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5 min
El Tren de las Doce: I.
Drama |
17.04.20
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Sinopsis

― Hola.
― Hola.
Sus ojos se escondían de la mirada del otro, tímidos e infantiles, cómo los niños que una vez fueron y no pudieron continuar jugando.
"Seamos los dioses de nuevos mundos", aquella frase se quedó tatuada en su piel y su memoria y lo repetían, ambos, día tras día esperando a que algo mayor y mejor sucediese; a que esa gran aventura se atreviese a cruzar la puerta. Por fin lo había hecho.
No solo estaba presente en su vida sino grabada en sus collares de plata y lapislázuli, la gema de los dioses, como promesa de aquel pacto que dejó de considerarse implícito cuando comenzaron a existir franjas horarias.
― Nunca creí que haríamos esto. ― dijo aquel chaval de pelo castaño oscuro y ojos azules.
― ¿Por qué? ― preguntó Sahara.
Ella sabía por qué, siempre había sido escéptica sobre si volverían a verse alguna vez, creyó que el pacto se olvidaría a los pocas semanas, incluso días; pero siempre mantuvo la esperanza y la envidia sobre el optimismo de su mejor amigo, de Will.
Si existía alguna posibilidad de que aquello sucediese sería gracias a él.
― Dejaste de hablar, de un día para otro. No creí que fueses a responder, pensé que esto se quedaría como un juego. Ni siquiera sé por qué dejamos de ser amigos. ― dijo Will.
No paraba de mirar por la ventana mientras decía todo aquello, ya había perdido a Sahara una vez, no quería que se arrepintiese de estar allí por ser demasiado directo o por una mala interpretación de sus intenciones.
― Nunca dejamos de ser amigos.
― ¿Entonces qué ocurrió? Porque nada volvió a ser lo mismo.
― ¿Qué pretendes, Will? ¿Por qué me has enviado el mensaje?
― Es lo que dijimos que haríamos.
― Sí, si se daban todos los factores. ¿Por qué me preguntas esto ahora? ¿Quieres reprocharme lo que ocurrió, demostrar algo?
― Hey, Sahara, no te pongas a la defensiva. No era un ataque, solo me gustaría saber que pasó, si hice algo que te molestó o te hizo daño.
Sahara suspiró y se apoyó contra el respaldo del sillón. Se había alterado demasiado, había puesto sus piños sobre la mesa, presionando tan fuerte que podría partirla. Él nunca le haría daño, no quería que sintiese lo mismo que sentía ella continuamente.
― Lo siento, no eres tú, no es tu culpa.
― Te envié mensajes, puede que no con la misma frecuencia que solíamos hacer, pero no me olvidé de ti. A veces contestabas hasta que dejaste de hacerlo, solo quiero saber que pasó, no quiero que te sientas atacada. No estamos aquí por eso.
― Sentía que te molestaba. Sabes que soy una persona que piensa demasiado las cosas y no sé por qué pero te noté diferente, tu tono no era el mismo. Sabíamos que íbamos a seguir con nuestras vidas, que íbamos a seguir con nuestras amistades comenzando una época nueva en la universidad. Simplemente no quería estorbar.
Will frunció el ceño.
― Dios, Sahara, ¿por qué siempre piensas así? Ya te respondía diciéndote que ese no era el caso, ¿cómo podrías molestarme?
― No solo ocurrió eso. Me sentía culpable porque tenía la sensación de que te estaba usando. Fuimos muy amigos en el instituto, hablábamos a todas horas porque estábamos solos... Al menos yo lo estaba. Pero luego te fuiste y comenzamos de nuevo en otro lugar, tú volviste a casa y yo conocí a nuevas personas y de pronto ya no sentíamos esa necesidad de hablar. Y, sinceramente, me asusté.
― No necesitamos hablar todos los días para ser amigos. Además, eres incapaz de utilizar a nadie para tu propio beneficio, y creo que sabes eso.
― No soy una persona pegajosa, si alguien se va de mi vida paso página con facilidad y esa sensación de no necesitar contarte como estaba yendo todo o de enviarte mensajes cada día me preocupaba porque parecía que me estaba desplazando de ti y ya no me importabas.
Will se levantó de su asiento para sentarse en el de Sahara y cogerle la mano, estaba cabizbaja y con los ojos a punto de estallar en lágrimas.
― Puede que lo que te he preguntado sea estúpido y haya pensado de más pero no es culpa tuya y lo siento si alguna vez creí que lo era. Aunque vivamos a dos horas de distancia y las franjas horarias no sean tan distintas nuestras vidas están kilómetros una de la otra. El tiempo rompe todo, por mucho que lo intentemos, no creo que nada hubiese resultado diferente así que deja de culparte.
Will la abrazó con todas las ganas acumuladas estos último diez años, nunca ninguno de los dos se habían sentido tan completos. Nadie podía entenderles como ellos lo hacían, eran un puzle irresoluble a los ojos del mundo.
― Aún así estamos aquí, montados en un tren que recorre Irlanda por la promesa que hicimos hace diez años, cuando ni siquiera sabíamos lo que íbamos a hacer a continuación. Y debe significar algo.
Una señal, el karma o el destino, aquello en lo que Sahara creía más y culpaba, también, de mucho.
Era reconfortante aclarar aquello que le atormentaba cada vez que le veía en las redes sociales o abría su chat con un nudo en el estómago que aún seguía.
Porque, a pesar de que todo parecía en calma, aquello era la punta del iceberg; Sahara se había sentido de muchas formas desde que conoció a Will. Y no sabía si sería capaz de decirlo en alto alguna vez.

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