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3 min
En blanco y negro
Amor |
03.12.06
  • 4
  • 6
  • 1905
Sinopsis

      - ¿A qué te dedicas?
      - A escribir – Respondí. Me sorprendí exhalando aquellas palabras por primera vez. Escribir. Supongo que decidí hablarle de lo que siempre quise ser, omitiendo mis monótonas mañanas en la oficina, ocultándolas en el altillo de mi realidad.
      - Bello arte – Dispuso.
      Sonreí. Ciertamente, escribir era bello.
      Recuerdo la primera taza de café que acompañó nuestros silencios. La mía quemó mi lengua impaciente; la suya se enfrió callada, en un inocente intento de alargar las horas de aquella tarde.
      Siempre entrecerraba los ojos, como si quisiera hacer de su mirada algo aún más interesante. Y chasqueaba la lengua; nunca supe por qué. Observé su figura tantas veces, preguntándome ingenua de qué estaba hecho.
      Luego siempre marchaba a casa, sin decir nada; él nunca decía nada, pero yo aprendí a desmenuzar sus silencios. Fue sólo cuestión de tiempo.
      Alguna vez hizo algo para sorprenderme, algo con un extraño valor oculto en la comisura de su traviesa sonrisa. Quizá más que para demostrarme su amor, para demostrarse a sí mismo que era capaz de amar. Nunca supe.
      Fue tan amarga la despedida que apenas la recuerdo. La he olvidado por mediación de algún mecanismo de supervivencia que actúa en silencio, dentro de mi mente, empeñado en que no decaiga.
      Es increíble percibir cómo los días se acompañan, se hilan, se cruzan, se retuercen y se desgarran. Se ríen de ti y de tu manía de controlarlo todo. Recuerdo vagamente aquel día en que le vi caminar hacia el altar, tomando la mano de una mujer a la que no amaba, y entrecerrando de nuevo los ojos. Sé que percibía mi mirada perforando su nuca, desde aquella tercera fila en la que acomodaba mis lágrimas.
      Es tan sólo esa vieja fotografía donde aparece, clavándome los ojos sin más, que le dibuja tal y como yo le vi siempre; traza pensamientos sobre su rostro que recuerdo claramente, y recoge su mirada en aquel gesto que le desnudaba, que nos desnudaba a ambos, en un acto en el que él me penetraba hasta la médula, y que culminaba en un estallido que llegaba mucho más lejos, mucho más, que aquel gemido incompleto que nos desgarraba.
      Ella jamás le vio así, jamás le amó así, como se ama a quien se deja ir, como se llama en silencio a quien nunca ha estado.
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