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11 min
En mi bosque
Varios |
11.05.18
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Sinopsis

Hay situaciones que te obligan a recorrer paisajes difíciles...

Dejé la camisa en el piso, y me miré al espejo, tembloroso…    

Cava –decía la voz a mis espaldas, y la misma palabra nacía de mi boca al unísono, como parte de un reflejo incontrolable.

El caer de la pala sobre la tierra húmeda se encontraba con el cantar de las aves del crepúsculo. Por más que miraba, no lograba dar con las fuentes de aquellos trinos, ni con ninguna otra criatura viviente; era como si los habitantes del bosque me observaran ocultos desde las ramas. Las copas de los árboles se llevaban casi toda la luz del atardecer, y sólo algunos rayos difusos llegaban a encontrarse conmigo. Había algo ambiguo en el ambiente que me mantenía en un estado de intranquilidad permanente.

Cava –dijimos nuevamente, y el nudo en mi garganta se hizo más presente cuando sentí en la nuca el frío que emanaba de aquel ser. No podía verlo, pero lo percibía detrás de mí, observándome a cada instante. Su presencia era casi palpable; frágil y aplastante a la vez, se pegaba a mi como el sudor helado que cubría mi torso. 

Temblé por dentro cuando por fin di con la gruesa capa de cristal que perseguía mi pala. Ansioso, me lancé a remover el exceso de tierra que la cubría, para luego arrodillarme y observar mi maltrecho tesoro: una vez más, me vi a mi mismo detrás de la barrera transparente; una vez más, vi ese rostro aterrado y lleno de dolor; una vez más, rompí en llanto sobre mis propios restos.

–¡Maldito cobarde! –gritamos furiosos.

Decididamente harto, solté la pala y comencé a correr, buscando alejarme de aquella visión funesta. Mientras me perdía entre los árboles, oleadas de desesperación cruzaban mi mente al imaginar el momento en que la presencia volvería a caer sobre mí; en esas circunstancias, su reacción me era más que incierta.

El esfuerzo fue demasiado, me dejé caer por fin sobre la hierba húmeda. Nada parecía haber cambiado; los árboles aún devoraban el cielo, y la luz del atardecer mantenía un aire perturbador, casi tenebroso. Tendido y agitado me pareció escuchar risas a lo lejos. Giré la cabeza hacia un costado, mirando en la dirección de aquel sonido difuso. Aunque no podía distinguirlos bien por la distancia, sentía la profunda certeza de que esos gritos juguetones provenían de los niños que veía a diario: vecinos, compañeros de clase, hijos de amigas de mi madre…Me perdí un rato viéndolos conectar a través de las carcajadas, los empujones y las bromas suaves. Jugaban a la pelota, saltaban la cuerda, se perseguían, conversaban animados sobre el pasto en un ambiente cálido y distendido; parecía como si nos encontráramos en mundos distintos. Ese último pensamiento me llevó de vuelta a mi pequeño paraje entre los árboles, donde las ramas miraban con malicia, y la tierra susurraba cosas oscuras. “Esta vez podría ser diferente” me dije, sabiendo que mi juicio no era del todo confiable. Me armé de valor para acercarme, embobado por el brillo de aquella escena lejana. 

Una vez de pie, comencé a caminar al tiempo que temblaba de ansiedad. Fui acelerando el paso, mirando sobre mi hombro cada cierto tiempo de forma casi automática, buscando reconfirmar que mi sensación de ser perseguido era ilusoria.  Caminé, troté y corrí, tanto que me pareció estar cazando un espejismo. Por mucho que avanzaba, la imagen en la lejanía mantenía su tamaño. Arbustos, árboles y troncos caídos pasaban como manchas cada vez menos definidas por mi campo de visión a medida que mi enajenación aumentaba.

Mientras mis pies golpeaban los pastos, sentí un quiebre repentino y disminuí la velocidad con cautela. Las risas comenzaron a acallarse y los movimientos se fueron deteniendo con cada uno de mis pasos. Noté que por fin empezaba a acercarme a ese campo de juegos escondido. El grupo detuvo sus actividades y se concentró en un solo lugar; los gritos se convirtieron en murmullos. Mi corazón se aceleró…Ahora la pequeña multitud se sentía hermética, impenetrable. Ninguno me miraba, ninguno me dirigía la palabra, pero no me cabía duda de que era real el rechazo que sentía. Me quedé paralizado, inhibido como en todas mis pesadillas diurnas y nocturnas. De a poco me forcé a reaccionar, y apenas pude, volví a escapar. Corrí sin pensar hacia dónde; corrí hasta que volvieron a sonar las risas y luego se desvanecieron en medio del follaje.

Las copas de los árboles se encontraban cada vez más cerca de mi cabeza en esta nueva ruta, y la visibilidad empeoraba con cada zancada. Llegado un punto tuve que esforzarme para no tropezar con las raíces que apenas podía distinguir, y mantener la cabeza gacha para no darme de cara con la baja vegetación. Sin ánimos de darme la vuelta a pesar de las crecientes dificultades, seguí andando, enterrando mis miedos donde no pudieran encontrarme. Cuando el sendero me forzó a gatear divisé por fin una salida, unos treinta metros más adelante. El arco de tupidos brotes estaba bañado por una luz de un rojo casi antinatural; no lograba imaginar que clase de cielo podría producir un resplandor tal.

Sucio y magullado, emergí de entre las hojas, poniéndome de pie como podía, mientras me acostumbraba al cambio de iluminación. Cuando por fin logré estar erguido, miré hacia arriba, y apenas conseguí creer lo que veía: era como si el cielo sangrara, y las nubes contuvieran la hemorragia; el matiz era opaco por la proximidad del anochecer. Me hallaba en un amplio claro, perfectamente circular, y en su centro, cómodamente sentada en su butaca de lectura, se encontraba mi madre.

 –Acércate –dijo ella con voz afable. 

Como era usual, fui a su encuentro arrastrando los pies, retrasando lo inevitable.

–Ven, siéntate conmigo. –Golpeó dos veces su pierna derecha mientras me sonreía.  

Notó mi estado de tensión y me acercó con suavidad hacia ella, llevándome a su regazo. Con una mano, sostenía mi muñeca izquierda, y con la otra, acariciaba mi pelo. De a poco, aunque luchara contra ello, empecé a ceder, sintiendo en el fondo que era mi única escapatoria; no tenía otro lugar al que llevar mi angustia.

–Te he estado esperando, ¿sabes? –dijo cariñosamente, mientras masajeaba mi antebrazo con los dedos. 

Con cada oración, mis defensas caían un poco más. Me mantuve silencioso, pues sabía que mis palabras no eran requeridas. 

–Veo claramente que te duele hijo, tus ojos me lo gritan. Sabes que conmigo no necesitas esforzarte; yo de ti conozco hasta el más pequeño de los detalles. -Se tomó un tiempo para mirarme de arriba a abajo–. Lo que no logro entender, es por qué te sigues exponiendo a ser dañado. ¿Qué es lo que buscas en ellos? Espero que no estés olvidando que sigo aquí, rebosante de amor- dijo abrazándome, mientras miraba hacia el cielo, impregnándose de rojo.

–Sabes mejor que yo que no eres capaz de aguantar la realidad. Por mucho que lo intentes, terminas escapando ante la más mínima posibilidad de salir herido, y eso lo entiendo perfectamente bien; no hace más que dejar en claro tu gran sensatez.

Me reacomodé nervioso sobre sus piernas, y ella reaccionó agarrando mi brazo con más fuerza.

–Te alejas de mí, pero no hay nadie que te reciba. Para ellos estás vacío; casi tanto como tú te sientes a ti mismo. No eres capaz de construir el puente más insignificante, ¿sabes por qué? –A esas alturas mi rostro debía haber perdido todo color. –Porque no tienes nada que entregar, nada que ellos puedan valorar al menos –dijo ligeramente exaltada. –En cambio yo adoro cada rincón de tu ser, sin necesidad de que hagas un solo sonido, ¿No es eso una maravilla?

A pesar de que me miraba directamente, su cara seguía teñida con el color del mutilado anochecer. Su agarre empezaba a doler.

–No quiero que...

De repente, se giró hacia el bosque.

–Algo viene –dijo nuevamente calmada.

También lo había notado, el bosque se veía inusualmente agitado por esa zona. De improviso, empecé a sudar copiosamente, y antes de llegar a preguntarme el motivo, identifiqué ese frío y ese peso tan familiares, que me abrazaban ya desde la distancia sin avisar. 

Siempre tranquila, mi madre me hizo a un lado, y luego de acariciar mi frente, se dirigió lentamente hacia los árboles, desapareciendo entre ellos.  

Me acomodé en la butaca, haciendo un ovillo, sintiéndome más pequeño que nunca. Cerré los ojos con fuerza y traté de no poner atención al creciente ruido de movimiento de hojas, que aumentaba tan rápido como mis propios latidos. Los segundos pasaban, y mi ansiedad crecía al son de los tambores. Apreté las rodillas contra mi pecho hasta que ya no me era posible comprimirme más. 

Finalmente, escuché a aquel ser emerger de la espesura, y a continuación el silencio fue total.  Sentí como su esencia se dispersaba por el claro al momento de entrar; ahora me rodeaba y giraba en torno a mí.

En ese instante, se levantó todo el peso que mis hombros sostenían, y ese frío pegajoso dio paso a una tibieza de ensueño. Me levanté sintiéndome renovado y resuelto. Aquello me instó a mirar hacia arriba. Las nubes rojas se hicieron a un lado a una velocidad imposible, dando paso a un cielo sin luna cargado de estrellas. Llené mis pulmones de aire fresco, mientras disfrutaba mi paisaje favorito en el mundo. 

Cava –dijo el viento, y yo me le uní. 

Sin pensarlo dos veces, me volví hacia el centro del claro, donde en lugar de la butaca, había una pala clavada en la tierra. La tomé con ambas manos y me entregué a la tarea que tantas veces había sido incapaz de completar.

Me llené del olor de la hierba húmeda y di la primera palada ahí donde la herramienta había dejado su marca. Aproveché mi inédita determinación avanzando sin detenerme, ignorando el asentado cansancio y las múltiples heridas. Continué lanzando tierra por sobre mi hombro, mientras la brisa que no era brisa danzaba a mi alrededor, tan expectante como yo.

No había ninguna tensión esta vez; mis movimientos eran fluidos y confiados. Seguí sin permitir que esa seguridad se desvaneciera, y más temprano que tarde, sentí el rebote de la pala. Terminé de soltar la tierra y me arrodillé pausadamente para hacerla a un lado con las manos. Me encontré con el abdomen, y seguí despejando el cristal abriéndome paso hacia la cabeza. Ahí estaba el rostro, mi rostro, sereno como nunca antes lo había visto, como si perteneciera a alguien que flota de espaldas en un lago sin ninguna preocupación en el mundo. Incrédulo ante lo que veía, no supe cómo reaccionar, y en ese lapso sentí un dolor punzante que cruzó mi antebrazo izquierdo. 

Cuando comprendí lo que estaba ocurriendo, toda la determinación que me había impulsado se desvaneció, y descolocado, volví a revisar el sepulcro. Para mi sorpresa, detrás del cristal no había nada. Sin saber que pasaría a continuación comencé a respirar muy agitadamente, entrando en pánico. De a poco mis fuerzas me fueron abandonando mientras rodaba desesperado sobre el cristal, hasta que terminé por perder la conciencia.

Cuando desperté, sintiéndome aún más debilitado, me encontraba detrás de la barrera cristalina, donde estuviera mi doble hasta hace unos momentos atrás. La presencia se había concentrado a la derecha del sepulcro, como contemplando mi entierro.  Mi conciencia oscilaba, desprendiéndose de su entorno.

Miré hacia el cielo nocturno; repasé el techo blanco del baño otra vez. Apreté la tierra con las manos; sentí las baldosas y el flujo de sangre caliente con las palmas. Giré la cabeza hacia mi silencioso observador; noté una mano de mi madre sobre el pecho, y la otra presionando un paño sobre la herida para detener el sangrado. Ambas manos le temblaban, y ella lloraba desesperada. La miré inexpresivo, y me desvanecí.

 

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