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8 min
El ultimo Jazz
Humor |
01.02.16
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Sinopsis

Cuando uno cae demasiado bajo para volver a ser lo que era. Un pobre hombre que pierde su puesto, y decide vengarse.

Era demasiado importante para que Jhon dejase apartado aquel asunto. Entre los huecos que quedaban libres en su mesa, abrumada de montañas de papeles y carpetas,  había imperdibles de todos los colores. A Jhon le encantaban aquellos retorcidos objetos de aluminio; siempre intentaba que en su mesa no faltase unos cuantos esturreados. Cuando veía que tenía pocos, se levantaba de la silla que presidia su escritorio y salía de la oficina a toda prisa. Sus compañeros ya sabían a donde se dirigía, no hacía falta preguntar; Jhon era un enamorado de los imperdibles.  De todos los colores, rojos, verdes, amarillos. Probablemente, si no estubiese aislada del resto, nadie podría dudar cual era la mesa de Jhon. Un arcoíris entremezclado con hojas, bolígrafos, un ordenador de esos de pantalla grande atado a un viejo ratón y  un aún más viejo teclado blanco hueso.

 

                Jhon era el supervisor del departamento de necrológicas del periódico más leído en la ciudad, el Escrituras. Jhon llevaba 15 años trabajando para aquel periódico. Aunque no siempre se llamó Escrituras. Cuando él entró coincidió que la directiva del periódico fue comprada por unos ricachones de un Banco y paso a llamarse El Spreso del medio día, dejando su antigua denominación, Catolicismo y Noticias, desbancada.

 

Tras muchos años como redactor de noticias de primera línea, fue ascendido a estructurado de portada. Su papel principal era esquematizar y dirigir la portada del periódico. A su elección quedaban las noticias más importantes; encargándose de organizarlas, darle la importancia y las primeras líneas.

 

Su nuevo puesto le vino cuando el periódico fue nuevamente comprado por una empresa pública, recibiendo el nombre de El Escrituras. Jhon experimento un ascenso vertiginoso en cuestión de semanas. Los trabajos que hacía en el interior de la falda de su directora, fueron los principales propulsores de su carrera. Sin duda alguna, a su jefa le había impresionado su espectacular curriculum, razón por la que no pudo resistirse a los encantos de sus dedos cuando mecanografiaba en sus partes ocultas.

 

                Pero todo termino para él cuando le ocurrió aquel fatal accidente. Fue un sábado como otro cualquiera. Salía de la oficina, en su hombro izquierdo portaba un ordenador portátil que le había regalado la empresa. Todos obtuvieron su nuevo ordenador, con todos sus accesorios, donde se incluía una bolsa de transporte donde se podía leer el nombre del periódico y parte de las empresas accionistas. Jhon bajaba por el ascensor desde la planta 5ª destino planta baja. Las puertas del ascensor se abrieron acompañadas de un timbre que dejaba claro su destino. El habitáculo de aquel montacargas era resiente, habían forrado sus paredes con  un producto que simulaba la madera. En el techo se puso un enorme espejo que jugaba con las alturas. La botonera, que iba desde el sótano hasta la planta 6ª, fue remplazada por unos pulsadores de lo más futurista. Todo era nuevo, menos la puerta exterior del ascensor que daba a la planta baja. La puerta se abrió con un chirrido de lo más irritante. Jhon se dirigía por una sala amplia, repleta de cuadros de todos los tamaños; donde se podían ver las portadas más importantes de la trayectoria del periódico desde sus inicios. Jhon caminaba con pasos amplios, a punto estuvo de chocarse contra una columna circular. Mientras transitaba por aquella estancia, dirección al exterior, sacó de su bolsillo un pañuelo húmedo. Se llevó uno de los dedos de la mano derecha a la nariz y lo olio. El olor que desprendía era comparable con las pescaderías de barrio. Tras olerlo unas cuantas veces más, ofreció una sonrisa a su propia imagen reflejada en la pureza de la solería y froto el pañuelo húmedo contra su dedo; como si intentara sacar brillo. Entonces fue cuando ocurrió.  Jhon había pasado despistado sobre un cartel en amarillo que decía: ¡CUIDADO! Suelo mojado.

 

Había caído de espaldas sobre sí mismo. El maletín con el ordenador salió disparado en un acto reflejo de huir de la situación. Jhon se convirtió en parte del escenario, derrumbado en el suelo. Su cuerpo apenas se movía, en una posición que parecía disfrutar de un día de nieve. La inercia de la caída hizo que su cabeza colisionara bruscamente contra el piso, dejando tras de sí un reguero de sangre tan penetrante que brillaba bajo la luz de los fluorescentes.

 

                Desde entonces su vida había cambiado descortésmente. Estuvo de baja un año completo; pues había pasado gran parte de aquel tiempo en el hospital. Una semana en coma, tres en cuidados intensivos. Cuando se recuperó se dio cuenta de que no podía mover sus miembros y empezó una rehabilitación prolongada y angustiosa. Aunque todo aquello pasó, Jhon quedo con graves secuelas, no solo físicas, si no mentales. Recupero un gran porcentaje de su movilidad, pero muy reducida.

 

En el trabajo lo habían destituido del puesto que antes ostentaba. Su jefa decía que necesitaba que alguien lo supliera mientas él se recuperaba, pero Jhon sabía que no era por eso, si no por los trabajos que le hacía en sus horas extras. En pocas palabras: había encontrado a otro que le meneara el coño. Simplemente daba pena, lastima, y por eso mismo no lo echaron. Dejó su antiguo puesto y sus antiguas aficiones, con ello dejó atrás olores y relamidas. Le dieron una mesa en la sección de esquelas fúnebres, y para que pensara que era una persona importante, le dieron un despacho y ocho personas a las que dirigir.

 

                Jhon se levantó de su mesa, dejando apartado aquellos asuntos que esperaban ser redactados correctamente. Algo más importante tenía por la mente. Se levantó de la silla provista de unos ruedines, siempre con la dificultad como acompañante. Ando unos pasos torpes hacia un rincón de la habitación. La estancia que le habían dado no era muy grande. Decorada con un perchero de madera vieja y unas cuantas estanterías con archivadores negros; en los lomos tenían unas líneas blancas donde escribir la fecha de los documentes. En una de las esquinas Jhon decidió poner un tocadiscos de vinilos conectado a unos amplificadores que ofrecían un sonido remasterizado.

 

En ese momento estaba sonando Prelude to a Kiss de Ben Webster. Jhon era un apasionado del Jazz. Era la melodía de las mañanas en su sección. Aunque Jhon permanecía encerrado parte de sus horas de trabajo en aquel despacho, con su puerta cerrada y sus ventanucos de cristal tapados con una cortina de aluminio que descendía desde el techo; aun así, era imposible no oír la banda sonora de aquel pobre desgraciado. Se quedó inmóvil unos segundo, en un debatir mental de la vida. El disco giraba frente a él con una pequeña ondulación que lo hacia hipnótico. Subió el volumen de aquella canción. Se oía en todas las oficinas colindantes. Los grabes hacían vibrar las tazas de café de los escritorios de los demás compañeros. Se encaminó hacia una ventana tan amplia que ocupaba parte de la pared frontal que daba a la calle. Con un Clack abrió el pestillo con la que permanecía cerrado el ventanal. Una ráfaga de aire hizo mella en el escritorio y sus papeles. Recuerdos por su mente.

 

                Tenía pensado la hora, calculada y medida con el repetir de los días. Y ahí estaba Jhon, volando por los aires. Sintiendo el vértigo en sus carnes. La gravedad le atraía hacia ella. De fondo, el final de aquella canción que segundos antes resonaba en su despacho. En su rostro la risa y la complicidad de que todo estaba saliendo tal cual lo había pensado. Y por fin llego el final del viaje. Jhon cayó encima de su Jefa, encima de aquel oloriento coño y de su vulgar dueña. Ahora eran los dos de la misma condición y sin duda alguna ocuparían dos lugares en el periódico: En portada y en las necrológicas.

 

Aqui dejo la banda sonora: https://www.youtube.com/watch?v=qO2AUOWJbts   Si os gusta este escrito dale a me gusta.....

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