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10 min
El último vagón
Varios |
04.02.18
  • 4
  • 2
  • 480
Sinopsis

Mientras corría podía escuchar el sonido del olvido. Sus pasos casi ni tocaban el suelo: Iba lo más rápido que su minúsculo organismo se lo permitía. El viento le despeinaba los cabellos color caoba y sus ojos se entrecerraban ante las partículas de polvo pegajoso que como pelusas grisáceas se le adherían a las mejillas huesudas. El aire, sucio, invadido de perfumes, pestilencias, hormonas y aromas de lo que podría identificarse como los destellos finales del desayuno comenzaba a volverse pesado. La humedad los invadía a todos ellos. 

No podía recordar a ciencia cierta cómo es que se había quedado dormida. En aquellos días que corrían sus noches contaban con episodios oníricos cuya particularidad rozaba lo extraordinario. Voces que susurraban en su oído derecho con la velocidad y la gracia de una mosca cortando el silencio de la noche cerrada. Un teléfono que sonaba y jamás llegaba a atender. Citas que nunca lograba concretar. Siempre una milésima de segundo tarde, siempre el último movimiento de la aguja del minutero antes de que despertara agitada y cubierta en sudor. Asustada, más nunca tarde. A excepción de hoy. 

Para cuando llegó a la estación las puertas del tren estaban cerrándose. La silueta de su cuerpo dibujó con gracilidad un salto que bien podría considerarse parte de un número coreografiado, y de repente allí estaba, dentro del último vagón. Respiró con alivio: Por un momento creyó que no lo lograría y debería verse obligada a aguardar hasta que el próximo set de cajas con ruedas volviera a aparecer en la estación. Pero no. No había nada de qué preocuparse. 

Lo primero que llamó su atención fue el hedor que invadía el interior del vagón. Olía a papeles humedecidos y dejados a la intemperie durante unas horas, momento en el cual la humedad no hace más que provocar aquella esencia capaz de atraer bichos. Le sorprendía caer en la cuenta, mientras caminaba y tomaba asiento, que jamás solía viajar en el último vagón. Generalmente solía estar en la estación varios minutos antes de que el tren arribara, razón por la cual los primeros vagones eran los que ocupaba. El perfume a limón fresco mezclado con los rayos del sol filtrándose por las ventanas parecían ahora tan solo un recuerdo que de tan difuminado resultaba más como un sueño olvidado.

La oscuridad que acompañaba el aroma a podredumbre vil y gastada hacía que ver más allá de la palma de su mano fuese imposible. Sabía mejor que nadie la prohibición con respecto a fumar dentro del transporte público, más no podía ir en contra de aquel presentimiento que latía en el fondo de su mente, detrás de las esferas vidriosas que eran sus ojos, avisándole que semejante niebla tan solo podía ser producto del humo de uno (varios) cigarros. ¿De qué otra forma lo explicaría? Niebla en un tren. Dificultad para observar. Luz oscura en plena mañana de calor infernal, el cual parecía haber quedado opacado por un escalofrío que se sentía como largas uñas de cinta de papel deslizándose por su columna vertebral. Todo podría muy bien resumirse en el vaho proveniente de seres humanos muy irrespetuosos para con la ley, y falta de limpieza. Sí, posiblemente eso era todo.  

Sus grandes ojos decidieron desviar la atención de aquel vagón en el que no veía, más escuchaba, atisbos de lo que parecían ser otros pasajeros, y observar el paisaje. Las ventanas corroídas por la suciedad acumulada no parecían resultar una molestia. A medida que dejaban atrás las grandes explanadas verdosas y los altos árboles cuyas cúpulas casi ni se sacudían debido a las altas temperaturas, poco a poco el tren se adentraba en el territorio perteneciente a los gigantes de cemento. Cómo una sombra atemorizante que se alza sobre sí misma lista para acabar con todo aquel que no esté listo para tolerarla, la ciudad se erige sin piedad, sin perdones. Si cierra los ojos, casi puede percibir el estruendo producido por las avenidas atestadas de automóviles, los pasos acelerados de una cantidad incontable de seres humanos que corren por las calles del centro y ya no se molestan en pedir disculpas al lesionar hombros ajenos con cada empujón. El gusto amargo, matutino y rutinario del café enclaustrado en tazas de plástico provenientes de locales de comida rápida. Los tacones que ametrallan en asfalto. Los maletines, todos idénticos, elementos de un sistema binario infernal.

El chirrido provocado por las puertas del vagón abriéndose de par en par la obligó a abrir sus ojos. Si bien conocía el camino de memoria y la inercia era el patrón que movía todas sus acciones, siempre era bueno estar atenta. Esperaba ver la estación bonita, antigua y pretenciosa que solía caracterizar a los barrios más residenciales de la ciudad. Y sin embargo, la sorpresa embargó todos sus sentidos al observar cómo el escenario que se edificaba frente a sus ojos constituía algo que jamás había presenciado.

La estación frente a sus ojos se encontraba prácticamente tirada abajo. La humilde construcción que suponía el andén no era más que una casucha corroída por el descuido: Los muros de cemento cual lienzos de pintura descascaradas, la madera astillada sobre la que se sostenía el andén revelaba que aquel era el alimento de polillas, terminas y cárcomas. Entrecerró los ojos y observó dificultosamente el interior de la estación. Incluso a lo lejos podía reconocerse la capa de polvo que cubría los asientos en desuso, una boletería cerrada en cuyas rejas un centenar de telarañas contribuían al espectáculo tan repulsivo como atrayente de aquella estación fantasma.

Sin embargo, lo que terminó por asaltar su intriga completa, fue el sonido. Unos pasos ahuecados, lentos y pesados que se removieron en el interior del vagón de camino a la puerta. La niebla que parecía nunca disiparse le imposibilitaba el mero acto de poder reconocer algo de forma definida, pero incluso ante semejante situación estaba segura de haberlas visto: Sombras uniformes, cuerpos desdibujados que se levantaban de sus asientos y en susurros que parecían suspiros mortecinos se bajaban del vagón, como si aquel andén abandonado y rancio tuviese algo que ofrecerles.

Al reanudarse la marcha, ella giró su rostro hacia la estación abandonada en un intento desesperado por verlos, aunque no sabría decir con veracidad que fue exactamente lo que vio. Algo tan insignificante como el pliegue de un vestido antiguo sacudiéndose con la brisa de la mañana, una sonrisa manchada de nostalgia y dientes amarillentos por el hábito de fumar. Algo tan fantasioso que no le permitía confiar en sus sentidos ni aferrarse a su humanidad rebalsada de lógica y raciocinio. Tal vez solo había sido un error. Tal vez el recorrido usual del ferrocarril se hallaba inhabilitado y no habían tenido más remedio que optar por vías aledañas. Vías podridas.

La idea la tranquilizó un poco. Se acomodó en el asiento dejando que su espalda chocara suavemente con el terciopelo rojizo y mullido. No recordaba la última vez que se había apoyado en un asiento tan cómodo. Los de los vagones nuevos no contaban con semejante lujo, sino que sus diseños modernos y minimalistas resultaban, irónicamente, muy poco agradables para el cuerpo.

De pronto, el ambiente cálido y apagado del vagón actúo sobre ella misma, recordándole lo mal que había dormido, y lo bien que le haría aprovechar el desvío para descansar un poco. Soltó un suspiro mientras sus ojos se cerraban y dejaba que el traqueteo lento e hipnotizador del tren la abrazara por completo y se la depositaba en un estado de semi-inconsciencia aletargado. En efecto, era capaz de percibir los murmullos risueños de los demás pasajeros, que por alguna razón cada vez parecían estar más cerca de ella, invadiendo su esfera de espacio personal. Podía sentir el roce de un centenar de dedos suaves cual la seda de un vestido de época, tocándola, acariciándola. Tiraban de su cabello con pulcritud, lo acercaban a sus múltiples fosas nasales cubiertas de polvo y niebla, corpúsculos de muerte.

Abría los ojos de tanto en tanto y se hallaba sola. Con el torso casi pegado al asiento y gotas de sudor rojizo, producto del tinte del terciopelo. El tren continuaba deteniéndose en sus respectivas estaciones, todas idénticas. Todas olvidadas. Los andenes carcomidos por bichos, el cemento con sus manchas de moho y pintura quebrada, la capa de angustia que cubría todo el espectáculo y los pasajeros del vagón que bajaban tomados de sus brazos incoloros mientras conversaban y reían en voz baja.

Cerraba los ojos. Ahí estaban de nuevo, todos encima de ella. Le quitaban el anillo que le había regalado su madre, lo admiraban soltando suspiros de admiración. Dibujaban garabatos en su cuello con aquellos dedos de tiza. Se abrazaban a sus piernas mientras lloraban y aullaban de dolor, y luego, al llegar a una nueva estación, sus ojos se abrían, ellos se bajaban. El vagón siempre parecía vaciarse, y aun así, siempre estaba lleno como en las horas donde todos los trabajadores, con sus zapatos puntiagudos y sus maletines de cuero falso se amontonaban en el ferrocarril y todos ellos se alimentaban de sus mutuos olores, cabellos, alientos y hormonas.

El tren se detiene por última vez y una voz mecánica anuncia que el recorrido ha terminado. Ella se levanta y comienza a caminar por el pasillo entre los asientos camino a la puerta. Existe un microsegundo entre que se coloca de pie ante ella y esta se abre, en el cual es capaz de percibirlos. Todos ellos pegados uno junto al otro. Sus respiraciones poco acompasadas, el aire que entra y sale de sus pulmones y se mezcla con la niebla y las partículas de polvo que flotan en el aire. Mira a su alrededor, más la capa grisácea, ácida y pegajosa la mantiene enceguecida. Es capaz de notar los cuerpos a su alrededor, petrificados. Espectros crudos, un rollo fílmico que al revelarse se comprueba que estaba velado y no había nada allí. Esencias olvidadas, fantasmas deformes.

Las puertas se abren y las luces de la terminal la golpean bruscamente al sorprenderla. Entrecierra los ojos y de pronto es empujada hacia la estación. A su alrededor, millones de seres humanos que salen de los vagones como si el tren los estuviese vomitando a todos. De los andenes contiguos, más y más montañas de individuos que se mezclan son propulsados por la fuerza del interior de los vagones cual manadas de animales, y todos ellos caminan con rapidez hacia adelante, hacia la salida. Hacia la ciudad. 

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