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9 min
Elisa
Drama |
07.01.08
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Sinopsis

Elisa

Elisa vivía encerrada en su casa y en su propio mundo. Hacía ya más de seis años que se había mudado a aquel bloque de apartamentos, y habían transcurrido casi cinco desde que por última vez saliese a la calle. Compartía una lúgubre y fría buhardilla en un inmueble de la calle Pintor Losada con tres gatos, dos periquitos y un número indeterminado de peces anaranjados. Indeterminado porque nadie podría precisar, a simple vista, cuántos de los ocho que nadaban o flotaban en el acuario seguían vivos y cuántos habían dejado de estarlo desde hacía ya algún tiempo. A Elisa no le preocupaba conocer la realidad de las cosas; cada mañana echaba un tapón de comida al agua de la pecera y se quedaba mirando cómo los peces se acercaban a ella, abrían la boca y la engullían, escupiendo después pequeños trocitos. Claro que Elisa se daba cuenta de que algunos ya no comían desde hacía semanas, pero quién era ella para decidir si ya no volverían a moverse; quizá no tenían hambre, quizá estaban durmiendo, quizá los peces también hibernaban. Nadie puede saber cuándo un muerto se cansa de estarlo y decide volver a vivir. Al menos, eso era lo que creía Elisa.

Recibía la visita dos veces a la semana de la vecina del primero, doña Adelaida, una viuda de sesenta y muchos años que se había encariñado con la muchacha. Sabedora de las perturbaciones mentales de Elisa y su aparente reticencia a mostrarse en público, doña Adelaida tomó la costumbre de hacerle la compra cada vez que acudía al mercado en busca de alimentos para ella. Le llevaba fruta, verduras, pescado… Incluso a veces preparaba más comida de la que necesitaba y le subía algo cocinado a Elisa porque, muchos días, Elisa se olvidaba de comer. A doña Adelaida la chica le hacía compañía, una compañía que necesitaba desde la muerte del que fuera su marido, Ramón, a quien, a pesar de la mala vida que le dio durante más de treinta y dos años de matrimonio, añoraba profundamente. Doña Adelaida tenía un hijo, al que no veía desde hacía más de quince años, cuando Ramón decidió hacer de él un hombre de provecho y lo envió a estudiar a Toledo. Esteban nunca le daría nietos; en el edificio se chismorreaba que era marica y que vivía con un travestido al que había conocido en un local de Madrid, en el que cada noche actuaba vestido a lo Estrellita Castro.

A Elisa no le molestaba la presencia de doña Adelaida, pero tampoco hubiese extrañado su ausencia. Se juntaban cada martes y jueves a eso de las cinco y media, una vez terminada la telenovela. Doña Adelaida se sentaba en una desvencijada silla de madera frente a una pequeña mesita mientras Elisa preparaba dos vasos de leche con cacao y unas madalenas. Cada mañana, Mario, el hijo de la panadera, le subía una botella de leche, una barra de pan y una bolsita de madalenas. Dejaba el pedido junto a la puerta y cogía el sobrecito que Elisa había dejado la noche anterior bajo el felpudo con el dinero exacto de la compra.

Conversaban durante dos horas, más bien era doña Adelaida quien hablaba y Elisa se limitaba a oír los sonidos que la otra emitía. De vez en cuando percibía alguna palabra o un nombre que le resultaba familiar y que conseguía hacerla volver al mundo real, pero volvía a escaparse de él al darse cuenta de que ni lo que doña Adelaida decía ni nada de lo que a su alrededor ocurría merecían su presencia allí. Doña Adelaida sabía perfectamente que Elisa no la escuchaba, que era como hablar sola ante el espejo, pero hacía ya tiempo que se había cansado de su propia imagen mientras se contaba a sí misma sus desdichas y sinsabores, consciente además de que la persona que el espejo encerraba conocía perfectamente y en primera persona aquellos avatares.

Nadie en la escalera comprendía cómo doña Adelaida había podido apegarse tanto a la vecina del ático, a la que todos tomaban por una desequilibrada y tildaban, cuando menos, de rara. El señor Antúnez, el del cuarto B, le contó una vez a doña Adelaida cómo la chica no parecía estar bien, al menos eso era lo que opinaba un buen amigo que él tenía en el antiguo edificio donde Elisa había vivido hasta que llegara a la casa de Pintor Losada. Se rumoreaba que Elisa había perdido el juicio después del abandono de su novio, un muchacho de un pueblito de Salamanca que Elisa conociera durante una excursión con las hermanas del Ave María y sus compañeras de clase. Avilio esperó un par de años hasta que la muchacha hubo cumplido los 16 para formalizar la relación ante sus padres. El noviazgo se prolongó durante tres años más, al cabo de los cuales ambas familias fijaron la boda para la primavera siguiente, cuando Avilio hubiese concluido el servicio militar. Pero un mes antes del enlace, Elisa recibió una carta de Avilio donde le pedía disculpas y le ponía al corriente de su próximo embarque para Argentina con una muchacha a la que había conocido en Cádiz durante la mili. Dos semanas después de recibir la misiva, Elisa hacía las maletas y cogía un tren para Madrid. Sería la primera vez que salía sola de Ávila y topó con la fuerte reticencia de sus progenitores, quienes sabían que el desplante de Avilio tarde o temprano haría mella en su hija quien, hasta la fecha, se había tomado el abandono con una frialdad y naturalidad difíciles de asumir.

Nada de lo que le contasen podría sorprender a aquellas alturas a doña Adelaida. Ella conocía al dedillo la historia de la muchacha gracias a una sobrina que había servido en la misma casa donde trabajara Elisa recién llegada a la capital. Elisa huyó de su pueblo embarazada de su novio, al que nunca puso al corriente de su estado a pesar de que sabía que aquello le haría cambiar de opinión, obligándole a quedarse con ella y a hacerse cargo de lo que venía de camino. Pero no deseaba que nadie se atase a ella de aquella manera, así que decidió tener a su hijo sola, establecerse en Madrid y buscar un trabajo que le permitiera cuidar de su hijo. Sería una madre soltera como su amiga Pili, quien volviera embarazada de Suiza sin que nunca se llegase a saber quién era el padre de la criatura.

Elisa permaneció al servicio de los señores de Salvatierra hasta el octavo mes de embarazo, a partir del cual ya no pudo continuar con las labores de la casa y la señora decidió prescindir de ella. Se mudó así a una humilde pensión en la calle Ramón y Cajal; allí dio a luz a Marcos, ayudada por doña Matilde, la dueña de la pensión, quien además le proporcionaba pequeños trabajos de plancha y zurcido para que la muchacha pudiese salir adelante. Acababa de cumplir el niño veinticinco meses cuando le sobrevino una meningitis que acabó con su corta vida en tan sólo dos semanas. Elisa cogió las pocas pertenencias que tenía y un baúl de madera y se trasladó a la calle Pintor Losada, donde alquiló una buhardilla en un viejo inmueble al final de la calle.

Al cabo de poco más de un año, a doña Adelaida comenzó a extrañarle el comportamiento de la muchacha, a la que ya nunca veía salir a la calle. Doña Adelaida sabía por su sobrina que el niño había muerto, aunque muchas veces encontraba a Elisa calentando leche para el biberón. No es que aquello le pareciese normal, pero ella más que nadie sabía lo difícil que resulta despegarse de las costumbres adquiridas a lo largo del tiempo, y tras la muerte de su Ramón, se sorprendía a sí misma a menudo poniendo dos platos y dos cubiertos en la mesa. El tiempo acabaría por poner las cosas en su sitio y despertar a Elisa a la amarga realidad de la pérdida de Marcos.

Elisa seguía cada mañana el mismo ritual: se despertaba con las primeras luces que se filtraban por el tragaluz del tejado y que incidían directamente sobre sus ojos. Para entonces, los tres gatos con los que compartía su soledad ya la esperaban ansiosos ante el cuenco de la comida. Elisa se levantaba, se lavaba la cara en una palangana, ponía el cazo de leche a calentar, vertía parte en el biberón y el resto en el plato de los gatitos, destapaba la jaula de los periquitos y colocaba una hojita fresca de lechuga entre los barrotes de aluminio, echaba un tapón de comida en el acuario y, con el biberón en la mano, se dirigía hacia una puerta al fondo del pasillo. Sacaba una llave del bolsillo del mandil y entreabría con cuidado la puerta para no despertar a Marquitos. Se quedaba un rato mirando la cuna desde la puerta y, viendo que el niño no se movía, decidía dejarle dormir un ratito más, su desayuno podía esperar. Claro que Elisa sabía que el niño no había vuelto a comer desde hacía más de seis años, pero quién era ella para decidir si ya no volvería a moverse; quizá no tenía hambre, quizá estaba durmiendo, quizá los niños también hibernaban. Nadie puede saber cuándo un muerto se cansa de estarlo y decide volver a vivir. Al menos, eso era lo que creía Elisa.
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