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6 min
EN BUSCA DE LA FEMINIDAD IDEAL 3
Históricos |
09.12.19
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Sinopsis

Cuando el cura salió de la habitación del enfermo por el que toda la familia sentía  un temor reverencial que era un hombre de expresión sombría, la señora de la casa llamada Enriqueta, que era una mujer rechoncha con el cabello entrecano recogido en un moño le preguntó mientras le servía una copa de vino dulce con unas galletas que éste las devoró con fruición; pues al parecer el eclesiástico pasaba hambre en su parroquia.

- ¿Qué tal le va Padre?

- Mal hija; muy mal. Los laicos quieren que hayan escuelas mixtas, y esto es provocar la lujuria entre los jóvenes. Porque ya se sabe. El hombre es fuego, y la mujer estopa; viene el diablo y sopla - respondió el cura.

-¡Ay sí, Padre! Así es.

- Pero lo peor de todo es que tengo compañeros que han sido amenazados de muerte por los enemigos de la Iglesia.

Pablo al escuchar aquella noticia del párroco quedó horrorizado. ¿Cómo podía ser que hubiese un colectivo de gente capaz de asesinar a unas personas que pensaran de un modo diferente a la de ellos?

-¡No me diga! ¡Que terrible! Usted cuídese Padre. Que tiempos estos. No sé adónde iremos a parar. Pero ahora sí que se oyen cosas raras - prosiguió Enriqueta-. Me han dicho unas amigas que han estado en Inglaterra, que allí hay mujeres que quieren votar en la política igual que los hombres. ¡Desde luego, son unas marimachos! Porque usted convendrá conmigo que el puesto de una mujer es pescar a un buen partido que la mantenga, y dedicarse al cuidado de la casa y de los hijos.

- Y tanto que sí, hija mía.

En cuanto al médico que se había pasado la noche en vela vigilando la evolución de la enfermedad del hermano de don Carlos, al fin anunció con regocijo que dicha dolencia había había hecho crisis. Es decir que Antonio el "oveja negra de la familia se había salvado.

Sucedía que al no haber ningún antibiótico, de cada diez enfermos de neumonía dos podían burlar a la "Señora de la Guadaña", pero el resto pasaba a mejor vida. Por tanto aquella feliz noticia la familia la interpretó como un milagro de la Providencia.

Después de tantas sorpresas Pablo de una vez por todas pudo conocer en persona a su ideal de mujer llamada Inés. Se la presentó el mismo don Carlos en una plazuela del barrio cuando se dirigían a una farmacia a comprar unos medicamentos para el convaleciente Antonio.

Ella era una fémina que rondaba los veintinueve años; morena, de piel blanca, la cual iba con un vestido de color bexe con encajes, y un pequeño sombrero del mismo color. Curiosamente a su lado la acompañaba una "carabina", que bien pudiera ser una amiga, o una prima que velaba por el decoro de la chica si la cortejaba algún pretendiente.

Pablo sintió un estremecimiento de emoción al saludar a aquella mujer.

Entretanto don Carlos se adentró en la farmacia dejando a solas al visitante con la distinguida dama; cosa que éste agradeció en su interior.

Entonces él aprovechó la ocasión y se atrevió a exponerle sus sentimientos.

- Verá Inés. Deseo decirle que desde que me enseñaron una foto suya, no he dejado de pensar en usted - le dijo Pablo a aquella mujer. Pues en aquellos años entre las personas de ambos sexos se hablaban de usted; del mismo modo que los jóvenes trataban a sus progenitores del mismo modo en señal de un formalismo respetuoso-. Quizás le parecerá una tontería, pero no lo puedo remediar. Creo que me he enamorado de usted perdidmente, porque advierto que a través de su belleza; de su mirada limpia y cristalina, asoma una alma noble y cálida. Por eso le pido que me permita verla con regularidad.

La "carabina" que era una mujer sin ningún atractivo se reía por debajo de su nariz.

- Bueno, hombre. La verdad es que me desconcierta usted. Es muy galante, y agradezco el interés que siente por mi. Pero ya nos iremos viendo por aquí - le respondió ella con vaguedad.

- Ya. Sepa que yo puedo hacerla feliz - insistió Pablo un poco descorozonado.

Y acto seguido llevado por un impulso, ya que no estaba acostumbrado a ir con tantos remilgos para acercarse a una mujer, la tomó de una mano  a la vez que la besó apasionadamente en los labios.

Inés lo miró con un despidado enojo, y le arreó un sonado bofetón.

Aquel tipo había transguedido las buenas formas que regían en la sociedad, y esto no se podía consentir. Ya se quejaría ella a don Carlos y a su mujer Enriqueta para que pusieran a caldo a aquel desvergonzado.

-¡Oh. Es usted un sinvergüenza sin ninguna educación! Es sin duda un hombre extraño que no me conviene en absoluto - le increpó ella con dureza-. Pero además le debo aclarar que por ahora no me interesa estar con ningún hombre.

 Inés dio media vuelta para alejarse del visitante, dejando unos pasos atrás a la "carabina" y ésta le susurró a éste:

- Discúlpela usted señor. Es que mi amiga es frígida, y con todos los hombres hace igual.

 Era evidente que la idealización de Pablo de aquella época se había roto como un jarrón al caer al suelo. El hecho era que a pesar de los pesares él no podía prescindir de ser hijo de su tiempo histórico, y le pesaba en el ánimo aquel ambiente tan cerrado, y tan intolerante. El concepto del respeto social que él buscaba era más una cuestión de apariencias; un anhelo que una realidad que nunca se llegaba a cumplir. Pues una cosa es lo que nos imaginamos de una situación, de una persona, o de una época y otra dicha situación vista de cerca es algo muy distinto de lo que hemos soñado. Por tanto el decepcionado Pablo decidió regresar a su presente actual.

Sin embargo cuando se dispuso a hallar la fisura del espacio-tiempo se apercibió que ésta fatalmente se había cerrado constituyendo un "horizonte temporal" - un límite-, dejándole a él atrapado en un bucle dentro de aquel principio del siglo XX, y el hombre volvió a oir la explosión de la bomba en las ramblas de las Fores, porque los acontecimientos se volvían a repetir en aquel círculo histórico. "¡Quiero salir de aquíii!" - gritó él inutilmente en un lugar perdido de la playa desierta de Barcelona.

Y es que Pablo tenía que haber comrendido que la evolución de la conciencia humana se circunscribe en un lento, muy lento y enrevesado despertar.

 

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