cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

4 min
EL ÚLTIMO DESAYUNO
Varios |
09.06.07
  • 4
  • 4
  • 3088
Sinopsis

      Los días de Mayo en Murcia a veces sorprenden por su excesiva calidez, que roza las puertas del infierno mismo. Vagando por sus calles en un fatuo paseo que no lleva a ninguna parte, me detengo a mirar algún escaparate, con la cara pegada al cristal para evitar el reflejo de los rayos solares que opacan el interior. La gente camina sin prestar la más mínima atención al resto, incluso aquellos que van juntos con algún propósito no se miran, ni se hablan, sólo caminan hacia su objetivo, apresurados y cómo persiguiéndose unos a otros el paso. Algunos mendigos llaman mi atención, procuran ponerse a la sombra, el Sol es implacable y sus olores parecen efluvios de cloaca muy a su pesar, aún así encuentro algo atractivo en ellos y me acerco casi sin que noten mi presencia. Intentan mover las manos como para desvanecer una inexistente neblina y desisto de rozarles siquiera.

      Sigo mi matutina travesía y, atorado por el calor, me sumerjo en los espléndidos designios del aire acondicionado que regala una de las cafeterías de la Gran Vía. No hay mucha gente, lo cierto es que es un poco tarde para el desayuno y, quizá, demasiado temprano para el almuerzo o un ligero tentempié que ayude a subsanar la fatiga. Me acerco al mostrador, las camareras (son todo chicas) no me dirigen ni la más nimia mirada, pero no tengo prisa. Miro los dulces que hacen formación escalonada en el interior de la vitrina de cristal curvado y remaches plateados. Algunas napolitanas de chocolate y crema, caracolas de fruta, ensaimadas y algunos cortes de pasteles varios. Una delgada línea, más demarcada por el gusto que por las formas, anuncia la separación de dulce y salado. Así, sigo mirando los pasteles de carne y empanadillas, rejillas de jamón y jugosas tartaletas rellenas. Las tapas ponen punto y final al corredor de la gula, un grifo de cerveza anuncia que tras engullir es recomendable beber y refrescarse. Todo tiene una pinta increíble. El olor envolvente deja evidencia de su reciente horneado.

      Sin esperar a que ninguna de las camareras me atienda me coloco en una de las mesas (solamente hay cuatro) del pequeño local y aguardo con paciencia. Alguien más se sienta conmigo pero entiendo que el espacio es limitado y no me molesto, comprendo que no es muy cómodo desayunar de otro modo que no sea plácidamente. Al poco la camarera sirve un café con leche y lo deja en la mesa en compañía de un bollito de miel y almendras. Bien dispuesto para llenar el buche, mordisqueo el fruto seco empapado de dulzura mientras se enfría el café. El sabor, aunque algo empalagoso, hace que todo mi cuerpo se agite en un estremecimiento gratuito que agradezco. El café ya no humea y me lanzó a dar el primer sorbo, aún está algo caliente pero no hay problemas. Está algo amargo, quizá debí probar el bollo después, el listón más alto siempre lo deja la cosa más dulce y el café apenas tenía medio sobre de azúcar. Desde luego aquello se podría considerar un festín dado el carácter de las comidas que venía realizando últimamente por ahí. Todo comida rápida y casi siempre interrumpido por algún insidioso pesado.

      Después de un buen desayuno, aún lejos del soporífero clima externo, me entra la modorra y no puedo evitar sentir como se debilita mi cuerpo en un intento de relajarse profundamente y soñar. Lástima que siempre me sucede en algún lugar público, pues rara es la vez que puedo disfrutar de tal placer. Así, sin percatarme de las contraindicaciones a las que se presta mi estado somnoliento, casi podría decirse que me desmayo sobre la taza de café, momento en el cual mi compañero de mesa aprovecha para llamar la atención de la camarera y advertirle de aquel inusual y vergonzoso suceso. Cuando la camarera se acerca, el hombre no evita señalarme con el dedo acusadoramente y con severidad impreca a la joven muchacha.

      -      ¡Oiga joven, hay una mosca en mi café... – y tras dudar un instante – no pienso pagarlo!
Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta