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6 min
Encuentros
Amor |
18.01.21
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Sinopsis

Llegué a la ciudad de noche, con frío y cansado. El taxi me dejó en la puerta del hotel, el recepcionista me dio la tarjeta para abrir la puerta y subí con mi maleta a la habitación. Viajar no es malo, es sólo cuestión de acostumbrarse. Una ciudad tras otra, y luego otra y otra, y así pasa toda la semana; y así pasa tu puta vida, sin que te des cuenta.

Me quité la chaqueta, aflojé el nudo de la corbata y me senté en la cama; me esperaban al día siguiente en una reunión de negocios a las doce. Podía descansar y dormir un buen rato hasta el día siguiente. Deshice la maleta, busqué un pijama y me di un ducha. Agua caliente, vapor de agua y jabón por todo mi cuerpo. Y cuando me cansé del calor, me sequé, me puse el pijama y salí a la habitación. No tenía hambre, mi idea básica era la de acostarme y dormir unas cuantas horas hasta las diez de la mañana del día siguiente. Me tumbé en la cama con el teléfono en la mano. El mando de la televisión estaba en la mesita, pero no tenía la más mínima intención de ver ningún programa o película; miraba la pantalla mientras iba saltando de aplicación en aplicación. Y entonces lo pensé.

Abrí el explorador, llegué a una web de citas y, sin casi darme cuenta, estaba escogiendo entre el catálogo de prostitutas que prestaban sus servicios en aquella ciudad. No me sentía excitado, ni tan siquiera notaba el placer de copular con un hembra. Sólo iba buscando en la página un rostro, un cuerpo que me encendiese de alguna manera. Y lo encontré. La llamé, le indiqué mi dirección, me informó de los servicios y tarifas y me dijo que en media hora estaría allí. Y así fue, al cabo de unos minutos picaban a la puerta, abrí y allí estaba vestida con un vestido sensual y con un bolso muy pequeño colgando de su hombro derecho. La invité a pasar, dejé los billetes sobre la mesita, junto al mando a distancia y corrí las cortinas de las ventanas. Se quitó toda la ropa, cogió un preservativo de su bolso, me bajó los pantalones del pijama y se perdió entre las sábanas. No sabía si había sido una buena o mala idea, sólo sentía placer y la sensación extraña de poder que otorga el pagar para que alguien se acueste en tu misma cama. Tras un buen rato de posturas e ideas, llegué al final jadeando y caí sobre su cuerpo lleno de sudor. Apagué la lámpara de la mesita de noche y en la oscuridad la abracé. Y sin darme cuenta me quedé dormido.

Abrí los ojos y seguía abrazado a ella. Extendí mi mano izquierda y cogí mi reloj que tenía sobre la mesita de noche. Todavía me quedaban bastantes horas de sueño. Lo volví a dejar en su sitio y seguí a su lado, subí las sábanas para taparnos un poco más y posé mi rostro en su larga melena castaña. Podía oler su cabello y como algunas esencias de su perfume llegaban a mí desde su cuello.

-¿Qué piensas?

Sus palabras me sorprendieron y abrí de inmediato los ojos. Todo lo que veía ante mí eran ondulaciones castañas y aquella esencia que parecía haber escorado en mi respiración.

-No, no pienso en nada. Sólo te olía y sentía tu calor.

La escuché sonreír y al poco se levantó. Encendió la luz de la mesita, se tapó con un albornoz y se dirigió a la ducha. No sin antes girarse, mirarme y sonreír mientras me decía:

-No te enamores de mí ¿eh?

No supe qué contestar. Entró en el baño y la vi recogerse su melena salvaje con una pinza tan negra como sus ojos, a través del espejo que había sobre el lavamanos. Se metió en la ducha y al poco empezó a salir vapor. No tardó mucho y salió toda mojada; se secó con una toalla y se volvió a poner el albornoz. Vino hacia mí con una sonrisa. Dejó caer el albornoz sobre la moqueta que había en el suelo y se metió de nuevo en la cama.

-¿Me quedo o mejor me voy?- Sus ojos me miraban con una imposible intensidad y sus dientes brillaban a través de sus labios.

-No sé, como quieras. No sé si tienes que seguir trabajando o si ya acabaste y te puedes quedar aquí. Sí quieres claro.

-Pues no tengo nada que hacer, así que o me voy a mi piso o me quedo aquí contigo.

-Quédate.

Se pegó de nuevo a mí y apagué la luz de la mesita. Volvía a oler su cabello y a sentir su cuerpo cálido ante el mío.

-¿Te gustó?- Sus palabras parecían romper el silencio de la medianoche.

-Sí, claro.

-A mí también. ¿Por qué lo haces?

-¿El qué?

-Pues llamar a chicas como yo y pasar un rato con ellas.

-Te mentiría si dijese que lo hago a menudo. La verdad es que no soy un adicto al sexo. Sólo que...

-¿Sólo que...?

-Sólo que hoy me sentía un poco solo. Llevo fuera de mi ciudad un par de meses y no dejo de viajar de una ciudad a otra del país. Con suerte volveré a mi hogar en quince días.

-¿Vives lejos?

-A unas tres horas en coche.

-Así que mañana harás tus negocios y luego te irás ¿no?

-Sí, a otra ciudad, otro negocio...

-Otra chica...

-No lo creo. No es algo que necesite, pero es la única ventaja que tiene no estar casado.

-No quiero aburrirte con mi charla, si quieres puedes repetir. Has pagado por dos veces...

-Ya, lo sé. ¿Te importa si nos abrazamos y nos quedamos así, durmiendo?

-No, que va. Me gusta.

-Entonces quedémonos así, cerraré los ojos, oleré tu cabello y te abrazaré si no te importa.

-Vale...

Había dejado las cortinas abiertas, y más allá de los cristales, un cielo despejado y con algunas estrellas brillantes acontecía en aquella noche. Sentía el silencio profundo de los hoteles, el calor de su cuerpo y una cierta comodidad por su compañía. Cerré los ojos y volví a olerla. Pasarían los minutos y me quedaría dormido. La abracé suavemente y acerqué mis labios a su oreja izquierda mientras los separaba.

-Te quiero.

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