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4 min
En el desván
Reales |
12.05.09
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Sinopsis


Esa mañana se había despertado empapado de sudor, agitándose entre las sábanas: había tenido un sueño extraño, una pesadilla. Y al volver en sí, vio como en aquellas cuatro paredes desfilaban sus recuerdos y los seres que conocía y amaba: el sol nadando entre los árboles del jardín, la familia, los pequeños, y el desván en el segundo piso. Retuvo con su mano el pomo de la puerta y sosteniendo esas rebeldes lágrimas, tiró para sí. Las bisagras gimieron, cuando empujó el carcomido batiente y la presión de la oscuridad le hizo retroceder un paso. Así, descubrió el oso de peluche de antaño, los montones de trapos, las cuerdas, la antigua mesa del comedor y una silla, tendida de espaldas, elevando al aire su única pata.

Un canto de pájaro se había filtrado por el tragaluz, reteniendo su atención. Quiso verlo más de cerca, alcanzar con sus manos esa avecilla apoyada al quicio del ventanuco, pero al saltar le falló el suelo bajo sus pies. El agudo escozor de sus dedos pillados le había cegado con un dolor que no le sorprendió cuando al recobrar el ánimo, se encontró caído en el suelo. Se había preguntado por qué las lágrimas empezaban a surcar sus mejillas, cuando en realidad no lloraba; y cómo percibía con precisión el temblor de piernas, sino no tenía nada de miedo.

Fue entonces cuando oyó voces procedentes del piso inferior de la casa. Quería llegar allí, y aunque aún le faltaba lo peor: esa escalera empinada, sabía que la barandilla podría controlar sus pasos. Hacia la mitad de ese tramo, sus piernas temblaron de forma que se apoyó en la baranda, repitiendo en voz baja: “¿Quién se atreve a decir que tienes miedo?” Con paso pesado, llegó abajo. Unos lamentos tenues de voces rodeaban el salón principal, rostros ocupando los sillones, alrededor de la mesa del comedor. “Mis lágrimas fluyen solas –pensó- pero yo no lloro”.

- Hijos míos –dijo un hombre de pie en extremo de la mesa y revestido con todas las pompas y solemnidades religiosas- nos ha abandonado para irse a un mundo mejor.

Todo el mundo se asustaba de la muerte porque ya no verá nada, ya no sucederá nada más, se producirá un silencio completo. Pero él sabía que tal muerte era imposible. Todo proseguía como antes, con la sola diferencia de que se veía bajo la forma de una burbuja, transparente.

- Allí donde ahora se encuentra es feliz y estoy seguro de que no aparta la mirada de nosotros. – Continuó diciendo.

Sentado en el sofá del comedor, pero invisible, sintió que unas lágrimas también invisibles fluían de sus ojos, unos pequeños gestos inaudibles para todos los oídos que no fuesen los suyos. La mañana siguiente volvió a despertarse entre las sábanas de su habitación, pero no encontró a nadie. Como el resto de las mañanas. Siempre la misma sensación: sentirse la misma cosa que aquella silla rota, el osito de felpa, la antigua mesa o los montones de trapos. Quizás las personas acababan como acaban los objetos. Ni suplicio, ni tormento: solamente en el desván.

- Este momento le ha sido patrocinado por Cacerolas Cocinex. En nombre de todo el equipo, les agradecemos a nuestros radioyentes la fidelidad al seguirnos cada tarde su novela favorita. Ahora pasamos la emisión a los estudios centrales, con la programación de música clásica, a cargo de la Sinfónica de Berlín…

- Rosita, apaga la radio.

La voz del locutor se fue silenciando en aquella cocina en donde la señora de la casa y la asistenta se habían reunida para la cita diaria de la novela radiofónica. Luego, volverían a sus tareas cotidianas.

- ¿Se imagina, señora, acabar de este modo?
- No haga mucha caso, Rosita, y vuelva al trabajo.

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  • jeje...tengo un relato parecido....esta muy simpatico esos de crear un ambiente determinado para despues radicalmente volar hacia el sentido opuesto....
    jajaja, qué finalazo le has dado. Me encantó :)
    Me ha encantado ese giro final y la forma de escribir. Quién podría imaginarse que al final la historia tomaba esos derroteros. Besos.
    me ha gustado mucho, ha sido bastante entretenido y el final lo menos esperado, pero sin duda es lo mejor que podía imaginar. un saludo
    Que bueno, el final ha sido genial
    jajaja, lo último que yo esperaba era ese final. Muy bueno.
    Jajajajaja, vaya parece que todos estaís esta semana de buen humor, me alegro mucho... porque esto es como contagiarselo unos a otros, mejor eso que la gripe por... en fin no quiero ni nombrarla... pues eso, que siga el buen humor por aquí... encantada de leerte compañero. Un beso.
    me ha gustado ese toque final una historia muy entretenida k m ha tenido enganchado hasta el final un abrazo compañero
  • ¿Quién es el cazador y quién, la presa?

    Un escritor, acostumbrado a lidiar con el terror en la literatura, conocerá la sensación del miedo; aunque todo sea un McGuffin.

    Viajamos a Turquía de finales del XIX para acompañar a nuestros personajes por este pequeño periplo.

    Seguramente tengamos todos nuestros héroes más o menos preferidos, no tienen porque ser cinematográficos, ni imaginarios. Nuestra cotidianidad nos dan héroes que resultan anónimos, ahora sobre todo que ese personaje está tan desmitificado. A mí me gustan los héroes de siempre, los que luchan contra adversidades casi insalvalbles o los que salen de la realidad. Y estos son algunos de los momentos que me han llamado más la atención de los cinematográficos.

    En este viaje de Tokio a Turquía, conoceremos a nuevos protagonistas. Es como esas historias que cuentan un misma trama, desde el punto de visto de más de un personaje.

    Los dos mundos. En una ciudad conviven dos clases de personas, apenas coinciden unas y otras, y muchas menos son las veces que se comprenden. Pero ambas terminan por necesitarse, mutuamente.

    Se ha conocido recientemente que Concha Piquer, esa grande de nuestra copla que emigró a los EEUU, protagonizo la primera película sonora de la historia. Quizás, esto escueza algo a los puristas de Hollywood: ni fue en inglés ni sobre un icono cultural, propiamente americano.

    Esta pequeña entrega es un imprevisto, se aparta de la historia, para hacer tiempo y dedicarme a revisar la rigurosidad histórica del resto. Se lo dedico, por tanto, a Lázaro y espero que -como esta bagatela- sepa tomárselo con humor. Una forma de observar el optimismo y la autoestima, que en los tiempos que corren seguro que sigue teniendo su vigencia. Un saludo a todos.

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