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11 min
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Amor |
07.11.18
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Sinopsis

Por cada beso que estampabas en mi piel, como una loca a la que le liberaron los labios tras años con una camisa de fuerza, supe que ese arrebato guardado en tu boca no podía ser otra cosa que pasión. No olvidaré cuando dijiste que el hueco de mi mano era tu hogar, sin saber, tú, que mis manos soportaban restos de otros cuerpos y que quedaron dolorosamente cerradas para siempre.

¡Qué curioso es esto del amor! He descubierto, a pesar de que estaba empeñado en lo contrario, que se puede tener el corazón lleno de infinidad de nombres, de cientos de miradas y de tantos rostros como la memoria pueda recordar. Sin embargo, mi corazón sólo era capaz de correr al galope, creando rítmicos suspiros, cuando era ocupado por su sonrisa. Ella era única. Su sonrisa, quiero decir. Bastaba con extender sus labios y elevar sus pómulos para sentir que allí, en esos hoyuelos diminutos con forma de párpados, era donde quería mantenerme despierto. Su sonrisa me miraba, a pesar de que siempre que sonreía cerraba fugazmente sus ojos. Esos hoyuelos me decían ven, siéntate aquí, respira hondo y sueña. Y así lo hacía yo, presto y sumiso.

Ella era una loca desalmada con delirios de amante trastornada. Era una suicida del amor. Yo, en cambio, disfrutaba de otras mujeres entre chupitos de tequila, hostales de mala muerte y besos precarios carentes de todo. Pero, cuando ella me besaba, deslizando sus labios cuesta abajo y sin frenos desde mi cuello, recorriendo el brazo para llegar a mi mano, con la intención de saborear mis dedos, en un pulso eléctrico con vida propia cerraba el puño con un misterio inexplicable. Era un mecanismo de defensa, como ese animal pequeño que al tocarlo se hace bola. No es que no la quisiese, pero su desenfreno amatorio me superaba. Mi temor era que lo nuestro dejase de ser instantes para convertirse en eternidades. Ella tenía la capacidad de atrerme como un imán. Era suficiente con esa sonrisa para tenerme colgado, hacerme pequeño y controlar todos mis impulsos. Tenía el poder sobre mis ganas de dormir, de comer y beber y de anularme como ser individual. Con ella dejaba de ser y éramos. Con otras mujeres era yo el que ponía las pautas, las reglas sensuales y de conexión. Con ella, me sentía una marioneta con hilos invisibles. Me trataba como a un osito de peluche al que podía besar y achuchar sin miramientos. Mis manos eran esa isla desierta en mitad del océano en su arrebatador deseo de conquistarme. Sobre ellas no tenía control alguno. Ni siquiera yo podía tener acceso a los músculos y tendones que manejaban su apertura. Mis manos estaban cerradas para ella. Allí jamás se quedaría a dormir, aunque llenara cada rincón de mi cama de gemidos y silencios, emborronando la blancura de mis sábanas con el rimel de sus ojos y los fluidos de sus monosílabos cuando hacíamos el amor. Lo que me sorprendía de ella era esa capacidad de respirar con el cuerpo. Sentada sobre mí, veía las contracciones de su espalda, en un movimiento salvaje que parecía la cascada de un río subiendo y bajando sin control.

Y así, durante meses, ardíamos. Ella era una llama que iluminaba y me quemaba, poco a poco, carbonizandome por dentro. Intentaba en cada encuentro hacerle saber que eramos un error que cometió el universo, como hizo con la luna que alumbra en el cielo en pleno día. Fuimos una equivocación hermosa. Si, hablo en pasado todo el tiempo, porque este, el tiempo, dejó de ser lineal para correr en circulos, en un bucle infinito. El tiempo no es como lo pintan. No vamos hacia delante, sino que caminamos por la vida con esa sensación de final. No sumamos años. Restamos momentos por vivir. Ella era así. Amaba como si no quedase tiempo para más. A pesar de su juventud, vivía tan intensamente que, cuando me acariciaba la espalda, pareciese estar escribiendo en ella el final de nuestra historia. Rasgandome la piel, en algo parecido a una rabia incontrolable por no ser amada. Ella lo sentía. No estoy seguro de que lo supiese a ciencia cierta, ya que yo, en el sexo, me entregaba como si fuese mi último instante dentro de ella. Ingenuo de mí. Pensar que el acto en sí era suficiente para hacerla feliz. Tal vez, con otras funcionase, pero no con ella.

Hacer el amor con ella, era una pintura al oleo. El sol reflejaba colores que no conocía, iluminando su piel y haciéndola transparente, dejando ver su corazón rojo y naranja latiendo en un juego en el que la sangre, valiente corriente de deseo, entraba en él deslizandose veloz bajo las compuertas que se cerraban, y saliendo más rauda para evitar hervir en su interior, manteniendo el fuego ardiente que llegaba hasta las puntas de los dedos de sus pies y manos. Ya lo he dicho. Ella quemaba. Pero no sólo en la cama. También ardía cuando tenía un no por respuesta. Gritaba, pataleaba y se retorcía sobre el suelo. Tenía espasmos y ataques que me hacían temer por ella y por mí. Y tan pronto como ocurría, de la misma manera acababa. Como si nada. Abrazandome de nuevo y susurrandome al oido que me quería, con esa voz pentrante que apenas recuerdo.

La memoria es caprichosa. Podemos recordar lugares, momentos insignificantes, e incluso olores y sonidos, sobre todo, la letra y la música de una canción, pero con la voz humana sucede una especie de cortocircuito neuronal. Sabes de lo que te hablo. Recordar una voz es casi imposible. Prueba esto. Intenta rememorar la voz de alguien que ames con locura. No es fácil ¿verdad? Las voces se difuminan con el tiempo. Es como la memoria de un pez. No va mas allá de dos míseros segundos. Creo que es un muro defensivo del amor, o el desamor, e incluso del odio. No podríamos vivir oyendo la voz de alguien que nos quiso y no supimos corresponder. Sería como volverse loco. Oyendo una y otra vez esa voz diciendo tu nombre o lo que es peor, escuchando repetitivamente dentro de tu cabeza, a un volumen ensordecedor: te amo, te amo, te amo...

Bien es cierto, que recuerdo sus palabras cuando le dije que se acabó. No esperaba que de su boca, de esa jaula abierta repleta de grillos y gorgoritos, saliese algo tan enormemente humano: "No me has querido nunca. Te odio". Ya os dije que lo intuía. Pero jamás pensé que lo sabía con tanta seguridad. Aunque no sé por qué me sorprende. Era una mujer inteligente, como ninguna otra. Extremadamente superior a mí. Componía melodías de amor con el piano que hacía llorar a las piedras. Pintaba cuadros plasmando el mundo que la rodeaba, retratandome con fidelidad, rodeando mi rostro con un alo esplendoroso. Era amante de los animales, rescatando perritos y gatos de la calle, dándoles un hogar hasta que les encontraba otro definitivo. Le encantaba caminar. Se levantaba temprano y, a veces, no dejaba de pasear hasta que caía el sol. También era una apasionada devoradora de libros. Leía hasta veinte libros a la vez. Me maravillaba verla inmersa en la lectura, sonreir mientras pasaba las páginas, llorar e incluso suspirar nerviosa cuando cerraba la tapa de un libro. Además, era poeta. En sus poemas reflejaba sus miedos y fantasmas, vistiendo cada verso con un atuendo oscuro y demoledor. Guardo en el recuerdo su último poema:

"Duele,

Esto de sentir es extraño.

Es un renacer en lo hondo de una negrura espesa.

Siento y daña.

Amaré aunque falle.

¿Querer acaso es un error?

Siento y empiezo a temblar.

Se romperán todos los esquemas.

Sentir me destruirá.

Duele amarte".

Era hermosa a su manera, cuando recogía su pelo en un moño imperfecto atado con un lazo del que se escapaban continuamente mechones rebeldes. Era hermosa cuando jugaba a ordenar, o desordenar, según se mire, los restos de comida que sobre el plato delataban su delgadez, pero cuando más preciosa me parecía era recién levantada, completamente desnuda, sentada en el váter con la cabeza gacha pensando en quien sabe que cosas y arqueando sus piernas uniendo las rodillas. Yo, la observaba curioso escondido bajo las sábanas, y veía como durante largos minutos, entraba en una ensoñación total, desconectada prácticamente de todo, mientras oía caer, en un chorro costante, su orina al fondo del váter.

Todo cambió cuando descubrí quien era. Mejor dicho, que era. Pasó en una tarde de siesta, en uno de esos instantes que más disfrutabamos, cuando entrabamos en un éxtasis divino provocado por la extenuación del amor y el canto de los pájaros que entraba alegre por la ventana acompañado de un sol moribundo. Ella dormía dándome la espalda. Mientras acariciaba su cuello, noté una especie de pliegue en la piel, algo así como una tapa que cubría un pequeño interruptor.

Lo dejamos para siempre. Nos desconectamos el uno del otro en una noche fría de invierno. Mejor dicho, la desconeté con un click. Ese click lo recuerdo insesante en mi cabeza. A diferencia de su voz, que la olvidé en el mismo instante en el que presioné el pequeño interruptor que tenía en la nuca, bajo su melena castaña, el click se mantiene aún vivo en mi cabeza. Click, click, click. Lo oigo cuando enciendo la cafetera (click), cuando conecto la televisión (click), cuando pongo en marcha la lavadora (click), en cada momento en la soledad de mi casa, en ese silencio de la noche cuando intento desconectar los recuerdos: click, click, click... y sus últimas palabras mientras perdía la conexión: "Teee quuuiiiii-eeeeee-roooooooooo"

La echo de menos. Jamás he derramado tantas lágrimas por nadie, y mucho menos por un ser como ella. Después del error 01434438, no volvió a ser la misma. Se quedaba inmóvil durante horas, de repente, con un leve aviso sonoro que salía de su pecho derecho. En otras ocasiones, se mantenía despierta toda la noche tumbada en la cama con los ojos abiertos murmurando versos memorizados de Lorca, Pizarnik o Sabines, en orden contrario a como fueron escritos, quizás más bellos, más dolorosos.

No era la misma. No, ya no. Dejó de expender besos como una máquina de refrescos, dejó de interesarse por mi día de trabajo, por mis problemas cotidianos, dejó de masajear mi cuerpo, y de moldear mis sueños y deseos. Dejó de susurrarme al oído cuán especial era. Dejó de ser tan humana como yo.

El amor la corrompió por dentro, dañando sus circuitos, destruyendo su sistema interno y deteriorando poco a poco su sistema sensorial, como si su amor por mí fuese un tumor que se ramificó lento y silencioso, pero imparable por todo su mecanismo, en especial invadiendo su corazón.

Ahora sé que yo tambien estoy afectado por ese mal, por un error parecido. Un defecto de fábrica que permitió enamorarme de una máquina. Después de tanto tiempo, aún la recuerdo.

Ella vive en mi lengua. La tengo pegada al paladar como una célula que se divide y multiplica. Pronuncio su nombre una y otra vez, como quién repite una oración invocando a la lluvia. Yo, sólo consigo empaparme aún más los recuerdos, y con la posterior crecida de las aguas que corren por mis entrañas, hago que florezca su sonrisa de nuevo. Realmente pronuncio su no-nombre, llamando en sueños a sus hoyuelos, esos donde querría haberme quedado para siempre. Donde querría haber (des)fallecido de amor.

D. Alcázar. Derechos reservados.

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