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6 min
En busca de la caída del muro
Amor |
06.05.13
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Sinopsis

Un muro que nos ciega... y decirle adiós a la vida, lentamente. Lo pongo en amor, porque es lo que el protagonista pierde, pero porque es lo que le falta desde siempre, y porque en el fondo, todo, todo trata de tenerle amor a la vida, pero bien podría estar entre realistas, reflexiones o incluso en terror, dependiendo de lo alto del muro.

Gordon había estado hablando durante años. Tantísimos inviernos hablando sobre Platón, Aristoteles, Hegel, Marx, Nietzsche. Había dicho millones de palabras, millones de discursos, se decía. Y estaba a punto de cumplir cincuenta años, y pensaba: mi padre murió a los cincuenta años, solo, como moriré yo si muriera ahora.

Iba divagando durante todo lo largo de la noche, con un libro en la mano, pero tan solo pasando la vista por encima de las palabras, sin leer en verdad; pues el sueño le era lejano, y cuanto más pensaba en ello, más despierto estaba.

Y pensaba: tantísimos discursos he dado a muchachos a lo largo de tantísimos inviernos gélidos y tantísimas primaveras sembradoras. Y todavía no entiendo nada. 

Una sonrisa cínica le recorrió en la oscuridad, junto a un bufido apagado y quedo.

Y quizás, al fin, sea éso. Todos esos filósofos tan solo hablaban y hablaban sobre cosas que creían importantes, pero lo que realmente le importa a la gente, esas cosas no las dicen, son sus mayores secretos. Nadie desea demoler sus muros internos. ¡Joder, los erigieron para protegerse a si mismos de lo que más miedo les daba! Ninguno de ellos ha llegado hasta el fondo de una mierda! En realidad tan solo eran embusteros, embaucadores, pero no de esos de feria que te intentan vender un cacharro oxidado. Se embaucaban a si mismos, creyendo vez tras otra hurgar cada vez más hondo. 

Su cabeza daba vueltas por la oscuridad en busca de respuestas a preguntas que no se atrevía a formular. La respuesta en este caso, era la pregunta. Buscaba la pregunta que nunca se había atrevido a hacerse. No buscaba demoler su muro. Había andado durante años sobre el, sin darse cuenta. Y ahora buscaba mirarse a los pies, y ver de que sentimiento al que nunca le había dado nombre estaba hecho ese muro. No quería tirarlo abajo. No quería ser dueño de su propia anarquía. Tan solo quería ver su muro, saber de que estaban hechos sus impedimentos.

Y pensó en tantos años atrás: conferencias sobre el amor en la literatura humanista, Dante y Beatriz, Romeo y Julieta... tantos otros. Y al fin, un simple "era eso" le cruzó por la cabeza. Y se sintió ridículo al pensar que durante años había dado conferencias sobre amor a muchachos que no querían escucharle, eran demasiado jóvenes y apreciaban demasiado su tiempo como para querer oír a un vejestorio hablar sobre el amor. El amor no es el mismo para nosotros que para ti, Gordon, pensaba todo el auditorio conferencia tras conferencia.

Era eso, como un inútil no se había dado cuenta que tantas conferencias, tantos tratados, tantos artículos en revistas... y no sabía si había amado... nunca. Pero era sencillo: si no sabía si había amado, no había amado. O así se lo planteó él. El amor tenía que ser un sentimiento supremo, imposible de definir, pero potente, y ardiente, de una fuerza arrolladora. Quizás nadie lo pudiera describir fidedignamente, pero si llegaba, te alcanzaba con una fuerza arrolladora, y debía ser imparable, imposible no darse cuenta de tanto fragor...

Y es que a veces, musitó, ya derrumbado ante la idea de toda una vida de desperdicio, no nos damos cuenta de lo que son las emociones, los sentimientos. Intentamos definirlos sin llegar a comprender la imposibilidad de tal acto, los sentimientos se entremezclan y crean extrañas pócimas de inenarrables resultados... y yo aquí, a mi medio siglo, intentando darle valor a mi existencia, en busca de una definición, intentando dilucidar por que extraños caminos ando. Menudo estúpido soy, -se dijo- que sabré yo de los sentimientos... a cuantas mentes habré podido marcar con mis estupideces sobre los sentimientos más humanos... ellos tenían sentimientos de verdad y yo no hacía más que lanzarles mensajes contradictorios sobre como eran los sentimientos... estúpido de mí. Les decía cono tenían que ser las cosas, como tenían que querer. ¡Por Dios! Jamás he querido, y les decía como querer... debo de estar loco.

 

Por su mente pasaron como relámpagos las ideas, ante el espejo, de la ventana o el cuchillo, pero por suerte para él, una honda respiración le penetró hondo, aliviando su volcánica excitación ante tanta  verdad, tan trágicamente presentada en su mente. 

Al día siguiente no se presentó a clase. Ni al otro. Y cuando sus alumnos de literatura comparada ya le daban por perdido, se presentó a una única clase, y les dijo con una sinceridad que le resultaba incoherente hasta a él, que dejaría las clases, otro profesor le sustituiría en media semana. No dio motivos, pero dejó claro que algo no era como antes.

 

Meses más tarde se le vio trabajar en una cafetería, y por las noches, ya en una búsqueda constante, casi neurótica, se dedicaba, de una manera más tranquila, a bajar lentamente de su muro, y ya luego, decidiría como volarlo o como desgranarlo piedra a piedra, como desgranaba desde entonces en su cara una sonrisa, cada ve menos fría.

Y se decía que era curioso cómo su vida había pasado de ser grandilocuente a sencilla y como su pensamiento había tornado de estanco a eufórico en busca de una ruta, un paso, un levantamiento en armas de sus sentimientos.

Y no diré que no fueran habituales los cinismos consigo mismo y algún que otro auto boicot, pero desde luego, se prefería ahora, en busca del tiempo perdido, haciendo renacer viejas semillas de campos de ceniza, en busca de un grito en lo alto de un muro que cada día era menos un muro y más un recordatorio de todo aquello que se ha de dejar atrás.

 

 

 

 

 

Y en horas bajas de insomnio pienso 

Todos mentimos por un motivo u otro

y siempre se escapa la verdad más brillante

entre extraños rescoldos 

de nuestros muros extraños.

Y si me preguntan de que va todo esto

o si me preguntan de que va aquello

...

la respuesta última a todo

siempre acaba siendo la misma

una sola palabra

Vida

y me digo que lo he dicho todo:

he dicho amor, lucha, libertad, honor, fuerza, 

horizontes por desvelar

y muros de los que bajar.

...

tan solo busco la verdad primera

oculta tras los muros de mi corazón

como de los muros ajenos

para ver mi puesta de sol particular

y sonreír.

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