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9 min
Elisenda y el Dragón ¿Una historia de zoofilia?
Amor |
01.05.19
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Sinopsis

Lo imposible acostumba a suceder con naturalidad. Pero un día se termina. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ (hacía tiempo que no escribía un relato expresamente para TR, amigos. Como siempre, un placer.)

La vieja dragona casi se estrelló en la plaza del pueblo, frente a la escalinata de la iglesia. De eso hacía apenas una semana. Enseguida se dieron cuenta de que estaba a punto de dar a luz, su vientre hinchado no dejaba lugar a dudas.

El nacimiento de un dragón fue ampliamente comentado. Porque hacía mucho tiempo de la muerte del último de la especie y porque nadie había visto uno jamás. Todos sabían qué era un dragón, por supuesto. Las viejas leyendas, los relatos de los ancianos las noches de invierno al calor de la lumbre, en la recocina,las  ilustraciones que decoraban viejos libros de brujería y magia: en todos solían aparecer dragones

Ahora, lo que todos se preguntaban era quién sería el padre. ¿Todavía existiría un gran dragón vivo? Algunos apuntaron que era posible que el padre hubiera fallecido tiempo atrás, teniendo en cuenta que el embarazo de las dragonas, según cierto manual de brujería asertaba, duraba casi un siglo. Pero no había nada seguro sobre ese tema. Sí, todos se preguntaban por el padre, y murmuraban no exentos de temor. Sin embargo, he de decir que, si todavía existía, nunca se supo de él.

La otra cuestión obvia era qué hacer con ese bebé dragón. La dragona murió en el parto, exhalando un último bufido de humo. Sin razón, derramaron lágrimas las mujeres y los hombres disimularon su emoción sorbiéndose los mocos. Había en ese ultimo suspiro fumante algo de nolstálgico y, sobre todo, una gran pena.

El pequeño dragón nació, también, con una mirada triste y con apenas un gemido saludó la vida.

Decidieron criarlo. ¿Qué otra cosa podían hacer unos aldeanos buena gente?

Belestar apenas contaba 47 habitantes repartidos en tres familias. La aldea amontonaba sus casas alrededor de la vieja iglesia que nadie recordaba cuándo, ni cómo se construyo. Seguramente era anterior al asentamiento de campesinos que primero se llamaría el Bello Estar y más tarde Belestar. Tres familias mal avenidas, casi siempre a la gresca por unos lindes o un animal perdido, pero que se respetaban y solventaban sus diputas acudiendo al azar. Fuese lo que fuera que se dirirmia -la propiedad de un ternero aparecido entre fincas, el linde dudoso de un huerto entre un mojon y otro, la pretensión de dos varones por la misma hembra, se decidia por el resultado de lanzar al aire una moneda. No una moneda cualquiera, sino la Moneda Sagrada que se guardaba en el caliz que había siempre sobre el altar de la iglesia.

Igual que con los dragones ocurría con la moneda. Nadie sabía nada de su origen excepto una leyenda poco creible, pero que todos hacían como que era cierta. Según esa leyenda la Moneda Sagrada se cayó del bolsillo de un jinete de Dragones que sobrevoló la aldea en sus inicios. Así que el nacimiento del dragón encontro entre los aldeanos de Belestar un precedente en el origen de su azarosa justicia.

Fue una bendición. Al pequeño dragón lo bautizaron con el nombre de Dollar. Luego se preguntaron muchas veces a quién se le ocurrió tan extravagante nombre, que no quería decir nada. En fin, Dollar creció en Belestar como si fuera uno más de los aldeanos. A los dos años hablaba correctamente el belestareño; y pronto fue a la escuela, donde se abrió un gran ventanal  para que pudiera seguir las clases desde el exterior, pues su tamaño enseguida se hizo considerable.

 

Cuando alcanzó la edad de 19 años, Dollar sintió que algo le ocurría. Veía a sus compañeros de escuela iniciarse en el amor y él no sabía que hacer.

Hasta que un día, invitó a salir a pasear a la bella Elisenda, la hija del herrero. Se atrevió a dar ese paso porque se había establecido cierta amistad entre ellos. Muchos días se habían quedado en el jardín que había junto a la escuela charlando hasta que el sol se ocultaba tras las montañas y las sombras ganaban espacios entre los árboles y las flores. Elisenda siempre era considerada y tomaba en serío sus opiniones, a pesar de que Dollar tenía opiniones algo extrañas.

Así que iniciaron una tarde un paseo por el sendero que conducía al gran remanso del río donde en verano iba todo el pueblo a refrescarse. Como era un día de otoño, no había nadie junto a las aguas.

  • Elisenda -empezó el pobre Dollar, azorado-, tengo que decirte algo, y no sé cómo empezar.

La sinceridad era algo que nadie tuvo que enseñarle, los dragones, al parecer, no pueden o no saben mentir.

  • Amigo mío -le respondió Elisenda, ignorante de lo que le iba a proponer Dollar-, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras.

La prudencia no era una de las cualidades preferidas de las chicas de 19 años de Belestar, obviamente.

  • Elisenda -carraspeó Dollar un poco de humo-, Elisenda mía… te amo.

Lo soltó así, directo, como sólo un dragón suele ser.

Elisenda abrio los ojos, un poco al principio, mucho después. Contuvo una risa, pero ¡Dollar estaba tan gracioso! ¡Si hasta sus escamas verdes se habían sonrojado  en sus mejillas! No, Elisenda detuvo su reacción jocosa y centró sus pupilas en las de Dollar, que la miraba fijamente como sólo un dragón te puede mirar. Una mirada en la que una se podía perder, una mirada profunda y nolstálgica, como la de la madre que le parió.

  • Yo, querido Dollar…
  • Calla, amor mío, y escúchame. Hace tiempo que observo cómo todos buscan su pareja, juegan, se insinuan y se pierden entre los matorrales y, luego salen de ellos con la mirada iluminada y el rostro encendido. No soy estúpido, soy un dragón y logicamente nada tengo que hacer con una de tu especie.
  • Eso iba a decirte, querido Dollar…
  • Pero ¿estás segura de ello?

Elisenda sintió un estremecimiento y se dio cuenta de que no tenía respuesta a lo que le preguntaba Dollar. Muchas leyendas hablaban del secuestro de princesas por parte de algún Dragón y, aunque siempre eran rescatadas por un príncipe antes de que nada ocurriera entre ambos, alguna razón tendrían los dragones de la antigüedad con ese empeño por las doncellas. Y ninguna leyenda hablaba de los casos en que la doncella no había regresado jamás, que seguro que los habría dado que no siempre hay un príncipe a mano para rescatarte, se dijo Elisenda. De hecho, ya no quedaban príncipes que pudieran pasar por Belestar.

  • No, no… no sé…
  • Entonces por que no lo probamos, querida mía. Si tú quieres, seré tuyo para siempre.
  • Pero yo quiero formar una familia, como hicieron mis padres y, antes que ellos, mis abuelos. Y contigo… será dificil, ¿no crees?

Como contestación, Dollar soltó un tirante del vestido de Elisenda, que se deslizó por un costado, dejando un pecho de la moza al aire. Un pecho formado y pequeño, blanco como la nieve, coronado por un pezón color amanecer. Elisenda no se movió. Podría haber echado a correr, pero se dio cuenta de que no quería moverse de allí. Seguía perdida en la mirada de Dollar, en sus gandes y sinceras pupilas, y sintió la necesidad de acercarse más a él, de acariciar su cuello escamoso, de ser envuelta por sus finas alas y acariciada suavemente por las garras del dragón. Cuando se dio cuenta de que todo aquello estaba ocurriendo, de que se perdía en el abrazo de Dollar, de que llegaba finalmente al climax y resbalaban por sus mejillas lágrimas de felicidad, no se sorprendió en absoluto. Tenía que pasar, de alguna manera lo había sabido desde siempre, ella tenía que ser la Señora del Dragón.

Cuando los aldeanos les vieron volver con la cara arrebolada ella, y feliz la mirada, él, supieron lo que había ocurrido. Nadie se enfadó, por supuesto. Esa era la naturaleza de los aldeanos de Belestar.

La boda se celebró treinta días después a las puertas de la Iglesia y los festejos duraron tres días en los que no paró la música y se consumió abundante comida y bebida.

Elisenda vio morir a sus padres y a todos sus amigos antes de dar a luz un dragón pequeño y sonrosado. Era felíz de que el parto hubiera llegado.  Se le habían echo algo largos los cien años de gestación. Vio envejecer a todos, les atendió con cariño en la vejez y hasta el fin, acompañó y vio crecer a sus hijos y nietos. Dollar, siempre atento, trabajó duramente para que nada faltara nunca a su amada y colaboraba activamente en la provisión de las necesidades de la aldea.

Un día, Dollar y Elisenda se despidieron de todos y marcharon volando al Sur, seguidos de su pequeño vástago que aleteaba feliz de que le dejaran volar lejos y soltaba alegres bufidos fumantes de despedida.

 

Cuando llegaron las excavadoras, los habitantes de Belestar no supieron qué hacer. Nunca habían visto semejantes engendros mecánicos. Fueron muriendo sin descendencia en los siguientes años.

Hoy Belestar es  un complejo turístico con gran afluencia de gentes de todo el mundo.

Y nadie recuerda a Dollar y Elisenda, ni cuenta leyendas de dragones y príncipes.

La orda del Petróleo apenas se dio cuenta de su desaparición, para ellos los aldeanos no eran más que un estorbo, a pesar de lo mucho que se esforzaron en adaptarse a las normas de la nueva sociedad.

Dollar y Elisenda volaron tan al Sur, tanto, que jamás volvieron a saber de los hombres. Aunque llevaron en sus corazones el nombre de Belestar hasta el fin de sus días, muchísimos años después.

 

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