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3 min
El tiro por la culata
Drama |
21.02.20
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Sinopsis

Uno querría irse de este mundo en paz aunque no siempre es posible.

   
A sus noventa y seis años Teresa quería irse en paz. El Padre José, amigo de la familia, le dio la extremaunción. Le sirvió de poco, porqué en un par de horas volvió a sentir que no había hecho limpio.

En otro intento para librarse de su culpa terrenal, decidió reunir a sus hijos y nietos alrededor de la cama. Agonizaba. Quizás sus confesiones pre-óbito de último minuto le darían la paz que estaba buscando.

- “Hijos, tengo que deciros algo. Vuestro padre, el que os compraba a regalos, el que fue incapaz de deciros te quiero, o de besaros en la mejilla a las tres de la madrugada cuando teníais fiebre, fue también un pésimo marido. Supongo que eso ya os lo imaginabais, porqué tú, Eduardo, no te pareces nada a tu padre. Has salido a tu tío Ernesto, fíjate en tu nariz. Y tú, Esther, has salido a tu padrino”- dijo Teresa con la frialdad de quien narra la historia de una vida ajena- “A vuestro padre, lo que le gustaba era la libertad, entrar y salir, la palabra papá le pesaba y la de esposo lo hundía. Le gustaban los juegos de cama y Tea, nuestra interna. Jamás me perdonó que le confesara mi amor por Tea Palazón, la única persona que me entendió y me quiso y quise durante los cuarenta años de pantomima.   

- “¡Qué asco, abuela!” – balbuceó el descolocado Marquitos al imaginarse a Teresa compartiendo caricias detrás de una puerta con la mujer que tantas veces le había preparado la merienda.

- “Si lo pienso, jamás os he querido bien a ninguno de los tres. El único amor incondicional que he conocido ha sido el mío hacia mí”-. Y tan ancha se quedó la mujer. ¿Sería un exceso de oxígeno?,¿el efecto de los calmantes? No. Sencillamente estaba siendo Teresa, la mujer altiva, fría y calculadora que durante más de noventa años había vivido envuelta por un fino y delicado papel decorado de mujer y madre perfecta que jamás se resquebrajó en vida.

Por si esto había sido poco, el cuerpo presente, con apenas un hilito de vida, empezó con el turno de los nietos.

- “Anita, acércate. Tu abuelo siempre decía que eras la más tonta de las nietas. Pero no te preocupes, eres bonita de cara. Quizás esta belleza un día pueda compensar un poco tu falta de luces. No pierdas el tiempo estudiando una carrera como hizo la tonta de tu madre. Podrías hacerte bloguera. Te iría bien. Eres mona y por tu boca solo sueltas tópicos. Desea con todas tus fuerzas y el universo te lo dará, como dirías tú, porque por inteligencia no será".

Esa noche Teresa no murió. Ni la siguiente. Ni la siguiente. Murió a los ciento dos años. Sola, claro está. Ya se ocuparon sus hijos de que recibiera el mejor cuidado para proporcionarle una muerte lenta y dolorosa. A Teresa le salió el tiro por la culata.
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