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10 min
El viaje del discípulo
Varios |
18.08.19
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Sinopsis

       El estudio del pintor era abuhardillado, desordenado y anárquico, con prohibición expresa a la chica de servicio de que no tocara nada…si el polvo se había depositado encima de algún cuadro, es porque así tenía que suceder, no se podía limpiar. Multitud de telas se apilaban a los pies de las paredes- La mayoría inconclusas, otros meros bocetos

         En una mesa rústica de pino color nogal había una aglomeración de tubos de pintura, muchos con el tapón abierto y resecos, otros exprimidos al máximo e inservibles y otros en buen estado, aunque había que buscarlos para encontrarlos. La paleta de colores llena con toda clase de mezclas y los pinceles manchados en su base de color y con el pelo ya un poco gastado. Trapos manchados por multitud de colores, un frasco de aguarrás abierto, un vaso vacío…

           Sin embargo a nuestro septuagenario artista todo este desorden no le importaba en absoluto, al contrario era evidente que prefería que sus cuadros flotaran dentro de aquel caos y que se mantuvieran alejados del orden, pulcritud y convencionalismo de los espacios burgueses.  El pintor tenía abundante vello en los antebrazos que asomando por una camisa manchada de pintura. El rasgo distintivo de artista era el de  unos ojos curiosos, expresivos  y acuosos que parecía como si estuvieran esperando algo que nunca acababa de llegar, algo que ahora sabía que no sería importante. Ojos grises, ya sin brillo,  escépticos, debajo de una frente arrugada y ancha con una espesa melena de pelo blanco.

           El cuadro que lo ocupaba, como la mayoría de veces,  no acaba de tener un desarrollo claro. El artista quitó del caballete la tela y puso una blanca, virgen de todo color. Sonrió ante  la idea de parecerse a Dios, de crear de la nada una composición con esencia y vida. Tenía la facultad de crear de la nada un paisaje, un cuerpo, un retrato con vida propia. Una tela inmortal cuya sustancia perdurara  a través de los siglos.  Una imagen que captara la esencia del momento. Sin embargo esta importante obra  no acaba de llegar…

         Toc, toc, toc, llamaron a la puerta

         -Pasa, pasa…-el artista estaba esperando a su discípulo favorito que venía a despedirse, pues había acordado con su maestro  un viaje durante una temporada. El maestro se había encariñado con su discípulo, aunque sabía que no tenía nada que enseñarle, por mucha experiencia y conocimiento de las cosas que tuviera… en el fondo él despreciaba a los maestros, curas, gurús, iluminados varios que siempre opinaban como debían actuar los demás. Por lo tanto prefería que la vida le enseñara a su chico, alguna cosa antes que su opinión forzara las cosas.

         -Maestro ¿Tenéis algo que explicarme para el viaje?

        El maestro no se esperaba preguntas…sonrió y dijo por decir

       -tu viaje ya empezado, ya has empezado a caminar… como dijo el poeta, se hace camino al andar…detrás del pie izquierdo se mueve el derecho y así sin descanso se van  descubriendo las cosas... Mira yo no te puedo enseñar nada, solo decir cosas que pueden tener sentido para algunos y para otros ser memeces. Si yo estuviera en tu lugar me dedicaría a observar, a intentar aprender de todo lo que me rodea, que me moldeara lo que voy viviendo, procurando pasar lo más desapercibido posible. Sé que algún día pintarás una obra definitiva, tienes talento… por eso  quiero que bebas de nuevas fuentes durante el viaje y no te pases el día con este viejo que ya nada puede enseñarte

         El viejo pintor se emocionó cuando le fue a ofrecer su mano ya temblorosa a su discípulo en forma de despedida y este la rechazó para fundirse en un abrazo con el artista. El discípulo le dijo – Todo lo que sé y soy, es gracias a ti. Tú siempre serás mi maestro.

 

         Al día siguiente el aprendiz sentía como un camino polvoriento hacia que sus pasos anduvieran cansinos y sin destino cierto, hasta que  se paró en una encrucijada de caminos y se obligó a tomar una dirección cualquiera. Pensó que seguiría la dirección del viento. Él no a entendía de aires, creía que aquella  corriente de aire era de Levante… pero de lo que si  estaba seguro es que cuando no se sabe a que puerto se va poco importa la dirección del viento. El aire era tibio pero iba cargado de humedad; pronto finísimas gotas, de modo ininterrumpido, fueron empapando la figura del chico que tan solo salvaba de la lluvia un pequeño maletín de madera con pinturas y dos telas envueltas en un plástico protector.

         Llegó completamente calado delante de un caserío grande en el  que con buena voluntad podía encontrar refugio y trabajo. Le abrió la puerta la pubilla de la masía, una chica con un físico agreste pero al tiempo bucólico, un físico que nadie lo catalogaría de hermoso pero que tampoco dejaba a nadie indiferente.

          Ella lo miró con dos ojos negros habituaos a contemplar la materialidad                        de las cosas, a mirar la respiración y bravura  de los caballos de la granja, a observar como los árboles frutales de la masía se transformaban durante las estaciones y a percibir como su hermano mayor, con esfuerzo, arañaba con el arado la tierra para conseguir sus pequeños tesoros. Sin embargo aquellos ojos negros, también supieron  apreciar la sensibilidad diferente que  se escondía en el chico, en el aprendiz a artista. Por eso no dudó ni un momento cuando él demandó alojamiento a cambio de trabajo. Avisó a su padre y hermano y ultimó la petición de trabajo.

         A partir de aquel día, el joven trabajó duro y sintió como la vida empezaba a ser amigable con él. La chica, sus ojos, empezaron a seguir las siluetas del hermano y del joven recién incorporado allá donde fueren...Con los animales, en el campo, arreglando los frutales… También  con lentitud aquellos ojos negros fueron perdiendo la  seriedad de la mirada, para convertirse en miradas dulces y pronto  amorosas.

         Por otro lado, la cooperación en el trabajo habian convertido al aprendiz de artista y al hermano de la chica  en amigos ejemplares. Una amistad férrea había transformado a los dos jóvenes muy diferentes en cuanto a su físico, en una sola  forma de actuar y de entender las cosas.  La afinidad de sus almas resultaba evidente.

        Cuando terminaba la jornada laboral, el joven aprovechaba para rescatar su maletín con pinturas y recorría los alrededores buscando  la imagen más sugestiva. Los ojos negros de la pubilla, lo seguían de cerca y esperaban un buen rato, mirándolo con intensidad hasta que se atrevían a ponerse a su lado para contemplar en silencio lo que estaba haciendo. El aprendiz de artista hablaba poco con la chica, no hacía falta, con naturalidad se habían empezado a querer y  las palabras casi molestaban  la libertad de su amor.

       El artista pensaba continuamente en su maestro y mucho más mientras pintaba… después de un oleo prescindible, ahora se encontraba enfrascado en una escena que si le hipnotizaba. Era una imagen de los alrededores de la masía,  una escena muy simple que consistía en tres manzanos de las afueras, con un pequeño muro de piedras  de pizarra desgastadas y medio abandonadas. Era primavera, las flores rosáceas, casi blancas, inundaban los manzanos    silvestres; la luz de la tarde difuminaba los árboles y el artista había conseguido captar la esencia de los árboles. Había conseguido una imagen eterna de aquellos manzanos.

          Se quedó algo perplejo del logro de su cuadro y también se emocionó cuando miró de  reojo a su amada. En aquel instante sintió una notable urgencia de hablar con su maestro y enseñarle los logros de la pintura y hacerle saber de la sensibilidad de su amada. Supo entender que sin los conocimientos de pintura y de formación que le había brindado su maestro, no habría sido posible ni el cuadro ni reconocer la altura de alma de la amada.

         Ya hacía cuatro meses que había salido del estudio de su maestro y tenía la necesidad de contarle que había conocido el amor y la amistad.

        Les contó a la pareja de hermanos que su corazón estaba con ellos, pero que tenía una necesidad urgente de hablar con maestro puesto que sentía que de alguna forma lo necesitaba.

        Al poco, empezó a deshacer el camino anterior. Llegó a la buhardilla que lo esperaba el pintor, llamó con la duda y la ansiedad de mostrar al el cuadro que llevaba debajo del brazo.

        -Maestro – que estupendo poder consultarte acerca de varias cosas que creo que se han acercado a mi vida para bien…quiero saber tu opinión.

       -Dime – contestó un  agotado maestro que consideraba que nada podía enseñar ya a su aprendiz

       -Mira el cuadro que he pintado. ¿Crees que es bueno?- El maestro observó con admiración la simplicidad de las formas de los manzanos y la esencia eterna  ideal reflejada en los mismos. Le dijo

       -Has sabido captar lo universal que hay en ellos…te de confesar que ninguna de mis obras lo ha conseguido ni creo que lo con    El discípulo sabía que en su maestro, a pesar de su humildad tenía muchas cualidades así que le comentó – Tu opinión siempre ha sido un referente para mí tanto en la pintura como en la vida-así que le contó cómo había encontrado un amor firme y excelso en la chica de la granja, así como el férreo valor de la amistad que le ofrecía su hermano.

        El maestro le sonrió  y dijo – Aquí tampoco puedo  serte de  gran ayuda, pero si  decirte que el amor y la amistad me visitaron en su momento, pero no supe retenerlos, el alma tiene que estar educada y preparada para albergar estos tesoros  y en mi caso pasaron de largo sin que yo supiese hacer nada para retenerlos. Solo me atrevo a decirte que aproveches la vida y estos momentos de plenitud que ahora se te ofrecen. Tu capacidad talentosa para captar la esencia de las cosas en el cuadro, puede que la vuelvas a tener o quizás no. Lo mismo sucede con el amor y la amistad, se pueden escapar como el agua retenida por las manos. No puedo decirte nada más.

        -Siempre serás mi maestro- Ambos se fundieron en un abrazo

     

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