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6 min
Eres quien lleva las personas a su destino
Fantasía |
24.03.22
  • 5
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  • 353
Sinopsis

Antecro

El taxi que conduce, recompuesto con piezas nuevas, le ha hecho olvidar el fatal accidente que truncó su existencia. No obstante, sigue llevando a gente sin rostro a un destino baldío.

Sus manos tiemblan en el volante. El frío siempre rodea las sombras que suben al asiento de atrás.

Cuando termina el último viaje, lleva el taxi al garaje central. Entrega el puñado de peniques de oro al capataz y se toma una copa en el bar.

—Pareces abatido —le dice una voz carente de gracia.

—Salud.

Y ahoga su soledad en una ensoñación hacia la próxima jornada donde el taxi le espera en una nocturnidad que no termina.

Tiluje

Una mujer corre bajo una atroz tormenta que se llena de cólera por encima los hoscos tejados de la ciudad. Los rayos cortan las tinieblas con una luz que atrae fantasmas.

En una cabina telefónica hace una llamada. En sus ojos estallan las lágrimas. Su figura de blanco impoluto corre por la helada acera hasta que encuentra el taxi.

Antecro

Estaciona sobre la acera, y el coche se sacude. Se le acelera el corazón al observar una mujer vestida de boda, en esa callejuela helada y taciturna como el resto de la oscura ciudad.

La mujer titubea. Él baja la ventanilla.

—¿Sube? —un susurro atemorizado.

Tiluje le observa con tristeza.

—Sí, sí.

Antecro y Tiluje

Ella mira la ficha del conductor.

—¿Te llamas Antecro? —la pregunta empaña los cristales, como una niebla profunda.

—Sí, es mi nombre.

—¿Qué has hecho hoy? —y esboza una sonrisa amarga.

—¿Disculpe? —en el retrovisor, Antecro se turba al ver el rostro de la mujer tan pálido como su vestido.

—Yo… —reprime un singulto—, ya lo ves —y levanta un pliegue del vestido con uno de esos gestos que tratan de esconder el dolor más hiriente.

El trayecto sigue en silencio, hasta que ella se inclina hacia el asiento del conductor.

—¿Qué me cuentas de ti? —las sílabas de cada palabra flotan en un mar de dudas.

Antecro siente el corazón desbocado. Tras unos instantes su voz emerge forzada: —Sólo soy taxista… ¿y usted?

—Yo —baja la mirada con una mano en el pecho— soy Tiluje, vivo en Oregón, ¿lo conoces?

—¿Una muchacha de los verdes prados y los cristalinos arroyos de Oregón por esta ciudad inmunda? —La frase le surge con una facilidad sorprendente—, estás muy lejos de tu hogar.

—Mi hogar —repite ella, y esconde una risita triste bajo la mano.

—¿Qué le hace gracia? —su mirada saltando nerviosa al retrovisor.

—Nada… es la primera vez que lo dices.

—¿La primera vez? No, no entiendo… —el corazón se calma, las manos dejan de temblar en el volante—, ¿le conozco?

Se hace un silencio donde el ronroneo del motor sólo se mezcla con el crujir de las ruedas.

Tras esa pausa los dos ríen.

—Quizá —responde ella.

Cada vez que Antecro la mira, sus ojos resplandecen.

Y se ponen a charlar sobre el teatro de los treinta y de un lugar llamado Broadway. La conversación les lleva a una casa a las afueras de Portland, a los atrapasueños y la artesanía que ella elabora.

Una sonrisa desconocida se dibuja en el rostro de Antecro. Las luces parpadean, la mirada de Tiluje brilla con emoción, el motor expulsa un ronquido fuerte, el taxi se oscurece por un segundo y cuando Antecro mira atrás, el asiento está vacío.

Su corazón helado sólo lo impulsa a vagar su mirada por el exterior.

—¿Hola? —repite varias veces.

Se seca el sudor de la frente y huele a quemado cuando sube el desvalijado interruptor del aire caliente. Vuelve atrás por una callejuela que parece una vieja foto en blanco y negro, baja del taxi y siente un viento descorazonador traspasar su abrigo.

Antecro

En el garaje discute con el capataz. Los otros trabajadores se ríen y él se deja llevar por brazos ajenos que rodean su hombro frente a una botella de whisky.

—¿Qué ha pasado? —se dice en voz baja.

Tiluje

Hace una nueva llamada y su vestido níveo resplandece entre la oscuridad de la sucia metrópoli. Cuando ve el taxi, vuelve a llorar.

Antecro y Tiluje

La manivela chirría al girar.

—¿Sube?

—Sí, perdona…

Una sensación llena de temor a Antecro.

Por primera vez tiene una conversación con un cliente, y en una callejuela cenicienta, cuando los dos sonríen y las lágrimas emergen de los ojos de ella, todo se apaga por un instante y el asiento de atrás queda vacío.

Antecro

—¿Quién es ella? —las palabras martillean en una barra llena de copas y whisky.

Noche tras noche la misma pregunta.

Antecro y Tiluje

Corriendo en el viejo taxi, las sonrisas se tornan cómplices. Un rayo cae furioso sobre un poste telefónico. El coche se levanta por detrás con el impacto; al caer, los cristales se rompen y cortan el rostro de ella. Antecro se gira y le coge la mano.

—¡Juliet! ¿Estás bien? —la ansiedad en su voz.

Los ojos de ella se abren con una emoción desbocada.

—¿Te acuerdas? ¡Recuerdas mi nombre!

—Eres tú… eres Juliet…

Se cogen de las manos y una calidez llena sus rostros.

—Antecro, ya se acerca, viene a por mí… debo huir… por favor, ¡no bebas el whisky!

Antecro

—¿Qué está pasando? ¿Quién es Juliet?

En la mano una copa de whisky. En las perturbaciones del ocre interior, un rostro cada vez olvidado.

Antecro y Juliet

En la soledad de una copa todavía llena, se refleja un taxi dejando atrás una bocanada de humo y agitarse en las oficinas la sombra del capataz.

Juliet vuelve a llamar y corre bajo la tormenta enfurecida.

Cuando Antecro frena en seco a su lado, ella libera el chirrido de la puerta del copiloto y entra.

—¡Nos íbamos a casar! —grita él entre lágrimas.

—Pero tuviste un accidente…

El abrazo rompe todos los moldes de esa fría eternidad en un reflejo baldío de un mundo dejado atrás.

—¿Quién soy?

—¿No lo entiendes? Ahora eres el Barquero…

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