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7 min
El hombre de sombrero Negro
Suspense |
31.03.14
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Sinopsis

Miraba sin mirar hacia la entrada, que estaba al comienzo del edificio, unos 20 metros más adelante, cuando abrió la puerta un hombre vestido de sobretodo negro y un sombrero con bastante ala haciendo juego, a medida que caminaba se abría el sobretodo y como si fuera una capa que a cada paso, se levantaba como en vuelo, y parecía una imagen bastante rara, como fuera de ésta época.


Estaba yo una tarde cualquiera, acodada en la barra de granito de mi café, al


fondo de un gran espacio cúbico, diseñado especialmente por un arquitecto famoso de esa época, hace unos diez años atrás. Ese gran edificio rectangular de ladrillo visto, y marcos de metal en rojo vivo, oficiaba de una especie de centro cultural en su mayor parte, a excepción de solo dos o tres oficinas, una de ellas De Epec, ( Empresa de Luz), Los Zorros grises, (Inspectores municipales), Rentas y gas. 


En la planta alta, estaba la dirección de cultura, que tenía un balcón que daba al centro del gran salón por el que se asomaba el Director y también escritor José Scangarello, haciendo señas, pidiendo un café.


Mucho vidrio, ladrillo visto marcos en rojo y piso brillante en granito hacían un muy lindo conjunto. El bar que yo administraba por esas épocas, estaba al fondo, tenía una barra en forma de “ese” acostada,


con su mesada de granito gris, y cajones de madera, hechos a medida. Sobre su brillante superficie había canastos de mimbre rebosantes de alfajores, azucareras, servilleteros y una caramelera pequeña de acrílico, repleta de caramelos y pastillas que tentaban a grandes y chicos. A espaldas de la barra sobre la pared del fondo había una pileta para lavar algo de urgencia, y a su lado una hermosa máquina de café de metal, antigua, con sus relojes para medir la presión y el agua, que aprendí a manejar y a hacer cafés riquísimos que disfrutaba al igual que mis clientes. 


El barcito tenía solo seis mesitas redondas, pero en la barra había banquetas que preferían casi todos los que venían, ya que podían charlar conmigo o con algún cliente sentado por horas disfrutando de la música agradable y de un verdadero relax, tal vez como el lugar estaba casi siempre transitado por escritores, pintores, profesores de idiomas, de fotografía etc, dando vueltas para dar clases o sentarse a disfrutar de un café antes o después de dar clases.


Me encantaba estar allí aunque trabajaba y muy duro, desde las seis de la mañana hasta la noche, valía la pena compartir con mucha gente con tanta riqueza para dar y enseñar.


Todas las noches como si fuera una función que se acababa, teníamos que desarmar todo el bar, por ejemplo sacar las tazas blancas de arriba de la máquina, todo lo que había sobre la barra, el tarro de café, las servilletas, canastos, en fin, todo lo móvil y guardarlo en la cocina que era la trastienda, y parte de esa magia también, solo quedaban hasta el día siguiente, las mesas y sillas, la barra y la máquina de café…


Como un escenario desierto esperando la puesta en escena del día siguiente.


Volviendo a la tarde, del comienzo de mi historia, estaba yo fumando un cigarrillo, tomando una taza de mi café exprés a la crema, hecho con el mayor esmero, y escuchando sin prestar atención consciente a la música de Eric Clapton, que siempre nos acompañaba porque me parecía muy buena y me hacía soñar.


Miraba sin mirar hacia la entrada, que estaba al comienzo del edificio, unos 20 metros más adelante, cuando abrió la puerta un hombre vestido de sobretodo negro y un sombrero con bastante ala, haciendo juego, a medida que caminaba se abría el sobretodo y como si fuera una capa que a cada paso, se levantaba como en vuelo, y parecía una imagen bastante rara, como fuera de ésta época. 


Yo estaba acostumbrada que llegaran todo tipo de personajes, extranjeros que venían a apreciar el edificio, también algunos bohemios, otros clásicos, y gente buscando alivio a su frio interior, con una ginebra a primera hora de la mañana para “calentar su garganta” decía uno de ellos, así que esperé que nuestro hombre se acomodara en la barra, depositara su sombrero y abrigo sobre la banqueta que estaba a su lado me mirara fijo, como adaptando su persona al momento, y con voz grave y pausada, pidió un café. Se lo serví y me senté al frente de él, pero del otro lado, siguiendo con mi ensoñación, pero fui interrumpida por su voz, que hoy recuerdo como si hubiera ocurrido ahora…


-Ud es capricorniana? Me preguntó el hombre.


-Sí, dije asombrada, porque suponía que era la primera vez que me veía. Y dije


-Cómo lo supo? Pregunté bastante intrigada.


-Tiene Ud. todos los rasgos, es Ud., una típica capricorniana, sus uñas, cejas, la mirada…todo. Y le digo más, su ascendente también es capricornio. Y continúa…


-Aparte, parece Ud. una persona muy sensible, tiene un lugar muy lindo aquí, hay una atmósfera muy agradable, que se retroalimenta con toda la energía de la gente que hace arte y que pulula en este edificio.


Y continuó- Es totalmente diferente el aire que se respira en el edificio de enfrente, porque allí en su mayoría, hay oficinas que cobran impuestos, y como seguramente Ud. sabrá la gente en general no lo hace con agrado, a nadie le gusta pagar las tasas y servicios, en cambio hacer talleres de arte, escribir, pintar o hacer teatro…le hace bien al alma. Evidentemente eso se respira en el aire. 


El señor de negro, toma aire pausadamente y sigue…


- Pero…también hay gente con mala energía, cuya presencia daña, oscurece, saca la luz de los otros para


Alimentar su carencia…en cualquier lugar…podría ser aquí mismo…


Yo a ésta altura, estaba entre curiosa y asombrada, el vidente, me dijo muchas cosas sobre


mi vida, sobre mi lucha por la subsistencia, que yo consideraba muy guardadas, solo para mí y listas para ser enterradas en un pasado, en un abismo muy profundo de mi interior…


A medida que hablaba, con voz muy baja pero firme, desfilaban delante de mis ojos imágenes de lo ocurrido que cual una película aparecían a primeros planos y luego se guardaban en algún lugar de mi mente.


Y el hombre continuaba –a su pasado no lo puede cambiar, pero si puede proteger su presente…


-A qué se refiere? Le pregunté esperando una buena respuesta.


Sin apuro el vidente tomó un sorbo de café y se dispuso a responder:


-Las plantas son muy buenas para absorber la mala energía, si Ud. pone dos árboles de la vida en


la entrada como conteniendo las mesitas, y unas cuantas adentro, van a ser una buena barrera y


el ambiente va a seguir siendo bueno. Por supuesto, al ser bueno, atrae a los clientes, así Ud. se asegura


que su negocio va a seguir siendo próspero …


-sí, muchas gracias por su recomendación le dije, pensando sinceramente que tengo un escudo, contra


Las malas energías, pero no quería ser “contrera” y encargué unas plantas de la vida y unos hermosos


helechos verdes para decorar y cuidar mi espacio.


El momento había comenzado imprevistamente, tan diferente, lleno de magia, en un día bastante común, y el final también terminó del mismo modo, levanté mi vista y vi como cerraba la puerta de entrada una mano, parte de una imagen con una capa negra y sombrero alado…

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