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10 min
EL VUELO 4312
Drama |
17.12.17
  • 4
  • 2
  • 1390
Sinopsis

Es la historia de Alberto Sunier, piloto de líneas aéreas comerciales, estuvo mucho tiempo obsesionado con un sueño, y finalmente...

                                                                 EL VUELO 4312

octubre de 2008, en algún lugar por encima de Toledo,.

 

Volábamos a tres mil pies, apenas un kilómetro de altura, en aquel sencillo y ligero planeador biplaza. El remolcador hacía ya un buen rato que se había perdido de vista en la cortina de agua.

—¿Vas bien? —me preguntó Andrés el instructor.

Me encogí de hombros sabiendo que vería el gesto desde atrás. Después dije:

—Sigo sin entender cómo hemos subido a dar la clase con este tiempo y en este...

—Precisamente... —se calló ante un brusco descenso inclinado, enseguida nivelamos el planeador y pudo proseguir—. Si aprendes en lo fácil jamás serás un buen piloto.

—¡Joder! Pero si esto no tiene ni motor y esta tormenta no permite ver un pijo. ¡Vamos a aterrizar en el patio del Alcazar! —Señalé el desdibujado monumento toledano bajo las oscuras nubes.

—Tú sigue controlando y a callar.

—Sí, señor —hice un saludo militar.

—Menos cachondeo o te digo la verdad.

 

Ahora volví la cabeza asustado y lo que vi me asustó aún más. No solamente por la expresión de pánico de Andrés sino por las nubes que venían justo tras nosotros.

Se supone que la orden debió haberla dado el instructor, pero yo con las clases teóricas y las horas de vuelo que llevaba a mis espaldas reaccioné sin pensar y bajé el morro.

El picado nos llevó casi al suelo porque en esas circunstancias era muy difícil volver a elevar el morro a poca altura, eso no me lo habían enseñado o no lo recordaba.

Andrés tiró y tiró de la palanca de los flaps, yo le ayudé y con la fuerza de dos hombres casi logramos arrancarla, pero por fin la díscola nave nos obedeció y volvimos a adoptar una posición horizontal. Pero por poco tiempo.

—¡No vuelvas a hacer eso! ¡No toques nada,, yo lo aterrizo! ¿Ok?

—Lo siento.

Pero no dio tiempo a más y menos aún a bajar al suelo. Una ráfaga de viento racheado, a una velocidad endiablada nos elevó verticalmente como si fuésemos montados en un avioncito de papel hecho en la clase de un colegio.

Yo no quería tocar nada, pero el instinto a veces puede con nuestra razón. Tomé de nuevo el mando y bajé con todas mis fuerzas, una sacudida de lado puso el avión con las alas perpendiculares al suelo.

—Toma el mando Andrés —grité—, ya está bajando de nuevo, es todo tuyo.

Pero Andrés no cogió la palanca porque no noté nada en ella, tampoco me dijo nada. Al volver la cabeza sentí verdadero miedo, le grité, puesto que no podía zarandearle, di golpes a la cubierta de plexiglás, pero Andrés no se movía, debió de haberse golpeado en el brusco giro del aparato.

—Base, aquí V126, instructor desvanecido, repito: instructor desvanecido.

Entre los ruidos ininteligibles se oía una especie de golpe cada pocos segundos, pero ninguna voz humana, repetí:

—Base, aquí V126 ¿Me oye alguien?

Nada, solo los ruidos.

Estaba completamente solo ante una tormenta como jamás había visto desde el aire, ni siquiera de pasajero en vuelos comerciales. Respiré hondo. Pensé en voz alta:

—No es más que un  juguete muy ligero, he volado en aparatos con motor mucho más pesados...  pero que obedecen—, concluí jurando por lo bajo.

Parecía que avanzábamos bajo una cascada infinita, la visibilidad era nula en algunos momentos, de no ser por el altímetro y el horizonte artificial hubiéramos perdido el sentido de la orientación.

Sentí el miedo recorrer mi alma cuando comencé a descender accionando los flaps.

El viento seguía azotando el avión con rachas intermitentes. Me encontraba ahora justo encima de la zona histórica de la ciudad, casi me parecía poder tocar las cuatro cúpulas oscuras del Alcázar; doblé como pude hacia el curso del río, allí nada era viable para intentar posar mi pluma alada, era todo demasiado escarpado, tenía que llegar como fuese a las zonas abiertas del campo llano. Intenté enfilar hacia mi derecha, pero al parecer el viento decidió llevarme la contraria y de nuevo me puso encima del centro. Una aguja de gran belleza se alzaba hasta casi tocarme.

Bajé de nuevo el morro para tomar velocidad y esta vez aproveché el empuje racheado para dirigirme hacia el otro lado del río donde podía ver claramente tierras lisas y sin casas, no había nada en una buena porción de terreno. Por encima de mí estaba tronando como si el mundo se partiera. Abajo los círculos y semicírculos de tierra se me acercaban al parabrisas. Apenas ocho metros sobre el suelo a noventa kilómetros por hora, aerofrenos accionados, nada la vista... ¡Bien!

Entonces sucedió... “Zas”

¡Me había olvidado de las torres eléctricas, y con la poca visibilidad...!

No solo se partió el ala derecha como si fuera de papel sino que cuando logré detener el avión, o lo que quedaba de él, nos cayó la torre encima. Noté primero una tiritona caliente que no podía controlar, después mis miembros, cabeza y todo mi cuerpo comenzó a bailar de forma estrepitosa y grotesca, dando manotazos y patadas.

—¡Basta..!  ¿Pero se puede saber qué te pasa? ¡Me... ti..ti..e...nes...! ¡Ya está bien, coño!  —por fin desperté con el sopapo que me propinó mi esposa.

—Lo siento, nena es que... —la conté la pesadilla incluido un número que me había quedado fijo en la mente al despertar bruscamente, el 4312; tal vez me pasara por el quiosco a comprar un décimo de lotería.

—¿A qué hora tienes el examen?

—Pues... creo que a las doce.

—¿No lo suspenderán con este tiempo?

—¿Qué tiempo? —corrí hacia la ventana.

—Pero... ¿Es que no te has enterado de los truenos tan...?

—Creo que voy a renunciar cariño.

—¿Renunciar a qué?

—De momento al examen de hoy, y puede que no quiera ya el carné de piloto.

—No pasa nada, cielo. Encontrarás otro trabajo bien pagado. A mucha gente le da miedo a volar, no te preocupes que jamás pensaré que eres un cobarde.

Había dicho la palabra mágica.

—¡No, claro que no lo pensarás! Vamos a desayunar que me voy al examen enseguida.

No vi la sonrisa pícara de mi mujer, pero la intuí, la muy bribona.

Y esto lo estoy recordando ahora, siete años y dos hijos después. Camino de Hong Kong, sentado en la cabina de un 747 mientras mi copiloto ha salido a saludar a las chicas, el muy golfo. Todo ello gracias a lo que pasó aquel día que decidí ir al examen pese a la tormenta porque mi mujer dijo la palabra que me pone en marcha en las situaciones más arriesgadas.

—Bueno, comandante ¿y qué pasó el día del examen tras sufrir aquella pesadilla la noche antes? — me preguntó el copiloto sentándose de nuevo en su asiento.

Miré a Andres, sí qué casualidad llamarse igual que mi instructor en el sueño. Pues el que me examinó no se llamaba así.

—Pues te lo puedes imaginar Andrés, si estoy aquí es porque aprobé, así de sencillo.

—¡Vamos, hombre! ¿No pensará dejarme así? Había una tormenta descomunal el día del examen y casi lo suspendieron, eso ya me lo ha contado. Pero lo de la pesadilla unido lo pone tan interesante que...

—Bien, de acuerdo, cuando lleguemos al hotel te lo contaré.

—Y un cuerno —miró el reloj del tablero—, nos faltan tres horas para comenzar el descenso. Suelte la lengua o no le pagaré la sesión especial que me han dicho que tienen en el Spa del hotel al que vamos.

Sonreí y pensé que no tenía escapatoria, debía contarle lo del examen. Pero antes extraje de bolsa de viaje un recorte de periódico, era una primera página de hacía siete años. Se la entregué a Andrés y leyó en voz alta:

 

“...Alucinante aterrizaje a las afueras de Toledo, con una avioneta con los motores parados, uno de ellos ardiendo y el otro colgando medio desprendido. El avión sorteó todos los postes eléctricos con inexplicable pericia dada la precaria visibilidad por la brutal tormenta. Así, el piloto, que estaba haciendo el examen precisamente, salvó al instructor, al examinador, a sí mismo y gran parte de la avioneta, por supuesto la nota fue un aprobado rotundo...”

—¡Hostia comandante, este es usted!  —señaló una foto en blanco y negro.

—La prensa me pilló rechazando la camilla y saludando a Reme, mi esposa.

—O sea que los sueños pueden...

—No lo sé Andrés, solo sé que aquel día me salvó.

—Pues ahora que me consta que no puede usted ser un excéptico le contaré mi avistamiento Ovni... Verá fue el... ¡Eh! ¿A dónde va?

—A saludar a las chicas, el buque es todo suyo.

 

                         ______________________________________

 

 

Hasta aquí la recomposición de la historia que me contó mi esposo el comandante Alberto Sunier, así como el contenido de las conversaciones sacadas de la caja negra del Boeing 747 siniestrado en un vuelo Madrid - Hong Kong con escala en Moscú.

Mi marido no pudo volver a entrar en la cabina, el copiloto Andrés Leirós no volvió a pulsar el interruptor de seguridad para abrir la cabina y dejar regresar al comandante a su lugar.

Esta es la última llamada que me hizo con un móvil que debieron prestarle alguien de la tripulación, yo estaba en la ducha y me dejó el siguiente mensaje:

“Cielo, no te asustes pero no puedo volver a entrar en la cabina y el avión está descendiendo, hace ya media hora que trato por todos los medios de abrir la puerta, pero es imposible, nos estamos preparando para lo peor... abraza a lo niños y diles que los quiero... os quiero mucho a todos... te llamaré en un rato de nuevo...”

Nunca más volvió a llamar, el avión se hizo pedazos contra un pico de Los Alpes. Se da la circunstancia, tal vez casual, que varios restos de mi marido se encontraron calcinados bajo unos cables de alta tensión, varias torres eléctricas habían sido arrastradas por el fuselaje de la nave.

 

Laura Gómez Fernández, viuda de Alberto Sunier,

Piloto de aeronaves comerciales. Fallecido en el siniestro

del vuelo 4312 de AIR-KY, Madrid- Hong Kong

Septiembre de 2015.

 

 

 

 

 

 

 

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