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6 min
Esos tacones azules 1
Suspense |
25.01.13
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Sinopsis

Era una mujer de los cincuenta, de unos sesenta años, que una mañana de invierno conocí por casualidad.

 

Era una mujer de los cincuenta, de unos sesenta años, que una mañana de invierno conocí por casualidad. Un tanto galana, menudita y muy delgada, de andar cuidado y mirada altiva, con aires de superioridad, que sin duda motivos, no la faltaban.

Dama que hacía y hace ausentar miradas, nublar pensamientos; tal creadora de silencios con su aparición y su presencia fugaz , intimatoria sin duda, dejaban a su paso el aire limpio de ruidos pero cargado con la estela de su perfume floral, un empalagoso néctar de Chanel de la vieja escuela. 

Aun quedaba espacio en el aire para que entre las notas de su fragancia se colaran las risitas y comentarios banales de los jóvenes transeúntes que solían verla pasar por los alrededores cada día a la misma hora, unos minutos antes de que apareciesen las primeras luces del sol ruborizado.

Pudor cada mañana al escuchar a esas personas que no veían más allá del dominio de su razón en proceso de construcción, trascendencia mental perdida entre el alcohol y los porros, mentes ancladas en un presente vacío, burlándose de la imagen de una mujer cuya joya más valiosa fue el pasado, que aún sobrevivía en el alma de una piel que se negaba a llenarse de arrugas.

No parecía que pasase el tiempo por su cuerpo cubierto por sus lujosas prendas, siempre las mismas ropas: abrigo pieles hasta las rodillas, gorro de pelo de zorro, que debajo dejaba entrever la plata de sus finos cabellos, una melena tan corta y llena de laca,  que ni un huracán podría haberle deshecho su rutinario peinado rizado.

Siempre con la cabeza bien alta, mostrando su cuello de cisne al aire más que glaciar.

Pero como olvidar la mañana, esa que al pasar a su lado, sus ojos claros altivos me castigaron de abajo a arriba y de arriba a abajo (os recuerdo que era menudita) con una mirada de indiferencia. No pude sostener la mirada, y la deje postrada a sus pies, en señal de humildad y respeto y cual fue mi sorpresa al ver sus zapatos: desgastados, color azul cobalto, con tachuelas de brillantes, y bañados en purpurina. Me quedé petrificada, aguanté la risa y me convertí en una estatua anclada en la acera, embrujada por su aroma y en estado de shock, intentando asimilar que había visto en sus carnes puestos esos zapatos, que rompían todos los esquemas de su perfil que había ideado. Ahora entendía las risas, estaba perpleja. Tanto juzgar y describir para nada, por que no había definición posible ahora, no había visto nunca cosa igual.

 

En mí quedaron solo vivos mis ojos, que siguieron con la mirada sus pasos desequilibrados y temblorosos, intentando encontrar la respuesta, observando con detenimientos, el vaivén de esos palitos enclenques elevados sobre unos tacones de aguja tan pintorescos.

No podía librarme de la imagen de esta mujer ni del color de sus zapatos, el por qué de esos zapatos, sus zapatos en sus pies me iban a hacer perder el juicio. Tomé una decisión: costase lo que me costase encontraría la respuesta.

Así que cada mañana la motivación mayor para despegarme de las sábanas era encontrarme con ella.

Desde entonces salí más pronto de casa, y esperaba en un parque sentada, congelándome, para verla pasar caminando por la acera. Tenía un minuto al día para meditar, justo el tiempo que veía a mi modelo, un minuto para volver a reconstruir el cuadro de su perfil.

Perdí mi tren todos los días, y llegué tarde a clase durante dos semanas. Me daba lo mismo, no me importaba nada más que atar los cabos que habían soltados esos tacones.

Mi cabeza estaba llena de hipótesis: ¿sería daltónica, o no tenía otros zapatos, quizás eran carísimos, puede que se los regalará su marido muerto, o su amante o a lo mejor eran a medida, y si no eran azules y si me estaba volviendo loca?  

Que había perdido la cordura, era algo improbable, pues dudo que algún día la tuviese. Que estaba obsesionada con esos zapatos y esa mujer, era cuestionable, pero me daba igual: llegaría hasta el final, adivinaría porqué esa mujer tan elegante llevaba esos zapatos tan extravagantes.

Hasta que una noche acostada y ya cansada de ese sin vivir, lo tuve claro: le preguntaría sin más, la esperaría y le diría: “Señora, tengo que preguntárselo, ¿por qué lleva esos zapatos? No era ni educado ni nada ir el estilo, la intriga me estaba matando, esa obsesión consumiendo, tenía que saberlo.

Así que llegué decidida y con paso firme hasta la calle, en esa esquina que torcía cada mañana al alba, y me quedé esperando a que mi nariz captara su perfume, a que los pájaros dejaran de trinar por su presencia, a oír las mismas risitas de las colegialas estúpidas, pero esa mañana los pájaros no dejaron de cantar,  ni oí risas, ni un atisbo de rosas de Chanel nº 5.

La dama había faltado a su cita y su puntualidad inquebrantable. Me quedé pálida, al ver los primeros rayos del Sol levantarse tras el Ecce Hommo de Alcalá, sin haberla visto a ella antes. Era como ver el final de una película y haberte perdido una parte. Era una mañana incompleta, un cuadro al que le faltaba un trozo de tela. ¿ Cuántos más días vacíos podrían pasar a partir de ahora?

La brisa gélida me susurraba al oído consejos incomprensibles, la luz vespertina me cegaba pero se me había olvidado pestañear. No lo había pensado: ¿Y si no encontraba ya la respuesta?.

Eso sí que no, no podía dejar el capitulo a medias. Sin saber el final, me moriría de la incertidumbre, si no volvía a encontrarla… A ella, su silencio, su altivez, su perfume y sus zapatos… Oh Dios, esos malditos zapatos, no había más colores en mi cabeza que ese azul cobalto.

Recobré la consciencia y retomé el camino a la estación. No iba a desistir, no descansaría hasta encontrarla con sus tacones azules, algo me decía que seguían estando juntos, paseando por allí.

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  • Muy hermosa narración, de gran calidez. Sigo con la segunda parte.
    Virtuoso dominio del lenguaje y trama desarrollada con indudable acierto y, en ocasiones, ramalazos de brillantez.
    Escribe tus comentarios...Genial la forma de introducirnos en la intriga, a través de unos zapatos. Un enfoque sin duda original y acertado, Quedo a la espera de la continuación.
    me encantò, la verdad es genial la manera en la que es contada la historia, nada mas que una mujer podria notar algo tan banal, pero importante como los zapatos de otra mujer, saludos, te sigo .
    Escribes bien a pesar de lo joven que eres; se ve que te gusta hacerlo. Sin embargo, permiteme que te de una opinión completamente impersonal...no quiero parecer pesado. La descripción de la mujer altiva esta, es un poco anodina; me cuesta imaginarmela claramente, podrías haberle puesto una caracteristica más específica de ella; es muy general. Y lo de los zapatos, que parece que es el tema más intrigante, no me parece que se haya develado; como que al final quedas igual... Espero que no te moleste mi critica´, sino que te ayude a escribir mejor...más espíritu, más alma tiene que tener el escrito... no cometas el error de muchos escritores que lo único que hacen es hacer literatura, pero de esa literatura no sale nada esencial : "el arte de escribir sin decir nada". Tienes un gran talento, espero te sirva mi crítica. Saludos. Sino, lo siento.
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