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12 min
Enemigos de Zull, Aemda
Fantasía |
30.12.19
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Sinopsis

Segunda parte

Capítulo doce, El Príncipe Aemda

 

Ataviado con un jersey y unos pantalones largos de lana, unas botas altas, una mochila enorme, un escudo barato de madera y enfundada a su derecha una buena espada larga de noventa centímetros de filo, Aemda golpeó a altas horas de la noche, oscura de luna nueva, la gran puerta exterior de la Academia de las Cinco Naciones.

 

Que solía decirse ACN entre los habitantes de las cinco naciones que realizaron una coalición de defensa frente a la invasión zullana procedente del sur.

 

Tras esperar casi un minuto frente a la puerta, al final alguien abrió malhumorado.

Era Lerdan, el vigilante nocturno al que todos llamaban cinco dientes a sus espaldas.

 

Lerdan dijo:

¿Qué horas crees que son estas maldito crio? Vuelve a las seis menos diez de la mañana cuando me despierte antes de que acabe mi turno y tendrás que darme una buena recompensa por dejarte pasar.

 

Cuando la mano de Lerdan se movía para ir a cerrar la puerta Aemda dio una patada que hizo impactar la puerta en el rostro del vigilante haciéndole perder el equilibrio, dos dientes y ganar un apodo.

 

Lerdan se puso rápidamente en pie y trató de acuchillar al joven con una daga que había sacado de su funda.

 

Lamentablemente para él, antes de que su ataque llegase a buen puerto, Aemda había esquivado y, tras soltar el enganche de su funda en una pequeña área de terreno había cogido su espada con la mano derecha tras lo cual impactó con el pomo en el estómago del vigilante que cayó al suelo nuevamente.

 

Aemda bramó:

 

De rodillas plebeyo. ¿acaso crees que es esta forma de tratar a un príncipe de los cinco reinos?

Me tendréis que dar una compensación si queréis salvar la vida.

 

Soy el príncipe de Mdalia. Puede que en el sur penséis que no es más que un reino de miserables pastores de ovejas, y no os faltará razón, pero formamos parte de la coalición y exijo ser tratado en base a los acuerdos firmados por mis muy nobles antepasados,

 

El joven cruzó la entrada con veinticinco monedas de cobre más de las que tenía antes de entrar por la puerta que eran exactamente seis.

 

Mdalia era la nación más pobre de la coalición, la más norteña y donde más frío hacía.

 

Fue la que menos guerreros aportó a la coalición en cantidad, pero no en porcentaje, puesto que en aquel entonces ya era un reino poco poblado.

 

Pero sus bravos guerreros fueros decisivos frenando la invasión del continente que había al sur de la gran isla que componía las Cinco Naciones.

 

La capital que también se llamaba Mdalia no pasaba de un pueblo grande y el rey era poco más que un comerciante de lana que manejaba el comercio de toda la producción de lana del país.

 

Tras dormir lo que quedaba de noche y gran parte de la mañana donde le alojó Lerdan, el príncipe se despertó con hambre y tras preguntar a la gente que veía consiguió llegar al enorme comedor.

 

Tras recoger una bandeja y ponerse a la cola observó cómo al fondo de la estancia había una zona más apartada que estaba por encima del resto del comedor y en ella estaban las cinco banderas de las cinco naciones y debajo de ellas es escudo de armas de cada reino y una mesa grande reservada a los príncipes y sus invitados.

 

Observó en el centro la bandera amarilla y un escudo con cereales y un torreón, el emblema del reino de Trongel, donde estaba situada la academia y el más poblado y rico de los reinos.

 

A su derecha estaba la bandera azul y debajo el escudo de Pozeidonia, un kraken y un barco de guerra. Esta mesa estaba ocupada pero no podía ver claramente por quien desde esa distancia.

 

La más escorada hacia la derecha era la bandera verde del reino de Naveta, con su búho y un libro en el escudo.

 

A la izquierda de la bandera amarilla se podía observar la blanca bandera de Mdalia y el escudo donde un perro Mdales y una oveja miraban cada una hacia uno de los lados del escudo, el que tenían más cerca.

 

Observó con desagrado que la mesa de su reino estaba ocupada.

 

La última era una bandera negra, en el escudo aparecía sobre fondo negro unas monedas doradas, era el emblema del reino de Burgol.

 

Cuando llegó su turno de recoger la comida el que la servía le comentó que estaba prohibido llevar armas por el interior de la academia pero Aemda le dijo:

 

Excepción dieciséis cinco.

 

Y el sirviente no volvió a abrir la boca.

 

Aemda se dirigió con paso lento hacia la mesa de Pozeidonia y dijo:

 

Disculpe, podría dejar la comida aquí un momento.

 

Un chaval que vestía un atuendo azul con partes oscuras y otras claras y brillantes afirmó con la cabeza.

 

Aemda se alejó diciendo “gracias príncipe Polam”.

 

Yanda princesa del reino naveta que estaba sentada en la mesa al lado de Polam le preguntó a éste inquisitiva quien era ese salvaje y éste respondió que era el “Muy Ilustre príncipe Aemda de Mdalia”.

 

Aemda llegó a la mesa de su reino y dijo:

 

Disculpen señores y señoritas. Serían tan amables de recoger e irse de la mesa de mi reino.

 

El segundo príncipe de Trongel gritó:

 

Como te atreves a perturbarme plebeyo, ésta es mi mesa desde hace dos años y seguirá siéndolo hasta que termine dentro de dos años.

 

Hizo un gesto para que dos de sus esbirros echasen a quien le perturbaba.

 

Aemda se abrió un poco de piernas antes de que llegase el primero de los esbirros que era bastante alto y con todas sus fuerzas impactó su puño derecho en los testículos del sorprendido enemigo que emitió un sonoro y lastimero grito.

 

El segundo ya más en guardia supuso algo más de trabajo, pero no demasiado, gracias a una patada en la pierna de apoyo consiguió que cayese al suelo y una vez allí lo hinchó a patadas una detrás de otra hasta que vio que no se movía más.

 

Luego dirigió la mirada a su mesa y vio como dos de las tres señoritas recogían sus bandejas y se largaban de allí a la máxima velocidad mientras que una tercera se alejaba sin bandeja.

 

Se acercó rápidamente a ésta última y tras echarla la zancadilla ésta salió volando hacia el comedor principal que estaba más abajo dándose de morros contra una de las largas mesas del comedor y tirando abajo varios platos de comida ante las atónitas miradas del resto de los alumnos.

 

Gortas el segundo príncipe de Trongel había desenfundando una daga y estaba dirigiéndose hacia Aemda que sacó la espada e impactó con el pomo en la cara del príncipe haciéndole perder dos dientes.

 

Tras sacar la enorme espada dio un tajo en el brazo que todavía sujetaba la daga y Gortas con cara sorprendida observaba como su mano se desprendía de su brazo.

 

Aemda limpió su espada en la capa del sorprendido Gortas que aullaba de dolor y le dijo:

 

Exijo una satisfacción económica por el uso de mi mesa durante dos años. Informa a tu familia o tendré que matarte si mi petición no es satisfecha en un plazo de cinco días. Y ahora largo, no quiero ver tu sucia presencia cerca de mí.

 

Tras esto fue a recoger su comida a la mesa donde la había dejado saludando a los presentes con una sonrisa y luego volvió a la suya propia a comer tranquilamente esperando a que viniesen sus súbditos.

 

La primera en llegar fue la hija del conde de Owo, la región donde estaba el puerto más importante de Mdalia y por donde salían gran parte de las mercancías que exportaban.

 

Jimvalina no se llevaba demasiado bien con Aemda pero mantenía un trato correcto delante de todos los presentes, tanto así que cuando llegó hasta la mesa inclinó su cabeza en señal de respeto.

 

El príncipe sacó de uno de los bolsillos de su pantalón de lana una carta del padre de Jimvalina y se la dio.

 

El segundo en llegar fue Fenkal, hijo del marqués de Extoria. En la frontera del sur con el reino de Trongel. Era donde estaba el segundo castillo que tenía el reino y el último.

 

Fenkal señaló la mano que seguía en el suelo y Jimvalina le contestó que se trataba de la mano del ilustre Gortas.

 

Cuando llegó hasta Aemda puso una rodilla en el suelo y después fue a tomar asiento y comenzó a comer tranquilamente.

 

La última en llegar fue Kandalina, hija del barón de Ponla. A pesar del título de barón, en realidad era un pastor de ovejas que tenía un torreón desde el que protegía a los que fuesen a refugiarse allí en caso de ataque por mar en el noreste.

 

Kandalina se acercó a gran velocidad y también puso su rodilla en el suelo. Aemda la acarició la cabeza y la dijo que fuese a su sitio a comer.

 

Ahí estaban reunidos los cuatro becados del reino de Mdalia, cada uno el mejor de su año, puesto que el reino y los habitantes del reino, incluso los nobles, eran demasiado pobres para mandar a más alumnos a la academia.

 

A Kandalina la dijo que más tarde la acompañase que traía un paquete para ella de sus padres.

 

Minutos más tarde apareció un mensajero y le dio una carta a Aemda en la que ponía:

 

Estimado príncipe Aemda, yo Junlabu, director de la Academia de las Cinco Naciones solicito una reunión urgente en mi despacho, por favor sigue al mensajero.

 

Aemda siguió al mensajero y llegó al despacho del director que estaba abierto esperando su llegada.

Tras cerrar la puerta Junlabu en tono serio preguntó que como había osado cortarle la mano al príncipe Gortas.

 

Aemda respondió que habían faltado a su honor insultándolo gravemente.

 

Junlabu seguía enojado pero sabía que no podía hacer mucho en ese aspecto, él era un plebeyo y tampoco le convenía meterse con la nobleza, aunque fuese la del reino más pobre de todos.

 

Junlabu dijo que había traído problemas desde su llegada y que a la siguiente pelea le pondrían una multa económica de diez monedas de oro.

 

Aemda sin saber si podía hacer eso lo anotó en la carta que le había enviado el director para buscar si realmente se podía hacer eso.

 

Cuando el director le preguntó que hacía, el príncipe respondió:

 

Lo apunto para no olvidarlo señor, creo que debo informarle que mi memoria no es gloriosa.

 

El director siguió abroncándolo y diciéndole los problemas que tendría que solucionar la academia con el rey de Trongel.

 

Mis más sinceras disculpas Junlabu pero no puedo permitir que alguien me insulte y ocupe el asiento de mi linaje de malas formas.

 

Es más, creo que debería haber sido labor de la academia haber mantenido mi mesa libre de contaminación y creo que voy a tener que presentar una queja formal por esta inconveniencia y pedir una compensación.

 

Junlabu estaba comenzando a enojarse cada vez más y mandó llamar a la subdirectora Priscexa para que acabase de completar la matrícula del príncipe.

 

Priscexa se presentó como baronesa del reino de Naveta y tuvo la delicadeza de, a diferencia del director de la academia, inclinar la cabeza al presentarse.

 

Aemda se sintió más a gusto con la subdirectora y no tardaron en completar la matrícula.

 

La beca de Mdalia solo pagaba cinco asignaturas anuales y ni el propio príncipe contaba con recursos extra para pagar ninguna más.

 

Dada la limitación de posibilidades optó por:

 

El arte de la guerra y su gestión.

Economía.

Navegación y orientación.

Combate con armas.

Geografía.

 

Le hubiese gustado coger historia y unas cuantas más, pero es lo que había, trataría de leer algo por su cuenta en la biblioteca de la academia.

 

Aemda preguntó si podría tener acceso a todos los libros de la academia aunque no estuviese matriculado de esa especialidad sin tener que pagar por ello.

 

Priscexa sorprendida respondió que sí, ¿por qué no ibas a poder usarlos?.

 

Aemda respondió que no tenía dinero para pagar nada más pero que estaba interesado en varias cosas que no podía estudiar.

 

Priscexa le dijo que no se preocupase, que podría usar todos los libros y que si tenía alguna duda podría preguntarla a ella cualquier cosa.

 

Cuando salió del despacho Fenkal le estaba esperando y le llevó a su dormitorio que ambos compartirían desde ese momento.

 

Mientras estaba reunido Fenkal había transportado las cosas del cuarto donde había dormido Aemda.

 

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