cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

5 min
El vertedero.
Terror |
08.10.18
  • 3
  • 0
  • 56
Sinopsis

Aquella vez, mi cara se resquebrajo a carcajadas; y aun me sigue doliendo, más al darme cuenta que ha pasado mucho tiempo desde que ese pobre diablo me había llamado “privilegiado” por haber sido el primero en llegar y estar destinado a ser el último en irse. Yo, que he visto generaciones y generaciones de hombres pertenecientes a familias humildes y ricas por igual, rumbear y trasnochar en este vertedero de pobres diablos (que no es más que eso), con el único motivo de esperar a que con el tiempo sus pieles se tornen ceniza y así poder escaparse con el soplido de alguna corriente de aire. Yo más que un privilegiado, soy un eterno maldecido que por culpa de una clase de jerarquía divina a la que nunca he podido conocer, me he quedado aquí.

Soy el vecino de un vecindario inhóspito, en el que, en tiempos distintos, se establecía un romance tan falso como traicionero, entre los habitantes del lugar con el lugar mismo. Aquí el amor comenzaba con un beso obligado, de labios fríos, muertos; a las tierras del vertedero, todo para dejar sellado de manera ceremonial este fatal cortejo: una declaración de amor en términos de huésped y hospedaje. Luego, la misma novia, con sus raíces como patas de arañas, rígidas y hábiles, se encargaba de desterrarlos una vez que se aburría de verles vagando todo el día con cara fantasmal por su suelo. Yo que he sobrevivido he perdido noción de muchas cosas, pero lo cierto es que lo anterior no es cierto y es solo un cuento que me cuento a mí mismo cuando necesito explicarme algunas vicisitudes. Aquí no hay romance, aquí no hay cortejo y aquí no hay ninguna novia. Solo hay un clima árido, cuervos revoloteando, dos niños, una pelota que no es pelota, y yo.

 Y yo… mi única realidad es que hace mucho siento que siento algo extraño, la sensación de que hace mucho deje de ser yo, y ahora solo soy un espectador de eso, la realidad, aunque a veces me confunda con lo que la realidad es y con lo que no es. Estar por tanto tiempo en el mismo sitio te brinda muchos momentos para pensar y reflexionar acerca de las cosas que giran en torno a ti, pero también te quita la humanidad necesaria para al menos poder hacerlo con rigor.

Incluso a día de hoy aun no sé sigo vivo o si es verdad que morí. Tampoco cambiaria mi situación saberlo: si algo sé en este mundo es que no existe entidad que pueda cambiar eso. Ni ayer, ni hoy, ni mañana. Para mí o para todos, el ayer estará siempre condenado a volver a ser el hoy, y el mañana sigue siendo una falaz promesa de que eso algún día cambiará. Yo siempre seré el loco y todos los demás serán los cuerdos, y así será hasta que el tiempo de una vez por todas pare de gritarme.

“La verdad verdadera es aquella que se puede entender con facilidad” decía el coronel Juan Aguilar, quien alguna vez fue vecino del vertedero de pobres diablos. Si lo que decía era cierto ¿Qué de verdad me queda a mí? Ninguno que haya pisado este lugar ha entendido una sola palabra que le he dicho. Ni yo me entiendo. Tal vez es por eso que me tocó a mí y no a ellos.

Insólitamente, todavía no estoy solo. Si bien la mayoría del barrio se ha ido, aún me quedan dos personajes con los cuales jugar. Después de tantos años… ¿Quién iba a pensar que los últimos habitantes de este mugrero serían dos niños mugrosos, de zapatos rotos, cabellos sucios y remeras resquebrajadas? Paso mis días viéndolos como me ven de lejos, con miedo de acercase a mí, quizás por mi risa que resquiebra mis pupilas. Me siento bien al ver como hasta temen pedirme devuelta algo que es suyo, haciéndose la idea de que nunca más lo recuperaran. Tienen –o tenían– una lamentable pelota hecha con una bolsa de residuos, traída hasta aquí por personas ajenas de aquí, rellena de hojas secas y atada con un piolín. Jugaban una tarde en lo que antes era la calle principal de este barrio, cuando la pelota cayó por accidente delante de mí ¡no saben cómo me alegre!  Desde entonces les miro fijo a los dos, resquebrajándome más y más la cara, y a medida que se van agrietando mis mejillas, ellos me miran con más fatalismo que antes, y yo me rio y me rio. Me rio porque les he hecho saber al lugar donde han llegado y con quien se han encontrado.

 Y cuando la luna llega a su punto auge en el cielo y presienten la magnitud de mi sombra acercarse a ellos, los niños temen y vuelven a meterse en sus tumbas.

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

16 años.

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta