que me subiera. De un brinco la tomé. Subí. No recuerdo nada más.

Varios días después recibí un mensaje, que decía lo siguiente:

-Gracias. Me sirvió de mucho tu solución. Te debó un café por eso. Solo dime cuándo y dónde, guapo. Besos.

Besos. Besos. Besos. Sonreí, hacía tiempo que no lo hacía. No desde mi última relación. Un tornado de nostalgia, amargura y placidez azotó mis manos. Presioné las teclas de la pantalla –temblando un poco–, y escribí lo siguiente:

-En otro momento, Em.

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Los desgraciados solo se desahogan con plumas entintadas de melancolía, desgracia y soledad. ¿Cuándo ha visto usted que los desgraciados escriben acerca del amor, la belleza de la vida y la alegría de los hombres?

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