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3 min
En el lugar prohibido
Varios |
18.09.06
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Sinopsis


La parte trasera del edificio del parvulario nos estaba prohibida. Los juegos, fuesen cuáles fuesen, debían hacerse siempre en el área de juegos de la parte anterior, dónde los profesores podían controlarnos de un solo vistazo.
Pero la parte posterior no estaba protegida por vallas ni puertas, sólo por palabras, por admoniciones y amenazas de castigos. Cruzar o no aquella línea decía más del carácter de un niño que cualquier informe del psicólogo del colegio. En el caso de mis más íntimos amigos la verdadera tentación no era si no la de transgredir la prohibición y era por ello por lo que, invariablemente, elegíamos aquel lugar para jugar al escondite. No eran los mismos motivos los que me llevaban a mí a hacerlo. Sí, entraba también con ellos –la fidelidad a los amigos es la más importante lección de esa edad-, pero prefería hacerlo solo.
Había algo sombrío en aquella zona ajardinada. Los ruidos llegaban allí muy matizados y no me era posible dejar de percibir una desconocida sensación de soledad. No eran muchos ni largos, bien es verdad, los momentos en que me era posible realizar estos “retiros”, pero un día –las circunstancias no vienen al caso-, dispuse, nada menos, que de toda una media hora.
Entré con paso lento y procurando hacer el menor ruido, pues el lugar parecía imponerlo, en aquella media tarde de primavera. Quieto, en lo que sería aproximadamente su centro, permanecí lo que calculo sería la mitad del tiempo a mi disposición. Entonces lo noté. Un silencio total, una quietud completa. Algo que abarcaba, no sólo al jardín que me circundaba, si no también todo mi ser. No pugné contra ello, no durante los primeros instantes. Pero ahora una palabra parecía brotar desde lo más hondo de mi persona, una respuesta desconocida a la terrible pregunta que parecía buscarme desde más allá, desde todo aquello que no era el niño pequeño en el centro de un jardín. Entonces, un segundo antes de que pregunta y respuesta se alcanzaran, chillé para acallarlas. Y corrí, corrí para huir de aquel lugar que ya nunca más pisaría, hacia los compañeros, hacia los profesores, hacia el mundo conocido. No he parado de correr desde entonces.
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