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12 min
El último segundo de la noche, III. El gran buco.
Suspense |
16.04.14
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Sinopsis

Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

El último segundo de la noche, III

 El gran buco.

-Usted conoció a Rubén, señora Loriz. Hábleme de él –el comisario, en un gesto de complicidad, invitó a Laura a un cigarro, dándola a entender que en aquél cuarto harían una excepción a la prohibición de fumar que reinaba en el recinto de la comisaría de policía, y casi no le dio tiempo a apresarlo con los labios cuando él ya lo estaba llameando con la luz azul de su encendedor, mientras que con una leve indicación de la cabeza señalaba la ventana a un ayudante para que la abriera.

-Con calma; empiece desde el principio ¿Cómo conoció a Rubén Claves? 

Laura aspiraba humo desde el extremo del cigarrillo levemente coloreado del carmín de su boca, con la mirada puesta en la brasa que alumbraba un enjambre de hebras danzantes. El flequillo le caía delante de la mitad más expuesta de la cara, tornándola indefinible. Todo el mundo en la masía de Casa Loriz ya tenía noticia de que la policía había descubierto que los cables de freno del automóvil en el que se estrellaron Diego y Rubén habían sido probablemente manipulados, erosionados deliberadamente con alguna lima. Y aunque era una sospecha que debía ser confirmada por el departamento de criminalística, había sido lo bastante contundente como para dar por descartada la hipótesis del accidente o del suicidio, y disponer el envió inmediato a la comisaría de Palafrugell de un comisario experto en homicidios venido desde Barcelona para que se hiciera cargo de la investigación del mortal accidente acaecido en los cortados de la Costa Brava.

Laura hizo ademán de incorporarse para acercar el cenicero, que se hallaba lejos de su alcance. El comisario Rosignol se adelantó, y con una estirada maquinal del brazo lo empujó hacia ella. En aquél instante, Laura recordó que ese mismo gesto era el que ella realizó cuando Rubén buscaba con la mirada un cenicero en algún lugar del salón, el día que le conoció: empujó un platillo de alpaca que desde una esquina se fue deslizando a lo largo de la superficie transparente de la mesa de centro, como un planeta, hacia donde estaba él, sentado tras el otro extremo, como un sol.

Diego trajo aquella mañana a Rubén a Casa Loriz, en Palafrugell, un amigo y nuevo socio para algunos proyectos que estaban estudiando, dijo, y me lo presentó. Quedé al instante prendada de él, inundando mis pensamientos de un raudal de imágenes lascivas. Y noté cómo Diego también se mostraba extrañamente ilusionado.

Discurrían entonces los primeros años noventa del siglo pasado, todavía vivían papá y mama, aunque ya eran dos ancianos, y aún no habían aparecido en nuestras vidas Enrique e Isabel, los hermanos Doylataguerra. Éramos jóvenes, alocados e irresponsables. Diego se tomaba con calma el relevo de su padre en la dirección del conglomerado de empresas Loriz, poniendo más interés en gastar la fortuna familiar en fiestas y apuestas descabelladas. Y yo, simplemente me ocupaba de mí, de mi satisfacción y complacencia; mi cuerpo y la plétora de mis sentidos eran, de alguna manera, mi exclusiva prostituta, solo atenta a mi deseo. Desde luego, yo no tenía ningún interés en el futuro del grupo de empresas Loriz, salvo en que no perjudicaran mi parte de la herencia.

Rubén era un hombre un poco mayor que nosotros, terriblemente atractivo, con un cuerpo apolíneo, sonrisa seductora, ojos almendrados, simpático y muy presumido. Sabía hacerse aceptar, porque en realidad era adorable, de modo que allá donde fuere transformaba el lugar en su propio terreno, como si siempre jugara en casa. Sin embargo, tras aquella espléndida figura se podía intuir, como los granos de sal marina que se desplazan sobre una brisa, una parte de sí que Rubén no mostraba, y que yo trataba de situar en una vida anterior en otro lugar y con otras personas; y la mera insinuación de la existencia de aquel misterio que le envolvía, aunque ignorara su contenido, lo hacía para mí un tipo todavía más interesante. Desde el primer momento estuvo tierno y encantador con Diego y conmigo, que no veíamos el momento de compensar tanta dicha que de él recibíamos, sintiendo que esos instantes, aunque fueran  nimios, se tornaban memorables y felices por la sola concurrencia de la divina armonía de su figura.

Atropellado por una excitación que a duras penas podía contener, Diego me hizo partícipe del plan que habían ideado para disfrutar de unos días de vacaciones haciendo un crucero hasta la costa croata de Dalmacia, a lugares donde Rubén tenía amigos con los que no nos privaríamos de nada divertido, aunque no fuera legal, y querían que yo viniera con ellos. Incapaz de comprender cabalmente lo que me proponían, de tan arrobada como estaba por ardientes escenas a cuenta de la crema bronceadora, a todo decía que ‘¡claro que sí, claro que sí, claro que sí!’.

Cuatro días después Diego, Rubén y yo zarpábamos del puerto de La Escala con el barco de diez metros de eslora y dos motores de papá, perfectamente pertrechado para la realización de un crucero de dos semanas por el Mediterráneo y el Adriático hasta Dubrovnik, localidad costera con un pintoresco barrio medieval. Fue en alta mar cuando Diego y Rubén me confesaron que, además de fiesta, habría tiempo para los negocios, puesto que allí les aguardaba un tal ‘Peja’, al parecer conocido de Rubén, con quien esperaban cerrar un trato muy importante y con algún riesgo. Aunque no quisieron entrar en detalles, me informaron que el negocio en cuestión tenía relación con la situación de guerra que se vivía entre las distintas comunidades que hasta hace un año componían la República de Yugoeslavia, entre los serbios y montenegrinos, por un lado, y los recientemente independizados croatas y bosnios herzegovinos, por otro, y que se proponían romper el bloqueo marítimo que había decretado el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para asegurar el embargo comercial decretado contra los serbios, y que era mantenido por decenas de buques de guerra de la OTAN y otros países, para impedir que nada entrara ni saliera de allí. ‘¿Drogas?’, ‘no, pero peor’. Fue entonces cuando comprendí a dónde íbamos realmente. Las terribles imágenes que otrora había contemplado descuidadamente en la televisión, y que documentaban la violencia con que se mataban allí, los francotiradores, las ciudades sitiadas, venían ahora a mi memoria con una viveza extraordinaria y atroz. Y me advirtieron mis acompañantes, finalmente, que la propia ciudad de Dubrovnik, que pertenecía a Croacia, llevaba algunos meses sitiada por las fuerzas armadas serbias, sufriendo bombardeos diarios.

Yo les comenté que hubiese preferido ir a Corfú, por ejemplo, pero la verdad es que me daba un poco igual, y sobre todo no deseaba que nada estropease las tardes que pasaba con Rubén en el camarote, aunque por la noche al parecer prefiriera dormir con Diego, el ambiente de acracia y hedonismo que gobernaba el barco, y poder seguir disfrutando del calor de dos soles, la estrella y el bello Rubén, que tan bien le sentaba a mi piel, dejándola tersa y limpia en todos sus poros. En definitiva, pensé, esta era la forma en que se habían gestado todas las fortunas que conocía, y sabía de unas cuantas.

Así que una noche, desde la orilla italiana más cercana a la ciudad, enfilamos a Dalmacia a toda velocidad para burlar el bloqueo, evitando aproximarnos a cualquier barco que detectara nuestro radar, y antes de que amaneciera estábamos fondeados dentro del puerto de Dubrovnik, de imponentes murallas que desafiaban al mar. De cuando en cuando se oía el zambombazo de las granadas ciegas caídas sobre los tejados del barrio viejo, lanzadas desde los morteros enfilados detrás de la montaña de san Sergio, que casi caía a plomo a los pies de la parte más interior de la ciudad.

Acercándose con una barca de remos, subió a bordo el serbocroata Predrag Cvetkovic, ‘Peja’, un gigantón de semblante siniestro que comandaba una desquiciada milicia de croatas que peleaban del lado de los serbios a cambio de soldada, unos mercenarios de la peor especie que se dedicaban al asesinato para rapiñar a sus paisanos. Después de saludar a Rubén, que conocía, y de que éste nos presentara a Diego y a mí, que me sonreía con elocuente capricho y sin quitarme los ojos de encima, Peja, manejando un inglés académico, nos agradeció el valor que demostramon al romper el cerco marítimo, y prometió mostrarse generoso y digno de confianza, abandonando después el barco cuando aún principiaba la tarde y llevándose consigo cuatro garrafas opacas de veinticinco litros de capacidad cada una que Diego había subido de la sala de máquinas, y que alguien deslizó, en broma o en serio, que podría ser veneno, ‘¡qué horror!’. Cuando comenzaba a anochecer, y enviados por Peja, subieron a bordo un grupo de jóvenes que organizaron una bonita fiesta en el barco, que se prolongó sin descanso durante los tres días que estuvimos surtos en la ensenada, empalmando bacanales, drogas y parejas de cualquier sexo.  

Al mediodía del día siguiente volvió Peja en la barca, y trajo cuatro cajas colmadas de joyas de oro y pedrería: pendientes, dijes, collares, diademas, anillos, alfileres, relojes, pulseras, cubiertos de cuchara, cuchillo y tenedor. Más de veinte kilos de oro, producto del saqueo concienzudo llevado a cabo con su cuadrilla en los últimos meses. Peja informó que dos cajas eran como pago de las garrafas que se llevó el día anterior, que las otras dos eran de él y las confiaba a Rubén y Diego a modo de arrendamiento de servicios, disponiendo cómo habrían de determinarse las rentas debidas y el buen recaudo de los bienes arrendados y, finalmente, mostró una espectacular corona de oro con incrustaciones de esmeraldas que, dijo dejando caer morosamente las palabras, era ‘un regalo para Laura’, para mí, si accedía a acostarme con él.

Peja había venido vestido elegantemente con un traje violáceo de chaleco y pajarita que parecía de otra época, dando la impresión de haberse disfrazado con unas ropas a la moda de dos siglos atrás. Yo en seguida percibí el aroma amargo que expelía su cuerpo, peculiar e indefinible, silencioso y profundo. Peja les advirtió a Diego y Rubén que se encontraba muy tranquilo entregándoles sus dos cajas de joyas porque ‘estoy absolutamente seguro de que os encontraré, donde quiera que os escondáis, en el rincón más solitario de la tierra o en el interior del mismo submundo, si decidierais traicionarme’. ‘Tened la absoluta seguridad’, de su grave voz de ultratumba fluía un inglés perspicuo. ‘No podéis imaginaros quién soy yo’, ‘absolute certainty’, les dijo. Yo también estaba ‘absolutely horrified’.

Después de cerrar los tratos con más copas y brindis, y de descansar por un momento de tanto alcohol fumando un narguile de marihuana, reanudamos la fiesta con más chicas y chicos entusiastas de esculturales figuras y escandalosa juventud, que servían bebidas y extendían rayas y se aprestaban a cualquier juego, dispuestos a entregarse con absoluta mansedumbre, y las orgías comenzaron a menudear en cualquier parte de la embarcación. Yo accedí a acostarme con Peja, no por la corona, que no apreciaba en exceso, y que además no necesitaba, sino por una extraña influencia que él ejercía sobre mí que entorpecía mi voluntad, no pudiendo decirle que no. Así que por una vez la puta fui yo, y fue una experiencia de lo más desagradable: a pesar de que en aquel momento no era consciente de ello, estaba tan drogada que durante todo el tiempo sentía que me estaba follando un hediento cabrón de ásperas cerdas, un gran buco con una cornamenta desaforada, que gruñía y babeaba y me laceraba arañándome con sus pezuñas renegridas. Si no hubiese bebido tanto juraría que fui montada por un macho cabrío que olía de un modo que jamás podré olvidar, tan profundo y nauseabundo era.

El resto de la noche la pasé dormida en el camarote, supongo que agotada, hasta que la amanecida nos saludó con unos estruendosos surtidores de agua que de improviso se levantaban junto a la borda del barco. Pronto Rubén se dio cuenta de que nos bombardeaban, los invitados saltaron al agua por la borda, dio a todo gas y salimos de Dubrovnik patinando quilla. Quince millas mar adentro nos dio el alto una fragata de su majestad británica, que aguardaba nuestra salida del puerto desde que burlamos el bloqueo naval, pero mostrábamos un aspecto tan decadente y odiosamente europeo, tan insensibles a la tragedia que dejábamos atrás, que se conformaron con tomar nota de nuestra identidad, renunciando a registrar el barco, y dejándonos marchar tras advertirnos que no querían volver a vernos.

Yo no volví a ver a Peja.

-Señora Loriz. Se lo ruego, hábleme de Rubén Claves. –Laura se repuso, lo miraba con cara de sorpresa, dudando si llevaba un minuto o una hora delante de aquel señor.

- Disculpe, señor. ¿He dicho algo… o algo inconveniente? Le ruego que me permita volver a mi casa… ¿qué desea saber? 

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  • Como ya apunté, me sublevo ante la idea de la estrella solitaria que tendrá su razón de ser, pero que no acierto a ver. El texto las merece, al menos para mí. Me ha llamado la atención el apellido de la otra familia, que dice todo de ella. Y del resto, magistral, con referencias profusas a la guerra de los Balcanes, el ambiente de depravación que se registra en el yate, y esa insinuación al asesinato, provocando la continuación como novela negra, en la que un implacable detective va a dar mucho de que hablar. Gracias por tus comentarios y valoraciones, por seguir de cerca mis ejercicios literarios. Un saludo.
    No recuerdo bien los pormenores anteriores, pero me basta con lo expuesto en éste para darme cuenta que estamos ante una narración muy bien llevada. Tu estilo es impecable, tienes mucho atrevimiento con los temas tratados y los resuelve de maravilla.- Te felicito.- Un saludo
    Vaya, acabo de recordar lo de la estrella solitaria justo al otorgarte las cinco. Desde luego, el relato se las merece de sobra. Soberbia continuación, amigo Boy. Ya hace días que lo leí y la trama sigue fresca en mi memoria, lo que demuestra lo bueno que es. Él personaje de Laura adquiere fuerza y protagonismo. Se consolida el extraño triángulo que forma con Diego y Rubén. Irrumpe con fuerza el cíclope serbio. Impagable su escena con Laura. Magistral la ambientación y el desarrollo de la acción trepidante. Desde luego, te ha quedado un relato redondo, no sobra ni falta nada. De lo mejor que has publicado, a mi juicio, juntamente con la historia de Idumea. ( ¿ cuándo la 2ª?). Enhorabuena.
    El primer degüello o comentario, jeje, amigo Boy. Ante todo, como ya indiqué en la propuesta, nada de peloteo ni entusiasmos excesivos. Pero, eso sí, una tercera entrega excelente, de una pureza narrativa magnífica, un desarrollo con mucha laboriosidad, y gran fondo histórico con la disolución de Yugoslavia ("flash back" con sabor a gran novela) donde ahora se enclava el primer conato de la degradación de los personajes: el añadido ambiguo del atractivo Rubén, y la morbidez que proporciona el "gran buco". La fluidez progresiva de este "flash back" aporta, pues, un enriquecedor material psicológico que nos va a ayudar a comprender muy bien las tortuosas diferencias y divergencias que irán afectando la existencia de los protagonistas. Se perfilan ya los nuevos elementos del suspense. La mención a mis isla de Corfú de ¡chapeaux!. Veredicto: SATISFACCIÓN TOTAL y mi más sincero agradecimiento. Un gran abrazo. Y a esperar una siguiente aportación de otro compañero de letras. (He arreglado –con minúsculas- mi entrega I , añadiendo el epígrafe: El accidente, a fin de equipararla a tu III entrega también con denominación del capítulo: El gran buco)
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

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