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3 min
ESE DÍA (I)
Suspense |
22.01.14
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Sinopsis

puede esperarse que un mal día ocurra algo, lo que es más difícil de aceptar es la imposibilidad de saber lo que ha ocurrido.

Fuera no para de llover. Un ruido monocorde, cansado. Espero; me he dormido un rato, creo, apoyando la cara en la palma de mi mano. No estoy seguro, pero un cierto entumecimiento mental con retazos ralentizados de antiguos pensamientos que parecen remotos, muy lejanos, así me lo sugiere. No me importa si así ha ocurrido, no conozco a nadie de los que están aquí dentro, en la biblioteca. Son personas extrañas, absolutamente ajenas a mí o que dispensan miradas suspicaces, cuando no decididamente hostiles, como ráfagas de ametralladora. No lo entiendo. La lluvia no es más que una excusa para quedarme, para no decidirme a marchar, por eso espero que no escampe, que dure un rato más, al menos de momento, mientras arbitro alguna decisión. Porque es molesto permanecer indeciso, navegando en un tornado de palabras tronchadas, de frases inconexas, de pensamientos informes, embriones que no terminan nunca de configurarse, inaugurando múltiples proyectos fallidos de una posible determinación. Me sentiría completamente hundido a no ser por el caramelo de café con leche, uno magnífico, enorme, con piñones, que he encontrado en mi bolsillo, cómo habrá llegado hasta allí. Qué dulce es la vida en algunos momentos. Lo malo vendrá a ser cuando se acabe el caramelo, porque acabará, como todo en la vida, entonces no me quedará otra que decidirme de una vez. Tendré que marcharme, salir a la calle, es absurdo permanecer aquí más tiempo, e igual de absurdo levantarme y salir sin saber hacia dónde. Un calor antinatural me enciende las mejillas, calor artificial de calefacción en exceso, pienso si no tendré fiebre, sólo faltaba. Por la mañana me las prometía muy felices, luego me perdí y falté al trabajo, incomprensiblemente no pude encontrar la calle. Eran todas iguales. Más tarde subí a un taxi para regresar ¿a dónde? No recordé mi dirección, el conductor perdió la paciencia y tuve que bajarme, en vano le describí mi habitación, el sofá rojo del salón, las estanterías, porto unas llaves que no me sirven para nada ¿y ella qué estará pensando? No sé su nombre, me suena mucho, tengo su imagen azul repleta de vocales abiertas y sé que me quiere, qué estará pensando. Tampoco sé el mío, mi nombre, al menos no puedo pronunciarlo, ni mentalmente; mientras tanto me miro en el cristal que separa las salas, indudablemente la imagen me resulta familiar, puedo ser yo mismo el que se refleja. Es raro, no llevo nada encima salvo las llaves, y la chaqueta está sucia por la manga, cómo he podido ponérmela en este estado. Por las noches preparo la ropa para el día siguiente, cuidadosamente, debí darme cuenta entonces… Me estará esperando desde las tres, ella, y no sé ni qué hora puede ser, aquí no hay reloj y yo tampoco llevo. Solía llevar, tengo uno verde con esfera que hace aguas, mi reloj, tampoco está ¿cómo se pregunta la hora en este idioma? Es difícil. Me duele la cabeza.

Hacia las seis suelo hacer algo, algo cotidiano, algo mecánico que me reporta un placer desvaído por la costumbre. Lo hago a diario. Me duele la cabeza, siento una deformidad dolorosa en la nuca, algo ladeada hacia la oreja izquierda, ayer no tenía esto, seguro, me ha salido de repente.

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  • puede esperarse que un mal día ocurra algo, lo que es más difícil de aceptar es la imposibilidad de saber lo que ha ocurrido.

    Puede, en fin, que se caiga lo peor de nosotros y que por detrás nadie se agache a recogerlo,

    Yo como galletas. Con moderación. El médico me dijo que podía comerlas, así que yo las como. Dos al día.

    Cuando alguien, sabe Dios por qué imperativos económicos, morales, religiosos, sociales o, al fin, por la propia fuerza de las cosas, se ve impelido a comunicar cualquier materia a esta tropa presa, por lo demás, de la más ardiente dispersión física y mental, los resultados son con frecuencia el sueño de cualquier guionista afín al surrealismo.

    El recuerdo, el elixir dorado que resulta de destilar el tiempo, de estrujar nuestra vida, nuestros momentos en la prensa inexorable de nuestra memoria, para al fin extraer unas gotas, unas pocas, algunas muy amargas

    Siempre queda el último segundo

    La pequeña historia de un reencuentro imposible.

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