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12 min
Elige un arma
Humor |
29.04.16
  • 4
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Sinopsis

Versión revisada y corregida del relato para el Torne de Escritores, Duelo 29: "Elige un arma"

Ocurrió en el año 1871 y todavía el suceso se recuerda en el lugar. Cuentan que en la Villa cautivaba los corazones una moza de nombre Adela Montesinos. Rondaba los dieciocho y no le faltaban pretendientes suspirando por sus atenciones. Ella, sabedora de las dotes seductoras que atesoraba, se dejaba querer sin decidirse a entregar su amor a ningún cortejante.

Era la doncella morena de piel y cabello, ondulados rizos le caían hasta la cintura y lucía unos hermosos ojos verdes, el cuerpo ligeramente entrado en carnes como gustaba en la época, de busto amplio y generosas curvas. Pero lo que en verdad la hacía irresistible era la sonrisa que sin tacañería regalaba a quienes se ganaban con cierto esfuerzo su favor. Una sonrisa que decían, parecía haberle sido dibujada en los labios por el mismísimo diablo, tan poderoso era su influjo sobre la voluntad masculina.

De entre todos los pretendientes partía con ventaja un teniente del ejército de Su Recién Entronizada Majestad Don Amadeo de Saboya, de nombre tan biensonante como corto fue su reinado. El militar, bautizado Baldomero Entrecanales y Olabarrieta, procedía de una familia acomodada de arraigada tradición en las armas. Era éste un hombre rudo de ideas conservadoras y exagerado sentido del honor, que dedicaba su vida al ejército y, desde hacía algunos meses, a cortejar a la esquiva Adela.

Cierto día, habiendo sido invitada lo más granado de la sociedad de la Villa a una fiesta organizada por el Conde de Los Matojales, coincidieron en tal acto nuestros dos protagonistas, entre los que se interpondría de manera más fortuita que intencionada un tercer personaje clave en la historia que nos ocupa.

Don Leopoldo Querejeta y Bustos era hombre sin oficio ni beneficio, al parecer de muchos. Estrafalario en sus modos y vestimenta, lo cierto es que tenía cierto éxito como escritor de novelas cortas y libros de poemas, lo cual le permitía ganarse el sustento además de gozar de alguna consideración entre las clases adineradas. Decían que el tal poeta era también aficionado al buen vino y las mujeres, y esa noche decidió hacer honor a ambas querencias. Hallándose en estado de cierta euforia no se le ocurrió otra cosa que trabar animada conversación con la doncella Montesinos, la cual divertida por su ingenio no hacía más que reírle las gracias.

Al parecer, la dedicación con que la dama se entregaba a la charla y la inapropiada inclinación de Don Leopoldo sobre el escote de la muchacha despertaron el enojo de Entrecanales, quien se había remojado en vino tanto como el escritor. Cuando no pudo refrenar más sus celos ni soportar las miradas burlonas, pues de todos era conocido el nada disimulado interés que mostraba por la moza, se acercó a la pareja y sintiéndose ultrajado tomó el guante que le enfundaba la mano derecha, golpeando el rostro de Querejeta tras lo cual arrojó la manopla a sus pies.

Sobre el salón se extendió un silencio incómodo. La pequeña orquesta de violín y chelo que animaba la velada cesó en su interpretación. Todas las miradas se centraban en ambos varones, en particular en la reacción del retado Don Leopoldo. Éste se atusó el bigote con toda la calma del mundo, tras lo que se agachó con igual parsimonia, recogiendo el guante.

  — ¡Resarcirá usted mi honor en duelo, caballero! — gritó Entrecanales con un enojo palpable — Escoja la modalidad que más guste: a primera sangre, incapacidad de un oponente para continuar la contienda… ¡A muerte! Y como consideración hacia usted permitiré que seleccione también las armas. Dígame buen hombre, ¿será a sable, espada o pistola? ¡Elija un arma!

El teniente era un hombre corpulento que sacaba una cabeza a Don Leopoldo. Nadie dudaba de su mayor habilidad cualquiera que fuese la elección del primero. El escritor, lejos de inmutarse y sin dejar de retorcerse el mostacho, dejó pasar unos segundos interminables. Al fin esbozó una sonrisa maliciosa y respondió.

  — ¡A poesía!

Algunas risas aisladas se dejaron oír. Baldomero Entrecanales descompuso su expresión en una mezcla de enojo y asombro.

 — Esto es una estafa, Querejeta. Juega con ventaja, ¡Usted es poeta! — vociferó casi fuera de sí.

El eco de las carcajadas retumbó entre las paredes ante el desconcierto del militar mientras un barullo desordenado comenzó a tomar cuerpo. Entonces Don Leopoldo levantó el brazo y lo sostuvo en alto hasta que los ánimos se calmaron de nuevo.

 — No lo hace usted mal a pesar de su fama de zopenco — se burló —Pero dígame, Entrecanales. Acaso siendo soldado ¿no sería suya la ventaja en un duelo armado?

La multitud asintió ante la solidez del argumento. Pronto comenzaron las discusiones a favor y en contra.

 — Ya no estamos en el siglo XVIII, se supone que ahora somos una sociedad civilizada en la que el ingenio prima sobre la fuerza bruta ¡Demostrémoslo! — azuzó Querejeta a la concurrencia, apelando a su sentido cívico.

Tras unos minutos de acalorado debate se impuso la idea de Don Leopoldo. El militar protestó, pero jugaba en su contra el hecho de haber brindado a su contrincante la posibilidad de escoger armas. Ahora era esclavo de sus propias palabras. Se acordó fijar el duelo a una semana vista y a falta de mejor lugar para la cita, el Conde ofreció de nuevo el salón de su mansión. La suerte estaba echada.

 

 

Siete días pueden ser una eternidad o un suspiro. Para Baldomero Entrecanales y Olabarrieta fueron más bien lo segundo. El militar no acertaba a explicarse como se había dejado enredar en semejante embrollo. Mas alguien tenaz como él no podía rendirse. Le faltaban horas para empaparse en los clásicos de la poesía castellana. Durante el día leía a Manrique, Bécquer, Góngora o Quevedo. Por la noche se sumergía en los versos de Lope de Vega, Moratín, Rosalía de Castro, Espronceda o Calderón de la Barca. Y habría leído también a Lorca, Machado y Alberti si no fuera porque aún no habían nacido.

Pasó el tiempo y llegó el día. El militar nunca hubiera imaginado que sentiría más nervios ante un miserable duelo que en el campo de batalla. Pero un hombre que se precie debe ser fiel a su palabra. Y aunque Entrecanales no entendía mucho de palabras, jamás permitiría que se dudase de su hombría.

 

 

El gran salón de la mansión de Los Matojales apenas podía albergar a la concurrencia. El duelo había devenido en todo un acontecimiento social. En el centro se dispuso una mesa con dos sillas enfrentadas. El jurado se ubicaba hacia un lateral del tablero. En el lado opuesto se reservó un lugar de honor para los padrinos de ambos duelistas junto a la dama Adela de Montesinos, cuyo apellido se había visto incrementado en una preposición.

Una selección de notables de la Villa había establecido las normas. En cada ronda se dictaría una palabra alrededor de la cual debían girar los versos. Ambos contrincantes inventarían una rima por turnos. El duelo terminaría en el instante en que uno de los dos no fuese capaz de proseguir las rimas, cuando el ofendido diese por resarcido su honor, o en el momento en que se alcanzasen un máximo de diez rondas, en cuyo caso el jurado determinaría el vencedor. Con una declaración solemne dio comienzo el evento.

El presidente se levantó y con el gesto más serio del que fue capaz se colocó los anteojos. Desplegó un papel ante sus narices, leyendo la primera palabra: Cosa.

De nuevo se formaron corrillos, multitud de cuchicheos recorrieron la sala y el jurado debió solicitar silencio para preservar la concentración de los contrincantes. El primero en alzar la mano fue Don Leopoldo. Con la venia de la presidencia procedió a recitar.

 

Por más que lo intento, no acierto a comprender

Que pueda desear, esta dama tan hermosa

Su sino desgraciar y su ser comprometer

Una vida entera, con esta horrible… cosa

 

Querejeta pronunció la última frase realizando un ademán despectivo hacia su contrincante, entre las risas de la concurrencia. El poeta había estado brillante en su primer lance. Todas las miradas estaban ahora puestas en el militar, cuyo rostro se veía enrojecido por la ira. Tardó un par de minutos en dar la réplica.

 

Cerrad vuestra boca, criatura asquerosa

León os creéis y sólo sois una babosa

Si no os retractáis, os diré una cosa

Pronto os meteré debajo de una losa

 

Las carcajadas fueron estridentes, no tanto por la rima, menos elaborada que la de su rival, como por el tono airado con el cual había sido pronunciada. Los asistentes empezaban a divertirse. El jurado pidió calma, lo que sólo llegó después de que alguien golpease fuertemente un mazo contra la mesa. Se procedió a leer la segunda palabra en medio de un silencio expectante: Esmero.

Esta vez era mayor la dificultad. Los duelistas se tomaron más tiempo mientras el público pedía sangre, en el sentido poético de la palabra. De nuevo fue el estrafalario escritor el primero en alzar la mano. Recitó con tono pausado y el oficio que da la práctica.

 

Habéis de saber, amigo Baldomero

Que no es más hombre quien un arma carga

Ni tampoco quien la tiene más larga

Tal condición, depende del esmero

Con que se entrega el corazón entero

A quién se ama, aún en la lucha amarga

 

Las reacciones fueron divididas. Hubo quien rio a mandíbula batiente mientras otros, especialmente las damas, ovacionaron el hermoso remate del verso. Entrecanales tenía ante sí un reto complicado. Su expresión era aún más furibunda, pero reaccionó con inusitada rapidez.

 

Tal vez tengáis razón, pedazo mero

Mas sabed que si yo porto un arma

No dudéis que el tiro será certero

Enfilado y directo a vuestra alma

En ello pondré todo mi esmero

 

Los partidarios del militar aplaudieron rabiosamente la velada amenaza, mientras los del poeta replicaron coreando su nombre, para desesperación de los adustos miembros del jurado. La algarabía semejaba al patio de un colegio. Teniendo en cuenta lo dispar en las habilidades de ambos el duelo estaba resultando igualado.

Ninguno daba muestras de flaqueza y comenzaba a vislumbrarse una decisión salomónica. Queriendo el jurado acallar tanto bullicio amagaron con anticipar la siguiente palabra. Algunos entre el público pidieron silencio. Al fin se desveló el verbo: Deber.

Para sorpresa de todos, Entrecanales estuvo esta vez más rápido. Y no fue menor el asombro ante el verso que fue capaz de ejecutar.

 

Algo que presumo en conocer

Pues éste es mi oficio, el militar.

No perdemos tiempo en recitar,

Ni en historias inventadas escribir,

Ni las damas de otros hombres cortejar.

Nuestro tiempo, en lugar de malvivir

¡Lo empleamos en cumplir nuestro deber!

 

Definitivamente Entrecanales se estaba creciendo. Donde no había más que un rudo militar comenzaba a nacer un poeta. Su expresión eufórica denotaba que él mismo estaba sorprendido de sus nuevas habilidades. Entonces ocurrió algo que ninguno de los asistentes hubiera podido prever.

Tal vez Querejeta pensó que de seguir caldeándose el ambiente, las sutiles amenazas del teniente podrían llegar a materializarse. O quizás simplemente se aburriese. El caso es que abandonó las pullas que ambos se lanzaban, cambiando el sentido del duelo.

 

Debo insistiros, pues es mi deber

Que deberíais haberme preguntado

En asuntos culinarios, que gusto de comer

Si lechón o jurel, si carne o si pescado

Y de haberlo hecho, habríais de saber

Que no debéis temer, ¡pues soy afeminado!

 

La sorpresa fue mayúscula. El público profirió una exclamación espontánea. El rostro de Entrecanales mostró por unos segundos cierta expresión bobalicona, mas al cabo de un instante comenzó a reír. Primero como si fuese el plácido discurrir de un regato para transformarse enseguida en un auténtico torrente de carcajadas. La sala entera se contagió la euforia y durante casi diez minutos fue imposible parar aquel estruendo, que exageran las crónicas se podía oír en varios quilómetros a la redonda. Eso puso fin al duelo.

El militar y el poeta llegaron a ser buenos amigos. Entrecanales se casó a los pocos meses con la hermosa Adela Montesinos y los domingos Don Leopoldo solía ir a tomar café a la casa del matrimonio. Al año siguiente estalló la Tercera Guerra Carlista.

Baldomero Entrecanales pasaba más tiempo fuera que en el hogar. Dicen las malas lenguas que no por ello se interrumpieron las visitas del poeta, e incluso hubo quien aseguraba que el primer hijo del matrimonio tenía las mismas orejas y nariz que Leopoldo Querejeta.

El chaval llegó con el tiempo a desempeñar un papel importante en el devenir del País. Pero esta, queridos amigos, es otra historia.

Y deberá ser contada en otro momento.

 

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  • Excelente y a ratos divertida historia de agradecida lectura. Lo mejor que le puedo decir es que se me hizo corta. bárbara
    Suspense y humor, me gustó
    Muy bueno. Toda una obra de arte.
    Una historia muy bien hilada y con toques humorísticos, me ha encantado el duelo de poemas, le da un matiz distinto al relato. Saludos!
    Me has mantenido en suspenso durante todo el relato con esa maestría para narrar a que me tenés acostumbrado. Espléndido humor y gran arte para armar y contar con tanta imaginación. Un gran saludo Lucio. Excelente!!
    Néstor, creo que el problema de que te aburras está más en lo que llevas dentro que en lo que hay fuera. Se vive mejor cuando se está en paz con uno mismo y con el mundo, pero es una decisión que únicamente te corresponde a ti. Un saludo.
    Gracias a todos por comentar. Ana gracias por la felicitación, aunque las rimas son muy de andar por casa, la poesía no es lo mío. Bien visto Isabel, parte de la idea era hacer una sátira de la alta sociedad y la arrogancia militarista, a los que el bueno de Leopoldo ningunea a su antojo. Marimoñas me alegra que recalques lo de los nombres pues es un detalle aunque menor no menos importante, la idea era que resultasen simpáticos y rimbombantes sin caer en la excesiva parodia. Tienes razón Alejandro en la crítica, ahora que lo dices la mención a poetas que se remontan a bien entrado el siglo xx resta fuerza al lenguaje empleado, le daré una vuelta, gracias por el apunte. Paco el llegar a semifinales depende de muchas cosas, entre ellas la suerte, y hay que reconocer que vosotros 3 habéis tenido rivales muy difíciles, te agradezco mucho el cumplido.
    Enhorabuena, Lucio, por haber elaborado una historia compleja con múltiples matices, sabiamente planteada y mejor resuelta. Y no te digo más, porque ya lo escribí en el duelo. Desde luego, si tú no hubieras llegado a las semifinales, es que algo había fallado en el Torneo. Bien ganado.
    Un relato brillante, plagado de detalles y cuidado hasta el extremo. Se nota que te has documentado y para colmo las rimas son de quitarse el sombrero. Es un texto casi perfecto (únicamente yo no habría puesto en boca del narrador referencias posteriores al tiempo del texto, como lo de Lorca), y desde ya uno de los mejores de la página. Tiene de todo y todo bien puesto. Y es que además, lo rematas perfecto. Bravo, compañero.
    Me aburrí cuando leía.
  • Relato con el que concursé en la semifinal del torneo de escritores del mismo título. Felicitar a nuestro compañero Purple que compitió conmigo y nos ha brindado algunos de los mejores relatos del torneo. Igualmente felicitar a Paco Castelao y Ana Madrigal, que se midieron en una semifinal digna de los mejores.

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