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12 min
ELEFANTES LEJANOS
Reflexiones |
17.04.19
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Sinopsis

No cualquiera puede montar un elefante.

     El hombre iba desnudo. La barba enmarañada le llegaba casi hasta el pecho, y su intrincada melena era como un halo. Montaba sobre el lomo de un inmenso elefante. El gigantesco animal avanzaba deslizando su sólida y elástica arquitectura viviente. Sus colmillos más largos que un hombre hendían el aire. Las grandes orejas de mantas arrugadas apantallaban sus costados. El hombre se balanceaba con suavidad sobre el rumoroso lomo. Él era parte del elefante y el elefante era su prolongación.

     La atmósfera, el polvo, la hierba y las ramas de los árboles que rozaban, los rodeaban en una fresca y susurrante llamarada. El universo les entraba y salía por los ojos, nariz, poros. Estaba con ellos, en ellos, y ellos estaban en él. lo conocían y se interpertenecían.

     Descendieron por un camino vecinal, desde las lomas y altos campos hacia la ciudad. Se internaron por una calle de los arrabales y caminaron hacia el centro.

     La gente los veía y se sobresaltaba: ¡Un elefante aquí!  ¿Quién es ese loco?  ¿Por qué anda desnudo?  ¿De qué circo se escaparon?

     Una escolta cada vez más numerosa se emparejó al elefante. Unos reían y lanzaban insultos. Otros miraban asustados. Algunos comprobaron extrañados que cada pisada del elefante agrietaba el asfalto.

     Así, con una aureola de curiosos llegaron hasta la plaza del microcentro, frente al palacio municipal. La gente asombradísima y asustada hormiguaba a su alrededor, transpirando bajo sus ropas plomizas, aferrando portafolios, caminando unos de aquí para allá inquietos, sonriendo burlones otros.

     Muchas cabezas salieron por las ventanillas de los automóviles, chillando improperios como un coro de títeres histéricos. era la hora de los bancos y demás oficinas públicas, y el elefante entorpecía el tráfico. Los bocinazos herían el aire pesado, cargado de gases acres. Vehículos y transeúntes, nerviosos como insectos eléctricos, tropezaban en las grietas insólitas que provocaban las masivas patas en el esfalto y cemento.

     Desde las ventanas de los grandes edificios de departamentos, desde los bancos y oficinas comerciales, asomaban caras impasibles y bien afeitadas.

     El elefante se movió por la calle con su jinete. Barritó muy sonoro. Extendió su larguísima y temible trompa hacia las acacias de la plaza. Resopló complacido y se alimentó con el verde follaje.

     La gente de todos los días contemplaba la escena. Era para ellos algo tremendo lo que veían, allí, en medio de los cotidianos edificios.

     Un nuevo murmullo de consternación se extendió como una ola entre las personas que se movían por las calles. Ocurría que el hombre bajaba de su montura.

     Una vez en el suelo el hombre desnudo ---ahora todos podían observar qué desnudo estaba---, paseó una triste mirada por todo lo que le rodeaba. Y escuchó insultos, risas histéricas, exclamaciones, discusiones y murmullos. Vio miradas ansiosas en muchas de las caras que lo contemplaban a él y al elefante.

     El extraño sonrió comprensivo. Podía escuchar y ver los pensamientos de estas gentes como si fueran muñequitos de historietas cómicas. Percibía por sobre las cabezas de los grupos cómo se elevaban las nostálgicas evocaciones, como fuegos fatuos: Las viejas películas de Johnny Weissmuller y sus personajes míticos como "Tarzán" y "Jim de la Jungla" en el África misteriosa, con sus selvas lluviosas y sabanas abrasadas por el sol; las novelas de Kipling y la India legendaria, el misterio de las pagodas y los enigmáticos santones sobrehumanos; las imágenes de antiguas y exóticas monedas de cobre y bronce añoso, plata y oro viejo, que evocaban latitudes ecuatoriales y mares de un azul refulgente.

     Las visiones se alzaron, parecieron danzar y entremezclarse ante sus ojos, para acabar luego fundiéndose sobre la vereda circundante del paseo público.

     Fue entonces cuando aparecieron las autoridades. Los policías. Los funcionarios. Hasta se presentó el intendente. Llegó carraspeando muy aparatoso, enfundado en un traje oscuro y frío.

     El intendente agitó una mano con displicencia.

     ---Bueno, amigo. Ya mostró su espectáculo. Tiene la suerte que yo andaba cerca. Así que, ahora, tome su bestia y váyase juicioso por donde vino. De lo contrario lo haré arrestar.

     ---¿Por qué me echa? ---sonrió el hombre con tranquilidad---, no hicimos daño a nadie.

     ---¿Pero no comprende que no puede andar desnudo por la calle?  ¡Y mire cómo han roto  el asfalto!

     ---Mire señor ---explicó el hombre desnudo con calma---, mi cuerpo es igual al suyo. Mi única diferencia es que soy un poco más delgado y estoy quemado por el sol. Soy igual a usted. Usted no siente asco o vergüenza de sí mismo, ¿no?

     ---¡Pero usted va desnudo!  ¡Es un atentado contra la moral! ---enfatizó el intendente.

     ---¿Acaso estoy haciendo algo obceno?  Aquellos hombres y mujeres son más o menos como nosotros. Saben cómo son y no deben avergonzarse de ser así, ni tampoco de verse unos a otros, ¿no es así?

     ---¡Sí, sí, debería ser así!  ¡Pero no podemos cambiar las costumbres en una hora! ---El intendente se sentía envuelto por la charla de este extraño personaje. Le hubiera bastado una orden para que los policías se lo llevaran. Pero no quería perjudicar a esta especie de loco lindo.

     Se secó el sudor, con impaciencia.

     ---Vea, mi amigo. Váyase de aquí cuanto antes o vístase. Y llévese ese animal que rompe el asfalto o tendrá problemas.

     ---Su asfalto debe ser muy malo ---observó el hombre desnudo---, mire, mi elefante apenas marca sus huellas en los canteros de la plaza.

     Pero el intendente, muy confundido, ya se iba hacia sus oficinas.

     El hombre se paseó cerca del paquidermo. Miró a los curiosos y reconoció a un antiguo amigo. Aferraba un portafolios. Llevaba la cara bien afeitada, su traje, sus anteojos oscuros, y miraba ansioso al elefante.

     ---¡Eh!  ¡Esteban!  ---llamó sonriendo--- ¿Qué hacés ahí?

     El otro guiñó, tímido, detrás de sus gafas.

     ---Hola, Miguel---. Se desprendió de los mirones como un incoloro y titubeante muñequito. Era una blanca lechuga recién salida del refrigerador, que podía derretirse bajo el sol del mediodía.

     Quitándose los anteojos saludó efusivo al hombre desnudo, con fuertes palmadas en los hombros.

     ---Se te ve bien, viejo ---dijo, y levantó la vista hacia la rugosa mole que rumiaba hojas de acacia.

     ---¿Dónde lo encontraste? ¡Es enorme! Los del circo y el zoológico no son tan grandes.

     ---Se ve así porque está libre ---respondió su amigo.

     Esteban observó al animal, que se erguía como una colina, y se estremeció. El elefante lo miraba. Sus ojos parecían sonreírle. Unos perdidos recuerdos, lejanos como un camino de hormiguitas multicolores comenzaron a hablarle desde un distante verano que había partido para no regresar. Allí correteaba por una playa salitrosa, mientras la carpa con sus amiguitos, como una tienda indígena, le hacía guiños amarillos en la distancia. En el ardiente viento de enero, le susurraba sal y arena limpia en la cara, como un olvidado amigo, viniendo y yéndose lejos..., lejos...

     Esteban soltó el portafolios y se apoyó vacilante en la sólida inmensidad que ronroneaba en el aire del mediodía.

     ---¿Qué pasa, hombre? ---dijo Miguel, sonriente.

     ---¡Este animal!  ¡Esta montaña que camina!  Me habló... me habló de cosas muy lejanas. Me hizo recordar días que nunca supuse habían existido. Miguel, ¿por qué no me ayudás a encontrar un elefante, y a subir a él?

     ---No puedo hacerlo, no así como estás. Antes deberás tirar ese portafolios y quitarte la ropa---. Miguel llevó a su amigo a un sitio apartado de la gente.

     ---Pero, ¿por qué tengo que deshacerme de la ropa?  ¿por qué no podés ayudarme estando yo vestido? ---insistió Esteban.

     ---Si subieras a un elefante de esa forma te convertirías en un monstruo, en una aberración de la naturaleza, y yo también sería un monstruo por ayudarte. Claro que desnudarse es un poco dificil. Más fácil es no vestirse a medida que uno va haciéndose adulto. Pero a vos tal vez no te resulte tan duro. Recuerdo que te quitaste los anteojos oscuros cuando te acercaste para hablarme.

     ---No sé, no sé qué voy a hacer ---Esteban meneó la cabeza y miró a su amigo---, pero antes de irme te diré que tengas cuidado, andando así por la ciudad. Puede pasarte algo malo. Por eso te digo que es mejor que te vayas, mientras que yo... yo ya no doy más...

     Diciendo ésto, Esteban pareció distraerse. Con la mirada extraviada se alejó muy lento, perdiéndose entre los transeúntes.

     Miguel, con tristeza, se dirigió hacia el elefante, pero con un sobresalto vio que no estaba.

     En la otra orilla de la plaza, varios policías le estaban asegurando las patas con grandes cadenas, que sujetaban a fuertes postes de cemento.

     Al ver ésto, una ráfaga de ira sacudió la mente de Miguel. Entonces la colosal bestia alzó la cabeza y bramó, y su tremendo alarido estremeció los lívidos rascacielos. Pero siguió allí, encadenado.

     El hombre desnudo avanzó e increpó colérico a los oscuros sirvientes que oficiaban de guardias. Le contestaron que cumplían órdenes, que no entorpeciera la función de la ley y se fuera a vestirse sin provocar disturbios.

     Se alejó y observó a los policías armados con fusiles. Fue calmándose de a poco y se obligó a razonar: Sería sencillísimo para él ocultarse en un macizo de arbustos. Allí aguardaría la caída de la tarde y las horas nocturnas. Para entonces se acercaría, burlaría a los centinelas y se apoderaría del elefante. Luego éste haría trizas las cadenas como briznas de hierba para perdersa ambos en la noche.

     Acomodado dentro de una masa de plantas, pudo ver cómo el entorno se iba oscureciendo en forma gradual. Los caminantes ocasionales pasaban rápidos por el sendero, a un metro de distancia, sin percibirlo. A través de media plaza podía distinguir la oscura mole cautiva, circundada por las opacas sombras de los custodios, inmóviles como estacas.

     Conforme avanzaba la hora, le iban llegando desde dispersos lugares imprecisos, variados ruidos cada vez más continuados, como estallidos de vidrios rotos, gritos de voces estentóreas, pitidos de sirenas varias, chillidos mezclados con retumbar de carreras en grupo y llantos intermitentes de personas idefinidas...

     Alrededor de la medianoche se puso en movimiento. Deslizándose furtivo salió de entre los arbustos y en un segundo estuvo al lado de los vigilantes. Éstos no lo reconocieron y permanecieron inmóviles. Les habló con montonía y en estúpida cantinela, mientras daba vueltas y vueltas entre ellos. Cosa extraña, los esbirros dejaron de percibirlo y continuaron enhiestos y sombríos, escudriñando las penumbras.

     Como una chata figura fantasmal el extraño resbaló por el torso del gigante, y en un momento estuvo sobre su lomo.

     El gran paquidermo lanzó un horrísono bramido que azotó los árboles, hizo tambalear los edificios circundantes, llenó con un horror helado hasta las raíces de las almas noctámbulas y errantes, y hasta pareció que la misma Luna.iba a salirse de su órbita.

     Con un envión el mastodonte echó a andar, rompiendo las gruesas cadenas como si fueran briznas de hierba. Sigiloso y rápido atravesó la plaza y avanzó por una avenida, semejante a la sombra espectral y ralentizada de una película muda.

     En la plaza, entre los postes de cemento y las cadenas destrozadas, los guardias vociferaban con los pelos de punta, peleando y acusándose entre ellos.

     El extraño y el elefante se movieron por la avenida. En torno a los focos de luz hiriente y aséptica de la calzada, el aire nocturno traía ecos de estampidos lejanos, estruendo de música-ruido, estrépito de hierros retorcidos, ulular gorgoteante de grupos de borrachos como bandas de monos degenerados...

     Continuaron avanzando con rapidez hacia el límite de la ciudad, y las gentes y los automovilistas apenas vieron como una sombra de niebla que pasaba. O sintieron el ramalazo de un viento polvoriento y exótico, o la exhalación de un inasible fantasma gris que desaparecía en la esquina siguiente.

     Como una estela residual, un vago pensamiento quedó flotando en el aire de la noche: "si estás en Roma... haz como los romanos... será para la mayoría... pero no para mí... tal vez vuelva algún día..."

     Esa madrugada, entre gallos y medianoche, una leve lluvia pasó a hurtadillas por la ciudad, y el amanecer trajo el bálsamo de un día apacible y encapotado.

                                                                    oooOOOooo

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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