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14 min
El viaje sin retorno
Drama |
16.09.13
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Sinopsis

El aborto es un tema complicado. Quise en ésta historia, una vez más, meterme en la piel de alguien muy distinto a mí. De hecho, todas mis historias varían en estilo y temática. Pues me mueve al escribir plasmar las historias más humanas, por trágicas, sucias, crueles o alegres que sean.

El viaje sin retorno  


 

    El salvaje traqueteo del tren deslizándose sobre los raíles, sacudió a Sara de un lado a otro, como una muñeca de trapo. No sintió la más mínima apetencia por erguirse. Los hombros le pesaban sobre el torso. Y los brazos los mantuvo estirados sobre las rodillas, con las muñecas hacía arriba y las manos abiertas, como una ahogada. Miró por la ventanilla, con la mirada perdida, vaciada de toda ilusión. Vio danzar luces y edificios. Obtusas fachadas de viejos construcciones, ropa colgada en los tendederos de las ventanas; reminiscencias de la rapidez con la que pasa la vida y todos los sucesos que fueron sagrados, son luego infernales. Madrid aun quedaba lejos. Viéndola ahí sentada, sólo se asemejaba a una niña, en la cual lo único que recordaba la alegría, era su vestido floreado. Tan inofensiva y tan poca cosa.   “Tengo el diez por ciento de descuento. La oferta del mes para matar.” –Sara repasó aquello retóricamente para sí. La semana de navidad era unas vacaciones para mucha gente. No lo sería para ella. Sara viajaba a Madrid en AVE con la intención de quitar de en medio una vida.   

Se encontraba en un verdadero aprieto.

Todavía nadaba en un caos primigenio, sin una idea clara de cuál sería el siguiente paso en su vida, después de hacer  aquello a lo que venía dispuesta. Su espalda se encorvó y volvió a mirar por la ventana. Afuera, las personas. La vida. Y niños. Sobre todo niños…Cuantos. Cuantos. Los supuso ahí fuera, en todas partes, pero solo los supuso. El tren circulaba con tanta rapidez que ella no hubiera podido advertir a una silueta humana, aunque su vista se esforzara en hacerlo. Enfrente de sí, una anciana le sonreía benignamente. Una sonrisa mágica y radiante.                                                                                              

No necesitaba sonrisas. No de esas. No le pertenecían. Tal vez sí un puñetazo en la boca.    Sara escuchó los ruidos de la respiración producidos por la vieja. La luz de su boca plegada la inundó con vehemencia. Miró al suelo para recordarse lo sucia que era su propia alma. Sara se consideró una pésima persona. Valdrá decir que un despojo. Una lágrima se fue aflojando de su lagrimal, ladina y sobrante, cayó y topó con su pómulo por el que resbaló lentamente. La abuela que tenía enfrente de sí la dio por buena, arqueando sus cejas hacía arriba en una mueca compasiva. También los asesinos lloraban.  Porque no sabían lo que hacían al matar a inocentes. O tal vez sí lo supieran. Los ojos brillaban en el rostro de la muchacha, tiñéndose en un barniz oscuro, una pátina similar a la ceguera.                                                                        No esconder lo fraguado. Comprender y asimilar sus propios motivos para aquello, mantenerse serena, atravesar las realidades con pies de plomo y la cabeza helada. Negar sus razones, no hacía más que empeorarlo todo.                                −Me odiaré a mi misma por el resto de mi vida –se descubrió Sara mientras inmovilizaba los ojos de la otra viajera con los suyos, como una trampa. La mirada astillada de la otra bajó hasta el suelo tambaleante del vagón.                                                                           −¡Cuántas tragedias de la puta vida! Tengo el vientre lleno del peor amor y me asquean mis entrañas. Me las arrancarán como quién se arranca un vestido. Así de fácil. Pero qué difícil. Tan jodidamente difícil… –Sus ojos al pensar, como las de quién confiesa o vomita,  más, más oscuros se tornaron.                                                                                                                                          

Ah.

Qué fácil y qué difícil. Como todos los dilemas gordos. Sara le dio un bocado a un bocadillo, convertido en cena. Y al tercer mordisco, lo tiró al suelo y salió corriendo en dirección del baño. Las arcadas secuenciadas una tras otra, la empujaron adentro y bajo convulsiones de dolor, asco y olor a naftalina lo echó todo afuera: el trozo de pan, la vergüenza, el miedo y la repugnancia de ser quién era. Pálida, en la luz acuosa, se convirtió en muerta, con el corazón latiéndole con rabia. Ya de vuelta a su vagón, no recordó el momento de quedarse dormida; la vieja acurrucada a su lado, su cabeza reposada sobre el regazo de ésta y esa, entonando un “la la la” como si fuera una nana. Un fuerte timbrazo y la voz rancia de un hombre la arrancaron del cielo de los sueños. “Última parada, Atocha”.   La pecadora luchó con sus párpados. Al poco estaba saliendo del tren y tiritando de frío. Allá iba su autobús, con calefacción y la radio con las noticias de las seis de la madrugada en todo el territorio nacional. Subió arriba; en la panza su tragedia, mientras un olorcito a tabaco negro le regaló una nueva convulsión.   “Aguanta, Sara. Aguanto, coño” se dijo a sí misma bajo un ataque repentino de locura que le hizo rotar los ojos en las cuencas como ruletas chifladas. Ella que siempre hubo sido loca, buscó la ocasión  -qué coincidencia- escondida entre los otros locos ahí presentes, para llevar su mal a lo más alto. Se levantó, la mano palpando la tripa, para saber si estaba cerca. Quedaban diez minutos de camino, la había informado el conductor cuerdo, que de su locura no sabía lo más remoto. Éste había subido el volumen de la radio con canciones terribles.  Sonidos rancios para calcinar los nervios, las elecciones fatales, la matanza y la tragedia, los caminos recorridos con el alma a ciegas, los gritos de ella que se ahogaban en el fondo de los silencios.

Transitó el momento antes del destino.   

“Ahora te bajas aquí, muchacha” –el trayecto la había llevado a la clínica escogida a clic de ratón desde Gerona. Esa, la de la oferta para este mes al 10%. Apenas vio su propio reflejo en el espejo retrovisor al girarse, a lo lejos ya, como un hito apocalíptico. La oportunidad de matar y sacarse la mierda que le habían metido adentro de una vez para siempre, detrás de una puerta de cristal azul. Decidida, empujó la portezuela; tras ella la lengua lenta y gorda de una noche gris que se desvaneció en el mortífero alba. El médico asesino le acarició la cabeza al verla llorar, otorgándole la bendición de la inconsciencia, tarjeta de crédito en mano. Solvencia metálica a la sagacidad y a la lujuria criminal, disfrazados de alivio ajeno. Porque también era psicólogo, el asesino a sueldo. Primero un atisbo, luego, un inmenso dolor rodeo el corazón de Sara, un sentimiento maternal repentino la agobiaba, un llanto continuo comenzó a surgir de su interior, pero dentro de la trampa ya no había consuelo.        −Ahora necesitamos su consentimiento con una firmita –convino el psicólogo-homicida, con expresión neutra, como si estuviera vendiendo un seguro para la moto. Por dentro parecía estarse muriendo de la risa. Sara comenzó  a pedirle a ese dios que ya le había vuelta la espalda perdón por todo lo que iba a suceder en breve en aquel lugar. Nadie vino a secarle las lágrimas ni a ofrecerle un pañuelo de papél, cuándo una enfermera de bata menta la metió en un habitáculo separado por más cortinas menta.  Sara jamás en toda su vida hubo estado más sola.   

Desde ahí le llegaron los lamentos y los lloros de las otras. No supo si de sus cuerpos ya vacíos, o de sus miedos anteriores. Pasó más de media hora y Sara, con la lentitud de una anciana, de un niño o de un psicópata, se recostó sobre la camilla menta; puso dos manos que se cerraron abatidas bajo una mejilla y se postró cara a la pared, como los castigados. Ahí, una estirada mancha de humedad proyectaba la silueta de un feto contra la pared.   Un miedo horrible se apoderó de su vida, presintió que podía morir en ese procedimiento, pero caviló nuevamente, como si sus pensamientos fueran los del demonio "no, no puedo tenerte. Tu padre no te quiere. Ni a mí tampoco”.   

Al poco y casi tras una hora de espera en el purgatorio, una enfermera-travesti-menta descorrió los cortinajes, diciéndole en un tono inquisitorial que la siguiera. Sara levantó la mano y con voz quebrada pidió "yo quisiera antes, que me realicen un sonograma, para ver, aunque sea por última vez, lo que hubiera sido mi hijo". Con un gesto que proclama la obviedad de quién toma una pregunta por sobrante, la enfermera monstruo le explicó que aquello sólo se hacía una vez y que no había tiempo para más veces, que las veces había que pagarlas y que había muchas pacientes (¡Ja! ¡Pacientes!) esperando. Aquellas carnicerías se realizaban en cadena, como el montaje de un coche o un juguete.   

Sara se quitó la ropa, se puse una bata menta, chanclas menta y gorro menta. Menta. Menta. Menta. Se sentó a esperar en un sillón reclinable, como en una silla eléctrica o bajo una guillotina, junto a otras seis mujeres también a punto para ser vaciadas de su mal. Cuando tocó su turno, las piernas le temblaban como flanes de gelatina. Una baba espesa le resbalaba por el labio inferior y le dio la risa floja. −¿Te parece cómico todo esto? –Una enfermera cuya mano era hielo agitó el hombro de Sara, supuestamente estaba allí para ayudarla en el procedimiento. Sara, con toda la atención puesta en los absurdos detalles, para escapar de la realidad, contó las pecas en el rostro de la mujer menta. Esa y la enfermera-travesti-menta la sujetaron, porque Sara tuvo fuertes espasmos, como relámpagos, en sus adentros. Llegó a la escena un hombre alto, carraspeante, serio, asesino. Un maltratador verbal que tan pronto vio a Sara, comentó "no me gusta como se ve a ésta", a ésta, como si fuera una cosa, tan solo una cosa envuelta en telas menta. Un trozo de carne menta, con una tarjeta de crédito con fondos.  Sara olfateó la mano del criminal al tenerla cerca de su nariz y esa olía a desinfectante y a tabaco negro. A punto estuvo de vomitarle encima, pero detuvo la arcada con un gesto resorte. De alguna parte sonó música jazz. La música calma y hace gozar a las fieras. El psicópata-psiquiatra-galeno-asesino indicó a Sara las instrucciones, como un capitán del ejército.    

−Te voy a realizar un endovaginal, aquí vas a ver lo que tienes ahí adentro como tú pedías, y yo veo en qué posición está la cosita esa, para luego succionarla con este instrumento –en lo alto mantuvo una especie de aspirador inquisitorial; instrumento de tortura para las débiles de carne. Tan pronto introdujo el tubo en su vagina, Sara se quejó de dolor. Don Torquemada fue muy brusco, brusco a propósito, como quién disfruta del dolor ajeno, del sufrimiento y la indefensión. 

−Nenita, si esto te duele, prepárate para lo que vas a sentir en breve. O haberte imaginado el parto. Esto es lo que pasa, cuando somos irresponsables. En esta vida todo tiene un precio –lo dijo silbando, con fulgores de fuego en los ojos. El sillón de tortura sobre el que Sara tenía recostadas sus posaderas desnudas, con las piernas en alto y su vergüenza al aire, se convirtió bajo ella en una enorme bola de fuego, tanto le quemaba. Ya estaba en el infierno. Tal y cómo le dijeron que ocurriría si se decidiera a abortar.        

El aspirador en su vientre comenzó a obrar, tiró de sus entrañas como una manada de pirañas al sacarle las tripas de dentro afuera. El dolor fue insoportable, indescriptible. Fulminante. Sara levantó los brazos, los sacudió como señalando ese trozo de mar en el que se hundía. Gritó y tras ello, vino la bendita inconsciencia. Sólo por unos pocos segundos, luego la abandonó para devolverla junto al galeno-monstruo y las enfermeras infernales. Ligera, y sin voluntad como un puñado de plumas, Sara se agarró de sus batas de menta, gritando como una posesa al ver tanta sangre salir de sí. El rostro lo tenía reluciente, frío y empapado. Sara tosió hasta llorar, como una niña pequeña, a golpe de pecho, cual condenada a muerte.  

−Te damos una compresa. Es posible que tengas pérdidas de sangre por un tiempo y molestias. Si ocurre cualquier cosa, llámanos a la clínica –la enfermera-travesti se lo dijo sin mirarla, en tono rutinario como una beata que reza el rosario. El asesino ya se había desvanecido del lugar del crimen, como una sombra.   −Ahora ya sé… −caviló Sara debajo de su carga, mientras heló con su mirada al resto de pecadoras ahí presentes, como cucarachas de color de menta, esperando ser atrapadas.  

Sara salió de la clínica tambaleándose. A nadie le importó a dónde iría ahora o si se encontraba bien. Su tarjeta de crédito ya había sido succionada por los vampiros de menta. La gente se deslizó a su lado, como espectros verdes. Y nadie sospechaba sus culpas. Su rostro se mezcló entre esos rostros sin rasgos y entre los cuerpos líquidos  de los otros y los destellos solares de la mañana. Gente dura, sin tiempo que perder, calle arriba, calle abajo. Vio a un hombre hurgarse la nariz ante la entrada del Corte Inglés. El mundo como siempre. La bendita planicie de los días benditos. La Matabebés siguió caminando sin rumbo a ninguna parte sin atreverse a mirar abajo, por miedo a que su pantalón llevara las inexcusables marcas de su crimen. Sintió la humedad de la sangre correr piernas abajo. En el embarazo de fingirse invisible, cruzó la Gran Vía y el sonido chirriante de un claxon inundó el aire por completo. Lo que quedó visible de Sara era un gran charco de sangre y su rostro arrugado entre este. El pañuelo que hubo tenido al cuello, flotó alrededor de la escena como un espectro errante. Y finalmente, el aire se lo llevó.  Un corro de personas se arremolinó alrededor de la mancha roja. Manos, decenas de manos tras las cabezas y rostros exclamando. Una bocanada de música Jazz revoló por los aires al igual que la bufanda. Y volvieron las batas menta. Pero para cuando éstas auparon el cuerpo de Sara, su corazón ya se había detenido para siempre. Lejos de todos; de su pecado, de su amante gallina, de las batas menta. Y del mundo.      

En alguna otra parte, la oscuridad abrió un cajón lleno de ropita de bebé, sacudida por el viento que no venía de ningún lado. Una flamante madre levantó un niño en brazos y caminó solemnemente hacía la luz, mientras ahí, en el mundo, ambos sólo dejaron unos pedazos de carne, el asiento vacío de un tren  y sangre, mucha sangre, junto a las meras apariencias.

      Sub umbra floreo: C.Bürk

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  • ¡Hola Claudia! Antes de nada debo advertirte que me siento incómodo usando esta ventana como una mensajería particular; quiero agradecerte tus comentarios tan elogiosos y contestar a tu pregunta; amo la literatura, mi fuente de placer, pero en toda mi vida únicamente me he dedicado a leer, solamente a leer; hasta que por causa de la crisis perdí mi puesto de trabajo y se me ocurrió, ya que tengo tiempo libre, ponerme también a escribir; disfruto escribiendo, aunque me cuesta mucho; y no hay más cera que la que arde, no hay más relatos que los que he publicado en TR, pero pienso escribir mucho más. Saludos y muchas gracias por leerme y por tus valoraciones y tus comentarios realmente finos.
    Como bien dices, el aborto es asunto complicado y polémico, pero reconocerás que tu relato es francamente tendencioso y sería aplaudido por todas las ligas antiabortistas del mundo. Pero siendo TR una página sobre literatura, y aceptando que con tu relato desarrollas estrictamente un ejercicio literario, tal y como adviertes en la sinopsis, a la literatura me atengo y digo que está muy bien escrito, con oficio, muy bien ambientada la hondura de la marejada que ahoga a Sara, su confusión sobre el mal que acomete, la asunción de su condición de malvada, su angustia (unida a su decisión inamovible de llegar hasta el final), sus intentos desesperados de culpar a otros de sus actos. Saludos.
  • Puédase decir que en éstas epístolas que escribí; son más de cuatocientas todas juntas, sí que desaparece la escritora para volver a su verdadero ser íntimo, lo que ella es en lo más privado. Aquí sí soy Claudia, la de verdad, no la que se esconde habitualmente en sus escritos. Aquí me doy permiso para ser yo. Sólo y únicamente en éstas cartas, cuyo destinatario no existe. Pues a "X" lo inventé un día siendo niña.

    Hállese aquí el relato más terrible, más soez, más macabro, sexual explícito, profundamente psicológico que he escrito jamás. Un esrito que una vez más, se aleja completamente de mí misma. ¿Cómo una mujer que estuvo en un convento puede tener algo que ver con ésto? No. Pero lo escribí. Como otras tantas cosas que nada tienen que ver entre sí. Es lo que tiene la escritura automática, que dejas de ser tú, mientras otros y otras te ocupan para poder contar sus historias. Tras la lectura de éste relato, amigos, sacerdotes amigos, gente de la iglesia católica y fuera de ella me borraron del "Feisbú" y de sus vidas. Triste, para la escritora no ser respetada como tal. Con lo fácil que es saber que los que escribimos, reflejamos a los otros y pocas veces lo propio. Y que si lo hacemos parecer así, es con una intención.

    ¿Qué hay detrás de las Lolitas, cuyo comportamiento sexualizado deja entrever algo mucho más grave y oculto? ¿Volverán a ser cuerpo y alma en conjunto? Me temo que no. Sólo quién conoce de cerca lo que se siente. Lo comprende.

    Un irónico relato sobre el engaño de las apariencias. Una vez más, alejándome de mi misma al escribir. Son los otros los que quedan entre los relatos, nunca yo. Una se cuida de relevarse...

    Un relato escrito durante la tarde de hoy, día 18 de septiembre de 2013. Surgió del tirón y ante una idea previa. Espero arrancaros una sonrisa. Con ese fin fue escrito.

    Casi siempre descuidamos lo más importante: esforzarnos en ser felices. Cuanta gente hay que cree que felicidad es igual a suerte. ¡Craso error! Para ser feliz hay que querer serlo y es como el deporte: un ejercicio de voluntad y constancia. No pretendo aleccionar a nadie. Pues a mí también me queda pendiente ésta lección.

    Elogio a la Madre más amorosa que podamos tener: la Naturaleza. ¡Qué sencillo es todo tomándola como referente!

    Toda apariencia es engañosa. Una alegoría a los prejuicios; una vez más (suelen serlo casi todos mis escritos).

    Un divertido poema, con un toque de humor negro. Porque canallas, haberlos "haylos"...Otra cosa es ser el hijo de uno, entonces la canallería puede ser herocidad.

    La escritura automática es un método que se me presentó por sorpresa. Ahora, cada vez que tecleo, lo hago "guiada". Es así como escribí "Maldita Matilda" , novela que se publicará este año en el Reino Unido. Por tanto, no es meramente mérito mío. Sino de esos que vienen a ayudar.

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No recuerdo exactamente el momento en el que me planteé ser escritora. Quizás nunca fue así. Las cosas surgen según las planea el destino para nosotros. Poco podemos hacer para cambiar eso. Es difícil relatar mi vida literaria. Podríamos decir que como pez en el agua, necesité desde siempre de las letras, ligadas, eso sí, a las pequeñas cosas grandes, y detestando vanidades. La causa; un profundo anhelo por expresar lo que siempre escapa de los diálogos. Escribo casi siempre fuera de la norma, derrochándome porque sí, sin miramiento, ni metas, ni ambiciones. Es una especie de trance sin más. Las biografías de muchos autores, muchas veces se ven ahogadas por la enormidad de sus labores, homenajes y menciones obtenidas. A mí me resulta difícil hablar de esa manera de mí, precisamente porque es mucho más interesante hablar de los otros y del mundo que de una misma, difícil por la cercanía que tengo con los otros y la lejanía conmigo misma, que aun dando todo de sí, contándolo todo con pelos y señales, cubre mejor que nadie sus secretos. Soy, tengo que serlo y tenía que serlo a la fuerza, una escritora irregular. Comparada con el resto de escritores, regularmente irregular. También vivo, no siempre escribo. Y a veces, eso se invierte. Soy alguien que sobrevive mejor a su tiempo elogiando el pasado -porque lo abrazo, lo beso y lo amo de un modo muy particular-. Escribo cosas pasadas de moda en un mundo moderno que a eso lo llama “retro” o “vintage” con también definiciones modernas. Una intenta entender la realidad que está más alejada o que quedó atrás en el tiempo, o no descubierta en las almas, descifrarla, ponerle un lenguaje, y si es posible transmitirlo entonces. De ese modo, me gusta aportar un poco de comprensión o dar algunas respuestas a posibles lectores interesados por conocer cómo se vive en circunstancias adversas a uno mismo. Fue inevitable que yo abriese el cofre de ciertas vidas ajenas a mí, para sacar de él todo lo que me resultara provechoso y construir historias. Letras que en un contexto determinado, siempre incluyen el talante nostálgico, combinan la narración con elementos costumbristas o expresiones personales, que de otro modo no serían permisivas. De ahí a que todos mis trabajos sean meramente circunstanciales, nacen porque deben. El convencimiento acerca de una obra, la ilusión por el propio talento, es enemiga de la escritura. Escribir la vida íntima del mundo y de los otros, es también buscar ese lenguaje de la intimidad de los otros –mucho mejor alejado de uno mismo- esa trascendencia escondida en diálogos oídos en la tienda de la esquina, o en conversaciones con la gente corriente de cualquier lugar. El exceso de talento no existe, nunca se acumula. Todo fluye como el tiempo, como lo hacen también nuestras existencias semideshechas, nunca del todo terminadas. Siempre buscadoras de un sentido más profundo de lo evidente… Una es una presente de la picaresca en el mundo. Asisto como simple espectadora de los aspectos más desagradables de la realidad, de la hipocresía, de lo noble o de lo más prosaico. Con la naturalidad cotidiana a la que hacemos el vacío, trato de describir algunos de los aspectos más corrientes del mundo, cosas a las que nunca idealizaríamos… Desde bien pequeña tenía el convencimiento de que debía servir al mundo, y no ese a mí. De ahí a que a los diecisiete años, dejando mi Alemania natal y sin saber a penas cuatro frases en el idioma castellano -en el que ahora escribo todas mis obras- me vine a Castilla con el fin de ordenarme religiosa. Como mencioné anteriormente, la vida acaba encargándose de llevarte de la mano y mis planes dieron un nuevo giro, acabando en Barcelona y dedicándome al marketing y a las traducciones. Hasta ahí seguía escribiendo mis relatos en alemán. Fue alrededor de 2005 y tras la pronta muerte de mi padre, y afectándome esta en lo más hondo, que mi escritura viró a la expresión castellana. Y ya no pude parar. Nacieron un sinfín de relatos y poemas, ensayos y artículos que me atreví a publicar por internet, usando diversos portales literarios, como lo fueron yoescribo o tusrelatos. Ahí obtuve, para mi propia sorpresa, muchos comentarios positivos y algunos relatos fueron premiados o elegidos relatos del mes o de la semana. Una buena amiga, Begoña Bolaños, se encargaría además -sin yo saberlo- de enviar mis obras a certámenes literarios. Qué grande fue mi sorpresa cuando mi amiga me comentó su hazaña y que hubo ya varios premios positivos obtenidos, finalistas y ganadores. De ahí a que, así lo veo, es ella la responsable de éstas cosechas. Yo poco más hice que escribir para mí. Soy perezosa para según qué cosas y odio competir. Si, lo que más detesto es competir o tener que demostrar valías. Pues todos somos iguales. Cada uno a su manera. Todo ocurrió alrededor de la misma fecha. Así que, sin esa amiga, ahora no podría enumerar aquello. Y para hacerlo, que sé que debo, mejor dejo aquí lo que ella misma escribió sobre mí en mi blog: “Hablar de Claudia es hablar de una persona auténticamente apasionada. Es amante del simbolismo, de lo sincrónico y su búsqueda principal es el profundo misterio vital. Miradora de lo oblicuo, siempre le busca nuevos enfoques a la realidad. Claudia no tiene término medio, pues siente con una intensidad abrumadora, y esa manera de ver la vida la transmite a sus trabajos literarios. Autora de numerosos relatos cortos, siendo algunos distinguidos en diversos certámenes literarios(15 Concurso "Cartas de Amor", Premio Ganador, Ayuntamiento de Valdepeñas 2008, Tanatología Concurso Poesía 2007, Premio Ganador, Concurso de Poesía "Cartas de Amor" Ayuntamiento Calafell/Tarragona 2008, Premio Finalista,Certamen Literario Internacional 2007 (Argentina) "Ficción en el Éter ” de Obras para Radioteatro, Concurso PABLO NERUDA de CARTAS DE AMOR‏, Premio Ganador 2008,Premio Finalista NH relatos 2007,II certamen Poético Prometeo‏ 2007, Premio Finalista, Página Narrador.es: Tres relatos seleccionados como relatos del mes durante 2008 y 2009, Página web tusrelatos.com, Escritora más prolífica año 2006 hasta la actualidad: puesto tercero, etc. ). Claudia así mismo ha colaborado como comentarista en diversas revistas digitales y publicaciones en papel. Entre ellas se destacan, "Extrañología", "Clave7", "El cuele (sector minero" etc. Es colaboradora en muchos programas de radio, como lo es "Camino de Misterio" en Radio Intereconomía, Radio Nacional de España, Radio Clave Siete (Santa Cruz de Tenerife), Les set LLunes (La Garriga, Barcelona)"El cercle enigmátic" (El Vendrell, Tarragona)etc. Ha sido ponente recientemente en un congreso: "Ciencia i Espíritu". “ A lo citado por ella, añado que escribí la novela “Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot”, publicada por la editorial “Grup Lobher” en 2008. Esa novela es un mero ajuste de cuentas con mi infancia. Una intrusión a los recuerdos. Y en el ejercicio de ese recuerdo, nació la protagonista, Jeanne Bardèot. Desde ahí, me he comprometido a no escribir nunca más sobre mí misma. Es importante alejarse de uno mismo, para ser otros para los otros. Es un consejo que me dio un poeta mejicano y que nunca olvidé. En esa primera novela se le permite al lector que construya su propia novela a partir de los elementos previos que se le dan. Esto lleva a una paradoja porque la figura de ficción que narra una gran parte de la novela postula en la verdad, la ficción de la que me jacté en esa novela, en realidad es lo auténtico. A la vez de esto, y pensando en un regalo estrictamente para la familia, escribí el libro de relatos y poemas “Desde el penúltimo rincón de mí espejo”. Menciono aquí que sin mi anterior agente literario, (al que no busqué sino me encontró él a mí) posiblemente nunca habría tomado la decisión de ser novelista. Fue este que quiso tal asunto de mí. Las cosas nunca han sido porque yo las buscara o encauzara. Insisto, que quizás sí dirigidas por algún invisible plan (como en todas las vidas) las cosas llegan a mí sin buscarlas. Así fue como escribí este mismo año, de un modo rápido y fluido a “Maldita Matilda” y nuevamente, por causas del destino (ahora las mencionaré), acabé en la agencia “Página Tres” tras jubilarse mi anterior agente. El azar quiso que otro escritor viera un comentario mío acerca de una valoración que se me hizo para “Maldita Matilda”. Este, muy ofendido, me contestó al comentario con un “¿Cómo te atreves a hablar de tu novela en las páginas de las editoriales sin que eso lo haga un agente por ti? ¿Es que no tienes agente?”. Pensé que tenía razón. Así que esa misma tarde envié mi novela a dos agencias, de las cuales ambas contestaron, la primera fue Piluca Vega, de mi actual agencia. Haciendo caso a la intuición, me decidí por ella, a la vez que ella lo hizo por mí. El factor principal fue el talante humano que denoté entre sus líneas, su empatía y su comprensión; algo difícil de describir en palabras. Las cosas, como digo, se sienten. En “Página Tres” me siento plenamente acogida y el trato por parte de Piluca y Fernando es exquisito. Luego de estar con ellos, todo se fue desencadenando. A penas me lo explico. Todo lo ocurrido me ha enseñado que no importa que decisiones tome, que las cosas se sucedan como deben. En todo caso, lo más importante de mi viaje por este mundo no aparece en las biografías o en las novelas que puedo escribir o escribiré, sucede en forma casi imperceptible en las cámaras secretas del alma. Espero que esta larga parrafada responda a las curiosidades. De haberlas. Porque soy y querré seguir siendo alguien que es desconocida. Por motivos obvios de naturaleza propia. Cuando una se propone servir, todo lo que es reconocimiento no hace más que pesar sobre la espalda. Entiéndase…

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