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5 min
Ese día, esa noche
Varios |
11.10.18
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Sinopsis

Lo había visto ya varias veces. Él devolvió la mirada en todas las ocasiones, sin embargo, nunca habían cruzado una sola palabra. Ella, una joven mujer de belleza admirable, siempre sabía cuando un hombre le ponía atención especial, cuando uno no estaba interesado en nada, cuando había miedo, intimidación... con las miradas solía darse cuenta de esto y de muchas cosas más. Pero aquél caso era diferente en tantos niveles que no sabía describir… esa mirada era algo que no había visto antes en ningún lugar, hasta ese día. Fue así desde la primera vez; él también era joven, al menos se veía joven, y aún con eso, había algo en él que indicaba madurez. Sumamente interesante era la forma en que su cuerpo se distinguia de los cuerpos aledaños. La pose era relajada, pero dinámica en su propia naturaleza: él, recargado en la pared, su cadera, ligeramente al frente; su piel morena invocaba un calor que parecía robado al fuego, al mismo sol; sus labios se apreciaban perfectamente simétricos, mudos e inmóviles, no parecía haber ahí ningún gesto; la nariz, recta, apuntaba hacia ella; cerca de los mechones de su pelo, profundamente negro, que caían suaves sobre los hombros y sobre sus mejillas, estaban los ojos más indecifrables que alguna vez ella hubiera tenido el placer de encontrarse. Eran tan fuertes y a la vez tan dóciles; algo de esos ojos oscuros, seguros y penetrantes la incitaba, algo más la hacia dudar; sentía que había algo conocido en ellos, aunque no sabía nada de él y no existía ninguna conexión aparente que los relacionara, más allá de lo que sucedía entonces. Al cruzar las miradas, hacían los dos un juego inconsciente, inacabable; lo llevaron así durante todo el tiempo que pudieron disponer esa tarde. Un instante se convirtió en algo más. Ella no sabía con exactitud lo que sentía, lo que esos ojos tan callados y misteriosos le provocaban. Su curiosidad por aquel muchacho se debatía con el miedo, miedo de no responder apropiadamente… si es que tenía algún fin no alcanzaba a adivinar cuál era y tampoco sabía con precisión si ella tenía un fin ahora, por eso no sabía que esperar. Aquella vez el juego se sintió prolongado, pero terminó pronto sin llegar a una conclusión… y si fue un juego… ¿acaso tenía que ganar o perder? En todo caso no estaba claro si había vencido o se había dejado vencer. Eso había sido algo más que un simple encuentro de miradas, tenía algo de magia, algo de placer, algo de misterio, algo que gritaba dentro de ella por tener más y por saber más de los ojos indescifrables, de la boca simétrica y enmudecida. No conocía ni su nombre y era todo en lo que pensaba. Luego de ese dia pudo volver a verlo, pero todas las ocasiones eran breves, y en todas no alcanzaba a entender lo que decían esos ojos, ni cómo se estaba volviendo adicta a mirar hacia todos lados hasta encontrárselo, y entonces, clavarle la mirada, todavía con emoción, incertidumbre, curiosidad, deseo, regocijo, y todavía esperando esa respuesta, que secretamente los hacia pasar de lejanos a íntimos en un momento. Él caminaba siempre en silencio, pero su presencia ella siempre la notaba. Pasaron varios días en los que no lo había vuelto a encontrar, hasta esa noche. Esa noche ella caminaba por un sitio extraño, no sabía por qué, pero ahí estaba deambulando. El cielo estaba claro, las estrellas brillaban con intensidad, orgullosas. Los pasillos por los que ella caminaba estaban dispuestos de una forma inexplicable, y casi sin sentido; todo eran arcos y paredes, pero aunque eso estaba cerca de ser un laberinto, no estaba perdida, caminaba con seguridad. El lugar parecía estar vacío completamente, entonces, después de un doblez, cruzó un arco mas y casi instintivamente volteó a la derecha. Lo vió: el cuerpo con la misma dinámica que ese día, la piel de fuego, los labios simétricos y callados, la nariz recta, el pelo azabache, los ojos que ya estaba extrañando. Todo era preciso, él volteó despacio y la miró como antes lo había hecho, con toda esa fuerza arrasadora, con toda la incertidumbre y emoción que caía sobre ella; esta vez estaba más cerca que nunca, justo al lado del extraño umbral por el que acababa de cruzar; esta vez podía sentir muy cerca el calor de sus labios, lo profundo de sus ojos, casi el contacto con sus manos. Despertó.

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