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4 min
El tipo del metro
Infantiles |
12.07.16
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Sinopsis

            Me llamó la atención que el tipo que iba sentado enfrente de mí en el vagón del metro estuviera leyendo el mismo libro que yo, solo que en una edición que calculé diez o quince años anterior a la mía. Nos bajamos los dos en Francos Rodríguez y caminé tras él las dos manzanas que hay hasta mi casa. No me extrañó demasiado que entrara en mi portal. Los vecinos de mi edificio cambian cada poco. Subimos juntos en el ascensor hasta mi piso sin decirnos nada, cosa que, por otro lado, no es inusual. Algo más raro fue que abriera la puerta de mi casa y se metiera dentro como si lo hubiera hecho cientos de veces. Supongo que se verá como algo inconsecuente, pero, desde que se marchó Marga con los niños huyendo del calor de Madrid, me siento algo solo y entré también, puede ser que con la esperanza de tener una conversación, aclarar el malentendido y, quizá, hacer un amigo, cenar juntos cualquier cosa y ver el partido de la tele. Abrió el armario y se cambió de ropa poniéndose unos pantalones cortos que yo no recordaba haber tenido nunca. Me pareció que me miraba un par de veces, pero seguía sin decirme nada. Puso música, esta vez sí que lo reconocí, un CD de Leonard Cohen que compró mi mujer y que yo odio. Pero lo dejé hacer, no iba a discutir con él tan pronto, sin habernos presentado siquiera. Abrió la nevera y se frió cuatro salchichas de las que vienen envasadas en bolsa de plástico. Las debió dejar Marga para mis cenas solitarias. Estuve a punto de decirle que también había lechugas y zanahorias, pero me callé porque yo tampoco me las como casi nunca. Yo no tenía hambre. Me senté al otro lado de la mesa y me pareció observar en él un estremecimiento. De pronto, sospeché lo que estaba pasando. Yo había muerto y era un fantasma como en esa película. La única explicación posible, pensé aterrorizado. Decidí cerciorarme y le dije casi gritando que me llamaba Isaías. La sorpresa fue mayor cuando me contestó con toda normalidad:

            —Yo soy Elías.

            Después de reponerme intenté aclarar la situación.

            —No comprendo qué haces aquí.

            —No puedo decírtelo. Tienes que averiguarlo tú solo.

            —¿Por qué?

            —Es lo que me han ordenado.

            Mi cabeza se puso a funcionar a toda velocidad: el cobrador del Frac, una broma de mis amigos, una cámara oculta para un programa de televisión, un primo lejano que acaba de volver de Sudamérica, una alucinación debida al calor, un amante de Marga que viene a acabar conmigo, un agujero en el espacio-tiempo entre universos paralelos, un realquilado que he olvidado por un ataque de amnesia, un miembro del grupo Okupa del barrio, un empleado del servicio público del Ayuntamiento para acompañar a los rodríguez en verano.

            Respondía a todo que no.

            Decidí llamar al apartamento de la playa. Se puso Marga.

            —Hay un hombre conmigo en el piso.

            —¿Habéis bebido?

            —No lo conozco de nada.

            —No dejéis toda la vajilla sin lavar en el fregadero.

            Colgué sin despedirme.

            El tipo había puesto la televisión y estaba viendo el Alemania-Italia. Saqué cervezas y patatas fritas.

            —Fuera de juego—dije.

            —Hum—respondió.

            En el minuto 20 de la prórroga me empecé a preocupar.

            —¿En qué lado de la cama duermes?—le pregunté.

            No me contestó. Solo me dirigió una mirada que no supe interpretar. Me fijé entonces en que nos parecíamos: complexión normal, ni altos ni bajos, la misma cantidad de pelo en la cabeza, facciones regulares. Dos hombres comunes, como hay tantos.

            —Te quedan unos pocos minutos—dijo.

            —¿De vida?

            Sonrió.

            —No soy la Muerte, si es eso lo que crees.

           Esperé a que se explicara, pero solo miró el reloj. Eran las doce menos un minuto. Se levantó y salió de la habitación. Oí la puerta de entrada y después el ascensor. Me asomé a la ventana. Anduvo unos pasos por la calle y desapareció al doblar la esquina.

            Al día siguiente lo busqué en el mismo vagón del metro, pero no estaba. En la casa, tampoco. No había partido en la tele. En la nevera solo quedaban lechugas y zanahorias.

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