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7 min
Entiendo cómo te sentías, hermano
Drama |
01.06.14
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Sinopsis

Siempre influenciamos en el estado anímico de las personas que nos quieren y admiran; tenemos que ir con mucho cuidado, pues nuestras actitudes y acciones hacia esas personas pueden cambiarles la vida, para bien o para mal, aún sin ni siquiera darnos cuenta. Esta es la carta de un chico hacia su hermano mayor, que partió sin previo aviso, dejando su casa sombría y melancólica, y las consecuencias que tuvo esta marcha para el hermano pequeño.

Nada es igual desde que te fuiste, hermano.

Nada es igual, ni en casa ni fuera de ella. Todos cambiamos.

Mamá pasó tres meses encerrada en su cuarto, sumida en una profunda depresión que alternaba el más absoluto silencio con ruidosos llantos y lamentaciones. Le dejaba comida delante de su habitación cada día, avisándola de que se la traía, aunque la mayoría de las veces ni se molestaba en abrir la puerta. Una vez estuvo una semana entera rechazándome todas las comidas, hasta que no lo soporté más y estallé en un ataque de histeria enfrente de su habitación. A partir de ese incidente mamá hizo un esfuerzo por comer una vez al día, aunque no salió de su encierro hasta un par de meses después.

Precisamente el día que salió por primera vez de su cuarto, después de tres meses sin ducharse ni preocuparse por su salud, estando realmente decrépita, fue el día en que papá sentó la cabeza, acordándose de que tenía una familia en casa a la que cuidar; y es que tu marcha le hizo el efecto contrario que a mamá: empezó a ausentarse todas las noches después de cenar, y al final iba directamente al bar después del trabajo sin pasar por casa, volviendo a altas horas de la madrugada borracho como una cuba. Más de una vez lo encontré por la mañana, al salir de casa para ir al colegio, durmiendo tumbado de cualquier manera enfrente de la puerta, algunas veces con la llave en la mano, otras puesta en el cerrojo, seguro que después de haber desistido de múltiples intentos para entrar. En aquella época era invierno, y la nieve llegó hasta la ciudad, así que le arrastraba hasta el recibidor y lo tapaba con una manta. Eso sí, cuando volvía del colegio estaba en el trabajo; a pesar de tu partida nunca olvidó su responsabilidad laboral, aunque sí la familiar.

Por mi parte seguí con mi vida, como tú hubieras querido. Durante los primeros meses me dediqué al cuidado de la casa, preparar la comida y la cena, ir al colegio y hacer los deberes. La verdad es que no tenía tiempo para mí, pero me ayudaba a no pensar. Vivía como un autómata, sin mediar palabra con nadie, sumido en la más absoluta tristeza. En el colegio se extrañaron, y llamaron varias veces a casa para ver qué estaba sucediendo, puesto que mi comportamiento era introvertido y silencioso, y no supieron sacarme nada en claro. Pero nadie contestó a sus llamadas.

Seguí así durante unos meses; mamá no tardó en cobrar energías renovadas y coger el mando del hogar de nuevo, mientras papá se dedicaba en cuerpo y alma a su felicidad y bienestar.

Tu marcha nos hizo mucho daño a todos, pero hizo resurgir el amor entre nuestros padres, un amor que les permitió apoyarse el uno al otro para seguir mirando hacia delante. A partir de ese momento, su actitud cambió por completo. Volvió la luz en nuestra casa, y la alegría se asomaba tímida por la ventana, cómo si quisiera entrar pero no se atreviese a hacerlo por la puerta. Empezaron a salir los fines de semana, volvieron a sembrar en la tierra dormida de su relación, escondiendo sus almas en el caparazón de amor que les protegía y curaba su mente y corazón del dolor por tu ausencia. Tanto se volcaron en ese amor sordo, ausente de todo estímulo externo, que olvidaron que aún tenían un hijo bajo su cuidado.

Llegó el verano, y obtuvo Matrícula de Honor en casi todas las asignaturas del curso, puesto que mi medio para luchar contra la soledad era el estudio; me sentía a gusto leyendo, me pasaban las horas volando mientras aprendía historia, filosofía, matemáticas, biología… Aún así, esa buena noticia quedó eclipsada por el nacimiento de Rubén, nuestro nuevo hermanito.

Rubén les dio aliento y una razón para vivir a nuestros padres, y ellos se volcaron por completo en su educación y cuidado. Papá trabajaba sin cesar, y cuando llegaba a casa exhausto iba a la habitación del pequeño, donde se encontraba con su madre abrazados amorosamente en la cama. Regalos, caricias y atenciones, todo centrado en el nuevo miembro de la familia Gómez. Llegó un día en que bajé a cenar y mamá había preparado comida para tres personas; en la mesa no había plato para mí, se habían olvidado. Mamá quiso prepararme algo rápido entre disculpa y disculpa, pero ya no tenía hambre. Volví a mi habitación, apagando la luz y echándome a la cama. Creo que empezaba a comprender como te sentías, hermano.

La situación siguió así durante tres años más. Rubén entró en el parvulario de mi colegio el mismo año que yo me graduaba en estudios secundarios; terminaba mi último curso, próxima parada: universidad. Esa era mi ilusión desde hacía varios años, cuando apareció mi afición por el estudio a raíz de tu marcha. Una ilusión que se rompió en mil pedazos cuando papá y mamá me dijeron que no podían pagarme más estudios porqué tenían que ahorrar para Rubén. No habría universidad para mí.

Esa realidad tan cruel me hizo advertir la tristeza y soledad que llevaba en mi interior, y que había aprendido a esconder y arrinconar en lo más profundo de mí desde tu partida. Pero ese día volvió, arremetiendo con mucha más intensidad, con el peso de ambas pérdidas, aflorando sentimientos aún no asimilados y siempre desterrados.

Desde ese día estoy encerrado en mi habitación, leyendo una y otra vez los libros del instituto, escribiéndote cartas sin ninguna dirección adonde enviarlas, esperando el día en que mamá subiera por la puerta y dijera: “Venga, David, vamos de excursión”, o un simple “Hola David, ¿cómo estás?”. Pero no ha sido así. Llevo dos semanas encerrado aquí, y hace tres días que nadie me deja comida. Me siento enfermo; pero no es nada físico, no tiene nada que ver con el hambre. Estoy enfermo de la mente, lo sé. Y del corazón.

Entiendo cómo te sentías, hermano.

Tenías un padre y una madre, y un día desaparecieron. Desaparecieron estando ahí, enfrente tuyo. No supieron hacerte un hombre, y tuviste que buscarte a ti mismo absolutamente solo. Marchaste por mi culpa, y es muy probable que allí donde estés el odio inunde tu corazón cada vez que mi imagen aparezca en tu mente, lo sé; pero nunca dejé de quererte, de la misma forma que quiero a Rubén con todas mis fuerzas, es mi hermano. Pero éste no es mi lugar, igual que tampoco era el tuyo.

Termino de escribir estas líneas, ya que está amaneciendo y pronto despertarán todos. Cuando acabe, guardaré esta carta con las otras, en un cajón de tu habitación, con la esperanza de que algún día vuelvas a casa y leyendo mis letras comprendas que lo único que siento por ti es amor y admiración.

Entiendo cómo te sentías, hermano.

Me voy. No dejaré ningún escrito a padres; no les odio, pero me han decepcionado, cómo te decepcionaron a ti.

 

Espero que algún día podamos encontrarnos de nuevo,

Tu hermano para siempre,

 

David

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