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5 min
Eso no era pan
Varios |
07.01.20
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Sinopsis

  De un orificio en la roca salía un humo gris y espeso. Serpenteaba en la densa y sofocante atmósfera de la caverna mientras iba tomando una inquietante forma espectral. La contemplaban de cuclillas.

  –Vamonos, Miguel –lo apremió Jesús–. No me gusta esto.

  Su compañero no dio signos de haberlo escuchado. Sus ojos desorbitados observaban con avaricia aquel espectáculo. Parecía estar en un estado de trance momentáneo, de excitación pura.

  –Miguel. Ya está, Miguel –lo zamarreó Jesús. Pero otra vez no respondió.

  El humo se elevaba e iba dibujando lo que parecía ser un rostro humano, desproporcionado y terrorífico. Los ojos se estaban definiendo al tiempo que la humareda iba haciéndose más consistente alrededor de lo que aparentaba ser el cuello. Una oleada de frío recorrió todo el cuerpo de Jesús, que cayó hacía atrás, levantando polvo alrededor de su silueta.

  –¡Mirá, mirá! –gritaba él con la vista clavada en la anomalía que se estaba gestando en el aire, delante de ellos–. Tenías razón, Miguel. ¡El genio, el genio!

  Los labios de Miguel se abrieron para mostrar unos dientes careados y desparejos, casi tan feos como él. El minero acercó la mano hacia aquella extraña criatura. Sus ojos no paraban de brillar.

  Las orbitas grises y humeantes de los ojos del genio estaban ya abiertas y su torso casi formado. De la cintura para abajo era todo indefinición, una larga, fantasmagórica y gris indefinición que desembocaba en el pequeño agujero entre la roca de la cueva. Cuando los dedos de Miguel lo rozaron, este se esfumó y volvió a compactarse, allí donde lo había tocado.

  –¡Ja –exclamó con euforia–, lo sabía! ¡Sabía que existía! ¡Jesús, vamos a ser ricos! ¡Jesús! ¡Jesús!

  Detrás de él y todavía en el suelo, de espaldas y apoyado con sus codos, Jesús tenía la respiración agitada. La imagen de aquel extraño ser era terrorífica, pero su amigo parecía no notarlo.

  «¿Lo tendrá hechizado?» pensó.

  Los extraños ojos apagados de la monstruosidad se le clavaron y una voz que parecía hecha de los ecos de las cavernas y nacida de las profundidades de las montañas y la Tierra conectó con él.

  «No.»

  Jesús se alejó aún más, arrastrándose con los talones en la tierra y encastrándose en la pared rocosa contraria. Si hubiera tenido rabo, lo hubiera metido entre las patas.

  –¡Miguel! ¡Me habló, Miguel!

  Esa fue la primera vez en la que su amigo pareció recuperar la consciencia y salir de su trance. Se volvió como un rayo y gateó hasta tener su rostro frente al suyo.

  –¿Qué te dijo? –La manera en que tenía abierto sus ojos lo asustaba–. Amigo, ¿qué te dijo?

  Jesús tenía los ojos cerrados, con un rostro visiblemente atormentado, mientras se tapaba las orejas con las manos. La fuerza que hacía era tal que le volvía la piel colorada.

  –Se está riendo, Miguel. Se está riendo. –Se retorcía en el terreno duro y desigual–. Yo me voy, yo me voy.

  Miguel lo dejó y se dio vuelta inmediatamente para observar al genio humeante. El ceño fruncido y la nariz rugosa indicaban sus intenciones.

  –¡Quiero mis deseos! –ladró–. ¡Tres, los quiero a los tres! –Se acercó y lo quiso agarrar por el torso en un impulso repentino. Al no tocar nada concreto, pasó de largo y se estampó contra la tierra. Se levantó furioso y volvió a arremeter. –¡Quiero ser rico, hijo de puta! ¡Vos me vas a dar mis deseos!

  «Miralos» volvió a decir la voz, resonando en la cabeza de Jesús. El joven minero alzó la vista y vio los desesperados intentos de su amigo por doblegar al genio. Oía aquella risa maligna otra vez.

  «Salí de mi cabeza. Salí» pensó, desesperado. Sentía como si cucarachas estuvieran correteando dentro de su cráneo. Bamboleaba su cabeza fieramente mientras la transpiración le brotaba por toda la cara.

  En una penumbrosa cueva al pie del Aconcagua, dos mineros argentinos se encontraban de pie y riendo entre ellos a más no poder. Observaban cómo un minero famélico y de sonrisa podrida sacudía sus brazos hacia todas partes, mientras un poco más allá, en el suelo, otro se tambaleaba hacia adelante y hacia atrás, con las manos en torno a sus oídos y sin parar de gritar.

  –¿Qué carajo le pusiste al pan? –preguntó Aimar, llorando de risa. El otro, casi ahogado, logró tomarse un respiro para responder.

  –Salvinorina, boludo. Salvinorina. –Volvió a doblarse de las carcajadas.  

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Tengo 28 años y soy de Argentina. No soy escritor, pero siento la necesidad de contar una historia que hace muchos años tengo ganas de escribir. Quiero hacerla libro, pero necesito mucho trabajo para lograrlo. Planeo usar esta página para escribir cuentos cortos y extractos de una novela para mejorar mi prosa. Las críticas son bienvenidas.

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