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7 min
El vagabundo cobarde
Suspense |
22.02.19
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Sinopsis

     Esta mañana me había despertado entre los cartones de siempre, pero con la novedad que parecía que mi depresión se había esfumado como por arte de magia, facilitándome el normal flujo  de mis pensamientos.

      Aparté de un manotazo el tetrabrik de vino peleón que tenía junto a mí y recordé horrorizado la noticia que antes con mi depresión,  ni siquiera me había afectado y que era la de cómo tres jóvenes armados con palos y una lata de gasolina, habían ya quemado y matado a un par de mendigos esta  semana. Estos sucesos habían ocurrido en dos edificios parecidos a los que yo había dormido…paredes con grafitis, desconchadas, multitud de basura creada por nosotros mismos y pequeños rincones inhabitables, pero ocupados por nosotros, es decir  los sin techo.

       No podía apartar durante el día, el miedo visceral a los tres chicos y a la maldad implícita en sus actos. Sentía miedo. Nunca había sido ningún héroe…pero ahora, pudiendo pensar correctamente, la sensación de cobardía se intensificaba. Así que sin coger ninguno de mis cartones y bolas de ropa mugrienta, me dirigí hacia el albergue de acogida más próximo para poder dormir con seguridad.

         Pero una vez allí, el alma se me cayó a los pies cuando me dijeron

         -Nuestra casa de acogida está completamente llena, desde la luctuosa noticia de los crímenes sobre vagabundos parece que todos los sin techo se hayan puesto de acuerdo para venir aquí…pruebe en esta dirección.-Me dijo una señora, alargándome una dirección escrita en un papel.

         Ni que decir tiene que la dirección garabateada en el papel que mi mano aprisionaba de forma compulsiva me dijeron la misma versión del albergue anterior pero sin soluciones alternativas.

         Todo el día  lo pasé con una angustia que se me metía en el pecho y que no me la podía sacudir con ningún pensamiento. Las horas fueron pasando sin piedad, así que fue anocheciendo como cada día. No tuve más remedio que volver a mi edificio con la intención de mantenerme en alerta y no conciliar el sueño.

        Una vez estuve en mi desballestada antigua fábrica me dirigí hacia mi rincón y como un frio glacial me invadía eché un poco de leña en un bidón cortado y cercano a mis pertenencias, que me servía para calentarme. Las oscilantes llamas me tranquilizaron un poco pero aún así cogí de un montón de desperdicios, un hierro oxidado de medio metro por si me tenía que defender. Me estiré en el suelo envuelto por mis cartones, agarré de forma protectora  mi hierro y me dispuse a dejar que el tiempo fuera pasando.

        No excedieron muchos minutos, cuando un ruido de ruedas metálicas, atravesó la oscuridad de la fábrica solo rota por las oscilantes llamas de mi bidón. Me incorporé sentado entre mis cartones y cogiendo fuertemente mi hierro con mi mano temblorosa, fijé mi vista tratando de ver entre  las tinieblas. De entre ellas, surgió un carrito, como los que se utilizan  en los supermercados con porquerías en su interior, el carro lo conducía lo que en principio y por la suciedad de ropas y piel, un sin techo. Nunca había visto a este personaje, así que mi pulso se aceleró y la ansiedad no me dio tregua.

      El individuo, impertérrito, fue dirigiéndose hacia mí. Era un hombre de unos treinta y tantos años, con  cabello sucio y una barba de varios días. La ropa y su falta  de higiene daban pena. Me dijo

       -Hace mucho frio, ¿Te importa si descanso cerca de tu fuego?

       Yo, temblando de forma exagerada, le contesté

       -Claro que no… ¿Por cierto, nunca te había visto por aquí?

       -No soy de esta ciudad- y sin añadir nada más, sacó una manta mugrienta de su carrito y se acostó cerca del bidón.

        Naturalmente no pude conciliar el sueño, así que me dedique en pensar en lo que era un héroe y lo alejada que estaba esta figura de mí. Especulé que las acciones sublimes, nobles y valientes, a las que se podía enfrentar un héroe por el mismo  o por los demás, estaban completamente alejadas de mi persona. En el fondo yo era todo lo contrario, mi cobardía formaba parte de mí. Yo no tenía empatía por los demás y mi actuación, siempre coqueteaba con el egoísmo. Un héroe no piensa en si mismo sino que busca el bienestar de los demás, enfrentándose a una situación violenta y casi imposible.

        El sueño iba ganando terreno y los parpados se me cerraban, ya los pensamientos tendían a diluirse…pero el susto fue indescriptible, cuando unos gritos se hicieron presentes

        -¡Los malditos vagabundos esta aquí! ¡A por ellos!

        Horrorizado, abrí los ojos de par en par…intenté sujetar mi hierro oxidado, a modo de defensa, pero un golpe certero en mi brazo junto con un impacto de un bate de beisbol en las rodillas, me tumbó al instante en el suelo, boca abajo.

        Mi vista desde el suelo, se posó en mi agresor, pelirrojo y que no tendría más de veinte años…su semblante inspiraba odio y satisfacción. Otro joven jugaba de manera sádica con remover una lata de gasolina que sin duda nos aplicaría cuando creyera oportuno. Un tercero, con un palo largo, se dirigió hacia el otro mendigo con la intención de atacarlo

        -Tu, escoria, levanta-dijo alzando y queriendo descargarle un garrotazo violento…pero mi sorpresa fue total, cuando mi mendigo se revolvió como una anguila y cogiendo el palo cuando este estaba a punto de impactar en su cabeza, lo cogió y atrayéndole hacia así, arrastró con él al joven y de un certero puñetazo lo derrumbó. Sin prisas, se dirigió al joven abatido y poniéndole un pie en el pecho, saco una placa acreditativa de la policía y esposó al joven. También con gesto rápido, sacó una pistola y encañonó a los otros dos jóvenes

        -De rodillas u os meto un balazo a cada uno

         Mi conciencia estaba a punto de desvanecerse…aún tuve tiempo de ver como el mendigo-policía, sacaba su celular y llamaba a comisaría… volví  a pensar que yo nunca sería un héroe, que sin duda esto no se aprende, sino que es una cualidad adquirida, como ser rubio, grueso o inteligente…son cosas que llevamos dentro…como mi cobardía.

          Antes de desmayarme y perder mi atribulada consciencia, contemplé  al policía y supe que él sí que era un verdadero héroe digno de admiración. No tenía que ver con seres mitológicos o con dioses fuera de este mundo, pero era un héroe de carne y hueso. Me había salvado a mí y no le había importado nada más. Pensé que resultaba increíble que hubieran personas como mi mendigo-policía.

 

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