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11 min
EL VAGABUNDO
Reales |
04.07.14
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Sinopsis

.

Era verano. El enorme ventanal daba al mar. Entre dos azules, el horizonte era testigo de la metamorfosis del día, del oscuro mar del amanecer hasta la plata del crepúsculo. Por aquellos días Alberto comenzó a observar, como nunca lo había hecho, a un vagabundo.  Las primeros días de su estancia apenas lo había notado, pero cierto día al despertar y asomarse a través de los cristales de la ventana, le llamó la atención sobremanera una sombrilla que se abría allí abajo, justo en un banco del paseo. Era él, el vagabundo. A partir de aquel día, cada vez que cruzaba el salón observaba, al pie de aquel profundo paisaje azulado, posándose como una paloma que baja del cielo a picotear sobre la piedra gris, al vagabundo.  Durante horas y horas el hombre permanecía sentado en aquel banco de granito, impasible, cambiando si acaso la posición de la escuálida sombrilla o la emisora de una radio que hacía las veces de animal de compañía. Allí lo encontraba Alberto cada vez que dirigía la mirada hacia el ventanal de su salón.

El vagabundo era un ser solitario, y sólo se relacionaba con otros seres solitarios como él. Sin embargo, tenía asumido su modo de vida y su concepto del hombre, algo que a lo largo de su vida se había ido fraguando en el fogón de sus desgracias y que, ciertamente, lo llenaba de orgullo. Había aprendido, por ejemplo, que la soledad no era síntoma de enfermedad mental alguna, sino que el espíritu humano es, por naturaleza, solitario, y que la mayoría de las relaciones sociales son puro entretenimiento para la conciencia. Extraña filosofía, pero la única que le pudo salvar de la tremenda situación en que le dejó la vida tras la aparición de su enfermedad. El vagabundo padecía de una desconocida enfermedad de la piel que contrajo cuando aún trabajaba en un restaurante. Cuando ya no pudo ocultar más las manchas de sus manos, el gerente del negocio consideró que no podía seguir de cara al público con aquellas manos tan repulsivas para los clientes, y lo despidió. En vano intentó encontrar apoyo en sus compañeros de camaradería en la querella que tuvo con el gerente, hecho que lo hundió en una profunda tristeza, y del que aprendió mucho de la condición humana.

Desde entonces la vida había trenzado una tela de araña en la que había quedado paralizado, inerte, en la más absoluta indigencia de la que no se veía con fuerzas ni esperanzas de salir. Su único pasatiempo era la mera contemplación. Los movimientos y complejidades humanas eran todo su alimento espiritual, más enjundioso que el de comer, que apenas le acariciaba el hambre. Porque el vagabundo era, ante todo, un observador de actos humanos. Todas las mañanas acudía sin retraso a su banco. Llegaba lenta, lastimosamente, tirando de su carrito de supermercado donde guardaba todos sus enseres y sus posesiones de valor. Una mesa, una guitarra envuelta en una funda de cuadros rojos, un colchón enrollado, eran las propiedades que se ofrecían a la vista de los transeúntes del paseo. Después de algo así como una hora en que observaba impertérrito el mar y los primeros movimientos de la mañana en torno a aquel su banco, el vagabundo colocaba en el suelo, delante del banco, un cestillo, y sobre el asiento, de cara al mar, una cartulina en la que pedía ayuda, pues, según rezaba en la misma, su enfermedad le impedía alimentar a su mujer y a sus cinco hijos.

Y ciertamente la enfermedad estaba a la luz del público; su cara y sus manos realmente tenían mal aspecto. Claro que, puestos a ver, tampoco se apreciaba ningún tipo de problema de inmovilidad en sus extremidades. “No hay nada que le impida trabajar”, oyó alguna vez a algún transeúnte, demostrándole así que la miseria nunca es suficientemente grande para quien no la padece ni la ha visto asomarse nunca por las múltiples puertas que la conectan a la vida.

El vagabundo vigilaba el paseo que bordeaba aquella playa, desde poco después del amanecer hasta horas después del ocaso. Con los años el tiempo lo hizo testigo de muchas caras, de muchas conversaciones, de muchas discusiones entre amantes. Amantes, sí, eran estos sus favoritos. Había llegado a descubrir el amor, y el desamor, según las sonrisas, las miradas, la forma de tocarse, o según el aire que enredaban las ropas de los amantes. Y también conoció la magia del mar, aquella celestina imprudente que acomodaba los cuerpos recelosos de los amantes al calor de un amor que evocaba con su brisa. Sus pensamientos le hacían olvidar la insoportable pasividad solitaria de sus miembros. Su imaginación daba vueltas alrededor de la prisión en la que su voluntad había quedado encarcelada. Porque más que la propia enfermedad de la piel era la parálisis de su voluntad su verdadera enfermedad, la que asolaba realmente a este individuo. Si una simple bolsa de plástico que jugaba con el viento se alzaba y aparecía por su alrededor, el vagabundo adhería su vista a sus movimientos azarosos, hasta que quedaba enganchada al mástil de su guitarra, y entonces esperaba que de aquella coincidencia de espacios surgiera algo nuevo. Y si la bolsa se desgarraba y seguía su trayectoria hacia el mar, el vagabundo imaginaba que se dirigía en busca de algo más seguro que aquel loco viento, antojadizo e incierto; y si la bolsa se volvía hacia él y se posaba de nuevo, por antojo del azar, en su banco, era para despedirse, antes de insertarse en las olas, y para contagiarse de su olor, un olor de espíritu solitario, que tan bien se entienden unos con otros. Entre esas locas fantasmadas discurrían sus pensamientos, camino, cierto es, de una locura a la que estaba abocado sin remedio.

Mientras tanto su radio le hacía toda aquella locura más soportable y hablaba de cosas que él comenzaba a dejar de entender: el gobierno, las elecciones, los robos, los acuerdos para la paz, los coches bomba, las guerras, los futbolistas que se compran y se venden, las mujeres que mueren antes de huir de sus maridos,... todo aquello lo oía una y otra vez ante el paso juguetón, serio e indescifrable de la gente de vacaciones. A la hora de comer apagaba su radio, tomaba su monedero, lo ojeaba y añadía las monedas que algún transeúnte le echaba en el cestillo, entre los que se contaba siempre la misma señora bien vestida. Con eso desaparecía durante un par de horas, hasta reaparecer en esas primeras horas de la tarde, las de mayor hastío de un sol que nada respeta ni nada embellece con su presencia, en que más le valdría desaparecer aún con perjuicio para los bañistas que gustan seguir la moda de pieles horneadas.

El vagabundo agotaba los últimos rayos de sol que reverberaban sobre el horizonte, hasta que su luz comenzaba a confundirse con los efectos de la luna. Entonces abandonaba su puesto hasta el día siguiente.

La casualidad hizo que Alberto lograra conocer el lugar donde pasaba la noche este indigente. Fue en un parque que se encontraba construido sobre un aparcamiento subterráneo, a unas tres manzanas de su residencia. Aquella vez no fue la única que lo vio; dos días después también lo observó en el mismo lugar y de la misma forma. Aquella noche ya sólo quedaban algunos adolescentes reunidos en un banco, fumando entre risas y haciendo el pino entre los columpios. Alberto se había sentado en un banco, al lado de los jóvenes. Encendió un cigarrillo y, al cabo, llegaron ellos. Descubrió entonces que el vagabundo no pernoctaba solo. Se reunía con otro mendigo que se movía por la avenida principal de más actividad comercial y menos turística. Las bocas superiores del aparcamiento estaban protegidas por dos cristaleras. Los dos vagabundos llegaban a la boca central del aparcamiento y comenzaban a adecentar su alcoba. Primero, desinfectaban el habitáculo, rociando con un spray insecticida el suelo y todas las rendijas por donde se pudieran colar las cucarachas, las hormigas u otros insectos nauseabundos. Luego cerraban la puerta y esperaban unos veinte minutos al aire libre, esperando que aquel veneno hiciera su efecto. Mientras tanto, preparaban los colchones, orinaban en unos parterres traseros y, al punto, volvían vestidos con unos atuendos distintos, más aptos para pasar una noche encerrados.

Aquella noche Alberto dilató su tiempo en el parque un poco más que de costumbre. Cuando comenzó el camino de regreso, saliendo del parque, vio cómo tres adolescentes desalmados lanzaban piedras contra aquella cristalera, al tiempo que salían corriendo, perdiéndose en el mar de oscuridad que ahogaba la ciudad olvidada por la noche. Aquel asalto le impresionó tremendamente. Quedó un rato allí de pie, consternado. Al oír cómo el silencio de la noche aparecía de nuevo volvió a casa. Y poco a poco fue resignándose de nuevo a la existencia de la maldad humana, una resignación que veía como la única forma de evitar el desasosiego permanente.

Al día siguiente, los vagabundos llegaron sanos y salvos a sus puestos. Alberto vio a ambos. Era la primera vez que veía al compañero de su vagabundo, repantigado de cualquier manera sobre el acerado de la avenida, entre las puertas de una librería y una panadería. Muy malas poses para su edad, se decía Alberto. El compañero vagabundo llevaba un animal de compañía: era un perro blanco, lanoso, flacucho y con un bonito collar al cuello. Posaba, ciertamente, mejor que su amo. Puestos en esa tesitura, es difícil imitar a los perros, pensó.

Tres días después ocurrió aquel trágico suceso. Mientras Alberto preparaba la comida en su apartamento la radio daba las noticias de cierta emisora local: la noche anterior habían encontrado muerto a un vagabundo, víctima de un crimen del que se desconocía aún la autoría. Su primera reacción fue asomarse al ventanal, pero era la hora en que el vagabundo solía desaparecer del banco para ir a comer. Esperó muy angustiado a que comenzara la tarde. La posibilidad de que aquella noche hubiera estado presenciando el anuncio de un crimen le llenaba de terror. La agitación por estos pensamientos le impidió comer nada. Pero llegó la puntual hora de sobremesa, y al fin lo encontró. Allí estaba, reinando bajo su sombrilla, entre el paso de las gentes desnudas y descalzas, levantando su cabeza de vez en cuando, moviéndose la gorra. Era él, el vagabundo, la paloma a la que había empezado a tomar cariño. Y sin embargo, las imágenes de aquellos desalmados arrojando piedras contra la cristalera del aparcamiento aún quedaban en el fondo de su memoria, como el poso de un vaso pero que en cualquier momento puede ser repuesto de veneno licor.

Al día siguiente, temprano, Alberto acudía a su cita en la panadería. De camino entró en la librería de al lado, cuando, un segundo después de entrar, caía en la cuenta de que en el suelo del acerado no había visto a ningún vagabundo. Salió, volvió a mirar, y no vio a nadie. Aquella noche, para resolver todas las dudas que le habían asaltado volvió al parque. La boca del aparcamiento había sido precintada por la policía. Como podía esperar, ningún vagabundo apareció por allí. A la vuelta caminó por el paseo. Lo necesitaba y, sin embargo, aquella noche le costó caminar. La gente andaba lentamente, el tumulto le reflejaba la enorme intranscendencia e insignificancia de la vida de una persona solitaria y sus circunstancias, la increíble nimiedad de la historia de un ser que ha existido sin su momento de gloria.

Terminó la noche en la terraza. La noche de verano era agradable. Cuando el murmullo de la gente que paseaba cesó, las olas, que hasta aquel momento habían permanecido calladas, comenzaron a decir algo. Pero a Alberto aquello ya no le decía nada.

 

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