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13 min
En un pestañeo
Suspense |
08.06.19
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Sinopsis

Una chica se despierta una mañana como cualquier otra, pero pronto se da cuenta que algo no anda bien, su bulliciosa casa y su concurrida calle parecen vacías.

En un pestañeo…

Esa mañana como todos los días me desperté temprano; pero algo se sintió diferente. Normalmente oigo mucho griterío en el primer piso: mi madre llamándome para desayunar, mi hermano buscando sus cosas para el colegio y mi padre encendiendo el auto. Esta vez había solo silencio. Pero no ese silencio de cuando no hay nadie en casa y puedes andar en ropa interior sin que tu papá te grite o tu hermanito de 8 años comience a reír. Era un silencio que me hacía sentir sorda.

Me tomó algunos segundos darme cuenta de que era más de las 8 y estaba retrasada para ir a la universidad. De un brinco me puse de pie y caminé en dirección a la ventana de mi habitación, corrí las cortinas, destrabé la panilla y la abrí de par en par. Asomé la cabeza hacia afuera y dirigí mi vista hacia abajo, al jardín de la fachada; el auto de papá seguía ahí sobre los rieles de ladrillo que atravesaban el césped desde la vereda. Fue extraño, normalmente a esta hora papá ya no está. Inconscientemente fruncí el ceño, sentí algo raro.

—¡Mama! —grite saliendo al pasillo.

Nadie me respondió. Me dirigí al final del pasillo, a mi derecha; la habitación de mi hermano estaba abierta, pero él no estaba; y tampoco estaba en el baño, la puerta estaba abierta. La habitación de mis padres estaba cerrada, toque unas veces y me tome la libertad de abrirla; pero tampoco había nadie ahí. Retrocedí unos pasos hasta el rellano, donde comienza la escalera, y bajé unos escalones. Me asome por encima del barandal y llame nuevamente, pero solo oí mi propia voz.

Regresé sobre mis pasos y recorrí el pasillo a paso lento. Pensaba en lo que puso suceder: seguro el tonto de mi hermano se despertó tarde y tuvieron que irse rápido y papá no logró encender el auto y a él no le gusta llegar tarde... Y pues ya estoy grande para que mamá me despierte de todas formas. Todas esas hipótesis de desecharon cuando al introducir mi cabeza a la habitación de mi hermano vi su mochila ahí, y aunque no es que tenga solo una, dentro estaban sus libros.

¿Habrá pasado algo que no me entere?, pensaba en silencio.

Fue extraño, pero al final no era problema mío si olvidaba sus cosas.

Volví a mi habitación y cogí mi teléfono que estaba donde lo había dejado, sobre mi mesa de noche. Cliqué dos veces en la pantalla y espere más de lo normal, y nuevamente clique, ya con el ceño fruncido y un gesto de confusión.

—Ya se jodió esta cosa... —murmuré—. Lo deje en 80% antes de dormir.

Cogí el cargador que estaba a un lado, cerda de mi lámpara, y lo conecté. Pero la pantalla del celular no encendía. Raro, pensé.

—¡Papá! —grite nuevamente—¡¿No hay luz?! —Dirigí la vista a la puerta, esperando una respuesta. Silencio y más silencio.

Me puse mis pantuflas y me desperecé.

Volví a la ventana y me asomé la cabeza nuevamente. Esta vez dirigí la mirada a la calle, vivía en una calle angosta y frente a mí, a no más de 10 metros, había una casa igual de alta.

—¡Señora, Ana! —grite en busca de alguna respuesta.

 La vieja señora siempre estaba en su jardín a esta hora, y si no era así solía estar en su habitación, que está inconvenientemente frente a la mía; pero esta vez parecía que no estaba en casa. Y cuando lo pensé bien, tampoco había nadie en toda la calle. Siendo la hora que era sabía que debía haber al menos unas cuantas personas transitando por aquí.

Baje las escaleras al primer piso y busque entre las estancias alguna señal de mi familia. No había nadie. En la cocina estaba servida una taza de café y unas tostadas. Toque la taza y se sentía tibia. En la sala tampoco había señal de mi familia ni en el pasillo que conduce a la lavandería y al comedor.

Me dirigí a la puerta y estaba cerrada. Dirigí la mirada al perchero, a mi izquierda sobre la pared, cerca de la puerta. Ahí estaban colgadas las tres llaves: la mía, la de mamá y la de papá. ¿Cómo cerraron desde fuera?, pensé.

Cogí mis llaves y abrí. Era obvio que en mi casa no había nadie, y no era una casa lo suficientemente grande como para que alguien pueda esconderse y menos a estas horas solo para jugar una broma. Tiene que haber pasado algo.

Me acerque al carro de papá, estaba estacionado ahí como siempre al lado de la casa. Avance hasta la acera a través del empedrado que comunica mi entrada con la acerca. Jugaba con las llaves entre mis dedos, debo aceptar que me sentía algo nerviosa. Era como si en toda la calle no hubiera nada más que el silencio y yo.

Levante a mirada al cielo, estaba claro y limpio, casi sin nubes, corría algo de viento cálido de esta época del año. Todo parecía normal.

Avance a por la izquierda en dirección a la intersección de Calle Roma, mi calle, con Las Flores. Me detuve ahí en la esquina y solo encontré silencio, de esquina a esquina, a lo largo de la calle las flores no había alma alguna. Seguí avanzando siguiendo la calle roma, seguí mi ruta normal en dirección a la avenida St. Federico, donde cojo el bus para la universidad. Atreve 3 calles más, siguiendo la curva de mí ya conocida calle de toda la vida, pero no encontré vecinos regando sus jardines, barriendo sus entradas, autos pasando, solo encontré silencio. Era como estar en un pueblo fantasma.

Inconscientemente se me escapó una risa.

¿Es que esto es una especie de sueño?, pensé, tratando de ser lógica. Si lo pensaba mucho cualquier explicación se reducía a lo imposible.

Casi sin darme cuenta llegue a la avenida. Quede perpleja. Era un escenario casi post apocalíptico. En ese momento me di cuenta de que algo muy raro estaba sucediendo. Había autobuses y autos, pero estaban detenidos, vacíos, y no en posiciones adecuadas. Estaban en media calle, algunos demasiado pegados. Aun así, no había un solo ser humano en toda la avenida. St. Federico es una avenida muy transitada, es una avenida amplia con dos calzadas, de doble carril, y una mediana angosta entre ellas que las dividía y adornada con pequeños arbolitos. Crucé a la calle del frente, instintivamente por el cruce peatonal, donde estaba mi paradero habitual.

En ese lado de la avenida estaba estacionado el bus que cojo a diario: el R-33, se encontraba subido a la acerca, había chocado contra el poste en frente de la panadería. En el interior no había nadie. Fue una sensación difícil de describir, sentí algo de intriga diría yo, tal vez algo de angustia, no lo sé.

Regresé sobre mis pasos, en dirección a Calle Roma. Algo me hizo detenerme en la bocacalle, al lado del letrero de señalización, me pareció escuchar a alguien. ¡Si, era una voz!, pensé. me di media vuelta y avancé unos pasos sobre la calzada de la avenida y miré a mi alrededor.

—¡Hola! —grité.

Pero no me dieron respuesta.

Giré a mi derecha, y me pareció ver a alguien a lo lejos. ¡Si, era alguien! Había alguien a lo lejos, ¿era el quien gritaba?

—¡¡Hey, aquí‼ —le grité y crucé la calle y corrí avenida abajo.

No podía verlo bien, no traía mis lentes y me costaba ver de lejos.

Pronto ya no lo vi más. Me detuve ahí jadeando. ¿Dónde se fue? Estaba ahí.

Caminé hasta el final de la cuadra, me detuve ahí en la cafetería de la esquina, estaba abierta.

—¡Hola! ¡¿Estás aquí?! —No respondieron y no quise entrar tampoco.

A mi derecha, la calle Granados, vacía también. Autos en plena calle, vacíos, silencio. Era ensordecedor, angustiante. Nunca había sentido mi vecindario tan grande.

Sentí angustia. ¿Dónde han ido todos?, pensé. Regresé de vuelta a casa, corriendo corrí y corrí. Solo quería volver a mi casa.

Regresé a mi calle, comencé a sentirme mareada, sola, fría.

Camine a paso lento, tratando de analizar la situación, si algo me enseño papá es a mantener la calma en situaciones desconocidas. No serviría de nada asustarme, todo esto debe tener una respuesta lógica, simple y pronto se solucionará. Crucé la calle Praderos y cuando había dado quizá 3 pasosos por la acerca escuche un grito. Claro y cercano, aunque con el silencio de las calles podría estar en la avenida.

—¡Ayuda! —Escuche nuevamente.

Giré sobre mi lugar tratando de encontrar de dónde provenía aquel grito.

—¡Holaaaaa! —respondí llevando mis manos alrededor de mi boca.

Regresé a la esquina, tras de mí y giré a la derecha. ¡Alguien! Había alguien ahí, a lo lejos, al final de la cuadra.  Era una chica, no podía verla con claridad, pero era evidente. Le alce la mano, sacudiéndola —. ¡¡Holaaaa‼ —Sonreí sin darme cuenta, se sintió bien ver a alguien más.

Tan pronto me vio corrió en mi dirección, como si la siguiera la misma muerte. Incluso me hizo retroceder unos pasos, en el fondo esperaba que no fuera un zombi. Al estar a unos metros de mí se detuvo de golpe, su cuerpo siguió avanzando un par de pasos.

—¡Ayúdame! —dijo jadeando y con los ojos humedecidos—. ¡Mis padres, mis vecinos todos se han ido! ¡Me desperté y no había nadie, nadie! ¡He ido a la avenida, al parque, he tocado puertas y no hay nadie!

—Cálmate... —le dice sujetándola de los hombros y tratando de mostrar tranquilidad—, mi familia tampoco está. Yo vino aquí en esta cuadra a unas casas. No tengo idea de que ha pasado.

—¡Se van! ¡Se van! —repetía. Podía sentir su cuerpo temblar mientras la sujetaba. No era más grande que yo tal vez tendría 17 quizá 18. Creo que la vi alguna vez en el paradero. Sus ojos estaban enrojecidos, evidentemente asustada y muy agitada, jadeaba y casi podía escuchar su corazón martillando.

—¿Se van? ¿Cómo que se van? —fruncí el ceño y traté de entender.

—¡En la televisión! ¡En la televisión lo vi ayer! ¡dijeron que habían desaparecido ciudades enteras, y solo habían quedado unas pocas personas! —Comencé a pensar que no estaba en sus cabales, pero por otro lado no la podía culpar—. ¡Nadie les creyó; pero pasó otra vez y se fueron todos! ¡Yo lo vi, lo vi!

—¿Qué viste? Tranquila… te dará un ataque…

—¡Vi a una mujer en la calle! ¡Se fue! ¡Se fue en un pestañeo! —Eso me hizo pensar en la persona que vi en la avenida; pero… no… no era posible.

Lo que decía aquella chica me pareció tan inverosímil. ¿Cómo de la nada va a desaparecer tanta gente?, aunque por otra parte no había nadie más que aquella chica y yo por los alrededores. Y esta maldita sensación de angustia que me recorría mi cuerpo, y que no podía controlar. No me había percatado, pero estaba temblando también yo.

—Debe haber alguna explicación —le dije—, tal vez... —Juro que pensé en dar una explicación que no sonara estúpida en mi cabeza, pero no podía. Me habré quedado pensando demasiado tiempo, pues ella me interrumpió.

—¡Debemos irnos! —me dijo zafándose de mis manos y retrocediendo un par de pasos—. ¡Hay que irnos de una vez! O nosotras...

No era posible.

Retrocedí yo ahora unos cuantos pasos.

No podía creerlo, no había parpadeando siquiera cuando aquella joven simplemente se fue, desapareció como si nunca hubiera estado delante mío.

Todo mi cuerpo templo, lleve mis manos hacia mi boca, mis ojos no pudieron abrirse más, mi corazón latía con fuerza y sentía mucho frio. Simplemente me di media vuelta y doble la esquina rumbo a mi casa. Caminé lentamente, como huyendo de algo que no te oye, no te ve, pero no quieres que sepa que estás ahí. No miré atrás, traté de no pensar en nada.

Mi respiración se agitaba a cada paso, se hacía irregular. Tenía ganas de llorar, pero no lo hacía, me atragantaba con ese nudo que tenía en la garganta. A cada paso el silencio parecía aún más ensordecedor, incluso mis pisadas parecían perder peso y sonido. Era pánico sentía pánico. ¡Ella desapareció frente a mis ojos!, me dije, repasando en mi mente aquel momento. Era imposible no hacerlo. Había visto un fantasma.

Saqué mis llaves del bolsillo, mis manos temblaban. Presioné los dientes al escuchar el choque entre las llaves y ese sonido metálico que me parecieron como campanas. Encontré la llave de mi puerta, la coloqué con algo de dificultad en la cerradura, abrí mi puerta tan rápido como pude hacerlo. Entre a mi casa y cerré la puerta tras de mí y me recargué en ella unos instantes, como recuperando aliento. Colgué mis llaves como siempre y recorrí el pasillo hasta las escaleras al fondo, subí por ellas sin mirar atrás.

Me dirigí a mi habitación y cerré las ventanas. La aseguré, como si eso pudiera servir de algo, corrí las cortinas. Me detuve ahí, retrocedí unos pasos y me arreglé el cabello, sentía que lo tenía despeinado, no sé por qué hice eso. Trataba de aclarar mis pensamientos, aclarar mi mente y alejarla de fantasías. Todo tiene una respuesta, los seres vivos no desaparecen, así como así, me decía. Esto solo pasa en las historias de terror, en las novelas de zombis, en los comics que lee mi hermano.

Volví unos pasos y me acerqué a mi cama, me senté en la orilla lentamente, tratando de no hacer ruido. Me quede en silencio como si me ocultara de algo que no podía ver. Algo que desconocía. Tratando de no caer en la locura.

Dejé escapar una risa nerviosa. Despegué lentamente los labios y casi musitando dije:

—Nadie puede desaparecer en un pestañ...

FIN

Franck Palacios Grimaldo
08 de junio del 2019

 

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me encanta escribir y quiero compartir mis historias solo con quienes gustan de leer.

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